miércoles, 5 de febrero de 2014

Robocop, the future has a silver lining



Título Original Robocop (1987)
Director Paul Verhoeven
Guión Ed Neumeier y Michael Miner
Actores Peter Weller, Nancy Allen, Kurtwood Smith, Miguel Ferrer, Ronny Cox, Dan O'Herlihy, Robert DoQui, Paul McCrane, Ray Wise, Jesse D. Goins, Felton Perry, Del Zamora






Tras su sexta película, la inolvidable El Cuarto Hombre, el cineasta Paul Verhoeven dejó su Holanda natal para debutar en Hollywood y así alejarse de la polémica que sus últimos trabajos habían suscitado en los Países Bajos. Pero antes de poder realizar largometrajes en la meca del cine se embarcó en un proyecto internacional (con capital europeo y norteamericano) titulado Los Señores del Acero (Flesh + Blood) cuya gestación fue un caos para el director. Por suerte esta infructuosa aventura le sirvió para realizar una primera toma de contacto con profesionales del cine estadounidense y gracias a ello llamar la atención de la por aquel entonces pujante Orion Pictures que solicitó sus servicios para ponerse detrás de las cámaras en el que sería su debut cinematográfico al otro lado del charco.





Cuenta la leyenda que cuando Paul Verhoeven leyó sólo 20 páginas del guión que Ed Neumeier y Michael Miner habían hecho para el proyecto de Robocop lo tiró al suelo pensando que era pura basura. Su mujer Martine lo recogió, lo leyó en su totalidad y le aconsejó a su marido que lo reconsiderara ya que detrás de la historia había mucho más que un thriller futurista. Gracias a su señora el director de Spetters se embarcó en la gestación de lo que más tarde se convertiría en una de las películas más icónicas del cine comercial americano de la década de los 80 y el punto de partida de una franquicia que abarcó tres películas, cómics, series de televisión (animadas y de imagen real) y todo tipo de merchandising que llega hasta la actualidad con ese inminente remake de la obra primigenia a manos del carioca Jose Padilha que que el 14 de febrero llegará, para bien o para mal, a las carteleras españolas.




En un futuro próximo la ciudad de Detroit se ve inmersa en unas tasas de criminalidad desorbitadas a las que se suma una profunda crisis financiera . La corporación OCP (Omni Consumer Products) tiene privatizadas a unas fuerzas policiales que se ven desbordadas y a las que se suma Álex J. Murphy, un joven agente que durante su primer día de trabajo en la ciudad será brutalmente asesinado por la banda de criminales comandada por Clarence Boodicker. La OCP utilizará el cadáver de Murphy para poner en práctica el proyecto Robocop que consiste en crear cyborgs policías para que se sumen a las filas de los cuerpos de la ley y así poner fin a la delincuencia en Detroit y llevarla a un futuro en el que será conocida como Delta City. Pero toda la misión se convertirá en fracaso cuando Murphy comience a tener recuerdos, no sólo de su mujer e hijo, también de los asesinos que le quitaron la vida.




Hay dos conceptos que hacen que Robocop no sea la típica cinta de ciencia ficción de los años 80 que el mismo Paul Verhoeven creía que era al leer el guión. Uno es su contexto y el otro su tono. El argumento de Robocop está localizado en un futuro cercano en el que la ciudad de Detroit está sumida en un caos en el que la crisis económica permite que corporaciones corruptas como la OCP privaticen servicios públicos como la policía o la sanidad para por otro lado servirse de los mismos criminales a los que supuestamente debe encarcelar con el único fin de beneficiarse monetariamente a costa de los ciudadanos. La OCP es una empresa que practica el capitalismo agresivo controlando las fuerzas de la ley y proporcionando armamento a las fuerzas militares de Estados Unidos. Sus componentes son yuppies avariciosos y arribistas a los que poco les importa el futuro de sus compatriotas o conceptos tan básicos como los derechos humanos.




Pero para que todo este contexto no sea una farragosa crítica alarmista sobre la globalización y el fascismo institucionalizado del mundo occidental Ed Neumeier y Michael Miner al guión y Paul Verhoeven en la dirección convierten el proyecto de Robocop en una acidísima sátira política y social que se ríe, entre otras muchas cosas, del cine de acción de la era de Ronald Reagan, de la ola de neoconservadorismo al que el gobierno de este último dio inicio, a la ambición puramente estadounidense, su pasión por el libre mercado desproporcionado y hasta del mismo espectador que se ve disfrutando de una película que hace un uso de una violencia explícita tan bestial que acaba arrancándole la carcajada en más de una situación que en la vida real no tendría la más mínima gracia. Algo parecido a lo que más tarde volverían a exponer los mismos Verhoeven y Neumeier en la adaptación que hicieron de Starship Troopers, la novela de Rober A, Heinlein.




A este contexto espaciotemporal en el que los empresarios se pisotean los unos a los otros sirviéndose de asesinos descerebrados y contrabandistas sin escrúpulos a los que la policía no puede hacer frente porque estarían dando caza a sus propios jefes mientras los altos cargos de empresas permiten utilizar el cuerpo de un hombre inocente para convertirle en una máquina a la que consideran "un producto" y a una mirada satírica en la que se retrata una sociedad en la que la televisión anuncia que Estados Unidos se ve implicado en genocidios o "guerras preventivas" cuyos resultados son terribles para la población o promociona juegos de mesa para toda la familia que incitan a devastar países enteros por medio de ataques nucleares se une una dirección técnica brillante que se hace grande cuando tiene que mostrar su faceta de thriller de ciencia ficción frenético, descarnado y lleno de violencia desagradable y angustiosa.




Porque si dejamos de lado el subtexto político y social lo que más destaca de Robocop es la increiblemente bestial violencia que Verhoeven expone en pantalla y que con el tiempo se convertiría en una de sus señas de identidad más reconocibles al menos en su etapa norteamericana en la que no podía incidir demasiado en el sexo explícito de su primeros films, aunque consiguió recuperarlo en parte para largometrajes como Instinto Básico o Showgirls. El asesinato de Álex Murphy por parte de la banda de Clarence Boddicker es una de las escenas cinematográficas que más me impactaron durante mi infancia (y eso que en el montaje del director es mucho más cruda si cabe) pero curiosamente la misma está en gran parte justificada porque sirve para que el espectador pueda calibrar la crueldad y pocos escrúpulos que perfilan a los que vendrían a ser los villanos de la película.




Esta violencia tan gráfica, que a día de hoy ninguna productora de las llamadas grandes se atrevería a incluir en uno de sus productos comerciales, está en perfecta consonancia con la mirada cínica, hiperbólica y sardónica del film. No hay más que ver cómo en la escena de la presentación del ED- 209 (una máquina deshumanizada que representa a una empresa deshumanizada) en la que el robot acribilla a tiros, hasta dejar convertido en una masa sanguinolenta, durante una prueba a uno de los empresarios de la OCP cómo uno de los asistentes a la reunión pide que alguien llame a un paramédico para que asista al agredido del que sólo quedan trozos de carne destrozada (apunte curioso en el que se afirma de manera certera y sutil cómo las clases acomodadas son ajenas a la brutal violencia que asola los barrios bajos de la ciudad) para que finalmente el presidente de la compañía afirme sentirse decepcionado, no porque haya muerto una persona inocente, sino porque el ED - 209 no sea un producto útil del que sacar beneficio.




A pesar de ser un producto comercial y de encargo Paul Verhoven encontró en Robocop varias de las señas de identidad que forjaron su impronta autoral en Holanda. La fragilidad del cuerpo humano que si en sus primeros films era abordada por medio de la desnudez integral de sus personajes aquí es expuesta por medio de una violencia que nos enfatiza cuán vulnerables somos ante el uso de unas armas de fuego que en esta ocasión desgarran, mutilan y explotan todo tipo de cuerpos, un matiz grotesco que se adentra en la escatología (el personaje de derretido por culpa de los productos químicos) un retrato del hombre moderno en el que lo descubrimos como una criatura deshumanizada capaz de los actos más rastreros con el único fin de beneficiarse ya sea en el plano personal o profesional o su obsesión con la figura de Jesucristo, ya que el mismo protagonista es un émulo de este con su pasión, muerte y resurrección muy marcadas y hasta una escena en la que "camina sobre las aguas" en el enfrentamiento final con Clarence.




En la escala de hijos de puta que habitan la jungla de Robocop es interesante abordar la relación entre Dick Jones y Clarence Boddicker que son roles coetáneos aunque cada uno en un estrato social diferente. El primero, al que da vida un enorme Ronny Cox, es la representación viva de todo lo corrupto y rastrero que hay en OCP (el rol de Bob Morton, de un memorable Miguel Ferrer, todavía no llega a serlo, pero el uso que hace de Murphy como un objeto de consumo del que sacar dividendos y así escalar puestos en la empresa le auguran un futuro parecido al de Jones que evidentemente se ve truncado cuando este lo ejecuta por medio de Clarence) un empresario capaz de eliminar a competidores y compañeros con tal de hacerse un hueco en el proyecto Delta City con el que aspira a controlar las calles. El segundo interpretado por un aterrador Kurtwood Smith es el brazo derecho de Jones, el "mal menor" que hace el trabajo sucio, el criminal que puede llevar a cabo tranquilamente sus actos de delincuencia (al menos hasta la aparición de Robocop) porque está protegido por la misma organización que controla a la policía. Al igual que todos los personajes del film Jones y Boddickerd no son un dechado de tridimensionalidad como roles pero están lo suficientemente perfilados para ser creíbles y profundamente odiosos.




En el tratamiento de personajes y su dirección de actores Paul Verhoeven siempre ha marcado diferencia aunque los primeros fueran meros estereotipos y los segundos intérpretes mediocres a los que poco se les puede sacar de valor artísticamente hablando. El autor de Eric: Oficial de la Reina da profundidad a la psique de Alex Murphy, con sólo unas pinceladas lo expone en pantalla como un hombre íntegro cuando es humano y como un alma torturada cuando es una máquina que comienza a rememorar su pasado siendo ya un cyborg. Especialmente elegante y triste la escena en la que se quita el casco delante de su compañera Lewis para ver su rostro reflejado en un espejo (sabiamente deformado, apunte muy acertado) y así enfatizar su frágil humanidad debajo de las capas de acero y kevlar que forman su aséptico cuerpo mecanizado.




Pero como previamente hemos comentado el tono de Robocop es puro pulp, un cómic de Juez Dredd (muchos dicen que esta es la mejor adaptación no oficial que se ha hecho en cine del personaje creado por John Wagner y Carlos Ezquerra para la revista 2000 AD) o de Frank Miller (no es raro que el guionista y dibujante se implicara con la escritura de la secuela) puesto hasta el culo de esteroides con una visión sarcástica del género de action heroes de los 80. Verhoven y sus dos guionistas siguen al pie de la letra las pautas del cine fascistoide de venganzas que en aquella década protagonizaran Sylvester Stallone o Arnold Schwazzenegger para que el espectador poco avispado disfrute con lo que parece una entrega más de testosterona fílmica por un tubo y el más lúcido sea capaz de disfrutar que en verdad no se está enalteciendo ese tipo de cine, sino parodiándolo, no hay más que ver la cara de satisfacción estúpida del personaje al que pone cuerpo Felton Perry cuando Murphy da el golpe de gracia al villano de la película en la última escena.




Aunque para el cine norteamericano comercial de la época 13 millones de dólares no daban forma a un presupuesto muy abultado una película como Robocop tenía un acabado técnico sobresaliente para 1987. Paul Verhoeven se veía por primera vez en una superproducción en la que podía ofrecer una puesta en escena en la que imperaban los planos subjetivos (el momento del nacimiento del personaje como robot es uno de los pasajes más acertados del film) los travellings (el circular en la celda donde será confinado el protagonista cuando no esté de permiso) y una épica, en contraposición a los pasajes truculentos, en la que una vez más se emparenta al personaje principal con al figura de Jesucristo como cuando es tiroteado por los policías en el parking, pasaje que regala momentos de fuerza indescriptible ayudados por la potentísima banda sonora de un Basil Poledouris en su mejor momento y la fotografía de Jost Vacano que gracias a la iluminación en ocasiones bordea la magnificencia estética.




Los efectos especiales también dieron forma y cohesión al entramado del film. Aún quedaban unos años para que los CGI hicieran acto de presencia en el grueso de las producciones de Hollywood de modo que el equipo técnico tiró de látex, maquillaje y un diseño de personajes a cargo de Rob Bottin, Graig Hayes y Phil Tippet que era de nota por aquel entonces. Los movimientos del robot ED - 209 se diseñaron por medio de Stop Motion y el resultado fue sobresaliente inyectando este formato una animalidad intimidante a la máquina que tendría su culmen en el enfrentamiento con Robocop en las oficinas de Dick Jones. Puede que a día de hoy los trucos visuales de Robocop se vean algo anticuados por culpa de que ahora no concebimos una film sin efectos digitales pero todavía hoy a casi 30 años de su estreno son rotundamente efectivos, muy primarios y por supuesto creíbles, epidérmicos y deliciosamente artesanales.




Robocop no sólo es una obra maestra de los 80, la mejor producción de Paul Verhoeven en su etapa americana y uno de los films que más han marcado a un servidor primero como espectador neófito y más tarde como cinéfilo y admirador de la obra del hombre que la dirigió, también fue una pieza premonitoria que nos hablaba de un futuro próximo que ya es presente. Algún despistado afirma que hoy Robocop ha envejecido de mala manera, supongo que lo dirán por los ya mencionados efectos especiales de la época y parte de su acabado técnico, porque un largometraje que nos habla de la privatización de servicios públicos, del corporativismo agresivo, una crisis económica con la que las clases adineradas se benefician de las bajas y de cómo el capitalismo extremo rige el devenir de una sociedad en decadencia está, por desgracia, a la orden del día. De las secuelas hablaré más adelante y del remake de Jose Padilha cuando la vea en cine con las expectativas muy bajas, porque superar (o igualar) esta bomba incendiaria, cruda, incómoda, divertida y visionaria es una tarea del todo imposible.



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