jueves, 13 de agosto de 2009

Rob Zombie, la perversión de un género



Robert Cumings nace el 12 de Enero de 1965 en Haverhill, Massachusetts, hijo de unos feriantes, desde su infancia se vio brutalmente influenciado por el cine de serie B y las Monsters Movies de la primera mitad del siglo XX.





Su fama le llegó cuando a mitad de los 80 creó la banda de metal industrial White Zombie (nombre que hace referencia a una mítica película protagonizada por Bela Lugosi y cuyo título en España fue La Legión de los Hombres Sin Alma). Diez años le duró el negocio al conjunto. Más tarde el mismo Robert en solitario y con el nombre Rob Zombie siguió haciendo un estilo de música parecido al que realizaba con su anterior grupo pero con un tono mucho más personal.




Justo cuando empezó su carrera en solitario fue cuando afloraron sus primeros coqueteos con las cámaras, dirigiendo él los videoclips de su canciones, que para ser sincero son bastante flojos, pero en ellos ya se dejan ver sus gustos cinematográficas como el expresionismo alemán de gente como o Murnau o Wiene, el cine de Kubrick o las películas de terror de la Universal de los años 30.




Tras varios guiones vendidos y colaboraciones en algún cortometraje de animación, el año 2001 sería el elegido para que Zombie se pusiera detrás de una cámara para rodar la que sería su involuntariamente polémica ópera prima cinematográfica. House of 1000 Corpses.




Las Casa de los 100 Cadávares no se estrenó hasta pasados tres años de su producción. La cinta fue rechazada por varias productoras por su supuestamente excesiva violencia, hasta que la LionsGate decidió distribuirla. La película fue bien recibida por el público (fu un considerable éxito de taquilla) pero no muy agradablemente tratada por cierta parte de la crítica.




House of the 1000 Corpses no es una película homogénea, es algo parecido a un cúmulo de escenas grotescas perfectamente ejecutadas, que son utlizadas como arma arrojadiza contra el espectador, neófito o no, ya que la cinta acusa un considerable desnivel. La obra es un indudable homenaje a Tobe Hooper y su imperecedara obra maestra La Matanza de Texas, pero el problema estriba en que en la cabeza de Zombie hay tantas referencias a otras películas (sobre todo de los años 70) que no duda en realizar continuos guiños y homenajes a dichas cintas olvidándose de dar consistencia narrativa a la historia que está contando.




Aún con todo esto la cinta es muy superior a la media de cine de terror americano actual, es directa, tiene unos diálogos excelentes y puso la semilla de lo que vendría a ser el estilo Rob Zombie, que no es ni más ni menos que llevar la crueldad a extremos insoportables, no estilizar ni parodiar la violencia y pervertir al máximo las señas de indentidad características del cine de terror. Huelga decir que para gente como yo que se crió viendo cine de John Carpenter, Wes Craven o George A. Romero el proyecto es un orgasmo continuo, viéndome en la obligación destacar la escena de la matanza policial en la casa de los Firefly y el plano secuencia (tan sencillo como bestial) jodidamente tenso y alargado entre Otis y el ayudante del sheriff interpretado por Walton Goggins (The Shield) en el que ya se deja ver por primera vez una leve pincelada del gran talento de Zombie como director. Talento que se desbordaría (y de qué manera) en su segunda película




Cuando allá por 2004 saltó la noticia de la segunda cinta como director de Rob Zombie sería una secuela de su ópera prima, sus fans dieron saltos de alegría, sus detractores más acérrimos se frotaron las manos y los más excépticos (incluyánme a mí en ese grupo) callamos y esperamos. El resultado fue sobresaliente y bestial no dejando a nadie indiferente.




El amigo Zombie en un giro encomiable, magistral y arriesagadísimo cambió por completo la estética que había insuflado a su primera cinta dándole a Los Renegados del Diablo entidad propia. Si La Casa de los 1000 Cadáveres era puro Tobe Hooper y Wes Craven, su secuela le debe irremediablemente la vida a los westerns de Sam Peckinpah y en menor medida a la mirada acerada y seca de Samuel Fuller.




Bien es cierto que las referencias al director de Salem's Lot aún se dejan ver en el metraje, pero no imperan ya en Los Renegados del Diablo, cinta cuyo inicio es un homenaje al tiroteo final de Grupo Salvaje, y que guarda un as en la manga soberbio. La manera que tiene el director de jugar con el espectador, en esta secuela se nos muestra a la familia Firefly como unos desalmados asesinos a sangre fría que son perseguidos por el sheriff Quincy Widell (William Forsythe en el rol de su vida). Pero hacia el final y acercándose la historia a su clímax por medio de un cambio de papeles aterrador Zombie nos hace empatizar con sus descerebrados protagonistas y odiar al agente de la ley que acaba convirtiéndose, por su sed de venganza, en un ser mucho más cruel y despreciable que los mismos criminales fugitivos a los que persigue. Ahí es cuando Zombie pervierte al máximo su visión del cine de terror, nos hace cómplices de semejantes aberraciones humanas y da un matiz demencial y profundo a lo que nos cuenta, grabando por primera vez a fuego su estilo cinematográfico en la platea y creando su discurso personal, intransferible y trangresor.




Pero en el apartado técnico la cosa no pierde fuerza. Planos bestiales que se quedan grabados en la retina, picados y magistrales utilizaciones de grúas, una banda sonora soberbia con temas de Lynyrd Skynyrd, Gregg Allman y Terry Reid perfectamente ensamblados en las imágenes, diálogos hilarantes al más puro estilo Tarantino o cinefilia clásica (lo del crítico de cine ayudando al sheriff es sencillamente impagable). Como bien dijo Zombie en el soberbio documental 30 Días en el Infierno, que narra todo el proceso de creación de Los Renegados del Diablo desde la preproducción hasta su estreno, Con la mitad del presupuesto de mi primera película tenía que hacer creer al público que estaba haciendo con mi segunda cinta una producción el doble de cara que la anterior y a fe mía que el tipo lo consigue, utilizando una descarnada violencia nunca banal o paródica y siempre caótica, realista y dura de visionar, así como una identificación emocional con las desvalidas víctimas de los protagonistas.




Esta cinta no arrasó en taquilla tanto como La Casa de los 1000 Cadáveres pero sí fue mucho mejor recibida por la crítica en muchos de los países en los que se estrenó, recibiendo el título manido pero bastante interesante de obra de culto. Tras esta atípica secuela que es a día de hoy lo mejor de su director, a Zombie le abrieron las puertas de Hollywood y decidió realizar un salto mortal sin red. Un remake de una obra maestra que no necesitaba revisión alguna.





La Noche de Halloween es un clásico del cine de terror y la mejor película del gran John carpenter, esta obra viene a ser (más o menos) el primer bodycount oficial de la historia y una revisión del giallo italiano con apuntes de la mirada de Hitchcock mezclada con un toque juvenil y macabro para adecuarse al cine de adolescentes de la época.





Un remake era innecesario (y más viendo la nefasta calidad de las numerosas secuelas sobre Michael Myers que se produjeron tras la cinta de Carpenter), pero una vez más Zombie da en la diana. Hace suya la cinta del director de La Cosa, crea una relectura de la misma, la homenajea y respeta sin plagiarla, ni faltarle al respeto y sale bien parado de tan complicada empresa. ¿Por qué?. Una vez más por pervertir la conceptualidad de la cinta de Carpenter y llevándolo todo al extremo del sadismo más inhumano pero sin desvirtuar el espíritu fílmico de la película primigenia.




Halloween: El Origen, no es una película 100% Zombie, ya que al meterse el director en un proyecto más grande, el ferreo control de los productores (nada más y nada menos que los hermanos Weinstein, el terror de las nenas) ata en corto el discurso malsano y destructivo de su director, pero aún así la cinta es identificatble como obra de su autor.




Virtudes y fallos se dan la mano en este disgnísimo remake. El mayor no es como dije, cuando hice su crítica tras verla en cine, el hecho de querer Zombie psicoanailzar la mente del protagonista con brocha gorda, lo peor es que el mismo director quiere buscar el origen de por qué Michael es un asesino a sangre fría y eso es un fallo garrafal. Porque el Myers de la cinta de Carpenter no tiene una excusa para matar, ya que él mismo es el mal en su estado más puro, no se necesitan recursos banales, Myers es una alegoría de la maldad en su máximo exponente.




Pero sin lugar a dudas lo mejor de la cinta es la visión mórbida y cruda que Zombie hace de la película original de 1979. Si Carpenter optaba por el fuera de campo y sugerir en vez de mostrar, el amigo de Massachussets elige bestializar el espíritu de la cinta acercándolo a el Jason Voorhees de la saga Viernes 13, un verdadero acierto que sirve para dar su toque personal al largometraje y para marcar distancias con la obra maestra en la que se basa esta admirable, entretenida y pérfida cinta.




Este hombre, al igual que Alexandre Aja, James Wan o Jaume Balagueró, es un salvavidas para el cine de terror más hiperrealista. Un tipo que no duda en retratar a la familia media/baja americana (tanto la del sur del país y como la que vive en un adosado) como unos descerebrados podridos por dentro. Su mirada es lasciva, nihilista, lacerante y polémica. Por suerte al buen hombre no le faltan proyectos en los que trabajar y productores que financien sus pervertidas bombas incendiarias en forma de celuloide. Como esa Tyrannosaurus Rex que tan bien pinta o esa inminente H2 secuela de Halloween: El Origen que, en principio, no parece que vaya a ser una paso adelante dentro de su carrera como realizador. Carrera que un servidor al menos, seguirá de cerca.


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