martes, 20 de septiembre de 2016

Tarde Para la Ira



Título Original Tarde Para la Ira (2016)
Director Raúl Arévalo
Guión David Pulido, Raúl Arévalo
Reparto Antonio de la Torre, Luis Callejo, Ruth Díaz, Manolo Solo, Alicia Rubio, Raúl Jiménez, Font García




Aunque pueda parecerlo por su edad, sólo 36 años, el actor español Raúl Arévalo lleva bastante tiempo en el mundo de la interpretación. Antes de darse a conocer para el gran público con Azuloscurocasinegro el debut de su director fetiche y amigo Daniel Sánchez Arévalo, realizó papeles breves en largometrajes como La Noche de los Girasoles, Los Abajo Firmantes y en series de televisión como Compañeros o Cuéntame Cómo Pasó. La primera vez que llamó la atención fue con aquel inolvidable Babirusa con logradísimo acento andaluz cerrado en El Camino de los Ingleses, la adaptación de la novela homónima de Antonio Soler que el actor Antonio Banderas abordó en labores de dirección. Pero como acabamos de mencionar fue de mano del hijo del ilustrador José Ramón Sánchez cuando se hizo un nombre en el cine patrio. Él le ofreció roles importantes en su ya mencionada ópera prima detrás de las cámaras, en Gordos (por la que ganó el Goya al Mejor Actor Secundario) y Primos, dándole también un breve papel (homenaje al Peter Sellers de El Guateque, de Blake Edwards) en La Gran Familia Española. Después vinieron otros trabajos destacables en la pantalla grande como el actor de la magnífica También la Lluvia, de Icíar Bollaín, o el policía de la soberbia La Isla Mínima, de Alberto Rodríguez o en la pequeña con sus personajes en series como Con el Culo al Aire o La Embajada. Ya en el presente 2016 llega su salto a la dirección cinematográfica con su debut detrás de las cámaras, esta Tarde Para la Ira que fue excelentemente recibida en el recién finiquitado Festival de Venecia y no sin motivo, porque el primer trabajo como cineasta de Arévalo se salda con nota alta ofreciendo uno de los mejores productos patrios de lo que llevamos de temporada.




Lo mejor para afrontar el visionado de Tarde Para la Ira es hacerlo como el que esto firma, sin saber prácticamente nada de la trama, ya que esta realiza un par de giros brillantes a lo largo del metraje que sirven para enriquecer la conceptualidad de la propuesta. Digamos que después del potente prólogo, rodado con un breve, enérgico y conciso plano secuencia, la cinta se expone como un drama urbano al estilo de Fernando León de Aranoa o Ken Loach para a mitad de trayecto, y tras una revelación que a no pocos espectadores cogerá desprevenidos, transformarse en una mezcla de western cada vez más árido y neo noir europeo que desembocará en su recta final en un thriller rural deudor del espíritu de clásicos de nuestro celuloide como La Caza, de Carlos Saura o Furtivos, de José Luis Borau. Esta mixtura de géneros y tonalidades no desentona en ningún momento gracias a que el guión de Raúl Arévalo y su colaborador Daniel Pulido (que debuta en esta película como escritor cinematográfico) posee una sólida construcción que le permite introducir cambios de sentido en el discurrir del relato que no chirrían ni se aposentan en efectismos injustificables que sólo buscan el impacto en la platea. Todas las vueltas de tuerca que Tarde Para la Ira realiza están totalmente supeditadas a la vertebralidad de la historia y su uso sólo acrecienta la solidez del conjunto argumental del producto, nada se antoja gratuito o aleatorio.




Por otro lado el trabajo detrás de las cámaras de Raúl Arévalo denota una profesionalidad e inventiva impropias de un debutante en la dirección cinematográfica. Con un uso epidérmico de la cámara al hombro que nos remite tanto al Jacques Audiard de Un Profeta, una fluidez de los planos generales localizados en suburbios que nos retrotrae al Mathieu Kassovitz de la icónica El Odio y apelando a un realismo árido y seco tanto en los pasajes más urbanos como en los que tienen lugar en las zonas rurales el protagonista de La Vida Inesperada invade con su cámara el espacio vital de sus personajes, consigue que estas criaturas nos sean reconocibles, cercanas y sirvan como retrato del ciudadano de clase media/baja español que se codea con delincuentes de poca monta en los barrios de extrarradio alejados de las zonas céntricas de las grandes capitales. Con respecto a la dirección de actores siendo Arévalo uno de los mejores actores patrios de su generación era de esperar que su labor con el reparto fuera de nota y el resultado no es otro que ese. El madrileño sabe arrancar verdad de sus actores consiguiendo mostrarlos vulnerables en pantalla y que ellos se impliquen en su visión de la historia para con su labor aumentar exponencialmente el tono de realismo que ofrece en el plano técnico la obra. El cineasta sabe controlar el timing, tensar como un cable de acero las secuencias en las que el peligro se encuentra siempre a flor de piel y con ello mostrar un pulso ferreo que recuerda al de Takeshi Kitano con momentos de calma resquebrajados por una violencia explícita que irá de más a menos, ya que los guionistas no quieren idealizar el concepto de venganza, que en Tarde Para la Ira es un acto frío, distante, algo que “hay que hacer” pero que no aporta satisfacción alguna a los personajes que la llevan a cabo.




Con respecto a ese reparto al que hemos hecho mención hablamos de otro de los puntos fuertes de Tarde Para la Ira, puede que el más sólido de ellos. Con el equipo artístico Rául Arévalo se ha rodeado de amigos y no es de extrañar que después de colaborar con él en siete ocasiones como actor le haya ofrecido el papel protagonista a Antonio de la Torre. El malagueño aborda su personaje con la contención a la que lleva apelando desde hace un tiempo con algunos de sus últimos trabajos en films como Grupo 7, La Isla Mínima o Caníbal, exponiéndose en pantalla como un antihéroe melvilliano, un ronin patrio que vuelve a confirmar a este antiguo reportero de informativos deportivos en la televisión de Andalucía cono uno de los mejores actores que actualmente tenemos en España. Curiosamente el caso de Luis Callejo es parecido al de De la Torre en sus inicios, ya que el segoviano empezó haciendo roles secundarios en series como El Barco y películas como Mi Gran Noche o La Mula y actualmente está recibiendo el mérito que se merece con trabajos de más peso en films como Cien Años de Perdón, de Daniel Calparsoro, Kiki: El Amor Se Hace, de Paco León que el aprovecha al 100%, como su labor dando vida a Curro en la cinta que nos ocupa, un delincuente de poca monta que verá su vida dar un vuelco de 180° cuando salga de la cárcel tras cumplir una condena de ocho años. Muy buen trabajo hace también Ruth Díaz gracias a su mezcla de carácter duro y vulnerabilidad, pero por desgracia su trabajo queda algo eclipsado por la entrega de sus compañeros de rodaje. Hasta en los secundarios luce un obra como Tarde Para la Ira, destacando entre ellos un Manolo Solo (El Laberinto del Fauno, Celda 211) como “El Triana” que con no más de diez minutos en pantalla devora el encuadre con su talento.




Tarde Para la Ira es posiblemente la mejor propuesta patria de este 2016 y uno de los largometrajes más destacados a nivel general de la temporada. El debut en la dirección de nuestro Sean Penn cañí le confirma como un enorme talento para la narración de ficción al que es conveniente seguir los pasos. Como cualquier ópera prima no es una película perfecta (adolece de algunos fallos, como lo desdibujado que se ve a partir de la mitad del metraje el rol de Ruth Díaz y la pérdida de peso en la trama del mismo hasta el clímax final) pero sus carencias son mínimas máculas que no pueden ensuciar o ensombrecer en manera alguna un trabajo enorme que contiene algunos de los pasajes cinematográficos más logrados del celuloide español reciente como todo lo acontecido en el gimnasio de boxeo, esa partida de mus llena de tensión en contraposición a la que encontrábamos al inicio del film en la que el buen humor hacia acto de presencia o esa conversación entre Jose, Curro y Julio, con la novia de este último como testigo, en el que la violencia a flor de piel casi puede cortarse con un cuchillo. Si el madrileño sigue mostrando estas dotes para la realización y escritura cinematográfica no será raro volver a verlo ponerse detrás de las cámaras ni a nosotros dejarnos embaucar por los nuevos proyectos en los que se embarque si son de un nivel parecido al de esta ópera prima que sirve como prometedora antesala de lo que será el otoño cinematográfico de este 2016 que todavía tiene estrenos interesantes que ofrecernos (Elle, Snowden, El Hombre de las Mil Caras) antes de que pase a mejor vida.




domingo, 18 de septiembre de 2016

Preacher 1º Temporada, del infierno a Texas



"¡Jesús! ¿Qué clase de predicador eres tú?"




Fue en el año 1995 cuando el mundo conoció a Jesse Custer. Tras su paso por la colección Hellblazer, protagonizada por el nigromante John Constantine, el guionista irlandés Garth Ennis y el dibujante inglés Steve Dillon fueron solicitados por la añorada editora ejecutiva de la línea Vertigo de DC, Karen Berger, para idear una nueva serie. Predicador era un road cómic (como recordaba nuestro antiguo compañero José Torralba en su magnífica reseña de la obra) con aroma de western en el que un predicador de Texas llamado Jesse Custer, que se encontraba poseído por la entidad divina Génesis, nacida de la copula ente un ángel y un demonio, se embarcaba en un viaje a lo largo y ancho de Estados Unidos en busca de Dios con su antigua novia Tulip y un vampiro irlándes llamado Cassidy. Este peculiar trío tenía la misión de dar con el Altísimo para poder ajustar cuentas con él, pero en el proceso ellos fueron a su vez perseguidos por personajes secundarios como Herr Star, miembro de una organización llamada el Grial, Caraculo (“Arseface” en el idioma original) un chico con la cara deforme que intentó suicidarse infructuosamente imitando a su ídilo musical, Kurt Cobain y el Santo de los Asesinos, un cowboy “muerto viviente” cuya única misión, lanzada desde el mismo Cielo, era eliminar a Custer. Durante sesenta y seis números, algunos especiales y un recorrido de cinco años de vida editorial Predicador se convirtió en una de las series más icónicas de Vertigo, uno de los cómics más alabados y vendidos de los años 90 y para muchos fans de Ennis y Dillon la opus magna de los autores de War Stories, Hitman, Juez Dredd o Punisher. El éxito del viaje físico y existencial de Jesse Custer, Tulip O’Hare y Proinsias Cassidy fua tan grande que durante años, y como la tradición de Hollywood manda, el proyecto de su adaptación cinematográfica o catódica se hizo eco dentro de los círculos del fandom.





Después de barajarse con el proyecto nombres como los Robert Rodríguez, Kevin Smith o Sam Mendes fueron el actor Seth Rogen (The Interview, This is the End) y los guionistas Evan Goldberg (The Green Hornet, Superbad) y Sam Catlin (Breaking Bad) los encargados de adaptar el cómic de Garth Ennis y Steve Dillon (con la aparición de estos como co productores ejecutivos) a la televisión por medio de la cadena de pago AMC, responsable de éxitos como la ya mencionada odisea metanfetamínica de Walter White y Jesse Pinkman, Mad Men o la traslación a imágenes del célebre colección The Walking Dead ideada por Robert Kirkman, Tony Moore y Charlie Adlard para el la editorial Image. Precisamente esta versión catódica de la colección conocida en España como Los Muertos Vivientes, que a día de es un innegable éxito de público a nivel mundial, que se desvincula bastante de su base original en viñetas, nos hacía temer que en esta ocasión los jefazos de la AMC volvieran a realizar una traslación poco fiel a lo que el sello Vertigo nos ofreció durante un lustro. Por desgracia nuestros temores se confirmaron con el competente, pero despersonalizado, episodio piloto dirigido por Seth Rogen y Evan Goldberg y a su vez escrito por Sam Catlin. Ideas como la polémica con el casting de la serie que no a todo el mundo convenció o el hecho de que a pesar de ser un canal por pago la AMC es uno de los más restrictivos con el sexo y el lenguaje malsonante (lo de la violencia ya es otro asunto y ahí no encontramos carencia alguna, por supuesto) que abundan en la obra de Ennis y Dillon quedaron en un segundo plano cuando al arranque de la serie vimos que lo acontecido en pantalla poco tenía que ver con los cómics.




Digámoslo sin paños calientes, la primera temporada de Preacher no es lo que esperábamos, no tanto como serie que como adaptación de la obra de Garth Ennis y Steve Dillon, y el desarrollo de los diez episodios que la conforman no está a la altura de las (no pocas) expectativas que habíamos depositado en el proyecto después de tantos años de idas y venidas para sacarlo adelante. Esta tanda inicial de capítulos ha sido abordada por Sam Catlin, Seth Rogen y Evan Goldberg como un “Jesse Custer: Año Cero”, una precuela de lo que acontece en el número uno de la colección de cómics publicada por Vertigo hace poco más de dos décadas. La idea no es mala, el hecho de que el espectador neófito y el que conoce las aventuras en viñetas tenga tiempo para conocer a los personajes que van a poblar esta aventura sobre amistad, fe, amor, perversión, violencia y muerte es un acierto, pero la duración que se toman para llevar a buen puerto dicha empresa es lo que la hiere de gravedad. Casi diez horas de metraje utilizan los creadores de la versión catódica de Preacher para narrar lo que podían haber despachado, puede que no sólo en el piloto, pero sí en dos o tres entregas. Por culpa de dedicar una decena de episodios a conocer a los protagonistas y al resto de habitantes de Anneville la primera temporada de la serie de AMC se pierde en una gran cantidad de subtramas innecesarias, inadecuadamente escritas y planteadas y que más que reforzar la historia central que vertebra el producto la perjudican por culpa de una dispersión narrativa que da muestra de cierta bisoñez por parte de los ideólogos de la obra.




Porque si eludimos lo evidente y vamos más allá de la verdad irrefutable que confirma a esta primera temporada de Preacher como una serie de televisión en la que sus responsables han cogido a los personajes creados por los autores de Hellblazer y han hecho con ellos y sus aventuras lo que les ha dado la gana obviando el poderoso material en papel que nació en las oficinas de Vertigo no podemos pasar por alto que estos primeros diez episodios contienen una irregularidad narrativa bastante notable. La muestra más fehaciente de esta descompensación en la escritura de Preacher queda patente en cómo están abordados los flashbacks que narran el origen del Santo de los Asesinos. Estos pasajes, utilizados sin una cadencia regular en los “cold opening” de varios episodios, más que facilitar información sobre el personaje y cuál será su implicación con las correrías de Jesse Custer y sus amigos sólo acrecienta la incertidumbre sobre su presencia en la serie, incluso para el lector del cómic que conoce a la versión en viñetas del rol lo que acontece en pantalla no puede hacer otra cosa que desconcertarle. Un ejemplo más sangrante todavía es el del arranque del episodio 1×09, Finish the Song, que contiene la mejor escena de acción de toda la temporada (la del Santo de los Asesinos en el saloon) para después ser utilizada de manera repetitiva y machacona hasta hacer desparecer las virtudes que la convertian en un pasaje memorable. Pues algo parecido sucede con el devenir de la serie y el estancamiento argumental en el que se asienta el personaje de un Jesse Custer obsesionado con encarrilar a su rebaño por medio de la fe y la sumisión al altísimo, haciendo uso, en no pocas ocasiones, de la famosa “La Palabra de Dios” que le proporciona Génesis y con la que puede controlar la voluntad del prójimo.




Esta falta de cohesión en la escritura de la serie es un fallo incluso más grave que la escasa fidelidad hacia el material de partida. Porque si el proyecto está sólidamente escrito, su narración adecuadamente estructurada y el desarrollo de las distintas tramas mantienen un equilibrio y equidad coherentes puede que no nos encontremos con una “buena adaptación de un cómic”, pero sí con una “buena serie de televisión”. Con esta afirmación no quiero dar por sentado que Preacher es una mala ficción, es un producto competentemente realizado y con un reparto muy solvente, pero sus creadores titubean demasiado a la hora de dar peso al relato que quieren contar, son demasiadas subidas y bajadas, momentos potentes y bien ejecutados alternándose con otros innecesarios, alargados o póbremente ideados y en ese sentido el conjunto de la serie se resiente, dando muestras de que Catlin, Rogen y Goldberg todavía no saben qué quieren hacer con su criatura y hacía donde quieren encarrilarla. Esto en pantalla se deja notar considerablemente y esa incoherencia interna de la historia a veces lo tiene fácil para que no pocos espectadores se salgan de la serie, no sólo por la irregularidad del guión de la propuesta, sino por la confusión que esta manera inadecuada de abordar las pequeñas historias que rodean a la central protagonizada por Jesse, Tulip y Cassidy pueda despertar en la persona que trate de engancharse al producto ideado por la cadena AMC. Esto queda patente cuando vemos que mientras las subtramas de Caraculo y el sheriff Root, la de Odin Quincannon o la que implica al Santo de los Inocentes (que a pesar de estar estructurada de manera deficiente en el conjunto del producto es bastante potente) atraen la atención de la audiencia otras como la de Donnie Schenk y su esposa Betsy son totalmente prescindibles y aportan poco al producto.




Aunque en su momento dio pie a cierta polémica el reparto de actores es el punto más fuerte de Preacher. La elección de casting con los tres personajes principales ha sido un acierto, aunque vaya por delante que todavía están lejos de ser (si algún día llegan a serlo) adecuados émulos de sus versiones en viñetas. Vaya por delante que Dominic Cooper no es la mejor elección para dar vida a Jesse Custer, algo que quedaba más o menos confirmado en los primeros episodios cuando lo veíamos abordar su rol de manera poco convincente. Por suerte el británico poco a poco se ha ido haciendo con su criatura y a estas alturas consigue transmitir la chulería, la integridad y la fuerza que se le exigía a su protagonista. Joseph Gilgun está enorme como Cassidy, aunque todavía no llega a las cotas de amoralidad necesarias sabe captar en gran parte el tono macarra y descerebrado que conocemos de las viñetas protagonziando algunos de los momentos más cómicos de la serie. Pero del trío principal un servidor se queda con la Tulip de una soberbia Ruth Negga, que si bien se distancia bastante de la de los cómics es abordada por la actriz con una combinación incontestable de elegancia, sensualidad, fuerza y carisma. Dentro de los secundarios es inevitable no enamorarse del Caraculo de Ian Colletti, un personaje entrañable y trágico que carece del aire de sorna y humor negro con el que lo retrataron Ennis y Dillon, aunque eso no es óbice para que se gane el corazón del respetable. W. Earle Brown tira de profesionalidad para dar vida al sheriff Root, Lucy Griffiths apela a la sencillez como Emily y Toom Brooke y Anatol Yusef basculan entra la simpatía y lo irritante como Fiore y Deblanc. Pero es Jackie Earle Haley el secundario robaescenas, ya que cada vez que su Odin Quincannon aparece en escena sabemos que alguna burrada pasada de rosca va a suceder y el Rorschach de la adaptación cinematográfica de Watchmen no nos decepciona. De Graham McTavish como el Santo de los Asesinos poco puedo decir, tiene la presencia y el físico, pero hasta el penúltimo episodio no pude verle la cara, de modo que poco más puedo evaluar de su labor en el reparto.




A pesar de que Seth Rogen, Evan Goldberg y Sam Catlin han afirmado que a partir de la segunda temporada serán fieles a todo lo que aconteció en los cómics de Garth Ennis y Steve Dillon al espectador le queda tras ver esta primera temporada de Preacher la sensación de que se ha desperdiciado la oportunidad de haber realizado una serie brillante desde su mismo arranque en la parrilla televisiva norteamericana. Por ahora este producto de la AMC no pasa de lo correcto y aunque desde su inicio trató de entregarse a la originalidad, la no transitación por caminos mil veces recorridos por otros programas de ficción y el retrato de unos personajes que eluden con suma facilidad los clichés más manidos del género (casi) nada del descaro, la blasfemia, el humor cafre, la violencia explícita y el sexo enfermizo regado con whisky, sangre, nicotina y decorados con diálogos ágiles puramente tarantinianos (lo más cerca a eso en la serie de tv es la obsesión de Cassidy con que El Gran Lebowski de los hermanos Coen es una mala película) y una visión crítica de la América Profunda que poblaban la colección de la línea Vertigo podemos ver en estos diez primeros episodios. Es un fallo mayúsculo haber dedicado una temporada completa a perfilar unos personajes en un contexto que necesitaba haber sido mejor elaborado y desarrollado en el guión, para después convencernos de que esperemos un poco más para que la serie arranque totalmente para ser el producto notable que todo esperábamos que fuera. A pesar de contener tantos fallos como virtudes Preacher es una serie que atesora un considerable potencial que si es convincentemente abordado pueda dar forma a una gran propuesta y una adaptación notable del viaje físico y existencial de Jesse Custer y sus amigos, pero por ahora nuestro entusiasmo queda bastante atenuado hasta que veamos lo que sucede el año que viene cuando llegue la segunda tanda de episodios.


viernes, 16 de septiembre de 2016

Juego de Armas, señoritos de la guerra



Título Original War Dogs (2016)
Director Todd Phillips
Guión Jason Smilovic, Stephen Chin y Todd Phillips basado en el libro de Guy Lawson
Reparto Miles Teller, Jonah Hill, Ana de Armas, Bradley Cooper, Jeff Pierre, Shaun Toub, Barry Livingston, Brenda Koo, JB Blanc, Trevor Keveloh, Roman Mitichyan, Mehdi Merali, Ashley Spillers, Aaron Lustig, Said Faraj, Ashli Haynes




En el año 2005 dos jóvenes emprendedores, David Packouz y Efraim Diveroli, se hicieron socios para sacar adelante AEY Inc., una empresa dedicada a la venta internacional de armamento y munición teniendo entre sus clientes al ejército de Estados Unidos. Tres años después fueron acusados de conspiración por vender munición fabricada en china al Ejército Afgano. Diveroli fue condenado a cuatro años de prisión y Packouz a siete meses de arresto domiciliario. Esta odisea fue narrada por el periodista Guy Lawson en un artículo de la revista Rolling Stone titulado The Stoner Arms Dealers: How Two American Kids Became Big-Time Weapons Traders y posteriormente en el libro Arms and the Dudes que se convirtió en un best seller el año 2015. Esta es la base sobre la que el cineasta y guionista Todd Phillips (conocido principalmente por la trilogía Hangover, conocida como Resacón en nuestro país) y sus colaboradores de escritura Jason Smilovic (El Caso Slevin) y Stephen Chin (Al Final del Edén) se han inspirado para dar forma a War Dogs, la cinta que nos ocupa en esta entrada. El largometraje iba a estar protagonizado en un principio por Jesse Eisenberg (Batman v. Superman: El Amanecer de la Justicia) y Shia LaBeouf (la saga Transformers), pero al final han sido Miles Teller (Whiplash, Cuatro Fantásticos) y Jonah Hill (El Lobo de Wall Street, Moneyball) los encargados de dar vida a las contrapartidas cinematográficas de David Packouz y Efraim Diveroli en la pantalla grande. Por desgracia Juego de Armas (como se ha rebautizado a la película en España) es un producto que no pasa de lo correcto y cumplidor ya que sus guionistas no han sabido (o querido) aprovechar al máximo el material incendiario que tenían en las manos para dar forma a una sátira que podía haber dado mucho que hablar, pero que se queda a medio gas en casi todos sus apartados sin explotar las múltiples posibilidades a las que aspiraba su interesante propuesta.




Después de su prometedor arranque en el que la narración por parte del personaje de Miles Teller parece que va a vomitar más bilis de la que en el resto del metraje regurgita en pequeñas bocanadas, Todd Phillips y sus guionistas asientan el tono del producto, este muestra las armas (nunca mejor dicho) que utilizará en su puesta en escena y desde el mismo arranque vamos notando todas las carencias de la producción. War Dogs quiere ser la El Lobo de Wall Street del cine sobre traficantes de armas (la conexión Jonah Hill en ambos repartos evitan que la idea sea un disparate inviable) pero ni el film tiene el veneno, el descaro, los excesos formales y conceptuales (cámara espídica, violencia, sexo, drogas de todo tipo en cantidades industriales) del largometraje protagonizado por Leonardo DiCaprio, ni Todd Phillips es Martin Scorsese. El mayor fallo de Juego de Armas, y es un pecado capital que ninguna sátira debería cometer, es que no es graciosa, poco de comedia tiene el argumento ideado a seis manos y el que aquí susrcribe admite no haberse reído ni una sola vez con lo acontecido en pantalla durante los 114 minutos que dura la película. Paradójicamente esto tampoco tendría que matar en vida la obra, no son pocas las parodias cinematográficas de verdadera calidad que no son especialmente desopilantes, pero sí es cierto que en ese sentido War Dogs fracasa irremisiblemente y una vez más debemos lamentarlo si tenemos en cuenta que el film y su contenido daban pie al humor más negro y desprejuiciado, el mismo que no hace acto de presencia en (casi) ningún momento en pantalla.




Por suerte la historia es lo suficientemente interesante como para que el espectador esté siempre atento al desarrollo de la misma y a qué deparará el futuro a estos mercachifles de tres al cuarto que acaban llegando a lo más alto gracias a sus negocios armamentísticos en el mercado negro. El problema está en que cuando la historia se estabiliza y vemos a David Packouz y Efraim Diveroli trabajar juntos para convertir AEY Inc en un negocio redondo Todd Phillips y sus colaboradores en la escritura no cargan adecuadamente las tintas.War Dogs facilita al espectador interesantes datos sobre los millones de dólares que proporciona la guerra a los vendedores de armas y cómo estos se amparan en la mayor de las hipocresías (los dos protagonistas están supuestamente en contra de la invasión norteamericana a Iraq, sobre todo el rol de Teller que iba a manifestaciones contra aquel conflicto bélico acompañado de su esposa) para hacerse ricos a costa de vender maquinaria pesada para arrebatar vidas tanto civiles como militares, proporcionando material incluso a los terroristas que atentan contra su propio país. Pero es ahí donde la película se queda corta, el film no duda en hacer un retrato duro e inmisericorde de los traficantes de armas, pero cuando tiene vía libre para lanzar dardos contra el gobierno de Estados Unidos (alguno hay pero, pero muy inofensivo) o el ejército del mismo se achanta, baja el hocico, y deja pasar por alto una oportunidad de oro. No quiera esto decir que el que suscribe esperara la mala baba de otras sátiras antibélicas como Trampa 22, de Mike Nichols, Starship Troopers, de Paul Verhoeven o Buffalo Soldiers, de Gregor Jordan (posiblemente la película más antimilitarista del Hollywood reciente) pero sí algo más de inquina a la hora de hablar de todos aquellos que se benefician de las guerras, que no son sólo los que venden el armamento.




A que ese interés, que previamente mencionábamos, se mantenga a lo largo de toda la película ayuda un dúo de protagonistas que hace competentemente bien su trabajo. El David PacKouz de Miles Teller comienza siendo un masajista de gente adinerada para después entrar en negocios sucios con Efraim Diveroli, que se aprovecha de la vieja amistad que ambos compartieron de adolescentes para atraerlo a su terreno. El rol del actor de Whiplash es un buen chico que se ve arrastrado por la avaricia, el lujo y el lado oscuro del manido “Sueño Americano” (algo que vuelve a emparentar War Dogs ya no sólo con El Lobo de Wall Street, sino con aquella obra maestra, también de Martin Scorsese, llamada Goodfellas) y aunque entra en el juego de su socio y amigo se mantiene durante todo el film como la “brújula moral” de la historia (una vez más los guionistas quedándose cortos en cuanto a malicia se refiere) todo abordado por un Teller contenido y dando nuevas muestras de ser uno de los mejores actores de su generación. En cambio el Efraim Diveroli de un Jonah Hill cada vez más orondo es el personaje embaucador, el negociante desalmado que vendería a su madre por colocar un par de fusiles más al comprador de turno. Con una labia descontrolada, un especial talento para engañar o extorsionar y una risita insoportable el actor de Lío Embarazoso (Knocked Up) realiza un buen trabajo, eso sí, realizando un émulo descafeinado de su Donnie Azoff para la ya mencionada cinta sobre la excesiva vida del broker Jordan Belfort.




Juego de Armas no es ni de lejos el producto que podía haber sido si la historia que narra hubiera sido abordada como mucha más ironía y humor negro. Por desgracia las carencias de un director impersonal y de escasa inventiva como Todd Phillips se hacen notar en pantalla ofreciendo una realización plana, academicista y que no ofrece a la platea ninguna secuencia memorable o que se que de grabada mínimamente en la retina. Podemos quedarnos con los interesantes, y demenciales, datos que aporta la trama sobre el negocio que supone la guerra y los chupópteros que se aprovechan de ella sin importarles las vidas que se puedan perder en el proceso, la banda sonora con temazos de Pink Floyd, Creedence Clearwater Revival, Iggy Pop, The Who o un dúo de actores muy competentes (que no brillantes) arropados por secundarios como la cubana, y española de adopción, Ana de Armas (a la que veremos también en esa Blade Runner 2 que rueda Dennis Villeneuve) o al habitual de la casa Bradley Cooper entre otros. Por desgracia a poco más nos podemos aferrar con War Dogs, un largometraje que deja patente lo difícil que es tratar de crear una obra incómoda y políticamente incorrecta en el seno de Hollywood sobre todo si no hay un autor con verdadera personalidad detrás del proyecto. Lo más grave es que durante todo el metraje del film de Todd Phillips me venía a la cabeza El Señor de la Guerra, aquella cinta escrita y dirigida por Andrew Niccol y protagonziada por Nicolas Cage que hablando del mismo tema no dejaba títere con cabeza abordando el mundo de la venta ilegal de armas sin miramientos, ni concesiones. Con afirmar que lo que War Dogs trata de contar en casi dos horas lo condensa Niccol sólo en los títulos de crédito de su cinta de 2005 se hacen más patentes las carencias de este biopic sobre David Packouz y Efraim Diveroli que no da ni la mitad de lo que prometía su punto de partida.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Hellraiser, una gota de sangre para morir amando



Título Original Hellraiser (1987)
Director Clive Barker
Guión Clive Barker, basado en su propia novela
Reparto  Andrew Robinson, Clare Higgins, Ashley Laurence, Sean Chapman, Oliver Smith, Robert Hines, Anthony Allen, Leon Davis, Michael Cassidy, Frank Baker, Kenneth Nelson, Doug Bradley, Nicholas Vince, Simon Bamford, Grace Kirby, Oliver Parker





No son muy comunes los casos de novelistas que se pasan al campo de la dirección cinematográfica para adaptar sus escritos al séptimo arte. Posiblemente el caso más destacado sea de Dalton Trumbo llevando a imágenes su novela Johnny Cogió Su Fusil con maravillosos resultados en 1971 dentro de este ámbito, pero también tenemos otros que desembocaron en fracaso como Stephen King decidiendo debutar como cineasta con La Rebelión de las Máquinas (Maximum Overdrive) que se inspiraba en su relato corto Trucks. En 1987 el escritor británico Clive Barker decidió trasladar su libro Hellbound Heart al celuloide, pensado seguramente que nadie conseguiría extrapolar su microcosmos literario al cinematográfico con más fidelidad y acierto que él. La elección fue un rotundo acierto, Hellraiser, que es el título que finalmente se concedió al film, no sólo es uno de los clásicos de culto más recordados del cine de terror de los 80, también se convirtió en una lucrativa franquicia de películas que hasta el momento consta de nueve entregas, en todas ellas haciendo acto de presencia el icónico cenobita Pinhead, interpretado por Doug Bradley en las ocho primeras cintas, y al que volveremos más tarde.




Hellbound Heart es una magnífica novela corta en la que Clive Barker sabe condensar en pocos páginas su visión de la literatura de terror. La novela narra cómo Rory Cotton y su mujer Julia se mudan a la antigua casa familiar del primero para iniciar nueva vida. Ayudados por su amiga en común Kirsty (que está secretamente enamorada de Rory) comenzarán la mudanza para instalarse en el peculiar inmueble. Poco tiempo después de instalarse Julia descubrirá la presencia de una entidad inhumana en una de las habitaciones de la casa. Dicha presencia es la de Frank Cotton, el pervertido hermano de Rory con el que Julia tuvo un escarceo amoroso poco antes de casarse. En uno de sus viajes Frank compró un misterioso cubo en Marruecos diseñado por un juguetero francés llamado Philip LeMarchand que sirve como puerta a otras dimensiones, de una de ellas vienen los cenobitas, una orden de seres demoníacos que proporcionan a sus víctimas una amalgama de placer y dolor sin límites que los destruye física y psicológicamente. Frank necesita sangre para recomponer su torturado cuerpo y solicitará la ayuda de Julia para conseguirla prometiéndole volver a ser su amante cuando haya terminado su complicada misión.




Con esta novela de 1986 Clive Barker se servía de no mucho más de 150 páginas para realizar un mórbido tratado sobre su personal e intransferible visión modernizada del horror. La inclusión de los cenobitas y la "Orden de la Hendidura" supuso todo un revulsivo en la literatura de terror cuando el autor de la saga Libros de Sangre diseñó un tipo de escritura de género que se alejaba del tono clásico de autores como Bram Stoker o Mary Shelley pero también de la visión más realista y terrenal de contemporáneos suyos como Stephen King o su compatriota Ramsey Campbell. Barker utiliza una siniestra imaginería sadomasoquista llena de cuero y afiladas cadenas salidas del averno que hunde sus raíces en un mundo viviente habitado por seres deformes capaces de proporcionar al ser humano el más excitante de los placeres y el más inenarrable de los dolores. Esta impronta tan personal seguramente no hubiera sido adecuadamente captada por un director ajeno, y por ello el mismo novelista se asoció con New World Pictures para ocuparse de la adaptación a la pantalla grande.




La versión cinematográfica de Hellbound Heart es, como era de esperar por todo lo previamente comentado, escrupulósamente fiel al libro hasta en el más mínimo detalle y gesto de los personajes. Sólo algunos cambios podemos encontrar en esta Hellraiser con respecto al escrito de Clive Barker, uno importante y otros más anecdóticos. Kirsty es hija del protagonista (por lo tanto hijastra de Julia ) no su amor no correspondido (licencia narrativa que permite la inclusión en la trama de un novio de la joven) y este último pasa a llamarse Larry, en lugar de Rory. A ello habría que sumar también la presencia del monstruo gigantesco que ataca a Kirsty en el hospital y que volverá a hacer acto de presencia en el clímax final, ser que no nació en las páginas de la novela. Los papeles principales están interpretados por Andrew Robinson (el asesino Scorpio de Harry el Sucio) Claire Higgins (Casandra's Dream, La Brújula Dorada) y por la guapísima Ashley Laurence, estas últimas vinculadas también a la secuela Hellbound: Hellraiser II dirigida por Tony Randel, escrita por Peter Atkins, producida por el propia Barker y de la que hablé hace unos años en este mismo blog. Para cerrar el casting tenemos a Sean Chapman como el lascivo y perverso Frank y a Doug Bradley en la punzante piel de Pinhead, el cenobita líder de los cuatro que en esta entrega hacen acto de presencia y que en ningún momento es descrito en la novela como lo vemos en pantalla.




El tiempo ha tratado considerablemente bien a la ópera prima como director de Clive Barker, Casi treinta años después de su estreno a nivel internacional Hellraiser sigue mostrándose como un retrato visceral, aberrante y blasfemo de la amalgama entre placer y el dolor, una producción cuya atmósfera asfixiante y claustrofóbica rasga la epidermis del mismo fotograma para alcanzar con fiereza a un espectador que en no pocas ocasiones casi puede oler ese aire viciado de lascivia putrefacta, carne en continua (des)composición y hemoglobina derramada en aquella "habitación húmeda" que parece tener vida propia. Barker extrapola su visión malsana y perversa del terror, deudora tanto de literatos como H.P. Lovecraft como de ilustradores o pintores, ya sea el suizo H.R. Giger (creador del diseño de Alien) del que toma la deformidad subhumana de sus diseños para crear la estética de los cenobitas o M.C. Hescher, del que sustrae su peculiar composición de una arquitectura retorcida y sobrenatural que, curiosamente, hará total eclosión en la segunda entrega de esta misma saga un año después.




A pesar de que su impronta consigue que Hellraiser transmita toda el microcosmos herético y monstruoso de la novela Clive Barker es lo suficientemente inteligente como para rodearse de un grupo de profesionales que puedan disimular sus carencias como cineasta. Seamos sinceros, los tres films rodados hasta ahora por el creador de Candyman dan muestra de que no es un gran director de cine y eso que hay un salto importante dentro de sus dotes como realizador entre esta Hellraiser que nos ocupa y su siguiente cinta, Razas de Noche (Nightbreed) otra adaptación de una de sus novelas, Cabal, que poseía una imaginería visual muy potente sustentada en un endeble guión hasta en su montaje del director y eso que este añadía más material al metraje. La puesta en escena de Baker en su debut detrás las cámaras no es nada del otro mundo (nunca mejor dicho) sabe encuadrar y controlar el tempo narrativo para acrecentar la sensación de intriga o los momentos de terror, pero se le nota poco ducho en lides técnicas, dando en varios momentos síntomas de su bisoñez en el medio. Con todo debo admitir que la revisión que ayer le hice al film me ofreció la impresión de que su trabajo como jefe de ceremonias era mejor de lo que recordaba.




Por suerte Barker se sirve de la excelsa labor de un grupo de trabajadores que sacaron oro del exiguo presupuesto con el que contó el largometraje. La opresiva dirección de fotografía de Robin Vidgeon que juega a placer con las luces y sombras, le evocadora y apocalíptica banda sonora de Christoper Young que sabe captar con una pericia sobrehumana el tono de la novela (esas campanas tañiendo como antesala de la aparición de los cenobitas) y sobre todo la enorme labor del equipo de Geoffrey Portass a la hora de dar forma a los efectos animatrónicos y de maquiillaje (la reconstrucción del cuerpo de Frank después de absorber la sangre de su hermano sigue siendo un pasaje de una visceralidad cortante y angustiosa) ofrecen su indispensable ayuda al director y guionista de la obra para conseguir trasladar los pensamientos más enfermizos que imprimió con hemoglobínica pericia en las páginas de su novela. El trabajo conjunto de este equipo técnico y el instinto de Barker para trasladar de un medio a otro su visión fueron los principales factores para que Hellraiser se convirtiera en la obra de culto dentro de su género que es hoy.




A pesar de algunas carencias y pasajes que podían haber sido mejor ejecutados en su momento, en pleno año 2016 la primera Hellraiser conserva toda su fuerza diabólica y represiva. Clive Barker realizó con su primer largometraje su mejor trabajo como autor cinematográfico y se sirvió de unos equipos técnico y artístico (excelente labor la del reparto, con una gélida Clare Higgins, la fisicidad de Andrew Robinson y la entrega de Ashley Laurence) para dar inicio a una de las sagas más longevas de la historia del cine de terror y con ello crear uno de los iconos más importantes dentro del género, ese Pinhead al que Doug Bradly entrega toda su descarnada contención y que poco tiene que envidiar a otros roles clásicos como Freddy Krueger, Jason Voorhees o Cara de Cuero. Más adelante posiblemente hable del resto de secuelas de la franquicia Hellraiser, en las que hay de todo y para todos los gustos, pero de todas ellas esta primera es la más mítica y la que con más fiereza grabó a fuego su recuerdo en la mente de los amantes de las emociones fuertes y el celoluide más extremo.


martes, 13 de septiembre de 2016

Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas



Título Original Kubo and the Two Strings (2016)
Director Travis Knight
Guión Marc Haimes, Chris Butler, Shannon Tindle




Laika, L.L.C es un estudio cinematográfico estadounidense fundado en el año 2005. Especializado en películas realizadas en stop motion y con un ritmo de producción que, a diferencia de las grandes compañías como Disney/Pixar o Dreamworks entre otras, se toma todo el tiempo del mundo para realizar sus producciones. Después de colaborar en proyectos ajenos como La Novia Cadáver de Tim Burton y Mike Johnson Laika debutó en el mundo del largometraje con Los Mundos de Coraline, una adaptación animada de la famosa novela (y posterior cómic) del guionista británico Neil Gaiman. El film, dirigido por el genio en la sombra de Pesadilla Antes de Navidad, Henry Selick, supuso todo un éxito y el primer paso en firme de una nueva empresa que, al igual que los Aardman Studios ingleses, vendría a dar el toque de elegancia al celuloide de animación internacional. El Alucinante Mundo de Norman (ParaNorman) de 2012 y The Boxtrolls de 2014 fueron los siguientes proyectos de Laika y ambos fueron recibidos con considerables parabienes por crítica y público afianzando el éxito del carácter atípico e incluso experimental de su producción propia. Ya en el presente 2016 la cartelera internacional ha visto llegar la última pieza gestada en el seno de la casa fundada por Phil Knight y Will Vinton (aunque esta vez con la colaboración de Focus Features, la división independiente de Universal Pictures) Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas, una historia localizada en el Japón feudal, una vez más animada por medio del formato stop motion, y con unos resultados tan brillantes que la convierten, para el que suscribe, en la mejor película de animación de lo que llevamos de 2016.




La última producción de Laika sigue los pasos de Kubo, un adolescente que viviendo en una aldea japonesa de fantasía se gana un pequeño sustento contando historias a los aldeanos con la ayuda de su shamisen mágico (un instrumento musical) que le permite crear figuras origami que cobran vida. Un día, desobedeciendo los consejos de su madre que le apremia siempre a volver a casa antes de anochecer, Kubo se distrae en la aldea cuando cae la noche y es atacado por sus diabólicas tías gemelas, enviadas por su abuelo, el Rey Luna, que ansía vengarse de la madre de nuestro protagonista por traicionar a su familia enamorándose del guerrero samurai Hanzo, ya fallecido. Después de unos desafortunados acontecimientos Kubo deberá emprender una aventura junto a un simio llamado Mona y a Escarabajo, un valiente y amnésico samurai con forma de insecto, para encontrar la Armadura Mágica que en su momento portó su padre Hanzo y con ella poder enfrentarse a su malvado abuelo. Con esta sencilla trama el habitual animador de la productora Laika, Travis Knight, debuta en el mundo del largometraje y el resultado es la mejor película animada da la temporada, una pequeña joya llena de talento, candor, lirismo y magia que utilizando una historia universal elude lugares comunes y caminos mil veces transitados para ofrecer una pieza artesanal que se desvincula en cierta manera del celuloide de animación actual buscando su propia personalidad para con ello satisfacer a los más pequeños sin ser condescendiente con ellos y atraer a unos adultos que disfrutarán con una historia de personajes con mucha más hondura de la que parece a simple vista.




Hundiendo sus ráices tanto en la animación de los Estudios Ghibli de Hayao Miyazaki con referencias a El Viaje de Chihiro o La Princesa Mononoke como en la obra de autores capitales del celuloide nipón clásico como Akira Kurosawa (Los Siete Samurais) o Masaki Kobayashi (El Más Allá) y dejándose imbuir por personajes clásicos del folklore del país del Sol Naciente (reales o ficticios) como Hattori Hanzo o Zatoichi, el último producto de Laika teje una historia de una perfección formal sencillamente apabullante. Realmente el proceso de inspiración en obras ajenas es el mismo que utiliza Pixar con sus largometrajes dejándose influenciar por el cine clásico americano, pero en esta ocasión los creadores de Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas lo hacen con el japonés. Travis Knight consigue ejecutar una pieza que aun relatando la consabida historia de enfrentamiento entre el bien y el mal está expuesta como si de un haiku se tratase, una pequeña poesía preciosista y exquisitamente elaborada en fondo y forma que apela con sabiduría a los sentimientos más básicos de distinto tipo de espectadores. El largometraje se revela como una cálido homenaje a la cultura japonesa, al arte de contar historias y a la fantasía con algunos momentos realmente elegantes y dados a una emoción sutil y nada lacrimógena que se convierten en los mejores de la obra y los que ayudan a esta a trascender del género de aventuras al que se adscribe.




Si bien la historia debe driblar con personajes que son estereotipos más o menos reconocibles cuando la aventura de Kubo y sus acompañantes comienza bien es cierto que Travis Knight y sus guionistas se ocupan de que los mismos tengan la suficiente profundidad para que el espectador pueda identificarse con ellos sin sentir una continua sensación de déjà vu que desacredite la personalidad de los roles principales y sus pretensiones de cara al trayecto físico y vital que van a experimentar juntos. Mientras Kubo se muestra como un chico talentoso y más responsable de lo que su edad exige Mona es retratada como su protectora, el lado duro y sensato del grupo, todo lo contrario al desenfadado y temerario Escarabajo que a pesar de ser un guerrero virtuoso posee un carácter incluso más infantil que el del protagonista y de ahí que choque con la personalidad de su compañera de viaje mostrando una química brutal en pantalla con ella cuando discuten ante la presencia de Kubo. Pero hasta en la inclusión del pequeño secundario robaescenas son elegantes y dados a la sutilidad en Laika, ya que ese pequeño origami viviente que representa a Hanzo consigue ser el protagonista de no pocas secuencias remarcables siendo un rol silente pero de una presencia entregada al humor físico y la comedia elegante. Hasta los villanos están adecuadamente expuestos y desarrollados en pantalla, no sólo las aterradoras tías de Kubo con ese aspecto que hunde sis raíces en las historias de terror clásicas japonesas, sino también ese Rey Luna que no es abordado por los guionistas como el típico villano unidimensional en blanco y negro, escondiéndose detrás de su “maldad” un subtexto muy interesante sobre la vejez, la soledad y las enfermedades de carácter psíquico propias de la tercera edad.




A una historia con verdadero trasfondo que no elude la aventura y las escenas de acción y unos personajes carismárticos y cercanos para todo tipo de espectadores se debe añadir una animación en stop motion que bordea la magnificencia en no pocos momentos del metraje de Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas. En todo momento se deja notar en la última producción de Laika que sus hacedores son expertos en el formato elegido para llevar a imágenes las aventuras de su última criatura. Desde el mismo arranque con la odisea del personaje de la madre, asentando desde bien pronto la naturaleza de “relato oral” en el que se asentará todo el proyecto, hasta el clímax final con la batalla entre Kubo y el Rey Luna pasando por la primera historia narrada en la aldea por el protagonista, el ataque de las tías gemelas o la travesía en barco con viaje a las profundidades marinas (esos enormes ojos acechando) la película de Travis Knight está repleta de pasajes en los que la artesanía más sencilla ofrece la magnificencia estética y conceptual más elaborada. La fuerza visual de esta producción no sólo reside en los momentos más líricos e intimistas sino también en los que la épica y la heroicidad se hacen patentes en pantalla como ese combate contra el esqueleto gigante cuyo craneo está coronado por decenas de espadas entre las que se encuentra la “Irrompible” que nuestros personajes principales necesitan. Todo un despliegue de inventiva plástica que sin entregarse a la hiperbolización de las secuencias dinámicas de las producciones animadas del Hollywood más comercial consigue encandilar a una platea que percibe en todo momento el mimo con el que han sido ejecutadas.




Kubo y las Dos Cuerdas Mágicas es hasta ahora, no sólo la mejor película animada de lo que llevamos de temporada, sino también el producto más elaborado y lleno de virtudes de Laika, una pequeña obra maestra que merece ser descubierta y atesorada en su justa medida. Travis Knight ha conseguido elaborar un relato repleto de magia que se mueve con una facilidad pasmosa entre el humor, la acción, el terror y el drama para dar forma a una pieza de orfebrería que entre sus grandes virtudes tiene la de no entregarse a la condescendencia por culpa de ser un producto dedicado, principalmente, al público infantil, algo en lo que caían hasta genialidades como El Gigante de Hierro de Brad Bird o Big Hero 6 de Chris Williams y Don Hall. El final de la última producción de Laika no el típico happy end de este tipo de films, es un cierre agridulce para nada autocomplaciente. Dar lo que el espectador demandaba o esperaba en ese momento hubiera minimizado notablemente la simbología y determinación que el trayecto que Kubo y sus compañeros emprendieron al inicio de la obra, de modo que Travis Knight y sus colaboradores son consecuentes con ese mensaje que transmiten sobre la reivindicación de los recuerdos como depositarios abstractos de los mejores momentos de nuestras vidas y el lugar en el permanecerán nuestros allegados, los que siguen con nosotros y los que ya no están, hasta el fin de nuestros días en la tierra. Es tranquilizador saber que de vez en cuando los muchachos de Laika asaltarán las carteleras para narrar historias más grandes que la vida desde la más desarmante humildad, eludiendo siempre los caminos fáciles en pos de la comercialidad y ofreciendo al espectador productos de calidad con verdadero corazón.



domingo, 11 de septiembre de 2016

World Trade Center



Título Original World Trade Center (2006)
Director Oliver Stone
Guión Andrea Berloff
Actores Nicolas Cage, Michael Peña, Maria Bello, Maggie Gyllenhaal, Jude Ciccolella, Stephen Dorff, Armando Riesco, Jay Hernandez, Michael Shannon, Donna Murphy, Nicholas Turturro, Jon Bernthal, Connor Paolo, Viola Davis, William Mapother





Para el que esto firma todavía es un misterio la implicación del cineasta norteamericana Oliver Stone en un proyecto como World Trade Center. Puede que supusiera un intento por volver a ganarse la confianza de sus conciudadanos después de realizar una serie de incómodos documentales con los que exaltaba la figura de mandatarios polítcos de latinoamérica como Fidel Castro o Hugo Chávez o también cabe la posibilidad de que lo hiciera para recuperar el favor de un público que le había dado la espalda a su mastodóntico biopic de Alejandro Magno que estuvo elaborando durante años. El caso es que en el año 2006 Stone se embarcó en el proyecto de llevar a imágenes las vivencias reales de John McLoughlin y Will Jimeno, dos policías de la Autoridad Portuaria que sobrevivieron a la caída de las Torres Gemelas durante el atentado que estas sufrieron  aquel fatídico 11 de Septiembre de 2001 y hoy, que se cumplen quince años de tal hecho que marcó uno de los momentos más trágicos de la historia rciente de América, voy a hablar de la dieciseisava película del director de Un Domingo Cualquiera.




Como previamente he apuntado World Trade Center tiene como núcleo central la incursión de los policías de la Autoridad Portuaria John McLoughlin (Nicolas Cage) y Will Jimeno (Michael Peña) en una de las Torres Gemelas antes de su derrumbamiento para ayudar a los civiles y su posterior rescate tras se sepultados por los restos del edificio. A esta historia central se suman varias subtramas que implican las esposas de los protagonistas Donna McLoughlin (Maria Bello) y Allison Jimeno (Maggie Gyllenhaal) y otros personajes para dar forma a un conjunto cinematográfico que a pesar de sus buenas intenciones y su naturaleza de película homenaje a todas las personas que ayudaron a sus compatriotas durante los atentados de New York se encuentra no sólo entre lo más mediocre de la filmografía de Oliver Stone por distintos motivos que pasaremos a enumerar, sino que también se la puede considerar su obra cinematográfica más impersonal, acomodaticia y ajena a su impronta como autor de un cine cuyo trasfondo tiene poco que ver con lo que podemos vislumbrar en una producción como la que nos ocupa.




La primera media hora de World Trade Center es con diferencia la mejor de toda la cinta, de hecho la misma fue proyectada de manera exclusiva en el Festival de Cannes de 2005 y agradó considerablemente a los que pudieron verla. Durante ese arranque Stone sabe medir los tiempos, controlar la tensión para que el in crescendo de amenaza latente que desembocará en los hechos que ya conocemos previamente exploten en pantalla y causen un más que considerable impacto en la platea y por el camino perfila mínimamente los personajes principales en los que se sustentará su relato. El problema reside en que cuando esos primeros treinta minutos pasan y las subtramas de las esposas de McLoughlin y Jimeno, a las que habría que sumar la del marine Dave Karnes de Michael Shannon a la que volveremos más tarde, se desata de manera descontrolada y sin miramientos la sensiblería barata de la obra y que va desangrándola poco a poco cada vez que abandonamos el claustrofóbico confinamiento de los personajes de Nicolas Cage y Michael Peña.



Es comprensible que Stone y su guionista Andrea Berloff quieran poner su mirada en cómo afrontan los hechos las esposas de los protagonistas para acentuar el tono dramático del relato y con ello dar más profundidad a la tragedia en la que se e vieron implicados John McLoughlin y Will Jimeno. El problema radica en que estas historias secundarias están abordadas de la manera más lacrimógena posible apelando continuamente, y en cada nueva secuencia de manera más acentuada, a asestar golpes bajos al espectador por medio de secuencias sustentadas en un sentimentalismo barato que busca de manera barriobajera y desesperada la lágrima fácil de la platea. Este tono burdo, simplista y descarado de exponer el drama que vertebra la película y al que no hubieran recurrido ni los más sensacionalistas Ron Howard o Nick Cassavetes choca frontalmente con la personalidad como narrador de Oliver Stone que en ocasiones previas había conseguido llegar al corazón del espectador (ahí tenemos ejemplos como Nacido el 4 de Julio o El Cielo y la Tierra) sin tener que recurrir a maniobras tan tramposas y reprobables como las que utiliza en World Trade Center.





Hasta en la puesta en escena del largometraje el autor de JFK: Caso Abierto se entrega a una despersonalización y academicismo mal entendido que elude totalmente su potente look visual, agilidad para buscar todo tipo de encuadres y montaje virtuoso. Posiblemente la pesada carga de tener que realizar una obra inspirada en unos hechos reales tan trágicos como recientes haya sido suficiente lastre para que el Oliver Stone autor haya cedido su puesto al Oliver Stone artesano y con ello realizar una cura de ego en la que el proyecto en el que se implica como cineasta sea más importante que su propio discurso autoral o sus inclinaciones políticas que en esta ocasión brillan por su ausencia. Pero si nos aferramos a esta idea es fácil quedar descolocado con la inclusión de pasajes o personajes que en no pocas ocasiones nos hacen pensar si el director los abordó con una intención cómica en las antípodas del dramatismo impostado de su obra. El personaje de Will viendo aparecer la figura de Jesucristo con una botella de agua mineral o la inclusión del insulso u estúpido personaje de Michal Shannon que espeta unos diálogos que incitan a la carcajada por superfluos y estereotipados nos sacan totalmente de la narración e incitan a elucubrar sobre si Stone estaba realmente a gusto realizando un producto tan ajeno a su personalidad como cronista de la historia reciente de su país.




World Trade Center es un telefilm con perfil de superproducción, un proyecto cuyo único fin es ser utilizado en días como el actual para recordar los trágicos hechos que dan sentido a su propia existencia como pieza cinematográfica. Aunque esté rodado con oficio, su reparto haga un trabajo del todo meritorio (destacando unos magníficos Nicolas Cage y Michael Peña que deben levantar el largometraje actuando en la oscuridad y bajo escombros durante la mayor parte del metraje) y sirva como homenaje a aquellos neoyorkinos que ayudaron a sus conciudadanos apelando a la valentía y el sentimiento de comunidad esta producción de 2006 es una "americanada", en el peor sentido del término, que nadie diría ha sido rodada por Oliver Stone si los títulos de crédito no lo constataran de manera fehaciente. Como es lógico el espectador estadounidense se emocionará sobremanera con su tremendismo a un paso de la vergüenza ajena tan propio de la sensibilidad del país de las barras estrellas, pero desde el punto de vista del europeo podemos afirmar que nos encontramos con la peor película de un animal cinematográfico y político que no tiene nada que ver con este tipo de celuloide paupérrimo, condescendiente y dificilmente digerible para la persona mínimamente exigente.



martes, 6 de septiembre de 2016

Giro al Infierno, festín de cuervos



Título Original U Turn (1997)
Director Oliver Stone
Guión John Ridley, basado en su propia novela
Actores Sean Penn, Jennifer Lopez, Nick Nolte, Billy Bob Thornton, Jon Voight, Powers Boothe, Claire Danes, Joaquin Phoenix, Bo Hopkins







Después del impás que supuso la soberbia Nixon con la que volvía al terreno de la política, Oliver Stone continuó la hiperbolización que su discurso tomó con Asesinos Natos (Natural Born Killers), aunque en esta ocasión entregándose un poco menos a la locura y la amalgama psicotrónica de formatos que supuso aquella polémica producción de 1994, para adaptar la novela Stray Dogs del novelista John Ridley con la ayuda de este al guión. Giro al Infierno, como se conoció en España al film originalmente titulado U Turn, contó con unos equipos técnico y artístico soberbios llenos de nombres de primer orden para dar forma a una de las piezas más excesivas, viscerales, secas y exageradas de todo la filmografía de Stone, un viaje al lado más demente de la América profunda que sin encontrarse entre sus mejores trabajos si contiene los suficientes alicientes para ser considerado una meritoria pieza que hace las delicias de los fans de la mente detrás de Platoon o Hablando Con la Muerte y despierta el odio de sus detractores.




Bobby Cooper (Sean Penn) viaja en su Mustang del 64 por el desierto de Arizona con destino a Las Vegas para pagar una deuda de juego con una banda de mafiosos que le puede costar la vida. Durante el trayecto su vehículo se estropea y se ve en la obligación de para en Superior, un pequeño pueblo en medio del desierto. Allí dejará su coche en manos del poco fiable mecánico Darell (Billy Bob Thronton) se meterá en líos con el cowboy Toby N, Tucker (Joaquin Phoenix) y su poco avispada novia Jenny (Claire Daines) será seguido de cerca por el Sheriff Potter (Powers Boothe) y acabará metido en un negocio turbio cuando el empresario local Jake McKenna (Nick Nolte) prometa pagarle 50,000 dólares del seguro de vida de su atractiva e infiel esposa Grace (Jennifer López) cuando la asesine por él. Una serie de catastróficas desdichas, situaciones extremas. la falta de dinero y tiempo o la impertinente intervención de los dementes habitantes de Superior en su vida darán al traste, una y otra vez, con los planes de un Bobby que no da crédito a lo que le está sucediendo.




Giro el Infierno es una amalgama de neo noir y western, una pieza demente en la que Oliver Stone mantiene casi intactas todas las señas de identidad visuales y narrativas que inyectó en la ya mencionada cinta protagonizada por Woody Harrelson y Juliette Lewis hace veintidos años. Si el fin de utilizar esta puesta en escena tan efectista era allí la de hacer uso los resortes estilísticos de la ficción de los 90 para satirizar la violencia y el uso que los medios de comunicación hacen de ella en esta ocasión está justificada porque la misma acentúa la sensación de claustrofobia, amenaza constante, calor sofocante y demencia conceptual y formal que la historia atesora en su núcleo narrativo. De este modo los planos cenitales, los cambios del color al blanco y negro, el uso abusivo de lentes deformantes, grandes angulares, (contra)picados, primerísimos planos y un montaje vibrante marca de la casa Stone ayudan a que la odisea en al que se embarca Bobby Cooper se antoje tan epidérmica como granguiñolesca al espectador.




El uso espídico de los movimientos de cámara por parte de Stone, la fotografía asfixiante y arenosa de Robert Richardson, la edición lisérgica y violenta a cuatro manos de Hank Corwin y Thomas J. Nordberg y la esquizoide banda sonora de Ennio Morricone convierten U Turn en una pesadilla posmoderna viviente y palpable, una sobredosis de peyote entregada a la locura y la saturación que bascula a lo largo de su metraje entre lo genial y lo irritante, entregando pasajes de una fuerza brutal por su dureza descarnada y sin concesiones a la platea con otros que muestran los peores vicios, tics y orgiásticos efectismos estilísticos de su autor, los mismos que sus fans adoran con fe ciega y sus detractores aborrecen con odio apasionado. Un servidor, que considera a Stone uno de sus cineastas favoritos, no puede culpar a aquellos a los que los excesos del director de JFK: Caso Abierto o Salvajes se entrega en Giro al Infierno le produzcan un brutal rechazo, pero también comprendo que un proyecto como este cuya naturaleza se instala desde su mismo arranque en una insania sin destilar y carente de filtros no podría haber sido abordado de otra manera más contenida.




Los actores entran totalmente en el juego de Oliver Stone y se entregan, en su mayoría, a la sobreactuación y el histrionismo más caricaturesco. El Bobby Cooper de pasadísimo de rosca Sean Penn cae mal desde el inicio del metraje y aunque el espectador puede empatizar con su desgracia lo cierto es que no se apiada en demasía de él por lo antipático que se muestra de cara a la platea. Nick Nolte está soberbio, con una presencia brutal y una fisicidad muy marcada poco antes de caer en el pozo del alcohol y las drogas.Una  Jennifer López que transmite tanta sensualidad como villanía realizando aquí uno de los dos únicos papeles en los que me ha convencido como actriz (el otro es su magnífico trabajo en Out of Sight, la adaptación que Steven Soderbergh hizo de la novela homónima de Elmore Leonard) unos irreconocibles Billy Bob Thronton y Jon Voight, el siempre magnífico Powers Boothe y unos adecuadamente irritantes Joaquín Phoenix y Claire Danes completan el variopinto reparto que da forma a la peculiar fauna de Superior.




Giro al Infierno supuso la despedida del Oliver Stone más nihilista y misántropo, poco después de ella llegó su declive como narrador de ficción (aunque todavía era y es capaz de facturar piezas meritorias) y su mucho más interesante incursión en el mundo del documental con trabajos como Comandante, Al Sur de la Frontera o La Historia No Contada de Estados Unidos. Con motivo del estreno de Snowden, su última película como director que verá la luz el mes que viene y en la que narra la vida del polémico ex miembro de la CIA, voy a realizar críticas de algunas de las obras de su filmografía que todavía no he comentado en el blog. En esta ocasión lo he hecho de una de sus obras más barrocas y extremas, en la próxima lo haré de una totalmente opuesta, aquella que realizó con el único fin de intentar recuperar (de manera infructuosa) el favor del público dando forma a una de sus piezas más impersonales y tibias, tanto como para no parecer propia de su autoría incendiaria, incómoda y poco complaciente con la sociedad estadounidense.