lunes, 27 de marzo de 2017

Especial Buffy Cazavampiros, postales desde la Boca del Infierno



“En cada generación nace una Cazadora: una niña en todo el mundo, una elegida. Ella sola empuñará la fuerza y habilidad para luchar contra los vampiros, demonios, y las fuerzas de la oscuridad, para detener la propagación de su maldad y el aumento de sus números. Ella es la Cazadora”


El pasado día 10 de Marzo se cumplieron veinte años de la emisión del episodio piloto de una de las mejores series de tv de los años 90, Buffy Cazavampiros. Nacida antes del boom de la “Nueva Edad de Oro” de la televisión norteamericana impulsada mayormente por producciones de la HBO como Oz o Los Soprano y adscrita a los shows catódicos especialmente dirigidos a adolescentes la creación del guionista, productor, director y actor ocasional Joss Whedon (Los Vengadores, Firefly, Dollhouse) no tardó en demostrar que bajo su apariencia de serial juvenil repleto de vampiros, zombies, monstruos y demonios latía un verdadero corazón que encontraba su mayor fortaleza en un retrato de personajes interpretado por un grupo de actores nacidos para dar vida a sus alter egos y un equipo de guionistas que supieron ir más allá de la Serie B, las referencias vampíricas y el cine de artes marciales al que hacía referencia la serie cuando daba sus primeros pasos. A continuación vamos a dedicar una entrada a hablar de Buffy Cazavampiros, su trayecto catódico, añadiendo una lista con el perfil de los personajes más importantes, un Top con los siete mejores episodios de la serie (uno por temporada) y una reflexión final sobre el conjunto de la obra. Pero antes de adentrarnos en aquel día de Marzo de 1997, si queremos hablar del génesis de Buffy Cazavampiros, debemos retroceder cinco años antes de esa fecha, cuando las salas de cine de todo el mundo conocieron por primera vez a Buffy Summers, la Cazadora.


Buffy la Cazavampiros (1992) el origen en pantalla grande

Un por aquel entonces joven Joss Whedon, del que sólo se conocían colaboraciones como guionista en series de tv como Roseanne o Parenthood, veía cómo una historia nacida de su propia mente en la que una joven animadora de instituto llamda Buffy (Kristy Swanson) se convertía en “la Elegida”, una “Cazadora de vampiros” que bajo la tutela de su “Guardían” Merrick (Donald Sutherland) tenía que afrontar la misión de vencer a las fuerzas del mal comandadas por Lothos (Rutger Hauer) un vampiro que haría la vida imposible a nuestra protagonista y a su novio Pike (Luke Perry) era brutalmente adulterada, mutilada y descarecterizada hasta quedar reducida a una muy mediocre cinta para adolescentes que mezclaba con poco tino el cine de John Hughes con el de terror. Aunque hoy se la puede considerar, de alguna manera, una obra de culto y una cinta en la se vieron las caras jóvenes intérpretes que en un futuro más o menos inmediato se hicieron conocidos para el gran público (Hilary Swank, Ben Affleck, David Arquette) como producto de género era una estupidez que puso los pies en la tierra a un Joss Whedon que ya por entonces tuvo el primero de sus muchos encontronazos con los productores de sus trabajos.




Cuatro años después, cuando Buffy la Cazavampiros ya sólo parecía un sueño convertido en mal recuerdo, Joss Whedon dio un triple salto mortal sin red para vender a la cadena de televisión WB Television Network (conocida como The WB y propiedad de Warner Bros) la idea de llevar su película sobre cheerleaders y vampirismo al tubo catódico. Con la colaboración del matrimonio formado por Fran Rubel Kuzui y Kaz Kuzui (también implicados en el film primigenio de 1992) y tomando como base de operaciones su propia productora Mutante Enemy el director de Serenity consiguió sacar adelante el proyecto que le convertiría en uno de los autores de ficción más queridos y admirados por el fandom a nivel mundial. Como previamente hemos citado en 10 de Marzo de 1997 el mundo conoció a la mejor y más completa versión de Buffy Summers, a la que dio vida la por aquel entonces pujante estrella juvenil Sarah Michelle Gellar (Sé lo Que Hicisteis el Último Verano, Scream 2) acompañada por un variopinto grupo de secundarios entre los que podemos reconocer las caras de David Boreanaz (Bones), Alyson Hannigan (Cómo Conocí a Vuestra Madre), Anthony Stewart Head (Repo: The Genetic Opera) Nicholas Brendon (Coherence) entre otros y que dieron forma a uno de los repartos de personajes más entrañable y querido de la televisión reciente.


Buffy Cazavampiros (1997 – 2003) Welcome to Sunnydale, enjoy your stay!

Cuando el episodio piloto de Buffy The Vampire Slayer salió a la luz el 10 de Marzo de 1997 no fueron pocos los que vieron en esos primeros pasos algo muy parecido, puede que demasiado, a lo que ¿degustamos? cinco años antes en la pantalla grande. Joss Whedon volvía a contarnos la historia de una chica de instituto, habitante del ficticio pueblo de Sunnydale (lugar donde estaba localizada La Boca del Infierno, una puerta de acceso al averno), que descubría por la mediación de su “Guardían” o “Vigilante”, el entrenador físico y espiritual que la debería adiestrar, que su misión en la vida iba a ser luchar y derrotar a las fuerzas del mal por medio de sus dones especiales para el combate cuerpo a cuerpo y su astucia como líder nata. La equivalencia entre acción, comedia y pequeños apuntes de drama estaban mucho mejor ejecutados que en el film de 1992, pero esos primeros capítulos no iban más allá de desarrollar la trama central que haría enfrentarse a nuestra protagonista con “The Master”, el “vampiro jefe” (cuya estética recordaba profundamente a la de las distintas versiones de vista en cine de Nosferatu) con la ayuda de sus compañeros Willow, Xander, Cordelia, la intervención del misterioso Ángel y la supervisión de su ya mencionado Guardían, Giles. Por suerte Joss Whedon y su equipo de guionistas no tardaron demasiado en ofrecer las primeras muestras de que había algo más detrás de la historia de “La Cazadora”, ya que con el sexto episodio, The Pack, en el que tras la visita al zoo de Sunnydale Xander y otros alumnos del instituto comenzaban ofrecer comportamientos animales tras ser poseídos por el espíritu de unas hienas los espectadores pudieron ser testigos de que los personajes, su interacción mutua y los actos de los mismos serían los que marcarían el devenir de la serie.



Después de una primera temporada en la que Joss Whedon y sus colaboradores definieron la personalidad de los personajes (la tímida pero perspicaz Willow, el alocado pero comprometido Xander, la ególatra Cordelia, el sabio Giles) dieron a inicio a las primeras interacciones entre ellos (el romance entre Buffy y Ángel, que resultó ser un vampiro centenario) ofrecieron el tono al proyecto y pusieron varias semillas que darían su fruto en la segunda tanda de episodios. Esta nueva temporada en la que Ángel se convertía en el villano principal del núcleo narrativo de la trama sería la que confirmara que Buffy Cazavampiros no era una serie para adolescentes cualquiera y que sus creadores tenían aspiraciones mucho más concretas y terrenales en mente. El episodio diecisiete titulado Passion supone un fuerte puñetazo en la mesa por parte de los autores del show y el primero que tocó la fibra sensible de unos fans que veían cómo el amor de la protagonista se convertía en un ser desalmado capaz de cometer los actos de crueldad más aberrantes con la única intención de destruir psicológicamente a los que antes eran sus aliados. Desde este momento no hay marcha atrás, el director de Mucho Ruido y Pocas Nueces lo deja claro, ya que los vampiros, las escenas de acción, los monstruos deformes y la brujería son sólo excusas de género para contarnos la evolución de unos personajes que por muy adscritos que estén al terror, la comedia o la fantasía nos son cercanos, identificables y reconocibles.




En la tercera temporada, la más ceñida a la Serie B de las estrenadas hasta ese momento (el capítulo doble Graduation así lo atestigua con su “final boss” digno de la factoría Roger Corman) nuevos personajes se convierten en roles fijos como el lacónico y entrañable Oz de Seth Green, el desopilante Richard Wilkins (¿el alcalde más carismático de la historia de la televisión?) de Harry Groener y esa inolvidable Faith Lehane de Eliza Dushku que es una muestra quintaesencial de personaje genuinamente whedoniano. El rol de la protagonista de Dollhouse es una criatura llena de claroscuros, que se mueve peligrosamente entre el bien y el mal transmitiendo al espectador sentimientos contradictorios con respecto a sus actos y decisiones éticas y morales. La cuarta temporada supuso una importante transición en la serie, ya que David Boreanaz abandonaba el show para comenzar su propia aventura en solitario (el spin off Ángel que duró la friolera de cinco temporadas, alargando su vida más allá de la muerte de la serie que le dio origen) y su lugar lo ocupaba el Spike de un James Marsters que desde ese momento y hasta que acabara Buffy Cazavampiros en 2003 se convertiría en uno de los pilares más sólidos y uno de los “antihéroes” más recordados de la creación de Joss Whedon. También entró en escena Riley (Marc Blucas) el militar perteneciente a la organización secreta “Initiative” que se convirtió en la nueva pareja de Buffy una vez su historia con Ángel había llegado a su fin y por supuesto contamos con la presencia del cyborg Adam, que ejerció de villano principal (eso siempre que no contemos a la Doctora Maggie Walsh, verdadera instigadora de todo el caos que acontece en la temporada) y al que se enfrentaría Buffy en la season finale de la tanda de episodios.




Para la quinta temporada Ángel y Cordelia ya habían abandonado la serie (ambos formaban la pareja principal del ya citado spin off protagonizado por David Boreanaz) y el lugar de esta última en el corazón de Xander lo ocuparía la ex demonio Anya (Emma Caulfield), Riley daba su relación con Buffy por perdida para que Spike se convirtiera en el principal, y tóxico, reclamo sentimental de la protagonista, Dawn (Michelle Trachtenberg) marcaba con su presencia un antes y un después en la serie con un personaje al que acabamos cogiendo cariño con el tiempo (en sus primeros pasos era insoportable) y Clare Kramer bordaba uno de los mejores y más recordados villanos del programa, esa Glory que se movía con facilidad pasmosa entre lo infantil y lo salvaje dejando algunos momentos para el recuerdo con su paso por la creación de Joss Whedon. Con la sexta temporada Whedon deja un poco de lado su labor de showrunner (por aquel entonces estaba implicado en la producción de esa maravilla salida de su mano llamada Firefly, de modo que le perdonamos el pecado) y hace que gran parte del peso recaiga en su habitual colaboradora desde los primeros tiempos de la serie, Marti Noxon, que se hace con los mandos de la máquina. Para el que esto suscribe esta sexta tanda de episodios es la más endeble de todo el serial, si bien es cierto que contiene algunos episodios míticos (Once More With Feeling, mismamente), el acertado tono oscuro de la relación sadomasoquista de Buffy y Spike y el homenaje a La Saga del Fénix Oscuro de los X-Men de Chris Claremont y John Byrne con todo lo relacionado con Dark Willow y su adicción a la magia Noxon suponían un cúmulo de acierto también cometió varios errores que hicieron perder el norte a Buffy the Vampire Slayer hasta llegar a cierta descaracterización bastante molesta.




En la séptima y última temporada Buffy vuelve a ser la serie que fue, Joss Whedon regresa con las pilas cargadas para el Canto de Cisne de su criatura y decide retroceder a las raíces, marcarse un back to basics de manual que funciona a las mil maravillas. “The First” es el enemigo a abatir, Spike sufre un cambio radical cuando recupera su alma y se rúune con el grupo de protagonistas, tenemos la incorporación de varios personajes nuevos como el director del instituto Sunnydale Robin Wood (D.B. Woodside), las “cazadoras potenciales” y asistimos al regreso de secundarios clásicos como una reformada Faith que se unirá a Buffy y sus compañeros en la batalla final. Para el que esto firma la séptima temporada es la mejor de la serie, ya que en ella Whedon y su equipo condensan toda la iconicidad e imaginería que hizo grande a la serie desde sus inicios. En su proceso podemos ver algunos episodios sencillamente brillantes como Lies My Parents Told Me, Showtime, Dirty Girls con ese enorme y terrible Caleb al que da vida un intimidante Nathan Fillion, Selfless (centrado en Anya) o el metarreferencial Storyteller y todo culminando con ese episodio final llamado Chosen que confirma y cierra con broche de oro esta declaración de amor a la valentía y fuerza intrínseca en el género femenino al que Joss Whedon siempre ha retratado con justicia y equidad en sus obras de ficción.




Tras siete temporadas, seis años en antena, un baile importante de actores en su reparto por distintos motivos, un cambio de canal (la serie pasó a emitirse en la cadena UPN tras la quinta temporada) y muchos problemas afrontados por su creador Buffy Cazavampiros se convirtió en una serie de culto, un proyecto que iba mucho más allá de ser un producto para un determinado grupo de espectadores como sí lo fue, por poner un ejemplo de la misma temática y origen, Embrujadas (Charmed) y la demostración palpable de que desde la pequeña pantalla se podían contar historias “bigger than life” dentro de la ficción de género. Tras su desaparición de la parrilla televisiva mundial el eco de Sunnydale siguió resonando hasta llegar a la actualidad por medio de libros, videojuegos, figuras coleccionables, cómics dentro de la editorial Dark Horse y cientos de derivados más que han extendido a otros medios el microcosmos creado por el productor ejecutivo de Agentes de SHIELD y que nació como una decepción allá por 1992 cuando un joven veinteañero trataba de abrirse paso en un Hollywood que hasta cuando ha conseguido sus mayores logros siempre le ha sido esquivo por ir a contracorriente con tal de imprimir su propio sello lleno de cariño y calidez a creaciones como esta Buffy Cazavampiros que nos ocupa.


Los Personajes, la Scooby Gang y sus miembros

Todo fan de Buffy Cazavampiros en particular y de Joss Whedon en general sabe que una de sus mayores fortalezas es el retrato de personajes que realiza en cualquiera de sus obras de ficción. La serie protagonizada por la actriz de Crueles Intenciones o El Grito no es una excepción a esa regla y durante siente temporadas el guionista de Astonishing X-Men mantuvo de manera ferrea esa idea, la de crear los personajes más realistas posibles dentro de una obra de ficción perteneciente a géneros como el terror y la fantasía. A continuación vamos a ofrecer un breve perfil sobre los habitantes más importantes de Sunnydale (miembros de la Scooby Gang, apodo que tiene la pandilla de Buffy a modo de homenaje a la que formaban los protagonistas de la serie animada Scooby Doo) que desfilaron a lo largo de los seis años de emisión del programa y aunque hemos dejado fuera algunos que merecen mención (Wesley, Jonathan, Andrew, Darla, Drusilla) hemos tratado de centrarnos en los más relevantes e icónicos de los 144 episodios que duró la creación de Joss Whedon.


Buffy Anne Summers, animadora, adolescente y la elegida dentro de su generación para convertirse en la Cazadora, una luchadora que deberá enfrentarse a las fuerzas del mal que quieren someter a la humanidad desde la Boca del Infierno, situada en la ficticia ciudad californiana de Sunnydale. Inteligente, experta en artes marciales y los enfrentamientos cuerpo a cuerpo el personaje de una magnífica Sarah Michelle Gellar encuentra sus mayores virtudes cuando muestra la vulnerabilidad que yace bajo su armadura, una personalidad que ira evolucionando a lo largo de la serie y que nunca será la misma tras algunos acontecimientos trágicos como el fallecimiento de su madre, Joyce, su historia de amor frustrado con Ángel (viéndose obligada a asesinarlo en el último episodio de la segunda temporada) o su peligrosa relación de atracción sexual y violencia con Spike, su antiguo enemigo reconvertido en aliado y amante.


El de Willow Rosenberg es uno de los personajes más queridos y recordados de Buffy Cazavampiros. Esta tímida y cándida bruja que guarda en su interior una hechicera de poderes descomunales es mucho más que la mejor amiga y confidente de la protagonista, ya que al igual que aquella ve como su personalidad queda profundamente marcada tras dos relaciones sentimentales como las que comparte con el Licántropo Oz y la también bruja Tara tornando ambas en fallida la primera y tragedia la segunda. Con el rol interpretado por Amber Benson una entrañable Alysson Hannigan forma una de las parejas homosexuales más interesantes y cercanas que ha dado la televisión reciente. Es de mucho mérito conseguir dichas cotas de realismo dentro de un producto dirigido, supuestamente, al público adolescente, en una cadena televisiva en abierto y localizando su historia en un show de género fantástico y de terror. Su conversión en Dark Willow y posterior redención son algunos de los mejores apuntes narrativos en las dos últimas temporadas del programa.


El que esto suscribe debe admitir que siente una especial predilección por el personaje de Alexander Lavelle Harris al que da vida un inolvidable, y hoy malogrado por distinto tipo de problemas personales, Nicholas Brendon. El rol de Xander es el que sintetiza con más destreza la muestra quintaesencial de lo que es el “humor whedoniano”, virtud que el que estas líneas escribe ha admitido siempre ser la más poderosa del director de Serenity. Xander es un personaje cómico, verborreico y socarrón que se lleva a lo largo de las siete temporadas algunos de los pasajes cómicos más destacados de la serie. Sin dejar de tener su pátina de dramatismo, traumas y heridas psicológicas por su relación con Buffy, Cordelia o Anya, Xander nunca dejará de ser la vía de escape histriónica y ligera del programa, aunque algunos de los pasajes de más calado emocional en los que se ve implicado (su enfrentamiento con Dark Willow) se encuentran ente los mejores de la producción.


El Rupert Giles al que da vida el que es sin lugar a dudas el mejor actor del reparto de Buffy Cazavampiros, el británico Anthony Stewart Head, es el “Guardián” que deberá velar por el bienestar y desarrollar las potenciales habilidades de la Cazadora convirtiéndose desde bien pronto en esa figura paterna ausente en la vida de la hija de Joyce Summers. Con un pasado rebelde y problemático (en la serie descubriremos el origen de su apodo “Ripper”) imperfecto a la hora de ejercer su labor como vigilante o cuidador (será destituido de su puesto y su autoridad será puesta en entredicho por la misma Buffy en la última temporada) y capaz de sacrificar su propia alma con tal de conseguir un futuro mejor para su protegida (inolvidable cuando mata a Glory/Ben para que su alumna no tenga que ensuciarse las manos en el episodio The Gift) este actor curtido en el teatro y el musical (mítica su interpretación de Behind Blue Eyes de The Who guitarra en mano) ofrece el perfil de un secundario rico en matices y claroscuros, un antihéroe genuínamente whedoniano.


William “El Sanguinario” (apodo que consiguió no precisamente por su crueldad), también conocido como Spike, asesino de dos cazadoras, colaborador de la banda de Angelus (la versión sin alma de Ángel de la que hablaremos a continuación) e interpretado con fiereza y carisma por el actor norteamericano James Marsters. Spike debutó en la segunda temporada de la serie acompañado de su novia Drusilla, una demente vampiro interpretada por una enorme Juliet Landau (hija de Martin) y que gracias a la enorme aceptación que obtuvo por parte de la audiencia pasó de secundario ocasional a personaje fijo del reparto cuando en la cuarta temporada el grupo paramilitar secreto “La Iniciativa” implantó un chip en su cerebro que la causaba un insoportable dolor cuando intentaba atacar a seres humanos para alimentarse de su sangre. Su incorporación como rol de relevante dio lugar a una de las relaciones más interesantes del show, la que mantuvo en las tres últimas temporadas con Buffy en la que la pasión, el sexo salvaje (tanto como para derrumbar una casa en el episodio Crushed) el masoquismo y la dependencia sirvieron de interesante alegoría sobre la violencia de género y los romances tóxicos. Posiblemente el actor y personaje más admirado de la serie, en cierta manera el más torturado y por ello el más consecuente consigo mismo y sus actos.

Tras perder su estatus de demonio como Anyanka, Anya se convirtió en humana y pasó a formar parte de la banda de Buffy y del corazón de Xander tras la marcha de Cordelia de Sunnydale. El personaje de Emma Caulfield mantuvo una química brutal con el de Nicholas Brendon desde el primer momento, convirtiéndose la dupla en la pareja más divertida de la serie. Capitalista desproporcionada (su principal interés es hacer dinero) sin filtro alguno a la hora de dar su sincera opinión sobre cualquier tema por muy peliagudo o delicado que sea y con un miedo desaforado por los conejitos (en uno de los capítulos de Halloween se disfraza de uno porque afirma que ninguna criatura infunde más terror que esta en concreto) Anya se ganó el corazón de la audiencia y se reservó el protagonismo de algunos episodios brillantes como aquel Selfless de la séptima temporada en el que conocimos un poco más en profundidad su naturaleza demoníaca y pasado ejerciendo como tal.


El primer episodio de la quinta temporada de Buffy Cazavampiros (aquel paródico Buffy vs. Drácula) se cerraba con un último plano en el que la protagonista y una hermana pequeña llamada Dawn de la que no sabíamos nada hasta ese momento se encontraban e interactuaban como si tal cosa, dando a entender que siempre había formado parte de la vida de la Cazadora y su progenitora. Poco después descubrimos que el personaje de Michelle Trachtenberg es la corpoerización humana de una llave interdimensional, un cúmulo de energía cósmica, que busca la villana Glory. Dawn no tardó en convertirse en el personaje más odioso de la serie para los fans de la misma, sus actos infantiles, naturaleza rebuscada y tendencia a ser secuestrada y poner en peligro a sus allegados la convirtió en el punching ball del programa. Por suerte Trachtenberg fue creciendo como actriz y los guionistas le fueron dando cada vez más entidad y profundidad permitiéndole llegar a protagonizar momentos muy destacados en episodios tan míticos como Once More With Feeling o The Body.


Liam, convertido en Angelus tras transformarse en no muerto, fue el líder de un clan de sanguinarios vampiros que asoló Europa durante el siglo XVIII. Durante una de sus escabechinas Angelus fue maldecido por un clan gitano concediéndole un alma, obligándole por ello a ser torturado durante toda la eternidad por los asesinatos que cometió durante su vida delictiva y no permitiéndole conseguir la felicidad absoluta ya que de este modo acabaría perdiéndola. Esta excusa narrativa es la que convierte la relación sentimental del personaje de David Boreanaz y el de Sarah Michelle Gellar en la más interesante, relevante y trágica (por su imposibilidad de consumación) de toda la serie, desembocando en la reconversión del personaje en Ángelus durante la segunda temporada, asesinando a Jenny Calendar en el episodio Passion y siendo finalmente sacrificado por la propia Buffy. Aunque en la tercera temporada Ángel resucitó su vuelta a la serie duró poco, ya que al término de esta tanda de episodios el personaje se convirtió en protagonista de su propio serial catódico, aunque realizando algunas apariciones estelares en el programa señero en algunos capítulos concretos.


Joyce Summers, a la que puso voz y rostro Kristine Sutherland, se mudó a la ciudad de Sunnydale junto a su hija Buffy después de su divorcio. Allí ambas intentaron comenzar una nueva vida que se vio truncada en el mismo momento en el que su primogénita descubrió su naturaleza como luchadora contra las fuerzas del mal. Joyce es el personaje más mundano de la serie, durante varias temporadas no llegará a saber a qué se dedica su hija (aunque los métodos para que no descubriera el secreto bordeaban en ocasiones la insulsez desde el punto de vista narrativo) para más tarde serle revelado y aceptarlo del mismo modo que también lo hizo con Dawn a la hora de acogerla como segunda descendiente, aunque como previamente hemos mencionado no lo era. Junto a Giles es la otra piedra angular que da equilibrio a la atípica existencia de Buffy y su ayuda durante las no pocas crisis sentimentales de esta última serán de vital importancia para ella. Su muerte por causas naturales ejercerá de catalizador argumental del mejor episodio de toda la serie, The Body, en el que pararemos más adelante cuando hablemos del Top de mejores capítulos de la producción.


La engreida y altiva Cordelia Chase es una de las amigas más atípicas de Buffy y el primer interés amaroso de Xander en la serie, con el que mantuvo una interminable retahíla de ias y venidas sentimentales hasta que la relación terminó. El personaje de Charisma Carpenter y su carácter entre simplista y superficial, que hacía las delicias del respetable, se convirtió desde bien pronto en otro de los añadidos cómicos de la cosecha de Joss Whedon, y si bien no destiló con el de Nicholas Brendon la misma qúimica que este tuvo posteriormente con Emma Caulfield sí es cierto que compartió con él pasajes descacharrantes para la estantería del recuerdo. Cuando Cordelia comenzaba a madurar como persona abandonó a Xander y la serie para irse con Ángel/David Boreanaz al spin off homónimo tomando un rol completamente diferente que no dejaría de mutar a lo largo de las cinco temporadas que duró el serial del vampiro con alma.


La Tara Maclay de la actriz Amber Benson debutó con mal pie en Buffy Cazavampiros. Cuando la bruja que acabaría convirtiéndose en el amor más importante de la vida de Willow Rosenberg llegó a la serie parecía una chica torpe, tímida y balbuceante cuya malsana introspección llegaba a irritar a gran parte de la audiencia habitual. Poco a poco Tara fue mimetizándose más con sus compañeros, siendo protagonista de no pocos pasajes destacados en la serie (su intervención para intentar curar la adicción a la magia de Willow fue clave en dicha subtrama) y gracias a ello poco a poco consiguió ganarse el corazón de los fans que la vieron nacer como un secundario innecesario y abandonar la serie, de manera trágica, convertida en la mitad de una de las mejores parejas homosexuales de la televisión reciente.


Segunda debilidad para el abajo firmante. Oz, el licántropo guitarrista de rock, el silencioso y reflexivo primer amor de Willow en la serie a la que abandonó tras descubrir lo incontrolable de su naturaleza lupina (aunque su escarceo amoroso con otra de su misma especie a espaldas de su pareja también influyó para su marcha de Sunnydale) es uno de mis personajes favoritos porque detrás de su contrastado mutismo se encontraba una bestia descontrolada que durante los días de luna llena sembraba el caos allá por donde pasaba. Su interacción cómica con Xander, su inesperado humor socarrón y el simple hecho de que Seth Green es un actor que siempre cae en gracia fueron los alicientes perfectos para que Oz fuera recordado como uno de los secundarios más notables de la serie y su marcha de la misma, por diferencias creativas con Joss Whedon con respecto a su evolución, fue uno de los momentos más tristes de todo su recorrido, huyendo no sin marcarse un preciso tour de force con Alysson Hannigan antes de abandonar la nave a la que volvió en un memorable episodio de la quinta temporada (para la desgracia de la pobre Tara) y a modo de cameo en el mítico Restless que cerraba la cuarta temporada al que volveremos más tarde.


Tercera y última debilidad dentro de la lista y es que la Faith Lehane de una Eliza Dushku aporta mucho más que morbo y sexualidad a su Cazadora descarriada, ya que ella es la muestra más palpable de la inclinación por parte de Joss Whedon por retratar personajes tridimensionales que llegan a trascender el género al que están adscritos dentro de la ficción. Un asesinato involuntario será el detonante para que Faith tome el mal camino, aliándose con el alcalde Richard Wilkins y convirtiéndose en enemiga jurada de la banda de Buffy. En la séptima temporada (y algunos episodios de Ángel) Faith se redimirá y acabará uniendo fuerzas con la elegida y sus compañeros para luchar contra la amenaza que supone “El Primero” y adheriéndose definitivamente al lado del bien como aliada de sus antaño rivales. Como nota curiosa un servidor siempre afirmó que Eliza Dushku hubiera sido mejor Buffy que la misma Sarah Michelle Gellar, pero eso es algo que nunca sabremos.


Cuando Ángel abandonó la serie para volar en solitario los guionistas tardaron más bien poco en buscarle un nuevo interés sentimetal a Buffy. Riley Finn, el nuevo novio de la Cazadora, resultó ser un soldado que pertenecía a una organización paramilitar secreta llamada “La Iniciativa” cuya misión era capturar a todo tipo de monstruos o demonios para realizar con ellos experimentos en nombre del gobierno de Estados Unidos. Con un rostro tan impertérrito como el del mismo David Boreanaz el actor Marc Blucas se vio en la complicada tesitura de tener que sustituir a un personaje de tanto peso como el de Ángel, por suerte los guionistas se pusieron de su lado, consiguiendo desarrollar su personalidad, pasando de militar con fe ciega en sus superiores a un miembro más del grupo de Buffy concienciado con las malas artes de los altos mandos de la organización a la que pertenecía, y dando hondura a su perfil, pero nunca llegando a sentirse totalmente integrado como uno más de los miembros de la Scooby Gang y por efecto dominó como actor del mismo reparto de la serie.


Top 7 Mejores Episodios, los grandes éxitos de la Cazadora

Al igual que cualquier serie norteamericana de la televisión en abierto Buffy Cazavampiros pecaba de contener a lo largo de sus temporadas no pocos capítulos de relleno. De modo que cuando un espectador néofito decidía acercarse por primera vez al programa eligiendo un episodio al azar en ocasiones se encontraba con cosas como Beer Bad o Doublemeat Palace (el peor de toda la serie, con diferencia, por mucho homenaje a la factoría Troma que tuviera en su metraje) lo lógico era que huyera despavorido y confirmando, de manera equívoca, los prejuicios que siempre han acompañado a dicha producción, como su naturaleza para adolescentes y sus supuestas tramas intrascendentes. En cambio si aquel aventurero que decidía degustar el programa con un episodio aleatorio se encontraba con alguno de los escritos y dirigidos por Joss Whedon era raro que no acabara enamorándose de las aventuras de Buffy Summers. Aunque no todas las mejores muestras de calidad de Buffy The Vampire Slayer salían de la mano del autor de Fray sí es cierto que sus incursiones audiovisuales son las que mejor puesta en escena, construcción narrativa y dirección de actores tenían. A continuación vamos a incluir un Top 7, totalmente subjetivo, de los que al que esto firma le parecen los mejores capítulos de la serie elegidos por su calidad e importancia en el devenir de la misma y a los que sumaremos las necesarias menciones de honor que se han quedado fuera del ranking.


1×06 The Pack La primera llamada de atención por parte de Joss Whedon y su séquito con respecto a que bajo la piel de Buffy Cazavampiros yacía algo más que acción, humor y terror llegó con The Pack (La Jauría, en España), el sexto episodio de la primera temporada. La excusa narrativa en la que una visita al zoo de Sunnydale implica a Xander, y otros alumnos del Sunnydale High School, en una posesión grupal por parte del espíritu de unas hienas de origen sobrenatural sirve a los guionistas Matt Kiene y Joe Reinkemeyer o el director Bruce Seth Green para despertar el lado más primario y oculto del joven Harris, llegando incluso a intentar agredir a Buffy (recordemos que por aquel entonces el personaje de Nicholas Brendon se sentía atraído por el de Sarah Michelle Gellar) liberando así sus instintos animales más básicos y peligrosos. Este tema sobre la “bestialización” de la personalidad de algunos de los protagonistas del programa se convertiría en recurrente a lo largo de la serie.


2×17 Passion “La pasión es la fuente de nuestros mejores momentos, la alegría de vivir, la claridad del odio y el éxtasis del dolor. A veces duele más de lo que podemos soportar. Si pudiéramos vivir sin pasión tal vez encontraríamos algo de paz. Pero estaríamos vacíos. Habitaciones vacías, destartaladas y húmedas. Sin pasión estaríamos realmente muertos”. Este monólogo recitado por Angelus, la versión diabólica y sin alma de Ángel, supone el eje central de Pasión, el episodio que confirmó definitivamente las nada pueriles aspiraciones temáticas y conceptuales de Joss Whedon a la hora de ir construyendo su criatura catódica. La reconversión de Ángel en el villano de la velada que asesinaba a sangre fría a Jenny Calendar para destruir pscológicamente a su pareja, Giles (ningún fan de la serie puede olvidar a Anthony Stewart Head rompiendo el precinto policial de su casa en el último pasaje del capítulo) y por efecto dominó mermar las fuerzas de Buffy y compañía supuso un punto de inflexión en la segunda temporada. En este momento de la serie ya no había vuelta atrás, Buffy Cazavampiros abandonaba definitivamente sus aspiraciones genéricas y revelaba sus metas a largo plazo, ser un relato de personajes realistas con los que empatizar a niveles impensables en un producto televisivo de esta temática.


3×13 The Zeppo Todo el humor, toda la sorna, toda la autoparodia y la ironía propiamente whedoniana convergen en The Zeppo, el mejor episodio cómico de toda la serie que está centrado, como no podía ser menos, en el personaje de Xander. Mientras sus compañeros se enfrentan al enésimo advenimiento del Apocalipsis el alter ego televisivo de Nicholas Brendon se ve envuelto de manera paralela y en solitario en un enorome sinsentido de situaciones mundanas y terrenales que le impiden formar parte de la encarnizada batalla que están librando sus amigos. Con apuntes de guión tan brillantes como desopilantes y un afán por enaltecer la figura de los outisider, los perdedores, aquellos “mediocres” a los que bendecía Antonio Salieri en la obra maestra que supuso el Amadeus de Milos Forman y Peter Shaffer, Zepo puede considerarse uno de los puntos álgidos de Buffy Cazavampiros y la carta de amor hacia un personaje con el que más de un hombre nos hemos sentido identificado en algún momento de nuestra existencia.


4×10 Hush Silencio supuso el homenaje de Joss Whedon a Michael Ende y su célebre obra literaria Momo.La llegada de unos monstruos vestidos de etiqueta llamados “The Gentlemen” que se dedican a robar la voz a todos los habitantes de Sunnydale es la excusa argumental para que el autor de Firefly ejecute un memorable y tronchante episodio mudo en el que los personajes deben comunicarse por medio de gestos (Giles explicando en el salón de actos del instituto, y por medio de diapositivas, el plan para eliminar a las criaturas causantes de dicha situación no tiene precio) rindiendo un cariñoso homenaje al cine silente. Un episodio a todas luces superlativo que lo hubiera sido incluso más si hubiese prescindido durante todo el metraje de los dialógos. Con todo hablamos de uno de los capítulos más recordados de Buffy the Vampire Slayer y otro de sus picos más altos a la hora de amalgamar comedia y terror.


5×16 The Body Con El Cuerpo, el episodio número dieciséis de la quinta temporada, llegamos no sólo al mejor de toda la serie, sino también al, con mucha diferencia, más destacado ejercicio de realización audiovisual de la filmografía de Joss Whedon. Joyce Summers ha muerto repentinamente y el modo en el que todos los personajes de la serie asimilan tal hecho sirve al guionista y cineasta para realizar un análisis rico en matices y control del tempo narrativo acerca de cómo afrontamos los seres humanos la pérdida en el sentido más amplio de la palabra. La conceptualidad y la idea no se quedan ahí, porque Whedon quiere ir más allá y adentrarse en terrenos del metalenguaje, incidiendo en cómo un personaje como Buffy jamás podría tener una vida normal debido a su “misión” como guerrera (sin siquiera poder enterrar en paz a su progenitora) atravesando los límites de la ficción narrativa reflexionando sobre toerías metafísicas o filosóficas. Por el camino tenemos una realización técnica minimalista, exquisita, sutil, con una puesta en escena medida, concienzuda, juegos de espejos brillantes y un último plano de una mano intentando tocar un cuerpo inerte que cierra una de las muestras de calidad televisiva más grandes que dio el siglo pasado. Una obra maestra con todas las letras.


6×07 Once More With Feeling Aunque la sexta temporada me parezca la peor de Buffy Cazavampiros sería una afirmación necia negar que contiene algunos episodios remarcables, uno de ellos, el séptimo, es considerado por el grueso del fandom aficionado a las correrías del personaje el mejor de todo el trayecto del show. Hablo como no podía ser menos de Once More With Feeling, el célebre “ecapítulo musical” en el que todo el casting del programa bailaba y cantaba. Evidentemente estando detrás de la idea un Joss Whedon en labores de guionista, director, productor y compositor o letrista el invento no iba a quedar en un simple episodio con temas y coregorafías pegadizas. De modo que el creador de la serie puso la alfombra roja (es el único capítulo rodado en formato panorámico y estética cinematográfica) para que, de manera totalmente justificada en la trama, sus actores dieran el do de pecho con temas inolvidables como I Walk through the Fire, Rest in Peace, Standing o I’ll Never Tell que no sólo definían la situación actual de los protagonistas en el mismo momento en el que las interpretaban, sino que también permitía a la trama evolucionar marcando un punto de no retorno importante en el devenir de la serie. Dentro del un reparto inusualmente dotado para el canto (se perciben los retoques en el estudio en varios temas, no lo podemos negar) debemos destacar el enorme talento de unos Anthony Stewart Head y Amber Benson a los que se les notaban las tablas previas y un Hinton Battle superlativo como el villano Sweet. Otra joya catódica con la que Joss Whedon rompió esquemas y ofreció un puñado de composiciones que incluso se recopilaron en un disco que se vendió bastante bien en su época.


7×22 Chosen Un episodio llamado Chosen, sin artículo de ningún tipo delante, puso punto y final a la andadura catódica de Buffy Summers. Con esta última entrega escrita y dirigida, una vez más, por Joss Whedon se dieron la mano todas las señas de identidad que definieron Buffy Cazavampiros desde su arranque. La acción, el humor, el drama, las monstruosidades sobrenaturales, el amor, el odio, el sentimiento de comunidad y el trabajo en equipo para conseguir metas inalcanzables, todo el ideario del programa se condensó en estos poco más de cuarenta minutos que no hicieron más que confirmar el especial cariño que el autor pelirrojo siente por los personajes femeninos y su afán porque los mismos puedan ocupar puestos antaño sólo ejercidos por hombres. Mirando siempre al futuro, pero sin dejar de volver la cabeza hacia el pasado, la sonrisa en la boca de Buffy Summers nos despide de una obra que fue parte importante de la vida de aquellos que la seguimos religiosamente durante su emisión.

Evidentemente hay muchos más capítulos memorables en Buffy Cazavampiros y aunque he seguido estrictatamente la regla de seleccionar uno por temporada me veo en la obligación de mencionar otros que merecían también estar en el Top. Dentro de las menciones de honor tenemos las dos entregas de Becoming, que desembocan en el asesinato de Ángel por parte de Buffy, Amend en el que conocemos el origen vampírico del rol de David Boreanaz, el díptico formado por Graduation Day con la batalla final contra Richard Wilkins, Where The Wild Things Are y su trama central con Buffy y Riley manteniendo relaciones sexuales continuadas ajenos al horror que acontece a su alrededor, Restless, que supone uno de los mejores homenajes dentro de la ficción que se han hecho al universo de David Lynch (y con referencias divertidísimas a Apocalipsis Now con Xander ocupando el lugar del Capitán Willard de Martin Sheen) Fool For Love y sus flashbacks con Spike eliminando a dos Cazadoras de vampiros, The Gift, con la muerte de Buffy tras dar su vida después de vencer a Glory, Normal Again, en el que se dejaba vislumbrar que todos los hechos sobrenaturales acontecidos en Sunnydale eran producto de la imaginación de Buffy que se encontraba encerrada en una institución mental o Dirty Girls, posiblemente el episodio favorito de un servidor (escrito por el hoy muy cotizado Drew Goddard) con la presencia del brutal Caleb de Nathan Fillion y el combate en la bodega con el que destroza al grupo formado por Buffy, sus compañeros (la secuencia relacionada con Xander no se olvida fácilmente) y las cazadoras potenciales, podrían haber entrado con todo merecimiento en nuestro Top 7, pero hemos tratado de hacer criba, ya que de lo contrario nos habríamos encontrado una lista enorme de episodios recuperables y reivindicables.


Valoración personal y general

Como se habrá podido dilucidar a lo largo y ancho de este artículo siento un especial cariño por esta serie con la que Joss Whedon enamoró a todo tipo de espectadores, rompió tabúes hasta ese momento intocables en la televisión generalista americana dirigida a todos los públicos (homosexualidad, violencia de género, la pérdida de seres queridos) y todo sin hacer desaparecer el contexto de género en el que fue construyendo poco a poco un producto de culto cuya influencia sigue presente hoy día influenciando a otros shows televisivos y despertando recuerdos cariñosos por parte de todo su reparto este año en el que se ha cumplido el veinte aniversario de su nacimiento. Ya en el plano personal lo curioso es que Buffy he Vampire Slayer cambió mi vida en el sentido más amplio de la palabra, ya que debido a la afición que sentía por ella comencé a moverme por foros y webs relacionadas con la creación del autor de Los Vengadores: La Era de Ultrón y gracias a ello conocí a personas que han acabado siendo amigos indispensables en mi vida, compañeros con los que he compartido escapadas, quedadas, risas, llantos y altibajos dignos de la Scooby Gang formada por los personajes que poblaron la serie. Puede haberlas mejores, de más calidad o que hayan dejado incluso más huella dentro de la televisión contemporánea, pero ningún otro programa nacido en la pequeña pantalla me ha ofrecido tanto como aquel en el que Buffy Summers nos enseñó que no hay nada imposible con una pequeña ayuda de nuestros amigos.


domingo, 19 de marzo de 2017

Logan



Título Original Logan (2017)
Director James Mangold
Guión Scott Frank, James Mangold, Michael Green basado en los cómics de Marvel
Reparto Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Elizabeth Rodriguez, Richard E. Grant, Doris Morgado, Han Soto, Julia Holt, Elise Neal, Al Coronel





Después de la desastrosa X-Men Orígenes: Lobezno y la aceptable Lobezno Inmortal Hugh Jackman vuelve por tercer y última vez a dar vida al famoso mutante de las garras de adamantium creado por Len Wein, John Romita Sr y Herb Trimpe en 1974 con Logan, su despedida de un personaje al que ha dado vida durante casi dos décadas y que ya es indivisible de su vida profesional. En esta ocasión el director James Mangold (Copland, Identity) repite en la butaca tras la anterior The Wolverine para realizar el Canto de Cisne de James Howlett, un proyecto largamente acariciado por el actor australiano con el que pone punto y final al recorrido de su versión del X-Men más carismático y letal de la historia de la Casa de las Ideas. El resultado por suerte es muy superior al de sus antecesoras y sin ser una genialidad si sabe satisfacer notablemente tanto al espectador neófito como al fan de los cómics que llevaba años esperando una película del personaje que mereciera realmente la pena.




Todo aquel que vaya a ver Logan pensando que se encontrará una adaptación más o menos fiel de la primera miniserie Old Man Logan ideada por el guionista escocés Mark Millar y el dibujante norteamericano Steve McNiven en el año 2008 saldrá considerablemente decepcionado de la experiencia. No sólo ya por los problemas de licencias que trasladar un relato en el que tenemos a personajes como Ojo de Halcón, Craneo Rojo o descendientes de Spiderman o Hulk, pudieran haber producido a 20th Century Fox al no poseer sus derechos (que como todos sabemos están en manos de la misma Marvel y su división cinematográfica), sino también porque más allá de la edad de Lobezno y algún apunte narrativo o estético que pasaremos a mencionar no hay nada que emparente lo acontecido en las viñetas con lo que podemos ver en pantalla grande a la hora de enfrentarnos con la última aventura de Hugh Jackman en la piel del mutante canadiense.




Lo cierto es que ser una mixtura entre road movie y western (las referencias explícitas a Raíces Profundas no son gratuitas en este sentido) es el único parentesco que el último film de James Mangold tiene con Old Man Logan, pero en cierta manera bebe de los mismos referentes estilísticos y argumentales, como el cine de Sam Peckinpah, Sergio Leone o Clint Eastwood. Logan consigue aunar estas influencias en un tono árido y seco, aquel que la calificación PG13 no permitía en el resto de films en los que el personaje intervenía, y que aquí confluye con certera armonía con ese aire melancólico y derrotista de la franquicia X-Men en cuanto a llevar al extremo aquel lema de "temidos y odiados" que dio razón de ser a la naturaleza furtiva y marginada de los Hijos del Átomo. Todo el largometraje exhala hálito a despedida o cierre de ciclo y los implicados en el mismo han dado todo lo que tenían y más para estar a la altura de las expectativas.




La trama de Logan es sencilla y directa, James Mangold y sus guionistas ejecutan una historia de manual, una huída hacia delante escapando de mercenarios que quieren dar con el paradero de los protagonistas a lo largo de unos Estados Unidos montañosos, crepusculares, deshumanizados y fronterizos. El director de Inocencia Interrumpida sabe encontrar el equilibrio entre los pasajes centrados en las relaciones interpersonales y sentimentales de unos personajes cercanos y terrenales a pesar de su naturaleza sobrenatural y arrebatos de violencia explícita resquebrajando momentos de calma propios del celuloide del cineasta y actor japonés Takeshi Kitano. Gracias a ese balance entre intimismo y bestialidad arraiga con fuerza Logan una naturaleza bicéfala que funciona de manera muy potente durante casi todo el metraje y que sólo encuentra ciertos altibajos al inicio del último tercio, justo cuando Logan y Laura dan con los antiguos compañeros de confinamiento de esta última. 




Aunque hemos resaltado la sencillez del guión sus autores se guardan en la manga algunas referencias a xenofobia, violación de los derechos humanos y el uso de fronteras para dividir territorios que no sabemos si de manera intencionada o no nos remiten al discurso que el actual presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, lleva años promulgando, aunque ciertamente el libreto no ahonda demasiado en dicha lectura apelando a que prime la caracterización de los personajes, la evolución del poso dramático del relato y el desarrollo de las poderosas y brutales escenas de acción que nos muestran por primera vez en pantalla lo que una garras de adamantium harían a un cuerpo humano si fueran utilizadas en combate. El problema es que la estructura de la narración no consigue mantenerse firme durante todo el metraje y en algunos pasajes (como el ya mencionado con los niños) parece como si los escritores no supieran bien hacia donde llevar la obra, que por suerte se encarrila de nuevo por el buen camino dando sus últimos pasos con un clímax honesto y emocionante.




Hugh Jackman puede estar tranquilo, si cumple la promesa de no volver a dar vida a Lobezno puede irse con la cabeza bien alta porque su labor en Logan es la mejor que ha hecho dentro del universo cinematográfico mutante que él ayudó a construir en el año 2000 con aquella ya lejana y seminal X-Men de Bryan Singer, El protagonista de The Fountain se entrega en cuerpo y alma a un personaje que ya es tan suyo como de sus creadores o los fans que llevamos décadas leyendo sus aventuras en papel. Este Logan enfermo, avejentado, cansado y descreído es el último homenaje del australiano a una criatura que le llegó de rebote hace 17 años cuando Dougray Scott rechazó el papel y que le cambió la vida de manera radical abriéndole las puertas de un Hollywood que hoy bebe los vientos por él. Con un trabajo que nos recuerda al mejor Clint Eastwood actor adscrito al western y dando todo en el plano físico Jackman se lo ha puesto muy difícil al próximo actor que acepte portar las garras de adamantium.




No le van a la zaga al protagonista de Prisioneros un Patrick Stewart que también ofrece su mejor personificación de Charles Xavier como un nonagenario senil, quebrado por sus pecados del pasado y cuya mente marchita ya no puede controlar sus enormes poderes psíquicos (la secuencia de Las Vegas y la odisea de Logan para llegar a la habitación del hotel es posiblemente el mejor pasaje del film) y el descubrimiento de la debutante Dafne Keen en la piel de Laura, la famosa X 23 de los cómics (aunque nacida en la serie animada X-Men: Evolution) que es extrapolada al celuloide con una amalgama de ternura y salvajismo perfectamente interpretado por una niña de once años que deja exhausta a la platea con su carisma y fisicidad en pantalla. Mencionar para bien la buena labor de Stephen Marchant como Calivan o Richard E. Grant dando vida al Doctor Rice y para mal a Boyd Holbrook en la piel de Donald Pierce, no por la labor del actor, sino por lo mal que está perfilado su villano en el guión, demostrando que esta tara a la hora de retratar a las némesis de los superhéroes en celuloide no es exclusiva de Marvel Studios o DC Etertainment.




Siendo ampliamente superior a las otras dos películas de Wolverine (tarea no muy ardua, para qué negarlo) pero tampoco "la mejor película de la saga cinematográfica mutante" como se ha llegado a comentar en no pocas webs de la red y páginas de opinión un servidor ha quedado altamente satisfecho con el visionado de esta Logan que pone broche de plata a la interpretación de James Howlett a manos de un Hugh Jackman al que siempre recordaremos cuando pensemos en el personaje de Marvel. Un relato melancólico, nihilista, salvaje y cercano que nos deja con la duda de cómo solucionarán Bryan Singer, Simon Kinberg y compañía la complicada papeleta de buscar un sustituto para el australiano que esté a la altura de su mastodóntica labor a la hora de dar vida al mutante canadiense que se despide de todos nosotros firme en sus ideas, luchando contra sus demonios internos y afianzando su determinación como máquina de matar siendo "el mejor en lo que hace, aunque lo que hace no es muy agradable".



martes, 28 de febrero de 2017

Hasta el Último Hombre (Hacksaw Ridge)



Título Original Hacksaw Ridge (2016)
Director Mel Gibson
Guión Robert Schenkkan, Andrew Knight
Reparto Andrew Garfield, Sam Worthington, Hugo Weaving, Vince Vaughn, Teresa Palmer, Luke Bracey, Rachel Griffiths, Richard Roxburgh, Matt Nable, Nathaniel Buzolic, Ryan Corr, Goran D. Kleut, Firass Dirani, Milo Gibson, Ben O'Toole, Richard Pyros, Robert Morgan, Dennis Kreusler, Michael Sheasby, Ben Mingay, Damien Thomlinson, Nico Cortez, Darcy Bryce, Roman Guerriero





Diez años han tenido que pasar para que el actor australiano de origen norteamericano Mel Gibson se pusiera de nuevo detrás de la cámara para rodar su quinto largometraje como director.después de aquella arriesgada, adrenalítica y brutal Apocalypto estrenada en 2006. En ese largo proceso el protagonista de la saga Mad Max ha levantado una considerable polvareda con su vida personal y se ha ido reconciliando poco a poco con la cartelera implicándose en proyectos más o menos independientes como Vacaciones en el Infierno (Get the Gringo), Machete Kills, Los Mercenarios 3 o Blood Father. Pero es su faceta más alabada, la de director, la que volvió a las pantallas de todo el mundo a finales del pasado 2016 con Hacksaw Ridge, retitulada en España como Hasta el Último Hombre con un amplio respaldo del público y la prensa especializada que alabó la obra desde su puesta de largo internacional en el pasado Festival de Venecia.




Hacksaw Ridge cuenta la historia del médico militar, posteriormente ascendido a sargento, del  307ª de Infantería, 77ª División de Infantería, Desmond T.. Doss (Andrew Garfield) un soldado cristiano protestante perteneciente a la Iglesia Adventista del Séptimo Cielo, que decidió alistarse en el ejército de Estados durante la Segunda Guerra Mundial para posteriormente participar en la Batalla de Okinawa, pero eludiendo en todo momento utilizar armas de fuego debido a sus fuertes convicciones religiosas que le impedían arrebatar la vida a un semejante. Debido a esto Doss fue asignado sanitario, pero se encontró con el enorme obstáculo que supuso durante su entrenamiento y posterior incursión en el campo de batalla la oposición de un ejército que nunca vio con buenos ojos los preceptos teológicos que este profesaba de manera tan ferrea y concienzuda. Durante el metraje del film conoceremos la vida de Doss desde su infancia hasta el día en que entró en combate junto a sus compañeros, salvando la vida de 75 de ellos sin disparar una sola bala.




El hecho de que el director que revolucionó en el año 1995 la manera de rodar escenas de batallas multitudinarias con Braveheart decidiera implicarse como director en un film bélico no suscitó demasiada extrañeza dentro del mundo del séptimo arte. En cambio que lo hiciera relatando la historia del primer objetor de conciencia que fue condecorado con la Medalla de Honor de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos sí despertó la curiosidad de más de un escéptico que no encontraba en la, normalmente brutal, faceta como director del protagonista de Gallipoli o El Año que Vivimos Peligrosamente lugar para un "pacifista" que se negaba tajántemente a tomar en mano un fusil y acabar con la vida del que consideraba su enemigo, el ejército japonés en este caso. La respuesta era bien sencilla y la teníamos justo delante de nuestras narices, y eran las inquebrantables e inamovibles creencias religosas de Desmond Doss, compartidas plenamente por el cineasta e intérprete.




Como bien nos recordaba Juan Manuel de Prada en este ya mítico artículo en el que se deshacía en "elegantes" elogios hacía el cineasta y su último trabajo detrás de las cámaras, antes incluso de haberlos visto, Mel Gibson es un "católico acérrimo, de los que rezan en latín y follan a chorro libre". Como la fina prosa del periodista vizcaino nos recuerda es por muchos sabido que el protagonista de la franquicia Arma Letal es un ferviente creyente que tiene una visión muy purista y algo extrema de lo que es el cristianismo en general y el catolicismo en particular, tema del que ya hablé en la entrada que le dediqué a La Pasión de Cristo y en el que no hace falta reincidir. Ese y no otro ha sido el motivo por el que Gibson se ha implicado en un proyecto impulsado por el productor y guionista Gregory Crosby y Stan Jensen, un importante miembro de la ya citada Iglesia Adventista del Séptimo Cielo y al que posteriormente se subieron actores como Vince Vaughn, Hugo Weaving, Sam Worthington o Rachel Griffiths una vez el intérprete de Señales o Rescate se hizo responsable de la realización.




Hay dos películas claramente diferenciadas dentro de Hasta el Último Hombre y ambas se alternan y reparten el grueso del metraje. La primera mitad del film es puro John Ford, una historia de reminiscencias clásicas que se dedica casi en pleno a enaltecer los parabienes del manoseado "American way of life" con el sentimiento de comunidad, la inocencia del primer amor, la importancia de la figura materna en la familia estadounidense y el patriotismo en tiempos de guerra, En esta etapa de la obra Gibson deja relucir su ideología ultraconservadora con una trama romántica que bordea la cursilería del melodrama, pero que nunca llega a adentrarse en ese subgénero gracias a una importante pátina de desencanto y melancolía representada por la violenta figura paterna de Desmond Ross y su adicción al alcohol sustentada en la enorme labor de un reparto de secundarios con unos magníficos Hugo Weving, Vince Vaughn y Rachel Griffiths o un bastante recuperado Sam Worthington entre otros y que tiene en las creencias de su protagonista y su aguerrido entrenamiento castrense su núcleo narrativo. Dicho tono cálido, sencillo y clasicista es el que conseguirá, cuando la segunda mitad de la obra haga acto de presencia, el brutal contraste que toma el proyecto cuando Ross y su pelotón entran en combate en Okinawa..




La segunda película la podía haber rodado el Samuel Fuller de Uno Rojo; División de Choque (The Big Red One) o el Sam Peckinpah de La Cruz de Hierro y se bascula alrededor de las impresionantemente descarnadas secuencias bélicas que rueda un Mel Gibson del todo apabullante con la cámara. Aunque suene a tópico podemos afirmar de manera tajante que desde las escenas de combate de Salvar al Soldado Ryan, y su media hora de desembarco en Normandía, no se ha visto una recreación del infierno en la tierra que es la guerra tan veraz y compacta como la de Hacksaw Ridge. Aquí está el profeta de la violencia explícita, el cineasta que en films como Apocalypto, La Pasión de Cristo o Braveheart nos mostró el lado más salvaje del ser humano pero llevando su mirada desgarradora a unos niveles de crudeza equiparables a los de su visión de la muerte y resurreción de Jesús. Apoyándose en la dirección de fotografía, el montaje y el sonido Gibson arranca de las entrañas de su objetivo pasajes de una visceralidad en ocasiones excesiva (ese "escudo humano") pero siempre de un virtuosismo descomunal y arrollador con el que muestra lo bestial que fue la Batalla de Okinawa.




Pero es el personaje de Desmond Doss y el actor que lo interpreta, un titánico y memorable Andrew Garfield, el verdadero corazón que bombea sangre al último trabajo de Mel Gibson en la dirección. Hay quien afirma que Hasta el Útimo Hombre es pura propaganda cristiana, un panfleto teológico para imponer las creencias religiosas del mismo cineasta a la platea por medio de su protagonista. Un servidor, que ha admitido en no pocas ocasiones su ateismo, no está de acuerdo con esta afirmación, ya que el rol de Doss lleva hasta el extremo sus convicciones y su determinación como creyente, pero en ningún momento trata de imponer su peculiar punto de vista sobre la vida, la deidad o la no violencia. Gibson se implica al 100% con su criatura, lucha hombro con hombro a su lado para que pueda llevar a cabo su misión, casi hasta caer en el martirio, pero siempre a nivel individual (no como sucedía en Silencio con el Sebastião Rodrigues también de Garfield, que sí predicaba de mala manera a la platea), sin mirar por encima del hombro a los personajes que no creen o no lo hacen con la misma intensidad paroxista que él. El intérprete de La Red Social hace suyo a Desmond Doss y su esencia y gracias a ello ofrece una labor para el recuerdo ayudado por la gran labor como director de actores del Hamlet de Franco Zeffirelli.




Con sus virtudes (intensidad, fiereza, épica, crepuscularidad) y defectos (ese innecesario plano de la camilla, el epílogo al estilo de La Lista de Schlinder que cae en el subrayado grueso y maniqueo) Hacksaw Ridge nos devuelve al mejor Mel Gibson en su faceta de jefe de ceremonias. Volviendo a tratar todos los temas propios de su perfil como cineasta ya sea la violencia, la fe o la rebeldía de un sólo individuo que se enfrenta a una sociedad corrupta o injusta (idea concebida ya en su meritorio debut como realizador El Hombre Sin Rostro y que abarca toda su filmografía) el polémico actor y director ha conseguido reconciliarse con la taquilla, la crítica y la academia, ya que el film que nos ocupa ganó en la pasada gala de los Oscar los premios a mejor montaje y sonido. Una nueva época de bonanza llega para este australiano de adopción con varios trabajos como actor y dos nuevos proyectos detrás de las cámaras todavía en proceso de negociación, las secuela de su propia La Pasión de Cristo y la de Escuadrón Suicida de Warner Bros y DC Cómics. Sólo el tiempo nos dirá si el bueno de Mel aprovecha esta segunda oportunidad que le da Hollywood o mete la pata hasta el fondo como es habitual en él.


lunes, 27 de febrero de 2017

T2: Trainspotting



Título Original T2: Trainspotting (2017)
Director Danny Boyle
Guión John Hodge, basado en la novela de Irvine Welsh
Reparto Ewan McGregor, Robert Carlyle, Jonny Lee Miller, Ewen Bremner, Kelly Macdonald, Shirley Henderson, Steven Robertson, Anjela Nedyalkova, Irvine Welsh




En el año 1993 el escritor británico Irvine Welsh publicaba Trainspotting, su primera novela. Dicho trabajo narraba el día a día de un grupo de amigos veinteañeros en la ciudad escocesa de Edimburgo de principios de los 90, sus relaciones personales, problemas con la ley y sobre todo la adicción a la heroína que varios de ellos padecían. Renton, Begbie, Sick Boy y Spud eran un reflejo de las clases bajas de la capital de Escocia, un grupo de inadaptados, drogadictos, violentos y déspotas miembros de la Generación X que desperdiciaban su vida entre chutes de caballo, sexo casual, violencia descontrolada y relaciones sentimentales abocadas al fracaso. Ni tres años tardaron los miembros del equipo formado por el cineasta Danny Boyle, el productor Alex Garland, el guionista John Hodge y el actor Ewan McGregor (que venían de llamar la atención en los círculos del cine independiente británico con Shallow Grave) en interesarse por el libro de Welsh para trasladarlo a la pantalla grande. Aquel 1996 la versión cinematográfica de Trainspotting marcó un importante hito en el cine del Reino Unido con una brillante propuesta en la que un reparto en estado de gracia, un guión que sabía condensar todas la virtudes del material literario de partida y un director que convirtió el delirio visual en el perfecto vehículo para que la prosa del escritor escocés llegara con fiereza a toda una generación de espectadores adolescentes que vieron cómo las aventuras estupefacientes de Mark Renton y sus compinches dejaban una huella perdurable e indeleble en sus todavía impresionables mentes, la de un servidor entre ellas.




Aunque varios de los personajes de la novela Trainspotting aparecieron como secundarios en otras obras de Irvine Welsh como Pesadillas del Marabú o Cola, no sería hasta el año 2002 que el novelista decidiera darle una continuación oficial a esta con Porno, el regreso de su cuarteto de protagonistas nacidos y arraigados en Edimburgo. Desde el mismo momento de la publicación del libro los fans de la primera entrega y su adaptación cinematográfica esperaron con avidez la traslación a imágenes de dicha secuela que recuperaba a Renton, Spud, Begbie y Sick Boy, pero en esta ocasión intentando hacerse un nombre en el mundo del cine para adultos de bajo presupuesto. Después de veinte años de rumores sobre la enemistad de los antaño insperables Danny Boyle y Ewan McGregor, problemas de agenda de casi todos los actores del reparto y el triunfo en Hollywood con productos tan premiados a nivel internacional como Slumdog Millionaire o 127 Horas de su director por fin llega a la cartelera internacional la secuela de la cinta primigenia de 1996, titulada de manera poco original T2: Trainspotting, con el ya mencionado cast original, John Hodge de nuevo al guión inspirándose, muy lejanamente, en la ya mencionada Porno y un Danny Boyle completamente implicado con el proyecto. La prensa especializada ha recibido esta segunda parte con disparidad de opiniones, más si cabe teniendo en cuenta el peso del primer largometraje que dejó el listón por los cielos. En Zona Negativa ya hemos podido ver la obra y a continuación vamos a tratar de dar nuestra opinión sobre esta tan esperada nueva entrega de la vida de Renton y su séquito de amigos.




La sensación que transmite el visionado de una película como T2: Trainspotting es agridulce y de una bipolaridad nada eludible por parte del espectador en general y el fan del film original en particular. Por un lado el simple hecho de volver a ver en celuloide a estos personajes tan icónicos del cine parido en Europa durante los años 90 es un placer, una “reunión de amigos” en la que tanto ellos como nosotros nos encontramos los unos a los otros más viejos después de una ausencia de veinte años. Spud, Begbie, Renton y Sick Boy vuelven a empozoñarse en la inmundicia para nuestro regocijo y aquellos que nos embriagamos con el talento depositado en la cinta de 1996 no podemos más que estar de enhorabuena por el hecho de que este cuarteto vuelva a compartir pantalla después de tanto tiempo. El problema, que no es baladí ni minúsculo precisamente, es que esta secuela de Trainspotting está más pendiente de ser un desfile de referencias estéticas y argumentales a su hermana mayor que de ser un producto cinematográfico narrativamente cohesionado y consistente. En este sentido el guión de John Hodge (que como previamente hemos comentado sólo toma algunas ideas de Porno, la novela en la que en teoría estaría basado el film) no está a las altura de las expectativas y no precisamente porque, como muchos temíamos, no respete el espíritu de la segunda cinta como director de Danny Boyle, sino porque paradójicamente lo venera en demasía, tanto como para rendirle una excesiva pleitesía que esteriliza cualquier intento de originalidad e inventiva individual declarándose sin miramiento alguno como un sucedaneo de su predecesora.




Es la nostalgia y esa machacona idea de mirar continuamente hacia atrás con melancolía (el uso de metraje del film original perjudica al conjunto de esta secuela, algo que Boyle debería haber notado ya en la sala de montaje) y añoranza lo que debilita la estructura del guión y lastra el devenir de acontecimientos que en el mismo se van dando forma de manera irregular y con desigual fortuna. Durante la primera mitad del metraje la trama central protagonizada por Mark, Sick Boy (siempre lo será por mucho que aquí llamen al personaje por su verdadero nombre) y Veronkia es la que mejor construida se revela, algo que no sucede con el resto d ellas. Todo el proceso que implica sacar adelante el “negocio” que los roles de Ewan McGregror, Johnny Lee Miller y Anjela Nedyalkova tienen en mente es donde John Hodge y Danny Boyle ponen toda su atención y profesionalidad. Mientras, Spud y Begbie se antojan dos secundarios satélite cuyas subtramas carecen de consistencia o potencial llegando las mismas a mostrarse en ocasiones como un par de añadidos subsidiarios al argumento que más que enriquecerlo lo entorpecen. Por suerte esta sensación de que los personajes de Ewen Bremner y Robert Carlyle están fuera de juego a la lo largo de todo el partido desaparece en la segunda mitad del largometraje cuando comienzan a interactuar con los tres protagonistas. De esta manera la producción es asimilada por la platea como un ejercicio cinematográfico que merecía unos cimientos más sólidos a la hora de contarnos una historia competente y atractiva.




Un amplio sector del público y la prensa especializada que ya han visto T2: Trainspotting han remarcado hasta la saciedad que para disfrutarla debemos olvidarnos de la primera película, aislarla completamente de la experiencia que es ver esta continuación y con ello conseguir disfrutar de las virtudes de esta secuela que nos ocupa. Dicha propuesta se antoja imposible para el que visiona ya que son precisamente John Hodge y Danny Boyle los principales responsables de que en ninguno de los 117 minutos que forman esta segunda parte podamos quitarnos de la cabeza la obra cinematográfica de de 1996. Planos idénticos, distintas versiones de los temas más recordados de la banda sonora (Perfect Day, Born Slippy, Lust for Life), cameos de actores que dieron vida a personajes de peso allí y que aquí se antojan como concesiones de cara a la galería (es una pena desperdiciar a una intérprete tan entrañable y personalísima como Shirley Henderson de esta manera), reformulaciones actualizadas de diálogos clásicos (el monólogo de “Choose life”) y una interminable cantidad industrial de fanservice siendo arrojado contra el espectador de manera indiscriminada no hacen de T2 una mejor secuela o un proyecto que pueda marcar su propia independencia, sino un “epílogo” tardío de una obra que se ve engrandecida desde la lejanía con este intento de volver a una mirada subversiva, original e incómoda que resulta sólo en una película aceptable con algunos momentos remarcables y más buenas intenciones que resultados que estén a la altura del legado que la Trainspotting original supo gestar a golpe de descaro, incorrección política y nihilismo.




Por suerte no todo son fallos en T2: Trainspotting ya que tanto su director como su reparto convierten el visionado de la última obra del autor de Trance o Millones en una experiencia divertida, agradable y desprejuiciada a distintos niveles. Siempre he defendido que la mirada visualmente efectista de Danny Boyle no se ajusta a todos sus productos, por eso su estilo nervioso, espídico e inquieto se me antoja fuera de lugar en films como 127 Horas, Slumdog Millionaire o Sunshine y sí muy adecuado en obras como 28 Días Después o Trainspotting. Por eso esta secuela, al igual que su anterior entrega, por su naturaleza lisérgica pedía a gritos la realización “made in Boyle” llena de movimientos espasmódicos de cámara, angulaciones retorcidas o planos generales y el británico cumple sobradamente. Sin meterse en una orgía estilística que pueda saturar al espectador, pero recuperando adecuadamente la puesta en escena de su segundo largometraje el autor de Steve Jobs tira de profesionalidad y cariño por los personajes a los que hace suyos casi tanto como los mismos actores para hacerles justicia al menos en el apartado técnico de la propuesta. Pero es el reparto el que realmente aumenta las cotas de calidad de la obra que nos ocupa, no sólo por unos magníficos Ewan McGregor y Johnny Lee Miller a los que da la réplica con mucho oficio una adorable Anjela Nedyalkova, sino sobre todo por un Ewen Bremner perfecto como Spud y un Robert Carlyle que tiene que luchar contra la alarmante descaracterización de su personaje durante la primera mitad del metraje para poco a poco llevarlo a su terreno convirtiéndolo de nuevo en aquel psicópata entre cómico y demente que todos recordamos. Este casting es el que salva los muebles a la producción y sólo por él merece la pena el viaje de vuelta a Edimburgo.




Es inevitable pensar que tras dos décadas de espera los fans de Trainspotting no hemos recibido todo lo que esperábamos con esta T2: Trainspotting. Como anteriormente hemos citado los autores del film se han ocupado de que el pesado lastre que suponía ser la segunda parte de una obra de culto se convirtiera en uno de tonelaje inmanejable cuando ellos mismos se han empeñado en que no olvidemos en ningún momento dicha adaptación de la novela homónima de Irvine Welsh dejando claro que esta continuación adolece del ruido, la furia, la mugre, la crudeza, el humor negrísimo y el descreimiento de aquella siendo estas características depuradas, limadas de asperezas, pasadas por filtros y ofreciendo un reflejo demasiado “limpio” de aquella obra que definió toda una generación de jóvenes. Por suerte T2 tiene los suficientes alicientes para no ser desdeñada como obra cinematográfica, plantea ideas muy interesantes (el metalenguaje con respecto al personaje de Spud, el de redención generacional depositado en el de Begbie) ofrece algunos pasajes memorables (el reencuentro entre Renton y Begbie y la posterior secuencia en el parking son oro puro) nos trae de vuelta a un casting intachable, un director que ha bajado del pedestal en el que Hollywood le ha puesto para “volver a juntarse con los pobres” y una sensación de melancolía y emoción que el que esto suscribe no puede negar haber experimentado con ese “eterno retorno” nietzscheano al que finalmente se entrega Mark con la ayuda de Iggy Pop, Prodigy y ese cubículo infinito en el que se han convertido una juventud e inmadurez que le acompañarán hasta el último día de esa vida que realmente nunca llegó a elegir