martes, 26 de mayo de 2015

Especial Mad Max, gasolina, arena, pólvora y sangre.



El pasado viernes se estrenó en España Mad Max: Furia en la Carretera el regreso del cineasta australiano George Miller al microcosmos postapocalíptico y desértico que él mismo creó en 1979 con Mad Max, una cinta independiente que se convirtió en una obra de culto dando la vuelta a medio mundo. El film protagonizado por un jovencisimo Mel Gibson fue tan exitoso que dos años después dio pie a una secuela titulada Mad Max: El Guerrero de la Carretera que fue la que creó la leyenda, iconografía y verdadero legado de la franquicia. Ya en 1985 Miller volvió con una tercera entrega rodada a alimón con el director George Ogilvie titulada Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno en la que se hacía patente un cambio de tono que adentraba la saga en unos terrenos inadecuadamente comerciales y hasta cierto punto infantiles que hacían bajar varios enteros las aventuras del mítico personaje de Max Rockatansky. Han tenido que pasar 30 años para que el autor de El Aceite de la Vida o Las Brujas de Eastwick volviera con una nueva entrega de Mad Max con la que lavar la cara de su criatura pero respetando el espíritu en fondo y forma de la misma. Tras su paso por Cannes y la cartelera de medio mundo la película protagonizada por Charlize Theron y Tom Hardy ha puesto de acuerdo a crítica y público con respecto a afirmar que George Miller ha rodado una de las mejores obras cinematográficas del año y la pieza que devuelve la pureza a un cine de acción perdido entre mimetismo comercialoide, puerilidad condescendiente y efectos digitales sobreproducidos. En el siguiente artículo vamos a abordar, en la medida de lo posible, los cuatro trabajos que dan forma a la leyenda de Max Rockatansky, el antihéroe por antonomasia del cine australiano y uno de los iconos pop más recordados de la década de los 80 que ha renacido a la máxima potencia de la mano del que fue su creador hace más de treinta y cinco años.


George Miller, highway to hell


George Miller nace en Brisbane, Queensland, Australia el año 1945 dentro del seno de una familia de inmigrantes griegos. Ejerciendo como médico a principios de los años 70 rodó un cortometraje de un minuto de duración con su hermano menor Chris. En 1971 ingresó en la Universidad de Melbourne para asistir a un taller de cine en el que conoció a una de las personas más importantes de su carrera profesional, Byron Kennedy, que colaboró en todas las producciones de Miller hasta su muerte en un accidente de helicóptero en el año 1983 y con el que creó la productora Kennedy Miller Productions. El primer trabajo de ambos colaboradores fue el debut de George Miller en la dirección de largometrajes después de realizar algunos films experimentales. Mad Max vio la luz en 1979 con un Mel Gibson de veintitrés años que protagonizaba una distopía con aroma a western que puso la primera piedra de lo que pocos años después se convertiría en la franquicia cinematográfica más relevante de la historia del cine australiano. En 1981 Mad Max: El Guerrero de la Carretera confirmaría y afianzaría la estética, puesta en escena y personalidad de la creación de George Miller con una secuela que superaba en casi todos los aspectos a su predecesora marcando a fuego en la mente de millones de espectadores las aventuras de Max Rockatansky. En 1983 colaboraría junto a otros destacados autores de género como Steven Spielberg, Joe Dante o John Landis en la película coral Twilight Zone: The Movie que llevaba a la pantalla grande el mítico serial estadounidense y también intervendría en otros productos del tubo catódico tanto en Australia como en América. Dos años después Miller compartió las labores de dirección con el cineasta George Ogilvie para dar forma a una tercera entrega de la franquicia que nos ocupa titulada Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno. Con un un tono más para todos los públicos y un afán comercial, que se hacía notorio con la presencia de la cantante Tina Turner en el reparto y la banda sonora, el film hirió considerablemente a la saga, pero abrió definitivamente a Miller las puertas de Hollywood.

Su primer proyecto en Hollywood fue la tan simpática como maquiavélica Las Brujas de Eastwick de 1987, una comedia negra con un trío de damas de la interpretación como Susan Sarandon, Michelle Pfeiffer y Cher en la piel de cuatro hechiceras que mantienen una relación sentimental con el mismísimo Diablo encarnado por un Jack Nicholson haciendo casi de sí mismo. Tras ella rodaría la epidérmica y doliente El Aceite de la Vida (Lorenzo’s Oil) intenso drama protagonizado por Nick Nolte y Susan Sarandon inspirado en el caso real de la cruzada que llevó a cabo la familia Odone para salvar la vida de su hijo enfermo Lorenzo que padecía una extraña afección neourológica. Tras este breve paso por la meca del cine George Miller volvería a su Australia natal para producir, escribir y ser la cabeza pensante detrás de aquella entrañable obra maestra llamada Babe: El Cerdito Valiente que en 1995 fue nominada a siete Óscars para más tarde, en 1998, asignarse la dirección de la atípica secuela Babe: Un Cerdito en la Ciudad. Ocho años tardaría Miller en volver a rodar un largometraje y el elegido fue Happy Feet su primera incursión en el cine de animación digital con el que consiguió su único Óscar a la mejor película de animación en el año 2006. Ya en 2011 decidió continuar las aventuras de Mumble, el pingüino bailarín con menos éxito. Actualmente en 2015 el australiano ha vuelto al cine en imagen real rodando una nueva entrega de su mítica saga Mad Max que comentaremos después de hacer un breve repaso por todos los films que dan forma a tan icónica franquicia, aquella que atravesó las barreras de las antípodas para convertirse en un producto cinematográfico de culto a nivel mundial.


Mad Max: Salvajes de la Autopista, baptism of fire


El 12 de Abril de 1979 se estrenó en Asutralia una modesta cinta independiente de acción que partiendo de un presupuesto de unos exiguos 350.000 de dólares consiguió recaudar más de 100 millones a lo largo de todo el globo. El largometraje, que suponía la ópera prima en labores de dirección del médico reconvertido en cineasta George Miller y el primer proyecto bajo el amparo de la productora Kennedy Miller Productions, que el director había fundado con su amigo y colaborador Byron Kennedy, se convirtió al poco tiempo en un inesperado sleeper que cogió al país australiano totalmente desprevenido. La historia se encuentra localizada en un indeterminado futuro en Australia y sigue los pasos de Max Rockatansky, miembro de la Patrulla de Fuerza Central (MFP, Main Force Patrol) una división policial que controla a las bandas de motoristas delincuentes que campan a sus anchas en las carreteras del país. Max, armado con su coche apodado “Interceptor”, tiene la labor de dar caza a este tipo de criminales y es, según comentan en varias ocasiones sus compañeros de trabajo, el mejor en lo que hace. Estando de servicio Max elimina a un motero apodado Jinete Nocturno (Nightrider) y a su compañera después de que estos roben un coche patrulla y se den a la fuga con él no sin matar antes al agente que lo conducía. Cuando llega a oídos de la banda de Jinete Nocturno el prematuro fallecimiento de este a manos de los miembros del Bronze (apodo despectivo con el que se conoce a los miembros de la MFP) Cortadedos (Toecutter) clama venganza por su compañero y decide acabar con todos los miembros de la MFP posibles, enfrentándose él y su equipo a Max y su compañero Jim Goose que tratarán por todos los medios de dar fin a los actos delictivos del grupo de sádicos motoristas.


Mad Max es un western polvoriento, una novela pulp, una distopía nihilista con apuntes de estética punk rodada con pocos medios pero mucha inventiva e imaginación. George Miller debutaba en el mundo del largometraje con una obra con más bien pocos precedentes dentro del cine aussie y que pondría la primera piedra de una franquicia que haría historia en aquel país. El director de Las Brujas de Eastwick se deja imbuir por la mano de Sergio Leone o Sam Peckinpah en el plano estético y el espíritu de John Ford cuando aborda los pasajes de la vida privada de Max o el de Don Siegel cuando se abarca en los de acción y violencia de la obra. Con un Mel Gibson que daba totalmente el tipo en el plano físico como héroe de pocas palabras reconvertido en vengador de la carretera y un George Miller que sacaba oro de las escenas de persecuciones automovilísticas como si de un alumno (muy) aventajado de John Frankenheimer se tratara Mad Max dio nuevos aires al un cine australiano que como el de Peter Weir desarrollado en aquella misma década (Picnic en Hanging Rock, La Última Ola) tomaba vocación internacional, pero en este caso también para atravesar medios y volverse parte de la cultura popular a nivel mundial. La primera aventura de Max Rockatansky asentaba las bases de lo que posteriormente sería la estética de una franquicia que seguramente ni el mismo Miller y sus colaboradores tenían en mente, presumía de un acabado técnico voluntarioso (sólo destilaba algo de cutrez el uso de la cámara acelerada para dar más sensación de velocidad en algunos planos de las persecuciones) y un sano afán por innovar con una amalgama de géneros que daba a luz algo nuevo con aspiraciones a perdurar.




Aunque de la trilogía original Mad Max es el largometraje más cohesionado, autocontenido, el más estrictamente completo en el plano cinematográfico y su éxito más que considerable (vio la luz a nivel internacional un año después de su estreno en Australia) no sería esta primera entrega la que marcaría a fuego las andanzas de el loco Max en la retina de espectadores de todo el mundo, de eso se ocuparía la superior secuela, Mad Max: El Guerrero de la Carretera, que comentaremos a continuación. Pero es esta seminal producción de 1979 la que asienta las bases, la que nos presenta al antihéroe y el contexto en el que se moverá, la que incluye a uno de los pocos villanos con algo de personalidad y verdadero carisma de la franquicia (ese Toecutter que interpreta un magnífico Hugh Keays-Byrne al que volveremos cuando hablemos de Mad Max: Furia en la Carretera por motivos lógicos) y la que nos presenta al protagonista de esta road movie que sólo era la punta del iceberg de una saga que llegó a lo más alto tan pronto como se topó con su propia decadencia a sólo seis años de su creación como producto de ficción. Todos los hallazgos, aciertos, señas de identidad y secuencias de acción de esta primera parte se vieron considerablemente superadas en 1981 cuando George Miller, Byron Kennedy y Mel Gibson decidieron formar de nuevo equipo para llevar a Max Rockatansky al olimpo de los personajes cinematográficos contemporáneos más recordados de los últimos 35 años.


Mad Max: El Guerrero de la Carretera, and the road becomes my bride


Dos años después del éxito de Mad Max: Salvajes de la Autopista llegó Mad Max: El Guerrero de la Carretera, secuela en la que George Miller y sus colaboradores ofrecieron todo para crear una leyenda cinematográfica que había dado sólo sus primeros pasos en el film primigenio de 1979. El director australiano dejó al final de la primera Mad Max a su protagonista convertido en un vengador al que habían arrebatado su familia y que tras asesinar a los autores de tal crimen decidía mimetizarse con una carretera hacia ninguna parte. Con la única compañía de su perro, Max recorrerá infinitos parajes desérticos de una Australia postnuclear pare encontrar una refinería defendida por un grupo de civiles supervivientes acampados que tratan de evitar el ataque de la banda comandada por el salvaje Humungus, un grupo de criminales motorizados en busca del bien más escaso y preciado de la época, la gasolina. Esta nueva historia marca el punto culminante de la saga Mad Max, su consolidación como obra de culto por capítulos y la que sería más recordada con el paso del tiempo gracias a su estética, excesos, barroquismo, crepuscularidad y testosterona desatada en todos sus aspectos. Mad Max: El Guerrero de la Carretera estaba destinada a macar época y Mel Gibson a mimetizarse por fin al 100% con el personaje que le dio la fama a nivel mundial cuando no había llegado todavía a la treintena. George Miller conseguía por fin hacer historia y no sólo ofrecer con su trabajo un producto ejemplar dentro del cine de acción con influencias de distintos géneros, también consiguió, sin proponérselo, marcar época en el plano estético y dar pie a una incontable serie de homenajes, plagios, parodias dentro del cine de serie B que colea hasta nuestros días, pero en ese peculiar apartado pararemos más tarde.



Mad Max: El Guerrero de la Carretera consigue aquella ardua tarea de ser una secuela “más grande”, en todo, que su predecesora sin perder el norte por el camino. Para empezar George Miller y sus guionistas Terry Hayes y Brian Hannant desarrollan aquellas ideas o conceptos que en la primera película sólo eran apuntados brevemente y con sencillas pinceladas. Por un lado un prólogo nos contextualiza por fin este futuro en el que Max Rockatansky se mueve, una Australia escasa de recursos humanos, irradiada por la contaminación nuclear, masacrada por las guerras y por otro lado se confirma la gasolina como el líquido más preciado, el que mueve el dinero o el crimen y por el que los personajes son capaces de morir o matar. Esta segunda parte hiperboliza su acabado estilístico en todos los sentidos tanto el de Max como el de las bandas de moteros que visten una estética punk mucho más marcada mezclando lo medieval con la parafernalia sadomaso, pero también el técnico (aquí las escenas de persecuciones son a mayor escala, están mejor rodadas y en ellas George Miller se reveló como un maestro de la realización cinematográfica) el de diseño de producción (esa sociedad que en la primera película era definida con cuentagotas e muestra aquí en todo su sucio y roido esplendor) e incluso el conceptual con la visión de un futuro desasosegante y crepuscular. En Mad Max: The Road Warrior todo es más ruidoso, descomunal, vibrante, su deuda ya no es sólo con la literatura pulp y el western bastardo, también es con el trazo de ilustradores del mundo del cómic como el francés Jean Giraud “Moebius” o el norteamericano Howard Chaykin y esta amalgama de influencias dan forma a un todo lleno de adrenalina que no da un respiro a la platea.




En esta secuela Max es un personaje que trasciendo lo humano para convertirse en una leyenda que va de boca en boca, un héroe herido, callado, parco, deudor del imaginario de Jean Pierre Melville, más de actos que de palabras, como si George Miller y el mismo Mel Gibson, que se echaba sobre los hombros casi todas las escenas de acción de la saga, ya fueran conscientes del alcance de la criatura a la que habían dado forma. Con todo, aunque como obra supere en casi todos los aspectos a su predecesora, Mad Max: El Guerrero de la Carretera contenía algunas taras que le restaban un poco de solidez, como un montaje en ocasiones caótico, un villano que adolecía del carisma del Toecutter de la primera entrega o la innecesaria inclusión de ese asilvestrado niño que aún siendo soportable se mostraba como una pequeña muestra de lo que nos esperaba casi a la vuelta de la esquina con Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno. Pero esta producción de 1981 es la más destacada de la saga en el plano icónico, dio pie a una incesante fiebre de copias o plagios de serie B (y hasta Z) venidas de países tan dispares como Italia (El Exterminador de la Carretera) Filipinas (Mad Warrior) o los mismos Estados Unidos con aquella Sangre de Héroes (alabada por el mismo George Miller) que supuso el no muy exitoso debut en la dirección del reputado guionista David Web Peoples (Sin Perdón, Blade Runner, 12 Monos) que colea hasta la actualidad con productos como Doomsday, de Neil Marshall, Death Race, de Paul W. S. Anderson o los videojuegos de la saga Fallout de Interplay y Bethesda Softworks. En 1981 Max Rocatansky ya estaba en lo más alto, ya era historia del cine a nivel mundial, por desgracia lo siguiente fue que su tercera entrega se encontrara ante una serie de catastróficas desdichas que obligó a la saga a dormir el sueño de los justos durante la friolera de casi 30 años.


Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno, finding Tomorrow-morrow Land


En el año 1983 el productor Byron Kennedy fallecía en una accidente de helicóptero mientras buscaba localizaciones para lo que sería la tercera entrega de Mad Max. Este hecho en el que el amigo y colaborador de George Miller moría prematuramente fue el que dio pie a que la producción de Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno no fuera como sus equipos técnico y artístico esperaban. El cineasta se encontraba tan afectado por lo acontecido que se vio incapaz de abordar en solitario la realización del largometraje y decidió servirse de la ayuda de su colaborador, el director George Ogilvie, para llevarlo a buen puerto. Como era de esperar Mel Gibson volvería para dar vida a Max Rockatansky y la cantante estadounidense Tina Turner daría vida a Tía Ama, la villana de la función. El largometraje se estrenó en 1985 y fue un considerable éxito, pero como pasaremos a comentar a continuación no sólo es el más flojo de la saga, y una decepción para los fans del loco Max, también supuso el primero en el que George Miller se entregó a los brazos de la comercialidad más hollywoodiense convirtiendo la tercera entrega de western postacpocalíptico en una cinta para toda la familia que poco, casi nada, tenía que ver con las dos entregas anteriores de 1979 y 1981. Con una historia protagonizada por, en su mayoría, insoportables niños salvajes esta segunda secuela de Mad Max funciona como película de aventuras para todos los públicos, tiene un dinamismo meritorio, no aburre en ningún momento y es puro cine comercial de los años 80, pero como secuela es indigna de la franquicia a la que pertenece por distintos motivos que pasaremos a enumerar a continuación.




Con Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno vayamos directos al grano. Si no fuera por Mel Gibson, su personaje llamado Max, la estética de este y la de algunos de los habitantes de Truequelandia, esta producción de 1985 no tendría absolutamente nada que ver con una franquicia como la de Mad Max. No ya sólo por esa infantilización de la historia para que pueda ser accesible a todos los públicos y que remite tanto a Star Wars: El Retorno de Jedi o la mano de Steven Spielberg en productos como la entrañable E.T, sino también porque George Miller, George Ogilve y el guionista Terry Hayes (implicado también en la escritura de la anterior Mad Max: El Guerrero de la Carretera) eliminan algunas de las señas de identidad más características de las dos anteriores cintas. Una película de Mad Max sin una carretera que se pierda en el horizonte no es una película de Mad Max, es más, sólo e los 20 minutos de metraje tenemos persecuciones automovilísticas aunque las mismas merecen mucho la pena, ya que no sólo en ellas George Miller pone toda la carne en el asador, sino que también podrían considerarse las mejor ejecutadas de la saga sino fuera porque existe una cosa llamada Mad Max: Furia en la Carretera que pasaremos a comentar a continuación. La calificación PG 13 también reduce considerablemente la violencia explícita de las dos primeras cintas, otra marca de la casa que aunque no abundaba estaba presente en varios momentos puntuales en los que cumplían su cometido de impactar a la platea, de modo que sólo nos queda como concepto reconocible la estética que ya bordea el steampunk y un feismo en algunos personajes que llegará a su culmen veinte años después con la última película realizada por Miller.




Tenemos una Cúpula del Trueno que cobra en el título un protagonismo que pierde a la media hora de metraje del film, pero que nos regala algunas escenas de acción muy bien ejecutadas y la presencia intimidante del Maestro Golpeador (mucho mejor el Master Blaster de la versión original) una villana carismática como Tina Turner que aún dando la réplica con mucho oficio al Max de Mel Gibson (menos hierático de lo normal, pero aún así muy entregado a la causa) confirma con su presencia como actriz y compositora de algunos temas de la banda sonora la bajada de pantalones de Miller y sus huestes de cara al gran público y una recta final que es la única que respira Mad Max por todos sus fotogramas con acción bien rodada y la consolidación de Max como una figura legendaria. Este ir y venir de aciertos y fallos, de concesiones de cara a la galería y un mínimo afán por salvaguardar la personalidad de una saga cuyo espíritu está ausente en casi todos los 105 minutos del metraje son los que hacen de Mad Max: Más Allá de la Cupula del Trueno una meritoria y entretenida cinta de aventuras que incluso dejaría su huella en futuros proyectos, como en aquella Waterworld, rodada por Kevin Reynolds, que llevaría a la ruina a un Kevin Costner en labores de protagonista y productor, pero que no es digna como segunda secuela de las aventuras de Max Rockatansky, por alejarse demasiado de la esencia que apuntaló el mito de aquellas. Por suerte este 2015 no sólo nos ha deparado la resurrección de una leyenda del celuloide como Mad Max, también lo ha hecho con la que posiblemente sea la mejor pieza de todas las que han tenido al guerrero de la carretera como protagonista.


Mad Max: Furia en la Carretera, long hard road to Valhalla


Exactamente 30 años separan el estreno de la fallida Mad Max: Más Allá de la Cúpula del Trueno con el de la reciente Mad Max: Furia en la Carretera. En ese periodo de tiempo George Miller ha trabajado en Hollywood con films como Las Brujas de Eastwick o El Aceite de la Vida, ha coqueteado con la fábula literaria en la saga del cerdito Babe, ha ganado un Óscar con su primera incursión en el cine animado con la primera parte de su díptico Happy Feet y ha superado los 70 años de edad sin perder las ganas por seguir haciendo películas. Desde hace quince años el cineasta australiano había barajado la idea de resucitar de entre los muertos su saga Mad Max, aquella que marcó a fuego su impronta en toda una generación de espectadores y jóvenes directores regalándonos aquel héroe solitario, aquel cowboy, aquel ronin que vagaba por las carreteras de una Australia arrasada por la mano del hombre. Por distintos problemas financieros relacionados con querer rodar el largometraje en su país y con toda la libertad artística posible dieron pie a que el proyecto no se comenzara a rodar hasta el año 2012 alargándose en el tiempo hasta el presente 2015, poco antes de la puesta de largo oficial de la obra. A día de hoy Mad Max: Fury Road ha sido aplaudida en el festiva de Cannes donde fue presentada fuera de competición y ha enamorado a espectadores y críticos de todo el mundo, no sin motivo. Ya sin Mel Gibson dando vida a Max Rockatansky que esta vez tiene el rostro, físico y algo de la voz del británico Tom Hardy (Bronson, El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace) al que acompaña la actriz sudafricana Charlize Theron (Monster, Prometheus) el también inglés Nicholas Houlth (X-Men: Días del Futuro Pasado, Memorias de Un Zombie Adoescente) y un recuperado Hugh Keays-Byrne (Mad Max: Salvajes de la Autopista) la última entrega de Mad Max viene para quedarse, no sólo para que Miller de lecciones de cómo se rueda cine de acción real al resto de realizadores del panorama cinematográfico actual con ela sino para confirmar el nunca reconocido talento de un director que debe estar entre los más grandes del género y que se encuentra en mejor forma que muchos de sus coetaneos o imitadores.




Mad Max: Fury Road es una opera de Richard Wagner, una película de vikingos, cine medieval, celuloide teológico, una oda al exceso, al “cuanto más mejor”, a la destrucción, a la anarquía, al sacrificio y la redención, una orgía de metal, guitarras eléctricas, explosiones, gasolina, arena, sangre y líquido amniótico en la que George Miller lo ha dado todo sin miedo a pecar de excesivo porque sabe al dedillo cuál es su oficio, qué debe dar a los espectadores y qué debe negarles. La última entrega de Mad Max es cine de acción en su estado más puro, delegando responsabilidades en unos especialistas de escenas de riesgo que sin la necesidad de efectos digitales (el uso de los mismos en el largometraje son mínimos y se concentran en las escenas en las que los personajes se enfrentan a tormentas de arena en el desierto) volviendo a aquellos años ochenta en los que el frío pixel todavía no había hegemonizado el cine de acción comercial. Miller no quiere dejarse nada en el tintero y se entrega a un desfile de excentricidades que parece no tener fin. Toda la estética punk, sadomasiquista, feista, pulp, barroca, crepuscular y mórbida que había sido el caldo de cultivo de las tres primeras cintas explosiona aquí lanzando metralla hacia la pantalla. El director australiano lleva hasta el paroxismo los vehículos gigantescos, los parajes desérticos, el armamento primitivo propio de un mundo devastado por las guerras y ajeno a todo tipo de progreso, una sociedad reflejada en esos personajes deformes, enfermos, pálidos, esqueléticos, repletos de tumores con los que llegan a convivir y que ofrecen la imagen alegórica de un planeta Tierra podrido, corrompido, que necesita sangre nueva para sobrevivir y poder llevar a cabo su cruzada suicida en pos de una mejorada descendencia, una nueva generación de saqueadores y caudillos totalitarios.




En los primeros quince minutos George Miller nos contextualiza su distopía salvaje y descarnada, en la que la gente sometida al brutal régimen de Inmortan Joe muere por la necesidad de agua y gasolina (los dos bienes más preciados de la saga como recordamos de la segunda y tercera entrega) y en la que la esperanza de vida es mínima, casi inexistente. Cuando llegamos a los 30 minutos de metraje el agotamiento del espectador es un hecho, siempre en el buen sentido de la palabra, para entonces Miller ya ha dado buena muestra de la bacanal de muerte y destrucción que su cámara puede capturar en tan poco tiempo, ya hemos visto al nuevo Max de Tom Hardy se perseguido por incontables pandillas de dementes motorizados, a Charlize Theron como Imperator Furiosa traicionar a su jefe para huir con las últimas portadoras de verdadera vida de es ciudad regida con puño de hierro en la que vivían a duras penas y nos han sido presentado esos kamikazes apodados Media-Vida, extremistas radicales que no rinden tributo a deidad alguna solo a la carretera, al octonaje, a la muerte violenta que los envía al Valhalla nórdico, exigiendo al espectador “ser testigo” de su hazaña suicida y que queda perfectamente reflejada en la maniática presencia de ese Nux al que da vida un superlativo Nicholas Hoult que ofreció todo en el, ya de por sí, durísimo rodaje de la película. Todo este bestiario, encadenado de escenas de acción que hacen palidecer cualquier intento por parte de otros directores de inyectar nervio y furia a proyectos ajenos a este, esa desmesura en fondo y forma es la que nos impide pararnos un momento a recapacitar y reflexionar sobre que el guión de la última cinta de George Miller, del que se ocupan Nick Lathouris, Brendan McCarthy y el miso cineasta, es un fino hilo, una mínima excusa de persecución continua sin ningún tipo añadidos argumentales que reducen la historia al mínimo exigido. Esta idea no es para echarse las manos a la cabeza, un film de esta naturaleza tan visual y avasalladora no necesita más argumento, es más, ninguno de los libretos de las tres anteriores entregas eran un dechado de progresión dramática o narrativa, pero el trabajo de su director era el que subía de nivel el acabado final del producto, alzando hasta la excelencia el que comentamos en esta última reseña.




Mucho se ha hablado de la estúpida campaña antifeminista contra Mad Max: Furia en la Carretera impulsada por el artículo “Por qué no deberías ver ‘Mad Max: Feminismo en la carretera” de Aaron Clarey apodado “Capitán Capitalismo” dentro de la web pro-machista Return of Kings y al que suscribe el hecho de que estos individuos aprieten el esfinter con cualquier producto en el que se le dé un considerable peso a una mujer siempre será recibido con fruición. En ese sentido George Miller revoluciona la saga, porque por primera vez da importancia capital a un rol femenino en una de las entregas de su franquicia, con una pletórica Charlize Theron en la piel de Imperator Furiosa, el mejor personaje de toda la película. Sí, el Max Rockatansky de Tom Hardy es muy digno y el actor de Origen o Locke ofrece todo su poderoso físico para estar a la altura de Mel Gbson, pero no neguemos lo evidente, su labor como guardaespaldas de la conductora del Camión de Guerra le deja en un segundo plano ante la determinación, fuerza, entereza y visceralidad de la mujer del brazo mecánico. Ella es el centro de la narración y en ocasiones al espectador le da por pensar que es ella la que debería haber heredado el papel que dio fama como intérprete al director de Braveheart o La Pasión de Cristo, mostrándose en más de una ocasión como el cerebro del plan de huida iniciado por ella y al mismo Max como el músculo para que este pueda llevarse a buen puerto. Siguiendo con el tema de quién es quién dentro de la galería de personajes con respecto al villano de la velada George Miller guarda un regalo para los fans cuando descubrimos que el actor que da vida al deforme y sádico Immortan Joe es Hugh Keays-Byrne, el mismo que encarnó al Toecutter de la primera entrega, impersonando así a los dos mejores rivales a los que se ha enfrentado Max en la franquicia a la que da nombre.




Mad Max Fury Road es un cañonazo, una explosión ensordecedora, un volcán activo que arroja a través de la pantalla gasolina, arena, polvo y sangre, la mejor película de acción en su esencia más pura que ha visto el cine contemporáneo en muchos años. También es el regreso de un autor que merece ser reconocodio no sólo por cómo influyó su ya tetralogía en nuevas generaciones de films y directores sino como un maestro del celoluide cortante, demente, descarnado y suicida. Este cineasta australiano septuagenario ha vuelto para dar un puñetazo en la mesa de Hollywood, uno tan fuerte como para partirla en dos y hacer que las astillas salten en los rostros de los Zack Snyder, Michael Bay, Roland Emmerich o Ridley Scott de turno que no admiten que o no son los genios que nos quieren vender o que su época ya pasó y por ello se han entregado a una autonidulgencia artística que los ha estancado cinematográficamente de manera alarmante. El creador de Mad Max vuelve a casa, conoce perfectamente el terreno y quiere ir a más a llá a base de la retumbante percusión de la banda sonora de Junk XL, de un reparto abierto en canal, de un acabado técnico mastodóntico y de la labor de unos genios de la acrobacia que jugándose la vida en pos del buen cine jamás podrán ser sustituidos por cientos de informáticos detrás de la pantalla de un ordenador. George Miller es un perro viejo, un verdadero visionario que ha vuelto en plena forma con su juguete impoluto, las pilas cargadas al máximo y nuevos complementos. A estas alturas el éxito mundial de esta obra megalómana, impúdica, consicentemente imperfecta y macarra hasta lo insultante ha servido para que su creador confirme que una nueva secuela titulada Mad Max: Wasteland comienza a gestarse en aquella lejana Australia en la que hace 35 años un guerrero sin nombre marcó época grabando sus aventuras a fuego en la memoria de millones de espectadores que hoy reciben con regocijo esté viaje a un averno sepultado en arena y olor a aceite de motor quemado. Porque si el infierno existe debe ser parecido a ese desierto que todo lo devora en Mad Max: Fury Road, una obra destinada a perdurar como sus hermanas mayores y que nadie debería perderse en pantalla grande para con ello conseguir llegar brillante y cromado a las puertas del Valhalla. Sed testigos amigos míos, sed testigos.


3 comentarios:

  1. Artículo publicado originalmente en Zona Negativa

    http://www.zonanegativa.com/zncine-especial-mad-max-gasolina-arena-polvora-y-sangre/

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  2. A Whedon, creador de personajes femeninos maravillosos, le acusan de machista, a Miller, de feminista... Como esto siga así al final van las películas van a consistir en una camara fija en un folio en blanco.

    En cuanto a la peli, poco más que decir. Es increíble que una peli de acción rodada a la antigua sea tan realista, o quizá como lo hicieron de verdad, por eso es tan creíble.

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