martes, 22 de agosto de 2017

Alien Covenant, xenomorfea como puedas



Título Original Alien Covenant (2017)
Director Ridley Scott
Guión John Logan, Dante Harper, Jack Paglen, Michael Green, basado en personajes de Dan O'Bannon y Ronald Shushett
Reparto Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Demián Bichir, Danny McBride, Carmen Ejogo, Jussie Smollett, Amy Seimetz, Callie Hernandez, Benjamin Rigby, Alexander England, Uli Latukefu, Tess Haubrich, Guy Pearce, Noomi Rapace, James Franco





En el año 2011 saltaba la noticia en todos los medios relacionados con el mundo del séptimo arte. El veterano cineasta Ridley Scott decidía volver al universo que él ayudó a crear en 1979 con una precuela de aquella mítica Alien: El Octavo Pasajero con la que contaría el origen de los letales xenomorfos que protagonizaron dicho clásico de la ciencia ficción. Prometheus llegó a las carteleras de todo el mundo en 2012 y agradó a más bien poca gente por culpa de sus considerables fallos y su escasa inventiva conceptual y argumental. Para colmo esta nueva incursión de Scott en el ya extenso microcosmos de Alien fue el inicio de la gradual y lenta muerte de una probable quinta entrega de la franquicia que comenzó a desarrollar el cineasta sudafricano Neil Blomkamp (Distrito 9, Elysium, Chappie) y que el mismo autor de 1492: La Conquista del Paraíso dio por muerta y enterrada durante la promoción del largometraje que nos ocupa. El disgusto se antojó doble de cara a los fans de la creación ideada por Dan O'Bannon y Ronald Sushett con el estreno de Prometheus.




Cuando la mediocre acogida de Prometheus parecía confirmar que la potencial saga escondida detrás de su historia se veía prematuramente cercenada Ridley Scott se mantuvo en sus trece e hizo todo lo posible para sacar adelante una secuela tan o más innecesaria que su predecesora incluso antes de comenzar su génesis como producto cinematográfico. Evidentemente el director de El Reino de los Cielos o Black Rain, que es perro viejo, trató de arreglar las carencias que tenía el anterior film de la saga y para empezar con buen pie de cara a los fans y al marketing cambió el título de su film que pasó de Prometheus 2 a Alien Covenant, sin que la pieza dejara de ser una secuela de la cinta de 2012. Por otro lado Scott y sus productores prescindieron de Damon Lindelof y John Spaihts y el lugar de estos en la escritura lo ocuparon Michael Green y Jack Paglen, ideólogos de la historia, y John Logan y Dante Harper, responsables de adaptar esta a un guión cinematográfico.




Alien Covenant agradó algo más que Prometheus, tanto a crítica como público, porque el simple hecho de que supo dar lo que se le pidió a aquella sin que esta lo proporcionara, ni más ni menos. Un servidor no pudo verla en cine y lo ha hecho ahora en formato doméstico y el desastre es mucho mayor del esperado y eso que iba totalmente concienciado con respecto a ver una película mediocre, pero que lo llegara a ser tanto me ha cogido por sorpresa. La última producción de Ridley Scott es tan o más fallida que la entrega inmediatamente anterior de la franquicia y si elude algunos de los defectos de aquella (no todos, a ello volveremos más tarde) en el proceso cae en otros todavía más graves. A continuación pasaré a comentar y enumerar los motivos por los que Alien Covenant me parece una pieza muy olvidable e inconsistente y también lo que supone que el director de The Martian o American Gangster siga ensuciando el buen nombre de una saga que realmente no le pertenece en exclusividad por mucho que él siga pensando lo contrario.




La trama de Alien Covenant es prácticamente la misma de Prometheus, pero con algunas variantes. Los miembros de una tripulación espacial que viajan en la nave colonial que da título al largometraje, acompañados por un androide llamado Walter (Michael Fassbender) que vela por ellos, ven interrumpido su criosueño tras un accidente en el que mueren la mayoría de ellos. Los supervivientes comandados por el capitán Christopher Oram (Billy Crudup) y Daniels (Katherine Waterston), viuda de Jacob Branson (James Franco), anterior capitán de la embarcación fallecido en la colisión, llegan a un planeta desde que el que han  recibido una señal de radio de origen humano. Una vez allí deberán enfrentarse con los célebres xenomorfos de la saga y se encontrarán con David (Michael Fassbender) el androide de la Prometheus que siente una especial admiración por estos alienígenas a los que ayudará a sobrevivir por todos los medios.




La escasa imaginación del argumento que copia descaradamente, no sólo el ya citado de Prometheus, sino el de cualquier otra entrega de la franquicia, muestra rápidamente y de manera cristalina lo poco que Ridley Scott y sus colaboradores han trabajado el guión del proyecto. El cineasta británico lleva más de cuarenta años en el oficio, y debería saber que satisfacer a aquellos que criticaron en Prometheus la ausencia de los xenomorfos clásicos y un contexto espaciotemporal más deudor de la primera Alien dándoles lo que piden, pero olvidando por el camino dar solidez a la escritura, aboca todo el conjunto de la obra al fracaso. Porque sí, aquí tenemos la versión original de los monstruos de la saga y los mismos, aunque siendo recién nacidos, empiezan a matar y descuartizar a los tripulantes de la nave de turno desde bien pronto, y dentro de la Covenant tenemos persecuciones por pasillos laberínticos, gore a raudales y acción, pero todo está ejecutado en pantalla de la manera más rudimentaria e impersonal posible.




De poco nos sirve que Ridley Scott vuelva a demostrar que está en forma a la hora de ponerse detrás de la cámara, cuando vemos que Alien Covenant confirma una vez más esa ya antigua y asentada teoría que reza que el director de Los Duelistas queda reducido a un artesano con un potente look visual, y sólo a eso, cuando no tiene un libreto en el que sustentar su puesta en escena. Los personajes del largometraje no son ni un esbozo, son estereotipos manidos y repetidos hasta el hartazgo vistos mil veces, con mejor resultado, en anteriores entregas de la franquicia en particular y en el cine espacial o de terror en general. Mientras el mismo Scott con unas pocas pinceladas definía la personalidad de la tripulación de la Nostromo en el film primigenio o James Cameron hacía lo propio en Aliens con una secuencia tan sencilla y efectiva como la de Bishop (Lance Henricksen) jugando con el cuchillo y la mano de Hudson (Bill Paxton), en la cinta que nos ocupa ni diez páginas de diálogos consiguen dar profundidad a unos roles del todo inanes y nada empáticos.




Componentes de tripulación que por otro lado hacen que los más bien estúpidos miembros de la Prometheus parezcan superdotados en comparación. Es lógico y esperable que los personajes cometan errores para que la trama avance, los xenomorfos puedan entrar en escena y con ellos la acción y el terror que se hagan con la trama. Pero lo que no es tan evidente es que estos expertos en navegación espacial, terraformación o biología sean ten inexplicablemente ineptos a la hora de ejecutar adecuadamente sus labores profesionales o incapaces de tener el mínimo instinto de supervivencia metiéndose en no pocas ocasiones, casi literalmente, en la boca del lobo. El culmen de esta serie de despropósitos relacionados con los componentes de la Covenant llega con la escena en la que el Capitán Oram hace caso a David, el androdide que en la escena anterior ha demostrado admiración y cariño por los aliens, para mirar en uno de los huevos que incuban los famosos facehuggers que se adhieren a la cara de sus víctimas humanas para introducirles la cría de xenomorfo que crecerá y saldrá por la fuerza de su cuerpo.




La trama es paupérrima y los personajes planos, de modo que sólo nos queda disfrutar con las secuencias de violencia y vísceras con las que Ridley Scott riega la película y el excelente diseño de producción de la obra, que sólo se resiente cuando se dejan notar unos CGI que no han sido elaborados todo lo que debieran, algo que se percibe también con los aliens y sus movimientos supuestamente salvajes y viscerales que imponían mucho más en la tetralogía original cuando el uso de los efectos especiales era mucho menor (de hecho los generados por ordenador sólo se utilizaron en Alien³ y Alien Resurreción y en contadas secuencias) y los anomatrónicos copaban la mayor parte del metraje. Sangre, demembramientos, explosiones, escenas de lucha cuerpo a cuerpo tan innecesarias como inverosímiles (de hecho todo lo referido al doble papel de un entregado Michael Fassbender está muy mal llevado, tomemos como ejamplo las lecturas cómicas que se pueden sacar de las clases de flauta a cuatro manos) dan forma a un producto que en ocasiones más que una superproducción parece una inflada Serie B por su naturaleza involuntariamente exploit y pulp.




Alien Covenant fracasa como precuela del film original de 1979 por su carácter rudimentario y escasamente original, pero tampoco funciona como secuela de Prometheus porque hasta los peculiares planteamientos filosóficos y metafísicos de aquella se ven vampirizados aquí por el fuego de artificio, el desenfreno sin medida y personajes cuya integridad física nos importa más bien poco. Tanto esta obra como su predecesora de 2012 nos confirman que si Alien: El Octavo Pasajero es una obra maestra, no fue únicamente por Ridley Scott, sino porque este encontró en unos enormes profesionales como Dan O'Bannon, Ronald Sushett, Walter Hill, Jerry Goldsmith, H.R. Giger o Jean Giraud "Moebius" a los colaboradores perfectos para que, apelando al trabajo en equipo, y no a un soliloquio egocéntrico que haga salir a la luz sus no pocos defectos como narrador de historias, pudieran dar forma entre todos a la primera piedra de una saga que nunca debió dejar de ser una ecléctica y atractiva tetralogía para convertirse en el juguete de un cineasta caprichoso que hace años antepuso la hiperactividad profesional a las inquietudes artísticas.


viernes, 18 de agosto de 2017

Vampiros



Título Original John Carpenter's Vampires (1998)
Director John Carpenter
Guión Don Jakoby basado en la novela de John Steakley
Actores James Woods, Daniel Baldwin, Sheryl Lee, Thomas Ian Griffith, Maximilian Schell, Tim Guinee, Mark Boone Junior






La década de los 90 fue una etapa extraña para un cineasta como John Carpenter. Durante aquellos diez años su filmografía basculó entre productos descafeinados como Memorias del Un Hombre Invisible, competentes remakes como el de El Pueblo de los Malditos, secuelas de sus éxitos con naturaleza irónica y autoparódica como 2013: Rescate en L.A u obras maestras incomprendidas y defenestradas como En la Boca del Miedo (In the Mouth of Madness) que los años han ido revalorizando. Por suerte en 1998 el director de La Noche de Halloween o Starman despidió el siglo XX con la que para el que esto suscribe es su última gran obra y la que (viendo el discurrir que puede tomar su carrera después de la terrible The Ward) debería haber dado carpetazo a su filmografía como uno de los mejores autores de cine de género de la historia del séptimo arte. Hablo como no podía ser menos de Vampiros.




Basada, muy libremente, en la novela homónima de John Steakley Vampiros presenta a un atípico grupo de cazadores de no muertos comandado por el aguerrido Jack Crow (James Woods) y financiado por el mismísimo Vaticano gracias a la mediación de Cardenal Alba (Maximilam Schell). Mientras descansan después de una misión rutinaria en la que localizan un nido de "alimañas" (como ellos suelen llamarlas) a las que dan caza los miembros del equipo son asaltados en un motel por Valek (Thomas Ian Griffith) un vampiro centenario que busca la famosa "Cruz de Bérziers" que le puede conferir el don de caminar bajo el sol a plena luz del día. Jack Crow, su colaborador Tony Montoya (Daniel Baldwin) una prostituta llamada Katrina (Sheryl Lee), únicos supervivientes de la matanza, y el Padre Adam Guiteau (Tim Guinee) tratarán de detener a Valek para impedirle conseguir su misión que lo convertiría en el no muerto más peligroso sobre la faz de la tierra, pero no serán pocos los problemas que se encontrará para cumplir con su peligroso cometido.




Vampiros es lo más cerca que ha estado John Carpenter de su amado e idolatrado género western. Por muchos es conocida la pasión del director de Christine o Elvis por este tipo de cine, su cariño hacia obras de Howard Hawks adscritas a este celuloide como Río Bravo (de la que Asalto a la Comisaría del Distrito 13 era prácticamente un remake encubierto) y cómo ha influido en la mayoría de sus largometrajes como director, algo que podemos apreciar en 1997: Rescate en New York, La Cosa o ¡Están Vivos!, cintas adscritas al terror o la ciencia ficción, pero con personajes y resoluciones narrativas propias de los films del oeste. Pero en su antepenúltima obra para la gran pantalla el homenaje deja paso a un contexto árido, desértico, duro y adusto que está sacado directamente de la obra de autores como Sam Peckinpah, Samuel Fuller o exponentes del espagueti western como los dos Sergios, Corbucci y Leone, a lo que habría que sumar una banda sonora del mismo Carpenter que nos retrotrae a dicho tipo de celuloide.




Como era de esperar viniendo del director de El Príncipe de las Tinieblas los vampiros de su universo cinematográfico no iban a tener la imagen y el comportamiento clásico que el cine y la literatura ha ofrecido de estos a lo largo de los años, algo a lo que hace referencia directa el mismo Jack Crow con un discurso memorable al Padre Guiteau. Los chupasangre de la película que nos ocupa no reciben el nombre de "alimañas" gratuitamente, ya que son expuestos en pantalla como bestias descerebradas y ávidas de hemoglobina que no se convierten en murciélagos pero sí pueden saltar a alturas sobrehumanas y arrancar de un zarpazo una cabeza humana. Ante unas criaturas de este pelaje como es lógico el equipo de Crow debe hacer uso de un armamento a la altura de las circunstancias con todo tipo de artilugios y gadgets para eliminar a semejantes seres de naturaleza salvaje. Con dicha excusa Carpenter puede apelar en no pocas ocasiones al gore y la violencia explícita como la de la secuencia del motel (brutal ese Mark Boon Jr partido en dos) o el asalto a la ermita de los frailes.




Una vez tiene lugar la disolución forzosa del grupo la historia central se divide en dos tramas diferenciadas pero lógicamente complementarias. Una es la que se centra en Jack Crow y el Padre Guiteau que tratan de buscar, no sólo a Valek antes de que encuentre la Cruz de Bérziers, sino también a la persona que los traicionó para que este pudiera eliminar a la mayor parte del grupo de los cazadores de vampiros. La otra está protagonizada por Tony y Katrina y el dilema moral con el que se encuentra el primero debido a que la segunda fue mordida previamente por Valek y no tardará en convertirse en vampiro también. Situación esta que creará considerables tensiones entre el personaje de Daniel Baldwin y el de James Woods, amigos y colaboradores, sobre todo cuando el primero comience a sentirse atraido emocionalmente por la chica. Finalmente las dos subtramas volverán a converger en una sola para el enfrentamiento final con Valek y sus secuaces, alguno de ellos bastante inesperado.




Durante el trayecto el cineasta nos ofrece un proyecto que tiene su genuino e inconfundible sello en forma de una de sus películas más personales por muy adscrita que esté a cierta comercialidad hollywoodiense. Rudeza, virilidad, machismo, camaradería y todo regado con pólvora, sangre, terror y humor negro, un producto 100% hijo de su hacedor con el que recuperamos al Carpenter más bestia, sardónico y outsider. La estructura es la habitual en el cine del norteamericano con un protagonista rebelde, fuera de la ley y de cualquier norma establecida, que se enfrenta, en solitario o acompañado, a un sistema corrupto sin importar que este se ampare en fuerzas religiosas, políticas o sociales. En el proceso las secuencias de acción, los apuntes de suspense (cada incursión en un nido de vampiros está llevado un pulso narrativo envidiable) y la interacción entre personajes sencillos, pero con personalidades bien definidas van dando forma a una pieza ejemplar con su autor al máximo de sus capacidades profesionales.




El director de La Niebla o Dark Star da buena muestra de su veteranía y no estructura su puesta en escena por medio de una alocada sucesión de escenas espídicas condensadas con un montaje metanfetamínico aprovechando el tono virulento que permite la naturaleza cruda y descarnada de la propuesta. Carpenter encuadra con sabiduría, utiliza los movimientos de cámara sólo cuando el relato los demanda y en una pieza que en otras manos se hubiera adherido sin miramientos al efectismo más rudimentario y sensacionalista es capaz de utilizar un timing inusualmente mesurado (el uso de la edición por medio del encadenado de fundidos de imagen en las secuencias más destacadas del metraje) y unos zooms de tono añejo que dan al largometraje un look visual muy deudor del cine de género americano de los años 70. Todo ejecutado y compactado por la mano de un cineasta que eligió desde sus inicios dedicarse en cuerpo y alma al cine de terror cuando sus aptitudes como narrador de historias le hubieran permitido ser mucho más ambicioso cinematográficamente hablando.




Todo el discurso "carpenteriano" sobrevuela el metraje de principio a fin, pero el mismo cristaliza magistralmente en el Jack Crow al que da vida un superlativo James Woods en uno de los mejores trabajos de su carrera. El protagonista de Videodrome o El Corredor de la Muerte elude la sobreactuación de muchas de sus encarnaciones interpretativas de los 90 (lo recuerdo especialmente insoportable en El Especialista) y por medio de contención, sorna, altanería, macarrismo barriobajero y una verborrea descontrolada da vida a uno de los mejores personajes protagonistas de una película de John Carpenter desde las primeras colaboraciones de este con Kurt Russell. Especialmente memorables son las secuencias que comparte con el Padre Guiteau al que interpreta un Tim Guinee impecable que sabe darle la réplica de manera soberbia al protagonista de Salvador mostrándose en pantalla la interesante y divertida disparidad de caracteres al que dan forma como dúo como una versión perversa y bastarda del subgénero buddy movie.




Del resto del reparto cumplen su cometido sobradamente Daniel Baldwin como Tony Montoya y Sheryl Lee como Katrina. El primero demuestra ser el más talentoso (y desaprovechado por su propia culpa) de sus hermanos con un excelente trabajo que se ve complementado con la relación de amistad y código de honor que comparte con Jack Crow ejecutando un personaje cercano, lleno de debilidades y claroscuros. La actriz que dio vida al cadáver más famoso de la historia de la televisión no se queda atrás y acomete con profesionalidad un personaje que hubiera ganado mucho más con una mejor escritura por parte del guión de Don Jakoby, pero resuelve con soltura dar vida a una atípica vertiente de la clásica "damisela en apuros" que después muta en otra cosa completamente diferente. Finalmente Thomas Ian Griffith se revela como una excelente elección para dar vida al hierático e imponente Valek un villano tan visceral como atractivo que desde la masacre que perpetra contra la banda de Crow demuestra soltura para tomar el rol de pieza clave dentro de la galería de personajes del largometraje.




Aunque en su momento fue recibida con bastantes parabienes por suponer la vuelta del John Carpenter más clásico Vampiros fue tildada de simple entretenimiento cuando es mucho más que eso. El penúltimo largometraje del director de Golpe en la Pequeña China supuso la sublimación estilística y narrativa de una manera de entender y hacer cine que triunfó en los 70, marcó a toda una generación de espectadores y cineastas, pero por desgracia nunca volverá, al menos en su vertiente más pura. Este debió haber sido el Canto de Cisne de su autor, porque aunque un servidor es fan de la camorrista y rashomonica Fantasmas de Marte viendo lo poco prolífica que está siendo la etapa más reciente de su filmografía y los desastrosos resultados que ofreció la que es su última cinta para la pantalla grande las andanzas de Jack Crow y su panda de rednecks cazadores de vampiros hubieran sido el excelente y memorable punto y final a una de las carreras cinematográficas más estilmulantes y personales de la historia del cine de género estadounidense de los últimos cuarenta años.


lunes, 14 de agosto de 2017

Capitán América: Civil War



Título Original Captain America: Civil War (2016)
Director Anthony y Joe Russo
Guión Chrisitopher Markus y Setephen McFeely, basado en el cómic de Mark Millar y Steve McNiven y en personajes de Stan Lee, Jack Kirby y Joe Simon
Reparto Chris Evans,  Robert Downey Jr., Sebastian Stan, Scarlett Johansson, Anthony Mackie, Daniel Brühl, Don Cheadle, Jeremy Renner, Chadwick Boseman, Paul Bettany, Elizabeth Olsen, Paul Rudd, William Hurt, Emily VanCamp, Tom Holland, Frank Grillo, Martin Freeman, Marisa Tomei, John Kani, John Slattery, Hope Davis, Alfre Woodard, Stan Lee, Heidi Moneymaker, Gene Farber, Florence Kasumba





No fueron pocos, un servidor entre ellos, los que recibieron con un arqueo de ceja la noticia. La tercera película del Capitán América dentro de Marvel Studios iba a estar inspirada en Civil War, el célebre y exitoso evento de los cómics escrito por el escocés Mark Millar y dibujado por el estadounidense Steve McNiven en el año 2006. En aquel crossover se reunía prácticamente el grueso de la plantilla más destacada de la Casa de las Ideas con motivo de la batalla entre dos grupos, comandados por Iron Man y el Capitán América respectivamente, para de esta manera ofrecer apoyo u oposición al famoso Acta de Registro Sobrehumano con el que mantener controladas a las personas con superpoderes. Dicha implicación de casi toda la plana mayor de Marvel se antojaba imposible de trasladar fielmente a imágenes debido a los problemas de derechos que la productora de Kevin Feige tenía con respecto a personajes como los adscritos al universo mutante o los relacionados con los 4 Fantásticos, todos ellos propiedad de 20th Century Fox, así como los de Spider-Man que estaban en poder de Sony.




Por suerte antes de comenzar la producción de la película Marvel Studios llegó a un acuerdo con Sony para compartir los derechos del alter ego arácnido de Peter Parker y así poder incluirlo al menos a él en esta Civil War audiovisual. Lo que posteriormente sucedió es por todos conocido, se prescindió de Andrew Garfield que no había convencido demasiado con su versión del trepamuros (aunque sus virtudes tenía, indudablemente) en el díptico The Amazing Spider-Man y los responsables decidieron reiniciar por segunda vez el personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko en 1963 con un nuevo actor y una puesta al día actualizada de la criatura. El británico actor Tom Holland (Lo Imposible) fue el afortunado elegido para dar vida a la tercera versión cinematográfica del hombre araña y Civil War sería su carta de presentación, eso sí, tomando un rol mucho más secundario y tangencial que en el cómic de Millar y McNiven, en el que incluso llegaba a revelar a la opinión pública su identidad secreta.





Evidentemente la única inclusión de Spider-Man no iba a solucionar el problema que Kevin Feige y sus empleados tenían con respecto a realizar una adaptación fidedigna de Civil War debido a la ya apuntada ausencia de los otros personajes por culpa de los derechos en poder de 20th Century Fox. Por ello los guionistas Christopher Markus y Setephen McFleely y los directores Anthony y Joe Russo, que volvieron aquí a trabajar con Steve Rogers tras su soberbia labor en la brillante Capitán América: Soldado de Invierno, se pusieron manos a la obra para crear su propia Civil War, que más allá de algunos apuntes narrativos y estilísticos, poco tuvo que ver finalmente con el famoso evento de los cómics. Para que el éxito fuera total Marvel Studios puso a disposición del equipo de escritores y realizadores prácticamente todos los personajes que hasta ese momento se habían paseado por la pantalla grande durante las dos primeras fases del universo cinematográfico de la Casa de las Ideas e incluso añadiendo algunos de nuevo cuño que debutaban en esta cinta junto al ya mencionado Spider-Man.




Capitán América: Civil War se estrenó el 27 de Abril de 2016 y fue un enorme éxito de crítica y público en todo el mundo, siendo considerada desde su puesta de largo internacional una de las mejores y más sólidas cintas del Universo Cinematográfico Marvel. Un servidor pudo verla en su momento en pantalla grande, como hago con casi todos los largometrajes de cine relacionado con superhéroes, y aunque me pareció un producto magnífico encontré algunos fallos de guión que me parecieron lo suficientemente notables para ser destacados por parte, puede que no del espectador neófito, pero sí del conocedor de los personajes, la franquicia y sus contrapartidas en papel. Revisada ayer poco más de un año después de la primera vez debo admitir que esos defectos en esta segunda ocasión me han parecido más livianos y perdonables que en esa inicial toma de contacto, pero evidententemente a lo largo de esta reseña los mencionaré y trataré de analizar superficialmente para ofrecer una visión lo más completa posible del largometraje y su idiosincrasia como obra cinematográfica de entretenimiento.




Capitán América: Civil War tiene lugar después de los hechos acaecidos en Los Vengadores: La Era de Ultrón (aunque recordemos que entre una y otra se estrenó Ant-Man, suponiendo el ligero y agradable cierre de la Fase 2 de Marvel Studios) y narra la división que tiene lugar entre los distintos miembros de los Vengadores cuando entran en juego los Acuerdos de Sokovia, un sistema impulsado por la ONU que mantendrá controlado al grupo de superhéroes y gracias al cual podrán solicitar los servicios de estos cuando lo vean necesario sin que ellos puedan interceder en ese sentido. Tony Stark, impulsado por el cargo de conciencia de los daños colaterales causados en Sokovia durante la batalla con Ultrón, apoyará los acuerdos y junto a él lo harán otros miembros del grupo como Viuda Negra, Máquina de Guerra o Visión. En cambio Steve Rogers, con la ayuda de Ojo de Halcón, Falcon o Ant-Man se situará en el lado opuesto. La inclusión en esta guerra interna de Black Panther, Spider-Man, Soldado de Invierno y Helmut Zemo potenciará exponencialmente los problemas entre una y otra facción.




Los directivos de Marvel Studios demostraron una vez más un intachable olfato cuando decidieron poner de nuevo a los hermanos Russo a manos de la tercera entrega de las aventuras en pantalla grande de Steve Rogers. Capitán América: Civil War es una acertada y sólida amalgama entre el celuloide de espionaje al que se adscribía Soldado de Invierno (una cinta que tenía más que ver con la saga cinematográfica de Jason Bourne que con el subgénero pijamero) y el tono superheróico que destilan la mayor parte de las producciones de la división cinematográfica de la Casa de las Ideas y que pudimos ver en las dos entregas de los Vengadores, la primera Guardianes de la Galaxia, la trilogía Iron Man o la misma primera cinta protagonizada por en Centinela de la Libertad en 2011. De este modo los realizadores de la serie Community vuelven a moverse por un terreno que conocen, pero aunándolo con el que puede y debe considerarse la seña de identidad del Universo Cinematográfico Marvel. El resultado es brillante a distintos niveles siempre dentro de un contexto de cine comercial y de evasión.




Es de un mérito incuestionable la labor de Anthony y Joe Russo a la hora de ejecutar esta mezcolanza de géneros que queda patente desde el arranque con la misión en Lagos para dar caza a Brock Rumlow, alias Calavera, ofreciendo una potente muestra de lo que será el discurrir de la cinta con la alternancia de escenas de acción rodadas con una fuerza técnica y poderío visual brutales (algo tendrá que ver con esto también la presencia de David Leitch como director en la segunda unidad) con pasajes en los que el sense of wonder propio de las producciones Marvel Studios copan el protagonismo de la trama consiguiendo una fusión de tonos que expuesta en pantalla ofrece situaciones espectaculares, siempre apelando a unas escenas dinámicas y frenéticas en las que todas las peleas, persecuciones, y tiroteos se ven de manera cristalina sin abusar de los movimientos de cámara innecesarios, la dirección de fotografía sobresaturada o el montaje sincopado propio de las superproducciones hollywoodienses del siglo XXI.




En este sentido pasajes como el ya mencionado en Lagos con la búsqueda del personaje de Frank Grillo, la huída de Bucky en motocicleta siendo perseguido por Black Panther y el Capitán América o toda la larga y elaborada batalla campal en el aeropuerto alemán dan buena muestra de lo que se puede hacer en el cine de acción para todos los públicos con unos medios holgados, tanto en el apartado artístico como el técnico, y la profesionalidad de unos artesanos que a pesar de no tener más de dos largometrajes en su haber pareciera que llevaran toda la vida implicados en producciones mastodónticas llenas de pirotécnica y ritmo endiablado como la que nos ocupa. Tanto los Russo como los guionistas hacen una sabia utilización del enfrentamiento interno de los Vengadores para poner frente a frente a personajes que de otro modo nunca lucharían los unos contra los otros cediendo de esta manera a los sueños de los numerosos fans de los cómics que son generalmente los que más disfrutan con este combate entre el bando de Tony Stark y el de Steve Rogers.




Por suerte tanto los hermanos Russo como los guionistas Chrisitopher Markus y Setephen McFeely también centran su atención en la necesaria interacción de los numerosos personajes que pueblan la narración y eso se deja notar en el metraje. La dicotómica relación entre rivalidad y lealtad de Tony Stark y Steve Rogers, la de amistad de este último con Bucky, los primeros pasos de lo que será en un futuro la relación sentimental entre Wanda y Visión, el peso que toma T'Challa como rey de esa Wakanda que comienza a cobrar protagonismo de cara al estreno de Black Panther o el dúo cómico que forman el personaje de Robert Downey Jr con el Spider-Man de Tom Holland con gags de humor muy divertidos y toda la retranca relacionada con la edad de la improbablemente atractiva tía May de Marisa Tomei (golpes de humor que volvieron en la reciente Spider-Man: Homecoming y que confirmaron a Stark y Parker como una entrañable pareja humorística) son expuestos en pantalla con acierto y la suficiente pericia para que el espectador empatice mínimamente con ellos y sus situaciones tanto emocionales como profesionales.




Ya centrándonos en los fallos previamente anotados el primero nace de una de las decisiones más celebradas de la película, la inclusión de Spider-Man en la trama. Si cuando lo vimos por primera vez balancearse en su telaraña por el skyline neoyorquino en la película primigenia de Sam Raimi muchos cumplimos un sueño de infancia verlo codearse con los personajes de Marvel Studios no es menos trascendente y memorable para el fan curtido en las viñetas. Pero seamos serios, su inclusión en el film es totalmente arbitraria, la motivación por parte de Stark para reclutarlo en su guerra civil es tan peregrina como temeraria (darle como primera misión a un quinceañero que lleva menos de seis meses en activo como luchador contra el crimen enfrentarse a un grupo de curtidos superhéroes con fuerza sobrehumana es poco procedente) al igual que la escasamente sólida excusa narrativa para que conozca la personalidad secreta de su pupilo, algo que por cierto se convirtió en algo habitual en el debut del personaje en solitario quitando peso a una de las señas de identidad más importantes de la creación de Stan Lee y Steve Ditko.




El otro defecto nace nuevamente de un acierto y está relacionado con el villano que esta vez está representado por Helmut Zemo, alias Barón Zemo. El actor alemán de ascendencia española Daniel Brühl da vida a dicho personaje y el mismo se revela como la némesis más sólida de Marvel Studios junto a las de Loki o Ultrón (que al que suscribe le pareció una encarnación magnífica, independientemente de la fidelidad por parte de Joss Whedon a su versión en viñetas) con unas motivaciones bien perfiladas en la trama así como unas acciones que llegan a tener verdaderas y graves repercusiones en los protagonistas. Pero su personalidad está tan alejada del Zemo de los cómics (eso sin adentrarnos en la estética que ahí el suspenso se antoja inevitable) que su rol podía haber pasado por la de cualquier villano genérico y de manual que hubiera decidido enfrentarse a los Vengadores por unas u otras circunstancias. Con todo el cometido para el que el alter ego en la ficción del actor de Malditos Bastardos fue creado se cumple sobradamente, de modo que en ese sentido más allá de la fallida encarnación que es de la creación de Stan Lee y Jack Kirby poco más negativo podemos decir de él.




Como es lógico todos sabíamos que Marvel Studios no iba a tener los redaños para dar un final a la película como el que vimos en los cómics y por muy elaborada y memorable que resulte esa batalla en el aeropuerto éramos conscientes de que ningún miembro de los Vengadores iba a causar baja permanente (lo de James Rhodes es una concesión de cara a la galería para que haya un daño colateral más o menos importante como resultado del enfrentamiento) porque esto es un negocio que ofrece dos o tres entregas por año y el dinero es lo que prima en Hollywood. Pero Capitán América: Civil War es una demostración de enorme fuerza por parte de la división cinematográfica de la Casa de las Ideas, tan o más conservadora que cualquiera de sus otros films, pero llevada a cabo por un grupo de profesionales que saben cómo ofrecer a la platea cine comercial de calidad o dos horas y media de acción y heroicidades de distinto pelaje que se pasan en un suspiro. Ahora sólo queda ver qué están haciendo los Russo con el díptico Avengers; Infinity War, que ese sí apunta ser un antes y un después en la factoría comandada por Kevin Feige o eso suponemos.



sábado, 12 de agosto de 2017

The Outer Limits 1º Temporada Parte 1



“There is nothing wrong with your television set. Do not attempt to adjust the picture. We are controlling transmission…”


Estas palabras arriba adjuntadas iniciaban el monólogo en off que daba comienzo a todos y cada uno de los episodios de la mítica serie The Outer Limits, producción televisiva creada por Leslie Stevens y Joseph Stefano que se emitió en la cadena ABC desde 1963 hasta 1965. Heredera y hermana menor de The Twilight Zone (La Dimensión Desconocida), compuesta por 49 episodios autoconclusivos de 50 minutos que daban forma a una antología centrada en una temática adscrita a la ciencia ficción la serie de Stevens y Stefano se convirtió en una pieza remercable con vocación de obra de culto que con el paso de los años se ha convertido en uno de los programas más reconocidos de la historia catódica de Estados Unidos. Con motivo de la edición de la primera parte de la temporada 1 en nuestro país a manos de la distribuidora L’Atelier 13, que en su momento también nos trajo en formato doméstico la ya mencionada The Twilight Zone, y de la que hablaremos al final del artículo hoy vamos a dedicar esta entrada a comentar estos primeros pasos que dieron forma a la entrega primigenia de tan memorable producción para la pequeña pantalla.




Leslie Stevens era un dramaturgo reconvertido en guionista televisivo y Joseph Stefano abandonó una carrera como compositor y letrista para escribir obras para la pantalla grande, como el de la mítica obra maestra Psicosis (Psycho) con la que Alfred Hitchock adaptó la novela homónima de Robert Bloch, cuando se conocieron y decidieron aunar fuerzas para que The Outer Limits saliera adelante como programa televisivo en 1963. Con al apoyo de Daystar Productions, Villa DiStefano (productora creada por el mismo Joseph Stefano para dar impulso al proyecto) y United Artists Television ambos autores vendieron con éxito su idea a la cadena ABC (American Broadcasting Company). El 16 de Septiembre de 1963 el episodio piloto de The Outer Limits titulado The Galaxy Being, protagonizado por un por aquel entonces pujante Cliff Robertson (conocido por las nuevas generaciones al dar vida al Ben Parker de la trilogía de Spiderman ideada por Sam Raimi) así como escrito y dirigido por el mismo Leslie Stevens cogió desprevenidos a los espectadores de Estados Unidos acostumbrados a seriales de poco calado y consumo tan liviano como intrascendente.




Ese primer episodio ya asentó las sólidas bases del programa. Con una duración que bordeaba los 50 minutos para así poder desarrollar más adecuadamente tanto tramas como personajes The Outer Limits hundía sus raíces en la literatura y el celuloide de ciencia ficción pulp o de Serie B, pero añadiendo una pátina de profundidad y reflexión de la que carecían los cientos de largometrajes que en los años 40 y 50 invadieron las carteleras estadounidenses con sus reminiscencias subtextuales a la “invasión comunista” corporeizada por extraterrestres del “Planeta Rojo” o criaturas de proporciones monstruosas adheridas al pánico nuclear o a una inminente guerra atómica entre las grandes potencias que regían el planeta. Desde sus inicios la producción de Leslie Stevens y Joseph Stefano eludía todo el pensamiento revanchista o violento de sus referentes ya mencionados apelando siempre a ideas pacifistas, conciliadoras y existencialistas que trataban de dar una visión más amplia de la naturaleza humana con sus bajezas y virtudes, siempre en un contexto de sci-fi puramente de género con el que los guionistas y directores comandados por Stevens y Stefano pudieron dar empaque a algunos de los momentos más destacables de la ficción audiovisual americana de la época.




Los peligros de la experimentación genética, invasiones extraterrestres tanto hostiles como pacíficas, poderes sobrenaturales, viajes en el tiempo, uso desproporcionado de la maquinaria militar, espionaje… The Outer Limits ofreció un extenso abanico de relatos con los que disertar sobre la sociedad que somos, fuimos y podemos llegar a ser siempre y cuando sucumbamos a la avaricia, el egoísmo o la intolerancia. La serie de Stevens y Stefano no eludía en varias ocasiones los finales felices, pero la tónica habitual era la de cierta melancolía y descreimiento apelando por un desarrollo adecuado y racional del progreso y la evolución tecnológica. Episodios como One Hundred Days of Dragon, The Architects of Fear o The Sixth Finger nos hablaban de magnicidios (meses antes del de John F. Kennedy), la deshumanización en pos de una utópica paz mundial o la futilidad de poseer un intelecto superior una vez se pierde la empatía con el resto de seres vivos, siempre intentando mostrar a la audiencia temáticas desafiantes y atípicas que llamaran su atención y trataran de despertar su interés más allá de un uso puramente lúdico del producto catódico que sus creadores exponían en pantalla.




Vista hoy The Outer Limits llama la atención por el competente empaque de su puesta en escena, la misma que asentó Leslie Stevens con el primer episodio y que tomarían como suya el resto de posteriores directores que se sentaron en la butaca de realización del show. Artesanos como Byron Haskins, que trece años antes había ejecutado un clásico como su versión de La Guerra de los Mundos de H.G. Welles, o Laslo Benedek, que ya había sumado a su curriculum Salvaje, protagonizada por Marlon Brando, o La Muerte de un Viajante dieron nombre y solidez a estos primeros episodios con su nombre y buen hacer, casi siempre ayudados por la excelente fotografía de un titán como Conrad L. Hall (Camino a la Perdición, Dos Hombres y Un Destino) que ofrecía muestras de poderosa inventiva en episodios como el claustrofóbico O.B.I.D o el antimilitarista Nightmare (con un jovencísimo Martin Sheen) casi obras de teatro situadas en una sola y exigua localización. Tan duradero fue el sello que dejó The Outer Limits en la historia de la ficción audiovisual que no es difícil descubrir ecos de episodios como The Man With the Power o The Man Who Was Never Born (protagonizados por unos enormes Donald Pleasance y Martin Landau respectivamente) en obras posteriores como Scanners o La Zona Muerta, ambas del canadiense David Cronenberg y la última concretamente adaptada de la novela homónima de un Stephen King, autor que en no pocas de sus novelas como Tommyknockers u Ojos de Fuego también dejó claro su cariño por la creación de Stevens y Stefano.




Curiosamente ese ejercicio de retroalimentación referencial no es unidereccional ya que como anteriormente hemos apuntado The Outer Limits como programa televisivo también tenía sus fuentes de inspiración tanto literarias como cinematográficas. Un episodio como The Human Factor en el que un grupo de personajes se encuentran aislados en una estación científica en la helada Groenlandia es un homenaje claro a El Enigma de Otro Mundo (The Thing) la obra de culto basada en el relato de John W. Campbell que dirigieron en 1951 Christian Nyby y Howard Hawks conociendo en 1982 un glorioso remake a manos de un John Carpenter en el punto más alto de sus capacidades cinematográficas. Por otro lado The Corpus Earthling, a pesar de estar basado en el libro homónimo de Louis Charbonneau, tiene reminiscencias claras tanto de la novela La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (The Body Snatchers) escrita por Jack Finney como de la que por aquel entonces era su primera y única traslación a la pantalla grande (Las versiones de Philip Kaufman, Abel Ferrara u Oliver Hirschbiegel quedaban todavía muy lejos) el clásico homónimo dirigido por Don Siegel, escrito por Daniel Mainwaring y protagonizado por Kevin McCarthy o Dana Wynter. De este modo queda claro que la estela de The Outer Limits dejó en obras de ficción posteriores tenía su origen en el buen gusto de Lelsie Stevens y Joseph Stefano a la hora de tomar inspiración para su criatura.




Esta edición limitada (sólo 1000 copias) en dvd ideada meticulosamente por el equipo de L’Atelier 13 incluye, como previamente habíamos apuntado, los dieciséis episodios iniciales de la temporada 1, básicamente la mitad de la misma, repartidos en cuatro discos. Con una destacable calidad de imagen y sonido (sólo en V.O) y los pertinentes subtítulos la experiencia de ver The Outer Limits por parte del espectador español no puede ser más satisfactoria en ese sentido. Un quinto dvd incluye la película Incubus, rara avis cinematográfica con fama de maldita escrita y dirigida por el mismo Leslie Stevens en 1966, un año después de la finalización de The Outer Limits, protagonizada por William Shatner, Allison Ames o Eloise Hardt y rodada íntegramente en esperanto, un regalo muy de agradecer dentro del pack. Por último encontramos un libreto de 48 páginas en el que Christian Aguilera, principal impulsor y responsable de esta edición, así como un viejo conocido de la reseña cinematográfica o musical (es el creador de la famosa web Cinearchivo y autor de distintos libros dirigidos a cinéfilos o melómanos) desgrana pormenorizadamente la carrera de Leslie Stevens y Joseph Stefano, analiza en profundidad los dieciséis episodios y ofrece datos importantes sobre la producción de la ya mencionada Incubus. Todo un excelente trabajo que culmina una edición en dvd cuidada hasta el más mínimo detalle para traernos en dvd por primera vez a España una pieza imperecedera de la pequeña pantalla a nivel mundial.


lunes, 7 de agosto de 2017

Michael Cimino: Las Puertas de América



Edición nacional Cine Ultramundo
Autor Varios
Formato Rústica
Páginas 483
Precio 27€

Después de dos estimulantes propuestas como fueron Rob Zombie: Las Siniestras Armonías de la Sordidez y Terminator: El Imperio de Skynet el equipo del blog Ultramundo encabezado por su creador Miguel Díaz González edita su tercer libro relacionado con el mundo del séptimo arte. En esta ocasión el proyecto ha sido editado bajo el sello del mismo blog (recordemos que los dos ensayos previamente citados fueron publicados bajo el sello de las editoriales Tyrannosaurus Books y Applehead Team respectivamente) y como trabajo supone la primera entrega de una colección titulada Cineastas Ilustres y Malditos. Este primer volumen tiene como protagonista a uno de los directores más peculiares de la historia del celuloide reciente, el norteamericano Michael Cimino, autor cuya carrera ascendió al Olimpo de los Dioses con la misma velocidad con la que descendió del mismo sólo unos pocos años después, quedando su prometedor futuro como uno de los realizadores con más proyección del Hollywood de los 70 y 80 maltrecho y llegando a convertirse en un profesional denigrado y maltratado por motivos que en ocasiones no se adscribían estrictamente al medio cinematográfico.

La elección de Michael Cimino para empezar esta nueva colección es un gran acierto y una declaración de principios ya que la carrera del italoamericano, que como sabemos falleció a los 77 años el pasado año 2016, es una de las más interesantes de la historia del cine reciente por motivos tanto profesionales como personales. Después de escribir varios guiones para obras ajenas Michael Cimino debutó en el mundo del cine de la mano de Clint Eastwood con Un Botín de 500.000 Dólares para pocos años después saborear las mieles del éxito con la mítica El Cazador, cinta protagonizada por Robert de Niro con la guerra de Vietnam como telón de fondo que triunfó allá donde se estrenó aumentando exponencialmente la popularidad y prestigio de su autor. Tras ella llegaría la debacle con la incomprendida epopeya La Puerta del Cielo, enorme superproducción que supuestamente hundió a la United Artists y cimentó la fama de Cimino como realizador megalómano, excesivamente perfeccionista e intratable. A partir de ahí su carrera nunca fue la misma, aunque llegó a tener algún que otro repunte de calidad y crédito como su siguiente película, la muy recuperable Manhattan Sur (Year of the Dragon).

Michael Cimino: Las Puertas de América aborda toda la carrera del director desde sus inicios hasta sus últimos trabajos detrás de las cámaras desglosando este trayecto profesional y vital de manera pormenorizada. Ya desde la preciosa ilustración de Nacho Castro que copa todo el protagonismo en la portada del libro o la de uno de los mejores carteles de La Puerta el Cielo que hace lo propio en la contraportada podemos ver el cariño y la meticulosidad con los que el trabajo ha sido abordado por sus autores. Después del prólogo a manos de Antonio Rico hablando sobre la esencia de la obra de Cimino y otro capítulo escrito por Miguel Díaz González explicando la gestación del proyecto y los pormenores que sufrió el desarrollo del mismo llega la introducción de Iván Suarez que nos pone en contexto para comenzar con la lectura del trabajo que ha sido abordado por un puñado de viejos conocidos de la reseña cinematográfica en nuestro país como Jorge Fonte, Antonio Pardo Larrosa, Jordi Revert, Sofía Carlota Rodríguez, Joaquín Vallet Rodríguez o el ya citado Iván Suárez, comandados todos por Díaz González en labores de coordinación.

El primer capítulo del libro propiamente dicho está dedicado a los orígenes de Cimino y se centra en su vida desde su nacimiento en 1939, pasando por su formación académica y abarcando sus influencias tanto cinematográficas como literarias. Aborda su pasión por la arquitectura (que más tarde extrapoló a su obra como cineasta) sus primeros pasos en Hollywood (donde pudo codearse con dos de sus pasiones, las mujeres y los coches) y coqueteos prematuros con el mundo del séptimo arte. El segundo, a cargo de Iván Suárez y Miguel Díaz, se centra en los dos guiones en los que intervino para films de otros directores como los de Naves Misteriosas (Silent Running) o Harry el Fuerte (Magnum Force). El primero era una atípica cinta de ciencia ficción (con notable mensaje ecologista en su subtexto) dirigida por el experto en efectos especiales Douglas Trumbull y el segundo era la primera secuela de las aventuras policiales de Harry Callahan para la que reescribió un libreto que había ideado el célebre John Milius y en la que mantuvo contacto por primera vez con quien sería su mentor a la hora de debutar como cineasta sólo un año después, Clint Eastwood.

Una vez que Michael Cimino: Las Puertas del Cielo se adentra en la filmografía como director del norteamericano y al igual que sucedía con los dos anteriores libros editados por el equipo de Ultramundo la estructura a la hora de analizar cada uno de los largometrajes es el de las famosas “MegaCríticas” nacidas en dicha web. Un tipo de extensa reseña en la que se incluyen ficha técnica/artística, sinopsis, la crítica propiamente dicha y apartados muy jugosos y abundantes en información como los “Así se Hizo” que en la obra que nos ocupa copan gran parte del interés debido a las innumerables anécdotas que añaden sobre la gestación, rodaje y estreno de los films. Dichas disecciones se las reparten varios de los autores del libro como Joaquín Vallet Rodrigo o Jorge Fonte y un omnipresente Iván Suárez que se responsabiliza, unas veces en solitario y otras acompañado, de los ya citados making of que enriquecen considerablemente la visión que se da de los distintas películas. Todo ello estructurado de una manera homogénea en la que unos textos y otros forman un cohesionado todo en el que no sabemos cuando acaba el trabajo de uno de los escritores y empieza el de otro.

De esta manera no sólo encontramos en el ensayo opiniones bien formadas y fundamentadas sobre todos y cada uno de los trabajos de Cimino, también llegamos a conocer anécdotas curiosas sobre Un Botín de 500.000 Dólares (Thunderbolt & Lightfoot) como el de los conejos en el maletero o la revelación que supuso en la obra un jovencísimo y carismático Jeff Bridges, la dificultosa producción de El Cazador a manos EMI Films (división cinematográfica de la famosa discográfica) cuando decidió coquetear con el mundo del celuloide y la repercusión social y política que tuvo la cinta una vez se estrenó con seguidores y detractores de la misma. Pero es de recibo hacer una parada en el capítulo dedicado a La Puerta del Cielo, el posiblemente mejor de todo el libro, en el que llegamos a conocer de primera mano cómo fue el controvertido, caótico y descomunal rodaje del neowestern con vocación de clásico instantáneo que supuso en su estreno uno de los mayores fracasos de la historia del séptimo arte y el fin de la “relación de amor” entre Hollywood y los directores del nuevo cine americano nacido durante los 70 a manos de autores como Francis Ford Coppola, George Lucas Martin Scorsese, Steven Spielberg, Brian de Palma o el mismo Cimino.

Aunque un servidor, así como muchos otros seguidores de Michael Cimino, considera Manhattan Sur (Year of the Dragon) uno de sus mejores trabajos bien cierto es que su filmografía post Las Puertas del Cielo es menos interesante. Pero contra todo pronóstico los autores del libro saben sacar oro de trabajos que no cumplieron las expectativas depositadas en ellos como el remake de 37 Horas Desesperadas, El Siciliano o su testamento cinematográfico, Sunchaser. Iván Suárez y Jorge Fonte aúnan fuerzas para que los episodios dedicados a dichas producciones mantengan el nivel de los que hablaron previamente de los tres primeros trabajos del italoamericano mencionando curiosidades, incluyendo declaraciones de miembros de los equipos técnicos y artísticos de todos los films y finalmente dando una opinión estimulante y profesional sobre una segunda parte de la carrera de Cimino que no estuvo a la altura del enorme talento que atesoraba como narrador de historias, realizador detallista y amante de su trabajo.

Una vez se ha diseccionado la filmografía oficial del cineasta encontramos otros capítulos que siguen abarcando su carrera profesional. El primero habla de los últimos años de Cimino posteriores al paupérrimo estreno y recibimiento de Sunchaser, hablando de su última incursión detrás de las cámaras, un muy olvidable corto dentro del largometraje coral Chacun Son Cinéma, los malintencionados rumores sobre su abuso de la cirugía plástica o su cambio de sexo y haciendo especial hincapié en la revalorización con el paso de los años, no sólo de La Puerta del Cielo cuando se estrenó el montaje del director, sino también de la carrera de Cimino en general como una de las más incomprendidas del cine contemporáneo. El segundo hace un breve, pero interesante, repaso por todos los proyectos truncados del protagonista o en los que trató de implicarse para después desvincularse de ellos con piezas tan dispares como una nueva adaptación de la novela El Manantial de Ayn Rand, Footloose, La Zona Muerta o Nacido el 4 de Julio. Con estos dos episodios termina la inestimable aportación de Iván Suárez a un proyecto del que fue uno de sus principales impulsores.


Los dos últimos capítulos están acometidos por Antonio Pardo Larrosa y Sofía Carlota Rodríguez. El primero habla de la relación profesional de Cimino con los compositores musicales de sus largometrajes, otro de los más interesantes del ensayo, en el que Pardo Larrosa muestra unos profundos conocimientos musicales que utiliza para diseccionar las bandas sonoras de El Cazador, con su famosa Cavatina a manos de Stanley Myers e interpretada por el guitarrista John Williams (nada que ver con el célebre compositor norteamericano), la preciosa partitura del por aquel entonces joven David Mansfield en La Puerta del Cielo que también trabajó en los tres proyectos posteriores de Cimino y mencionando también a su último colaborador, el francés Maurice Jarre, que puso notas musicales a Sunchaser. Para finalizar Rodríguez aporta una interesante entrevista al realizador que le realizó en el año 1990 con motivo del estreno del que por aquel entonces era su film más reciente, 37 Horas Desesperadas, para que el trabajo desarrollado en el ensayo termine con palabras en primera persona del cineasta.


Finalizado este somero repaso por todo el contenido de Michael Cimino: Las Puertas de América sólo queda hacer mención a sus virtudes y defectos. Como previamente apuntábamos desde la misma portada del libro se nota el mimo y la dedicación del equipo de autores a la hora de abordar el proyecto. Todos los escritores muestran, no sólo un considerable conocimiento de la obra del autor de El Cazador, sino también el respeto y la admiración que profesan por su obra, aunque sin llegar en ningún momento a la mitificación exagerada o la condescendencia con sus obras menos destacables. Esta labor se ve especialmente incrementada con el buen trabajo de coordinación a la hora de dar cohesión a la obra interconectando con acierto los diferentes textos y tonos de los autores para que formen un producto compacto en el que no desentone una visión con respecto a otra. Esta competente ejecución del trabajo transmite una sensación de profesionalidad que no todos los libros corales consiguen, ya que fallar con respecto a este apartado puede hacer tambalear los cimientos mismos del proyecto.

Pero con respecto a los aciertos lo más destacable por parte de Michael Cimino: Las Puertas de América es que el equipo de Ultramundo ha eliminado los dos fallos más notorios de sus dos anteriores libros, la maquetación y la saturación de información. La maquetación de Rob Zombie: Las Siniestras Armonías de la Sordidez y Terminator: El Imperio de Skynet tenían el encanto de parecer la de un blog sobre cine en el primer caso y la de un fanzine retro en la segunda, pero ciertamente eran mejorables en varios aspectos. En cambio la labor de maquetación en el libro que nos ocupa supone un paso de gigante con respecto a aquellos trabajos, con uso de imágenes a todo color, un diseño de las fichas técnicas/artísticas soberbio y un exquisito gusto a la hora de elegir las numerosas fotografías que pueblan las páginas del libro. Por otro lado en los dos ensayos previamente citados anteriores al que nos ocupa los copiosos datos que sus autores aportaban en ocasiones se antojaban algo farragosos, nos “sobreinformaban” y a veces era difícil digerirlos, pero en Michael Cimino: Las Puertas de América ese defecto se ha subsanado gracias a la adecuada dosificación del contenido, convirtiéndose en el libro de Ultramundo que se lee con más ligereza y fruición, casi 500 páginas que se pasan en un suspiro.

Como defectos, pocos, el único destacable es que si bien el capítulo Las Sociedades Musicales de Cimino, como previamente mencionábamos escrito magníficamente por Antonio Pardo Larrosa, es uno de los mejores de todo el libro también es cierto que está desarrollado de manera que desentona un poco con el resto del contenido del trabajo, ya que el autor hace mención a obras y detalles relacionados con la filmografía del cineasta que ya nos habían sido apuntados sustanciosamente en capítulos previos dedicados a su carrera y en ese sentido se pierde un poco el sentido de estructuración sólida que el destacable trabajo de coordinación había mostrado hasta ese momento cayendo en cierta redundancia innecesaria. Más allá de este detalle, que en ningún momento ensombrece los aciertos de ese apartado en concreto o la obra en su conjunto, nada más reprobable vemos en un trabajo como el que han realizado los implicados en un libro tan bien diseñado y ejecutado como el que protagoniza esta entrada.


Michael Cimino: Las Puertas de América es uno de los mejores libros relacionados con el séptimo arte de este año 2017, un producto indispensable no sólo para los fans del controvertido director, sino también para todo aquel aficionado al mundo del cine que quiera conocer una filmografía ecléctica repleta de éxitos y fracasos y cómo funcionan los, en muchas ocasiones, nada sencillos entresijos de la maquinaría hollywoodiense, normalmente propensa a cortar las alas de verdaderos autores como Michael Cimino por miedo a que puedan tomar el control total de los proyectos en los que se implicaban como sucedió con incontables clásicos de la época dorada del cine estadounidense. Los muchachos de Ultramundo se han marcado un magnífico homenaje al autor de El Siciliano o Un Botín de 500.000 Dólares con el que es hasta ahora el mejor de los libros que han ideado y poniendo con él la primera piedra de una colección sobre cineastas destacados y recuperables que promete bastante en un futuro próximo.


sábado, 5 de agosto de 2017

Spider-Man: Homecoming




Título Original Spider-Man: Homecoming (2017)
Director Jon Watts
Guión John Francis Daley, Jonathan Goldstein, Christopher Ford, Chris McKenna, Erik Sommers, Jon Watts, basado en personajes de Stan Lee y Steve Ditko
Reparto Tom Holland, Robert Downey Jr., Michael Keaton, Marisa Tomei, Jacob Batalon, Zendaya, Jon Favreau, Tony Revolori, Laura Harrier, Angourie Rice, Kenneth Choi, Michael Barbieri, Logan Marshall-Green, Donald Glover, Tyne Daly, Martin Starr, Hannibal Buress, Abraham Attah, Michael Mando, Bokeem Woodbine, Jona Xiao, Chris Evans, Gwyneth Paltrow,  Tiffany Espensen,  Garcelle Beauvais,  Stan Lee




Segundo reinicio de las aventuras cinematográficas de Spider-Man después de la trilogía de Sam Raimi con Tobey Maguire dando vida al superhéroe y el díptico de Marc Webb con Andrew Garfield haciendo lo propio. Aunque en honor a la verdad deberíamos afirmar que el verdadero reboot tuvo lugar en Capitán América: Civil War, largometraje de los hermanos Anthony Russo y Joe Russo inspirado lejánamente en el evento ideado en viñetas por el guionista Mark Millar y el dibujante Steve McNiven en el que hizo por primera vez acto de presencia el nuevo lanzarredes interpretado por el británico Tom Holland (Lo Imposible) para codearse con gran parte de los Vengadores. Esta primera aventura en solitario del alter ego de Peter Parker nacida al amparo de la colaboración entre Sony y Marvel Stuidos está escrita por un equipo de hasta seis guionistas, dirigida por Jon Watts, cineasta al que conocemos por haber realizado cintas como su debut Clown o la bastante vitoreada Cop Car, y cuenta en su reparto con actores de primer nombre como el inevitable Robert Downey Jr y su Iron Man/Tony Stark, Marisa Tomei como May Parker o Michael Keaton en la piel del Buitre/Adrian Toomes entre otros. El resultado ha gustado a crítica y público en líneas generales, pero sin recibir reseñas tan positivas como Doctor Strange o Guardianes de la Galaxia Vol 2, las últimas propuestas cinematográficas salidas de la división cinematográfica de la Casa de las Ideas. En España el film llegó a las carteleras el pasado viernes y después de haberla visto ya podemos hablar abiertamente sobre sus virtudes y defectos.




Spider-Man: Homecoming narra la vida del adolescente Peter Parker inmediatamente después de haber colaborado con el bando de Tony Stark durante la Civil War de la película homónima. En el proceso asistiremos a cómo trata de mantener el equilibrio entre su vida personal en la que están implicados familiares y allegados como su tía May (Marisa Tomei), sus amigos Ned (Jacob Batalon) y Michelle (Zendaya) o Liz (Laura Harrier) la chica de la que está enamorado así como a la profesional protagonizada por su alter ego superheróico siempre a la espera de que su nuevo jefe, el mismísimo Iron Man, le encomiende una importante misión que nunca llega. El robo de material alienígena chitauri ocho años atrás por parte del ex trabajador de la construcción Adrian Toomes (Michael Keaton) y sus socios utilizado en la actualidad como armamento con fines delictivos se convertirá en esa misión que el primerizo Peter Parker lleva tiempo esperando.




La primera y más agradecida virtud de Spider-Man: Homecoming es, como ya dejaba bastante claro la citada Civil War, que no es una historia de orígenes del superhéroe, de modo que no tenemos que asistir a la picadura de la araña radioactiva (o mutada genéticamente si te llamas Sam Raimi) el descubrimiento de los poderes de Peter o la muerte de Ben Parker. Ese terreno se da por recorrido y el largometraje se mete de lleno en el día a día del personaje como héroe ya asentado de cara a la opinión pública entre los que lo defienden y los que le critican. En ese sentido el largometraje cumple competentemente con la idea de seguir de manera más o menos fiel la tónica del resto de adaptaciones cinematográficas del Hombre Araña, pero añadiendo algunas ideas nuevas “made in Marvel Studios” para dar algo más de encanto al personaje y su lucha contra el crimen por medio de parafernalia tecnológica proporcionada por Tony Stark que sirve como excusa para vincularlo con el personaje de Robert Downey Jr y por efecto dominó con los Vengadores.




El problema reside en que más allá de esos añadidos a modo de complementos la historia de Spider-Man: Homecoming no aporta nada nuevo u original a lo que ya habíamos asistido en las dos sagas anteriores adscritas al mundo del séptimo arte. Todo lo que sucede en la cinta de Jon Watts ya lo hemos visto previamente a manos de Sam Raimi o Marc Webb, con mayor o menor fortuna, pero lo hicimos y de hecho la ligereza con la que está abordada la historia, que apunta casi unidireccionalmente al público adolescente, es más liviana incluso que la de cualquier otro de los productos de Marvel Studios. Evidentemente esto no debería ser un inconveniente si tenemos en cuenta que Spider-Man es uno de los personajes más divertidos y entrañables salidos de la Casa de las Ideas, pero el tono con el que han abordado sus artífices la propuesta parece haber sido gestado por otra factoría y no la que dio forma a productos como Capitán América: Soldado de Invierno o el díptico de los Vengadores. Hasta Ant-Man cuya narrativa se sustentaba principalmente en la comedia tiene más entidad que la última propuesta de la productora de Kevin Feige.




Jon Watts se enfrenta con oficio a las numerosas escenas de acción que pueblan el metraje con pasajes de bastante aparatosidad de los que sabe salir (casi) siempre airoso y su media docena de guionistas (él mismo entre ellos) saben sacar partido a un humor con cierto encanto, sobre todo cuando trata de ponerse incisivo y metareferencial, que en no pocas ocasiones nos remite al de las viñetas con la verborrea descontrolada del protagonista cuando se enfrenta con sus rivales, pero en esta ocasión haciendo especial hincapié en un tono más naïf del habitual que es tan innecesario como comprensible si tenemos en cuenta su edad. Muchos de los mejores golpes de humor los comparte Peter con su amigo Ned, un personaje típico y tópico de mejor colega que se muestra de cara a la platea tan entrañable como prescindible, añadido que al que esto firma no le convence sin negar por ello que guarda varios pasajes cómicos memorables como secundario.




Pero todo es rudimentario, huele a cien veces visto y los autores del proyecto parecen sentirse cómodos en su autocomplacencia. En Spider-Man: Homecoming hay escenas muy bien ejecutadas, pero no encontramos prácticamente ninguna que quede grabada en la retina del espectador como sí sucedía en las dos entregas de los Guardianes de la Galaxia, Capitán América: Civil War o Doctor Strange por mencionar sólo algunas de las producciones más recientes de Marvel Studios. Es como si el ya conocido conservadurismo formal y narrativo de las creaciones financiadas por Kevin Feige se viera potenciado más si cabe con la intervención de Sony que ya demostró en las dos entregas de The Amazing Spider-Man que andaba bastante desorientada a la hora de encarrilar con acierto las aventuras en celuloide del personaje creado por Stan Lee y Steve Ditko hace más de medio siglo en las páginas de la colección Amazing Fantasy.




También sería de recibo mencionar algunas elecciones con respecto a personajes secundarios que si hubieran sido tomadas en un producción de DC Etertainment seguramente hubiesen recibido los ataques que esta Spider-Man: Homecoming no ha tenido que padecer y no me refiero a la diversidad racial con respecto a los actores, decisión por parte de Marvel que siempre defenderé tanto en cine como en cómics. Hablo de los métodos expeditivos para eliminar a personajes que las viñetas son bastante conocidos o los trucos tramposos de guión para ocultar vínculos familiares o identidades secretas que no deberían serlo con el único motivo de buscar el giro forzado que deje con la boca abierta al espectador cuando un producto de esta naturaleza no exige ni necesita dichas tretas que sólo delatan que al guión le faltaban un par de vueltas para ser todo lo sólido que debiera.




Aunque su inclusión en Capitán América: Civil War era tan forzada y prescindible como estimulante y divertida y su relación nada creíble con Tony Stark uno de los fallos de guión más notables de la, por otro lado, potente cinta de los hermanos Russo Spider-Man: Homecoming confirma lo que allí ya vislumbramos, que Tom Holland ha sido un enorme acierto de casting. El joven actor británico insufla ingenuidad, carisma, simpatía y vivacidad en su labor interpretativa a la hora de dar vida tanto a Spider-Man como a Peter Parker, encandilando a la audiencia con los momentos más cómicos y manteniéndose firme en los dramáticos o de tensión, como ese enfrentamiento verbal dentro del coche en el que el actor de Lo Imposible muestra unas tablas impropias de su edad y breve carrera como artista. En cambio el excelente trabajo de Michael Keaton no puede hacer nada a la hora de vencer el mayor cáncer que tienen las producciones de Marvel Studios, su pobre retrato de villanos con un Buitre insuficiente cuyas motivaciones sólo son abordadas superficialmente exponiéndose por ello desdibujado y pobre en pantalla como némesis del protagonista, por muy intimidante que se muestre en el plano físico.




Dentro del resto de personajes hace muy bien su trabajo, como era de esperar en él, Robert Downey Jr que contra todo pronóstico no hace más que unas cuantas apariciones episódicas que, aunque se revelan como parte de lo mejor de la velada, en ningún momento son utilizadas para quitar protagonismo al personaje principal. Marisa Tomei cumple sobradamente, pero lo siento, yo ahí veo a una hermana mayor enrollada, no a la tía May que todos conocemos y adoramos/detestamos, no ya por la notable diferencia de edad, sino por el modo en el que se ha abordado desde el guión y la interpretación. Jacob Batalon, Zendaya y Laura Harrier realizan con aplomo su labor a la hora de dar vida a los amigos de Peter, pero el espectador no deja de pensar en ningún momento que dichos roles sólo tienen sentido dentro de películas en solitario del trepamuros, ya que en el universo cinematográfico de Marvel aportarían poco o nada como por otra parte es lógico.




Sentimientos encontrados a la hora de evaluar Spider-Man: Homecoming. Por un lado veo a un magnífico Peter Parker protagonizando una aventura dinámica, luminosa y entretenida con referencias a los cómics (tanto al Universo 616 como al Ultimate), pero por otro lamento que un producto que podría haber servido para reinventar totalmente al personaje de cara a una nueva generación de espectadores se haya asentado en la comodidad y la autcomplacencia llegando incluso a quedar por debajo de sus hermanas mayores dentro de Marvel Studios, antojándose en ocasiones casi más el abultado episodio piloto de una serie para televisión que la potente superproducción pijamera que debería ser y a mí no me lo parece. Con todo la buena recepción que ha tenido el film de Jon Watts nos confirma que tendremos amistoso vecino Spider-Man para rato y eso siempre es una buena noticia, aunque a nivel personal esperaré que la próxima vez den totalmente en el centro de la diana.