lunes, 8 de junio de 2009

The Wire, vidas a la deriva en el corazón de Baltimore



"Sigue las drogas y encontrarás adictos y traficantes; sigue el dinero de las drogas y no tienes ni idea de donde te llevará el caso"
Lester Freamon




The Wire es la serie, el puñetazo, la denuncia, el grito de dos ciudadanos, un ex policia y un ex periodista, cansados de lo que ven, es la excusa artística de estos dos hombres indignados, enfadados, hartos de un sistema que devora la ciudad en la que viven y a sus gentes. The Wire es un serial que se caga en las frenéticas formas narrativas actuales, una obra que pasa completamente del espectador y que es tan consciente de la importancia de lo que está contando que se toma el tiempo que sea necesario para mostrarnos sus cartas.




The Wire es un producto de tanta calidad que se puede permitir no tener un protagonista absoluto y ser una historia coral, se puede dar el lujo de tener 5 subtramas abiertas durante un mismo episodio y que todas y cada una de ellas fluyan como el agua, de tener un reparto de caras comunes sin una sola estrella de relumbrón, capaz de no abusar del sexo y la violencia explícita si no es necesario siendo un producto de la televisión por cable americana, valiente al ir a contracorriente y rodar sus capítulos con espíritu clásico, formato televisivo y estilo naturalista, una serie que haciendo oidos sordos de las modas se ve capaz de coger al protagonista y volverlo un secundario con escasas apariciones y por el contrario tomar a aquel tipo que salió cinco minutos contados en la primera temporada y convertirlo en el eje central de una entera, si con ello se enriquece la trama y los caracteres que la desarrollan, se concede coger al policía estúpido que cada vez que sale a la calle la caga y mostrarlo como una pieza clave en la 4ª temporada , convertir en un Robin Hood moderno, un icono para la comunidad negra e incluso una referencia cultural para el actual presidente de los Estados Unidos de América a un ladrón de traficantes, homosexual y asesino (inolvidable Omar Little), dar a la televisión uno de los personajes más trágicos y entrañables de la historia (Bubbles) o los criminales más elegantes, atípicos y carismáticos jamás vistos (Avon Barksdale y Stringer Bell)




The Wire consta de 5 temporadas, todas con el mismo tema central, pero distintas las unas de las otras en su forma. La primera es puro Spike Lee, la segunda con los puertos y el tráfico de personas remite a Ken Loach, la tercera bebe del Sidney Lumet de los 70, la cuarta (la mejor y más dura) respira a Charles Dickens por cada uno de sus fotogramas y la quinta es puro cine periodístico, el mismo que encumbró Alan J. Pakula con Todos los Hombres del Presidente.




Pero que nadie se engañe, The Wire es mucho más que todo eso, los policías imperfectos y humanos que se equivocan, que se duermen en el trabajo, que se emborrachan, que no llegan a fin de mes, los críos tirados en las esquinas vendiendo mierda y quitándose la vida los unos a los otros, los narcos con corazón, los asesinatos a pie de calle, los tiroteos en los barrios bajos, las escuchas encubiertas, el tráfico de influencias en las altas esferas, los niños fríos que acaban siendo gélidos cadáveres, los delincuentes que se reforman o los tipos legales que se corrompen son una enorme excusa, el definitivo Macguffin, para que Ed Burns y David Simon nos muestren una ciudad que se derrumba, poniendo ante nuestros ojos una corrupción de tal envergadura que acaba en las manos del yonki que compra su dosis, pero que empieza en el senador de Maryland, pasando por el ayuntamiento de Baltimore, la policía, el vergonzoso sistema educativo, los puertos donde los estibadores deben meterse en negocios turbios porque cobran una mierda, por ese arma tan poderosa como manipulable llamada prensa escrita o por las elecciones municipales con sus candidatos y directores de campaña.




Pero también hay algo malo en The Wire, después de verla nada es igual con respecto al resto de series de televisión policiacas, cuando has visto esta obra de arte, los Bauers, Grissoms o Gideons de 24, C.S.I o Mentes Criminales te parecen maniqueos estereotipos sin profundidad ni sentimiento alguno, personajes acartonados que viven historias falsarias y autocomplacientes en una especie de desconocida e inalcanzable dimensión paralela, llena de una pueril corrección política reaccionaria y desfasada con ínfulas de modernez.




Lo que se ve en The Wire indigna, enfada, entristece, algo debe ir muy mal en un país como Estados Unidos cuando unos policias tienen que manipular pruebas para que les den equipamiento y personal suficiente para hacer su trabajo, para que el mejor detective de la ciudad sea un irlandés, borracho, infiel y amante de la autodestrucción física y mental, para que un político que quiera hacer las cosas decentemente tenga que lamer culos y luchar contra la corrupción de sus compañeros, para que un crío quiera ir antes a vender caballo jugándose la vida que al colegío, para que una ciudad quede abandonada de la mano de dios porque el 60% de su población es de color y a nadie la importa una mierda.




En la televisión del siglo XXI está The Wire y el resto de series que le quieren hacer sombra de manera infructuosa, algunas están casi a su altura (The Shield, Mad Men, Los Soprano, A Dos Metros Bajo Tierra) pero esta que nos ocupa está hecha de un material que no poseen las otras. Como es lógico en España no la conoce casi nadie, pero los pocos que la han degustado no la olvidarán nunca, porque esta genialidad es un arma cargada en forma de 60 impresionantes episodios y va más allá del puro entretenimiente, mucho más allá.




Gente tan dispar como Alan Moore, Nick Hornby, Carlos Boyero, Hernán Casciari o Maruja Torres la proclaman como la mejor serie de la historia de la televisión, el producto más logrado que ha salido jamás de la pequeña pantalla, el más realista, necesario, nihilista, maduro y triste alegato en contra de lo podrido y lo corrupto. Cada vez estoy más convencido de que en realidad tienen razón, aún no lo sé, es pronto, por ahora me quedo con ese último episodio, anoche tras verlo, después de sentir la satisfacción, el calor y la despedida, de esos personajes inolvidables y tan cercanos llegó la decepción de saber que nunca volveré a ver un episodio nuevo de este tratado sobre la vida y la muerte en los callejones oscuros y olvidados de Baltimore, la ciudad más triste de los Estados Unidos de América.


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