domingo, 7 de agosto de 2011

A la Caza, between the hammer and the anvil




Título Original Cruising (1980)
Director William Friedkin
Guión William Friedkin basado en la novela de Gerald Walker
Actores Al Pacino, Paul Sorvino, Karen Allen, Richard Cox, Joe Spinell, Don Scardino




Si hay algún motivo realmente importante para que una película como A la Caza (Cruising) sea recordoda más de 30 años después de su estreno, este no es estrictamente cinematográfico. Cuando un William Friedkin que venía de saborear las mieles del éxito con El Exorcista y French Connection (ambas fueron a los Oscars, ganaron estatuillas y la segunda en concreto se llevó, entre otras, las de mejor película y director) estrenó en 1980 está versión cinematográfica de una novela de Gerald Walker, la cinta armó un considerable revuelo por el retrato que se hacía de los homosexuales en ella.




Cruising narra como un oficial de la policía de Nueva York se introduce como topo en el submundo de los bares de homosexuales debido a que hay suelto en la ciudad un brutal asesino de gays al que deberá dar caza. En su misión tendrá la obligación de hacerse pasar por uno de tantos "maricas" que buscan mantener numerosas relaciones sexuales en sótanos clandestinos y sacar información a las personas que frecuentan dichos antros de muy baja estofa para dar con el criminal que está asolando la comunidad gay de la ciudad norteamericana.




El retrato de este mundo que se da en A la Caza es desalentador. Los gays son mostrados como seres enfermizos con sempiterno aspecto de bigotudo encuerado y adictos a cierta parafernalia nazi que sólo viven para practicar sexo sucio, sadomasoquista y de considerable bajeza. Incluso los personajes pertenecientes a esta minoría que son más o menos sanos y no viven en este "hábitat", no escapan de la Parca a lo largo del metraje. La homosexualidad es vista como una enfermedad de carácter vírico que se extiende a los heterosexuales casi por contacto físico, ya que si el cambio de carácter del personaje de Pacino es debido a moverse en esos círculos la idea me parece una soberana estupidez por parte del guión.




En el fondo la trama es la de un thriller policíaco del montón que unicamente se hace fuerte por la profesionalidad de un Friedkin que a pesar de estar a años luz de su obras más importantes se muestra como el pilar más sólido en el que se sustenta el film. Siempre hablando de su labor como director, ya que el guión escrito por él mismo es bastante pobre debido a que sólo en contadas ocasiones consigue inquietar a un espectador que no llega a meterse en la historia con una considerable implicación.




El reparto también es otro de los puntos fuertes del producto. A un sobrio, entregado y bastante contenido Al Pacino se suma un Pal Sorvino muy convincente, una Karen Allen que hace lo que puede en la pequeña parcela que ponen a sus disposición y un grupo de secundarios que se muestran como aceptables (y estereotipados) reflejos de la comunidad gay. Algunos de ellos intepretados por secundarios no muy conocidos pero bastante solventes como James Remar (Dexter, The Warriors) o William Russ (American History X, Elegidos Para la Gloria).




Cuando el film se estrenó, la comunidad gay se puso en contra del mismo. El guionista y director William Friedkin afirmó que no era su intención demonizar a los homosexuales, ni su modo de vida y puede que sea cierta esta afirmación, pero por desgracia una cosa está clara. Si una persona que no tiene afecto alguno hacia los "maricones" ve la ambientación tan soez, estereotipada y burda que se hace en esta película de los locales de ambiente (que alguno hay así, pero no todos) y el mundo de los gays, es casi inevitable que reafirme su posición de asco y rechazo contra ellos y más hace 30 años, con todo el desconocimiento que existía sobre los mismos, ya que ni el SIDA había mostrado su cara por aquel entonces




Porque lo que la octava obra del director William Friedkin muestra en imágenes sobre esta minoría no hace honor a la verdad ni mucho menos y finalmente como película, por desgracia (para ella y para nosotros) no tiene los suficientes alicientes cinematográficos de verdadera calidad como para pasar por alto un fallo tan garrafal que desvirtúa completamente la propia naturaleza de su conceptualidad y su supuesto mensaje de denuncia, convirtiéndose como largometraje en un panfleto amarillista peligrosamente reaccionario y conservador.



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