martes, 24 de abril de 2018

Leatherface, choosing mental illnes as a virtue



Título Original Leatherface (2017)
Director Alexandre Bustillo, Julien Maury
Guión Seth M. Sherwood, basado en personajes creados por Tobe Hooper y Kim Henkel
Reparto Sam Strike, James Bloor, Lili Taylor, Nicole Andrews, Stephen Dorff, Finn Jones, Jessica Madsen, Vanessa Grasse, Simona Williams, Julian Kostov






A estas alturas siete son los largometrajes vinculados con La Matanza de Texasla mítica película del cineasta Tobe Hopper con la que redefinió el cine de terror en los años 70. Tres secuelas, un remake con su correspondiente precuela y una continuación alternativa del film original estrenada en formato estereoscópico conformaban hasta ahora el legado de Cara de Cuero y su enfermiza familia de matarifes antropófagos. Todo esto cambió cuando el pasado 2017 los responsables de Millenium Films, productora detrás de la ya mencionada Texas Chainsaw 3D, decidieron realizar la segunda precuela de la franquicia después de la muy recuperable La Matanza de Texas: El Origen que junto al remake de 2004 al que daba génesis es la cinta más lograda desde la seminal de 1974. Para sacar adelante el proyecto contrataron los servicios del guionista Seth M. Sherwood, los cineastas franceses Alexandre Bustillo y Julien Maury y un reparto de caras jóvenes que se mezclaban con las de los veteranos.




Diez años después de haber sido arrebatado del seno de su demencial familia, encabezada por su  madre, Verna Sawyer (Lili Taylor), a manos del Texas Ranger Hal Hartman (Stephen Dorff) Jedidiah Sawyer (Sam Strike) se encuentra recluido en una institución mental en la que se practican métodos de tortura con los internos. La llegada de una nueva enfermera llamada Lizzy White (Vanessa Grasse) servirá como excusa para que tres pacientes con predilección por la violencia y el asesinato inicien un motín, cometan un secuestro y arrastren a un trastornado Jedidiah con ellos. Mientras el grupo huye dejando un reguero de cadáveres y caos tanto Verna como Hartman reaparecerán para saldar cuentas con el pasado y en el proceso Jed irá perdiendo la razón hasta convertirse en la versión más prematura del icónico Cara de Cuero que todos conocemos desde hace más de cuarenta años.




Leatherface, que abarca parte de la infancia y la adolescencia del protagonista de la saga, se revela como una rara avis dentro de la saga de La Matanza de Texas, posiblemente por eso es el único episodio de la misma que no contiene el nombre de la obra primigenia ni siquiera en un probable subtítulo, como sí sucedía con aquella tercera entrega de 1990 que también fue llamada originalmente Leatherface. Cuando afirmamos esto no es porque nos encontremos ante una producción revolucionaria dentro o fuera del género al que se adscribe, pero sí por alejarse notablemente de la estructuración clásica de la franquicia que había sido respetada fielmente, con alguna que otra mínima variante en ciertos de los films, desde que Tobe Hooper y su colaborador Kim Henkel la diseñaron a modo de Piedra Rosetta con respecto a las andanzas de Cara de Cuero y sus dementes familiares.




Está última incursión en la creación de Tobe Hooper y Kim Henkel se aleja de la influencia de la figura de Ed Gein, el "Carnicero de Plainfield", que inspiró a aquellos para dar forma a su opus magna y se acerca más a una road movie que se refleja en las andanzas de asesinos en serie como Charles Starkwather y su novia Caril Ann Fugate y sobre todo a los preceptos establecidos por Rob Zombie en su brillante Los Renegados del Diablo (The Devil's Rejects) cinta de la que esta Leatherface toma muchas ideas argumentales y resoluciones visuales. El grupo de asesinos que secuestran y matan inocentes sin remordimiento alguno, la matriarca de un clan de psicópatas que se enfrenta a un agente de la ley local que comete actos violentos equiparables a los de los criminales a los que debe dar caza y un contexto deudor del western de raíces más bastardas emparentan el film que nos ocupa con el segundo largometraje del director de The Lords of Salem.




A pesar de esta tendencia a la referencialidad ajena Leatherface se ciñe escrupolosamente a la puesta en escena, más de diseño y menos cercana al documental que la del film de 1974, asentada en el remake de 2004 y que después tomaron los artífices de La Matanza de Texas: El Origen y Texas Chainsaw 3D, curiosamente siendo productos que no se enmarcan de manera oficial en una misma saga, ya que pertenecen a distintas productoras e ideólogos. El ambiente rural sórdido, el calor asfixiante, la mugre que se extiende desde la granja de los Sawyer hasta ese sanatorio mental que exhala inmundicia por todas sus paredes o los personajes retorcidos y psicóticos en un bando y otro son señas de identidad que los creadores de Leatherface respetan. Cierto es que sólo el arranque del film y su clímax final son reconocibles a un nivel narrativo con respecto a sus predecesoras, pero a pesar del cambio ejecutado durante el desarrollo central de la historia la esencia primigenia de la franquicia late en el devenir de acontecimientos protagonizado por los personajes de Ike, Clarice, Bud, Lizzy y Jedidah.




El guión de Seth M. Sherwood profundiza con acierto en una de las ideas que sustentaron The Texas Chainsaw Massacre. Que fue el rechazo de una sociedad acomodada que arrinconó a las clases más desfavorecidas el germen de la locura de la familia de matarifes en general y de Cara de Cuero en particular. Curiosamente no es la mórbida influencia que aplica la homicida Vera Sawyer en su hijo la que quiebra la voluntad de este, sino ese viaje físico y vital que emprende por un estado de Texas construido sobre la violencia, la crueldad, el sadismo y la corrupción el detonante que dio pie a que Jedidah Sawyer acabase convirtiéndose poco a poco en un gigantesco monstruo cuya único placer es quitar la vida a viajeros despistados y diseñar máscaras con sus rostros previamente desollados. Otro tema sería dilucidar si era conveniente dar un origen tan mundano a un mal cuya pureza que se antojaba casi una abstracción, teoría que podría aplicarse también a otros personajes como Michael Myers o Freddy Krueger, y en el que tomaríamos la negativa como respuesta.




Al igual que hicieran sus compatriotas Alexandre Aja y Gregoru Levasseur con el brutal remake de Las Colinas Tienen Ojos, de Wes Craven, Alexandre Bustillo y Julien Maury debutan en Hollywood con Leatherface. Por desgracia el resultado no es tan brillante como en dicha revisión del clásico de los 70 en el que los autores franceses vampirizaron la impronta del film original para inyectarle vía intravenosa sangre puramente europea haciendo later bajo la superficie del film un mensaje inmisericorde contra las clases acomodadas estadounidenses y el carácter imperialista de sus fuerzas militares. En cambio los directores de la bestial À l'Intérieur tienen que amoldar su poderosa realización al proyecto en el que se han implicado, pero permitiéndose incluir algunos pasajes de violencia explícita con los que han debido disfrutar notablemente, como esa escena de sexo retorcidísima en fondo y forma que parece un homenaje a aquella estupidez de Jörg Buttgereit titulada Nekromantik.




Como era de esperar son Lili Taylor y Stephen Dorff los dos actores que más destacan dentro del apartado artístico de Leatherface trabajando dos roles con enormes similitudes que se revelan como la pareja de verdaderos villanos del largometraje. Dentro del casting de actores jóvenes Sam Strike se esfuerza por dar vida a ese chico confundido e introvertido que en un futuro se convertirá en uno de los psicópatas más famosos de la historia del género, pero curiosamente son James Bloor y Jessica Madsen, en los papeles de Ike y Clarice,  los que mejor lo hacen poniéndose en la piel de unos Bonnie y Clyde mentalmente perturbados que se convierten en uno de los aciertos más retorcidos y memorables de la película. También encontramos entre los secundarios a Finn Jones, el Iron Fist de Marvel Studios y Netflix que ejerce de ayudante del sheriff con un personaje que hará las delicias de los detractores del actor británico y esta afirmación no es precisamente porque haga mal su trabajo.




Sin ser una obra destacable, ni una pieza clave dentro del microcosmos en el que se engloba Leatherface es un soplo de aire fresco para una franquicia que ya no daba más de sí. La intención por parte de sus artífices a la hora de transitar nuevos caminos para no tener que ceñirse a un esquema preestablecido por las dinámicas propias de la saga dan un nuevo empujón a la creación del tristemente desaparecido Tobe Hooper, ofreciendo un producto competente, bien escrito, rodado e interpretado que trata de reinventar algo que ya conocemos para insuflarle nueva vida y con ello seguir exprimiendo la gallina de los huevos de oro con un tipo de cine cada vez más marginal y underground, que no suele tener mucha repercusión fuera de los círculos del género de terror y los festivales especializados en dicho celuloide. Por ahora nos quedamos con esta estimable pieza que nos devuelve la esperanza para que el sonido de motosierra no cese nunca y siga ofreciéndonos insana y fruiciosa diversión.


viernes, 20 de abril de 2018

El Corazón del Ángel, ascensor para el cadalso



Título Original Angel Heart (1987)
Director Alan Parker
Guión Alan Parker, basado en la novela de William Hjortsberg
Reparto Mickey Rourke, Robert De Niro, Charlotte Rampling, Lisa Bonet, Brownie McGhee, Stocker Fontelieu




Es curioso como el paso del tiempo nos da nuevas y diferentes perspectivas a la hora de valorar la obra de algunos directores. Alan Parker perteneció a esa generación de cineastas británicos curtidos en el mundo de la publicidad durante los años 70 y en la que podemos encontrar nombres como Adrian Lyne, Hugh Hudson o los hermanos Ridley y Tony Scott. Sin contar a estos últimos que se adaptaron sin ningún problema a la maquinaria hollywoodiense el resto de ellos tuvieron su época de bonanza en la meca del cine para después ir espaciando cada vez más sus proyectos, volver a su Reino Unido natal o retirase de la dirección. Estos artesanos fueron vilipendiados largo tiempo por la prensa especializada acusados de "estetas" y "videocliperos", pero lo interesante es que ver algunos de los films que realizaron, sobre todo en los años 80, en pleno 2018 nos confirma que pertenecían a una raza de profesionales que hoy echamos irremisiblemente de menos.




Algo de esto acontece cuando poco más de treinta años después de su estreno decidimos revisar un proyecto como El Corazón del Ángel, la adaptación que Alan Parker realizó en 1987 de la novela Fallen Angel de William Hjortsberg, protagonizada por Mickey Rourke, Lisa Bonet, Charlotte Rampling y Robert De Niro. A día de hoy se hace casi impensable que un producto como el que nos ocupa se gestara en el seno de Hollywood, que algunos actores de renombre como los que forman parte del reparto se implicaran en su creación, o que los productores Mario Kassar y Andrew Vajna, dueños de la ya extinta Carolco International, convencieran a TriStar Pictures para distribuirla. En el cine estadounidense del siglo XXI tan dado a la autocomplacencia, el artifico, la asepsia y la pulcritud un largometraje con tanta personalidad como Angel Heart se antojaría inconcebible fuera de los círculos del cine independiente. Por este y otros motivos hoy vamos a reivindicar la séptima película de Alan Parker.




Harry Angel (Mickey Rourke) es un decadente detective privado que trata de encontrar trabajo en la New York de 1955. Tras una llamada de teléfono sus servicios serán solicitados por un misterioso personaje llamado Louis Cypher (Robert De Niro) que le encomendará encontrar a un cantante de jazz llamado Johnny Favorite que se hizo famoso antes de la Segunda Guerra Mundial y cuyo paradero se desconoce desde hace doce años. Las pistas que irá encontrando durante la investigación de este peculiar caso llevarán a Angel a la ciudad de New Orleans donde conocerá a Margaret Krusemark (Charlotte Rampling) o a Epiphany Porudfoot (Lisa Bonet) y a sumergirse en el submundo del vudú y el satanismo de Louisiana. Un reguero de cadáveres y la presencia de un asesino invisible al que no puede dar caza llevarán a Harry a un viaje sin retorno al infierno en el que nada es lo que parece y por el que tendrá que pagar el más alto precio.




Mezcla de neo noir con  terror, como si colaboraran mano a mano en su creación Raymon Chandler y William Peter Blatty, en El Corazón del Ángel Alan Parker ejecuta una mixtura genérica sustentada en un guión, escrito por él mismo, que alejándose notablemente de la novela de William Hjortsberg construye un relato con reminiscencias de alucinación, atmósfera asfixiante y desarrollo argumental pesadillesco inspirándose en una revisión del mito de Fausto salpicada de hemoglobina, ritualismo y folklore propio de New Orleans muy vinculado al vudú y las sectas satánicas, creando una mezcla de exotismo aderezado con sus gotas de sensacionalismo y morbidez que hacen el resto para diseñar una pieza que mantiene el interés del espectador a lo largo de casi dos horas de metraje en las que el misterio que se esconde detrás del caso de Johnny Favorite se apodera de una narración cada vez más visceral y cruenta.




Desde su segundo y exitoso trabajo en el mundo del largometraje, El Expreso de Medianoche, Alan Parker se especializó en historias de notable sordidez protagonizadas por personajes llevados al extremo, aunque evidentemente no haya sustentado toda su carrera en este tipo de films. El Corazón del Ángel es la muestra quintaesencial de ese tipo de obras en las que el director de Evita volcó su predilección por la violencia y lo truculento. De esta manera el autor británico daba un giro radical con respecto a su trabajo inmediatamente anterior, aquella lírica Birdy, protagonizada por Matthew Modine y Nicolas Cage, en la que la amistad, las secuelas físicas y psicológicas sufridas por los soldados durante la Guerra de Vietnam y la elección voluntaria de la locura para evadirse de la cruda realidad copaban todo el protagonismo.




Angel Heart también habla de la locura, pero no la vinculada a un hombre que se cree un pájaro con un irrefrenable deseo de volar, sino la experimentada por un detective privado que emprenderá un viaje sin retorno a las profundidades del infierno. La New York de los años 50 que retrata Alan Parker, cuya ambientación es tan destacable como discutible en algunos aspectos, es una ciudad áspera, sucia, alejada de la visión idealizada y de postal que en ocasiones se nos ha dado de ella. Este retrato poco afable en el que la arquitectura cruda y decadente comienza verse invadida como un virus por hechos sobrenaturales que gradualmente van rompiendo la barrera de la lógica y sumergiendo el relato en un estado de vigilia y onirismo eclosiona totalmente una vez la acción se traslada a New Orleans y convierte la segunda mitad del metraje en una suerte de conjuro audiovisual en el que los límites de lo real se ven rebasados continuamente.




Como maestro de ceremonias Alan Parker mantiene un férreo control de todos los apartados técnicos del proyecto para que el conjunto de la obra se muestre en todo momento cohesionado. La dirección de fotografía repleta de claroscuros por parte de Michael Seresin, el elaborado diseño de producción de Richard Morris o la atmosférica banda sonora de Trevor Jones fusionándose con los ritmos de jazz propios de New Orleans y que sobrevuelan todo el score musical sirven para dar empaque y solidez al argumento del largometraje que se ve enriquecido por todos estos añadidos que le infieren lasciva vida permitiendo la evolución de una historia que irá revelándose poco a poco cada vez más claustrofóbica, asfixiante y descarnada. De esta manera su equipo técnico pone en bandeja de plata al cineasta británico el poder ejecutar pasajes perturbadores como los distintos asesinatos, las visiones de la mujer del velo negro o la famosa escena de sexo que desemboca en orgía de sangre.




En cuanto al apartado artístico Alan Parker depositó su confianza en un por aquel entonces pujante y prometedor Mickey Rorurke que venía de despuntar con sus papeles en La Ley de la Calle (Rumble Fish), Mahnattan Sur (Year of the Dragon) o 9 Semanas y Media. El protagonista de Sin City ciertamente se entrega hasta lo enfermizo y gracias a ello ofrece una de las mejores caracterizaciones de su carrera dándolo todo en esa recta final en la que comienza a perder la cordura. El problema radica en que tiene delante a un Robert De Niro pletórico, en una de sus mejores etapas interpretativas, que con pocos minutos en pantalla y una contención digna de estudio eclipsa a su compañero de reparto sin tener que hacer el más mínimo esfuerzo. Su gestualidad, lenguaje corporal, modulación de voz, ambiguo acento y detalles de cosecha propia como la melena, las uñas o el uso de bastones componen uno de los mejores trabajos del italoamericano.




El resto del reparto lo completan, entre otros, la británica Charlotte Rampling como Margaret Krusemark, una vidente especializada en crear cartas astrales para sus clientes y que tuvo una relación estrecha con Johnny Favorite y que la actriz de Melancholia aprovecha para explotar a conciencia los pocos, pero valiosos, minutos que tiene en pantalla a la hora de darle vida. Por último es de recibo hacer especial mención para una Lisa Bonet de 19 años que por aquel entonces triunfaba en televisión con El Show de Bill Cosby y que debutaba aquí en el mundo del cine. El suyo es un papel complicado que debe amalgamar candidez y ternura con sensualidad y violencia desembocando su composición en la ya citada escena de sexo que comparte con Mickey Rourke y que se ha convertido por derecho propio en una de las más recordadas de la historia del cine, consiguiendo sintetizar en su ejecución y coreografía toda la esencia de la película.




Habiendo estrenado su última película, La Vida de David Gale, en 2003 y haciendo público su retiro del cine hace tres años Alan Parker debe recibir su merecido reconocimiento como artesano que ayudó a construir un tipo de cine más incómodo en Hollywood que no estaba reñido con la comercialidad. Aquellos críticos que en la época del estreno de esta excelente y muy recuperable El Corazón del Ángel acusaron a su ideólogo y sus coetáneos de profesionales superficiales con inclinación por el esteticismo visual mal entendido no sé qué pensarán en la actualidad de esos directores totalmente carentes de personalidad e inventiva con predilección por los montajes efectistas, el abuso de los efectos digitales y la casi inexistente relación con los actores que dan forma a los engranajes que hacen moverse la maquinaria hollywooodiense. Al fin y al cabo todo queda en casa y se reduce a vender el alma al diablo por conseguir el éxito, pero hasta para eso gente como Harry Angel o Johnny Favorite tenían mucho más estilo.


miércoles, 18 de abril de 2018

Aniquilación, evolution is my name



Título Original Annhilation (2018)
Director Alex Garland
Guión Alex Garland, basado en la novela de Jeff VanderMeer
Reparto Natalie Portman, Óscar Isaac, Jennifer Jason Leigh, Gina Rodriguez,Tessa Thompson,  Benedict Wong, David Gyasi, Sonoya Mizuno, Crystal Clarke, Kumud Pant, Tuva Novotny, Cosmo Jarvis, Mairead Armstrong





Los caminos de Netflix son inescrutables. Mientras que por un lado todo apunta a que los jefazos de la plataforma de streaming presionaron a Duncan Jones para adscribir su largamente acariciado proyecto Mute a un género como la ciencia ficción, con el que no congeniaba en absoluto, en lo referido a la última película del británico Alex Garland aconteció algo diametralmente opuesto. Cuando el cineasta enseñó a los productores de Paramount Pictures el material de rodaje de su último film, Aniquilación, estos quedaron profundamente descontentos porque "no se entendía nada". Las "cabezas pensantes" detrás de la financiación de la obra exigieron al director de Ex_Machina que simplificara la historia que planteaba contar para que todo tipo de espectadores pudieran comprenderla. Ante la negativa de Garland, que se opuso a tocar un sólo plano, el estreno del proyecto quedó aparcado sin fecha establecida.





En ese momento fue cuando Netflix entró en escena y compró los derechos de distribución a nivel mundial de la película, llegando a los cines sólo en Estados Unidos y China. El pasado día 12 de marzo el catálogo de la plataforma acogió el estreno de Annihilation y aquellos que la vieron confirmaron las primeras impresiones que invadieron la red cuando el film llegó el mes anterior a las pantallas grandes de los países ya citados. Casi todo espectador que había visto lo último de Alex Garland afirmaba que Paramount Pictures había cometido un error imperdonable, porque supuestamente nos encontrábamos ante una de las mejores muestras de ciencia ficción del cine reciente. Una vez vista por un servidor puedo afirmar que no andan desencaminadas dichas sentencias, porque es cierto que en muchos aspectos nos encontramos con un trabajo sobresaliente, pero no perfecto por culpa de algunas carencias que comentaremos más tarde.




Tras la expedición militar número 11 para investigar una localización llamada Área X, en la que ha caído un meteorito de origen desconocido, y de la cual sólo volvió con vida, pero en alterado estado mental, su marido Kane (Oscar Isaac) Lena (Natalie Portman), una ex marine experta en bióloga, forma parte de una nueva incursión en dicho territorio en el que un grupo de mujeres especializadas en distintas ramas científicas deberán dilucidar qué tipo de criatura extraterrestre se encuentra en el Área X. Una vez allí descubren que todo el entorno medioambiental está mutando gradualmente y la flora y fauna del mismo mimetizándose entre sí, dando forma a nuevas y evolucionadas especies. Lena y sus compañeras finalmente revelarán qué sucedió con la mayor parte de los militares de la anterior expedición y mantendrán contacto directo con una entidad cuyo origen e intenciones en la Tierra permanecen sin descifrar




Basada en la primera entrega homónima de una trilogía de novelas llamada Southern Reach ideada por el escritor estadounidense Jeff VanderMeer Aniquilación es una excelente pieza de ciencia ficción que eleva considerablemente el nivel, no sólo del catálogo de Netflix, sino de la producción reciente de este tipo de género cinematográfico demasiado entregado al escapismo y la superficialidad mal entendida. Alex Garland se aferra a una de las ramas más puras dentro de la sci-fi literaria y cinematográfica ejecutando un largometraje que a pesar de su atractivo envoltorio contiene en su interior planteamientos sobre metafísica y evolucionismo que convierten su último trabajo en la confirmación de un enorme talento como narrador y la continuación lógica, aunque abordando una temática diferente dentro de la misma vertiente genérica, de su muy interesante proyecto previo, aquel Ex_Machina en el que comenzó a dar muestras de su sobrada pericia como cineasta.




Desde su mismo arranque un proyecto como Annihilation nos va dando muestras de qué tipo de producto cinematográfico va a ser. Ese suntuoso plano panorámico en el que vemos impactar en la lejanía el meteorito con el faro acompañado por un silencio sólo quebrado por los acordes de la elegante guitarra acústica que a lo largo de gran parte del metraje va a dar forma al minimalista score musical compuesto por Geoff Barrow y Ben Salisbury es una declaración de principios por parte de un autor que previamente había demostrado poseer una peculiar e inusual sensibilidad a la hora de ofrecer sus dotes como narrador a piezas adscritas a la ciencia ficción, algo que demostró en su ópera prima, la ya citada Ex_Machina, y que confirma de manera rotunda en el proyecto que nos ocupa aljeándose de la visceralidad que insufló a sus incursiones dentro de este género en labores de guionista como 28 Días Después o Dredd.




La puesta en escena de Alex Garland es brillante en no pocos sus aspectos. En lugar de tomar la opción fácil de entregarse a los prostituibles brazos del ruido y la furia propios de las producciones hollywoodienses que transitan los terrenos genéricos en los que se adentra Annihilation los ecos de autores como el Andrei Tarkovsky de Stalker o el Stanley Kubrick de 2001: Odisea en el Espacio resuenan a lo largo de la minuciosa construcción del relato convirtiéndolo en toda una experiencia sensorial e inmersiva incluso contando con unos efectos digitales muy modestos que funcionan mucho mejor cuando tienen que dar forma al entorno de las localizaciones en las que se mueven los personajes protagonistas que a la hora de construir el físico de las "monstruosidades" que pueblan dicho paraje. Por suerte el director sabe dosificar el CGI que han puesto a su disposición y sólo recurre a él cuando la historia lo solicita para el desarrollo adecuado de los acontecimienos que le dan forma.




Más allá de sus interesantes planteamientos argumentales Aniquilicación se estructura como una muestra del subgénero survival que también encuentra émulos en el mundo del videojuego, pero a la hora de abordar su naturaleza de producción adherida a la ciencia ficción, y suponiendo que su propuesta nace en  la novela de Jeff VanderMeer que todavía no he tenido el placer de leer, es donde encontramos la pátina de originalidad que da al proyecto algunos de sus mejores momentos. El último largometraje de Alex Garland es, hasta cierto punto, revolucionario a la hora de retratar en pantalla a la entidad de origen inconcreto a la que se enfrentan los personajes protagonistas. Sin confirmarse en ningún momento si se trata de un ser venido de otro planeta o una dimensión paralela o si su génesis pudiera tener alguna reminiscencia teológica el guión del mismo cineasta juega con la idea de que los seres humanos se enfrentan a un sujeto que no se muestra hostil en ningún momento.




En varios momentos del metraje algunos de los personajes afirman que los restos del meteorito que chocó contra  nuestro planeta se han convertido en una especie de prisma cuya única misión es crear reflejos, más o menos distorsionados, de los organismos vivientes que se encuentran en el Área X dando forma a nuevas especies evolucionadas. Teóricamente este visitante externo sólo está adaptándose al entorno para asegurar su propia supervivencia sin una intención preconcebida de atacarnos. Los efectos que su presencia producen en nuestra realidad alteran las leyes físicas conocidas por el ser humano y particularmente en el género masculino crean cierto tipo de alteración mental que los hace perder el raciocinio, como le sucedió a Kane y a sus compañeros, situación que se confirma en una de las mejores y más potentes escenas del film, la del vídeo de la "cesárea" en el que los medidos efectos digitales, la banda sonora y el trabajo interpretativo de Oscar Isaac hacen el resto para que se quede grabada en la retina del espectador largo tiempo.




En este sentido encontramos otra de las virtudes de Aniquilación y esta no es nueva con respecto a la impronta como profesional de Alex Garland, ya que la explotó con bastante acierto en su ópera prima detrás de las cámaras. La asepsia y la meticulosidad con las que construye sus imágenes, transmitiendo una quietud gélida, en ocasiones hasta onírica, se ve resquebrajada por arrebatos de violencia explícita que en algunas situaciones bordean el gore. Aunque en cierta manera esos pasajes parecen haber sido incluidos en el film a modo de concesión a cierta autocomplacencia más primaria en honor a la verdad debemos afirmar que la transición entre ambas vertientes, la más contenida y autoral con la cruda y comercial, está llevada con pulso firme por su principal responsable que normalmente pone las breves y nada extravagantes muestras de efectismo al servicio de una historia que siempre tiene unas aspiraciones artísticas y narrativas más elevadas que el hecho de mostrar vísceras en pantalla de manera gratuita.




Con respecto al reparto es de recibo mencionar la excelente labor de la pareja formada por Natalie Portman y un Oscar Isaac que repite con Alex Garland después de Ex_Machina donde dio vida a otro personaje bastante extravagante. La actriz israelí se sumerge con todo el oficio que ha adquirido con el paso de los años para hacer de Lena una criatura real y cercana mientras su partenaire se encomienda a una contención medida con precisión quirúrgica que le ayudará a dar forma a algunos de los momentos clave de la obra cinematográfica. La química entre ambos se hace notoria en pantalla, sobre todo cuando asistimos a esa contraposición entre la candidez de las secuencias en la que ambos comparten intimidad durante los primeros pasos del film con los pasajes de naturaleza similar que acontecen durante la segunda mitad del metraje encontrándose estos en las antipodas de aquellos iniciales, confirmando la profesionalidad de los dos intérpretes y la buena mano de Garland como director de actores.




Al principio de la entrada hacíamos mención a alguno fallos que restaban unos pocos puntos al conjunto de la obra y estos, por desgracia, se materializan cuando debemos hablar de los personajes secundarios. Mientras el papel de Jennifer Jason Leigh está competentemente perfilado e interpretado por la protagonista de Eclipse Total gracias a que ocupa bastantes minutos de metraje, con la excusa de reclutar y explicar a la protagonista la misión que le va a ser encomendada, son el resto de componentes de la Expedición 12 las más perjudicadas. Por muy meritoria que sea la labor de Gina Rodríguez, Tuva Novotny y Tesa Thompson sus roles no dejan de ser esbozos, en ocasiones hasta estereotipos, que en un acto de pereza Garland despacha por medio de un diálogo por parte del personaje de Cass en el que explica a Lena las características que definen a sus compañeras, y a sí misma, denotando su autor cierta desgana a la hora de dar entidad a dichos personajes que deberían tener bastante más background psicológico que el de sus propios traumas personales.




Sin ser una obra maestra o un trabajo que vaya a marcar un antes y un después dentro del género sobre el que construye su propuesta Aniquilación se confirma como una destacable aportación a una vertiente más adulta de la ciencia ficción, y lo hace junto a otras piezas tan estimulantes como Interestelar, de Christopher Nolan, o La Llegada, de Denis Villeneuve que demuestran el buen estado de salud de este tipo de celuloide. Alex Garland se consagra como un cineasta con las suficientes aptitudes como para que sigamos de cerca sus pasos y su aportación con una propuesta tan interesante como la que nos ocupa confirma la decadencia artística e intelectual en la que se están sumergiendo las majors estadounidenses a la hora de valorar en su justa medida los trabajos que diseñan los profesionales que contratan y la lucidez del espectador medio que puede asimilar sin demasiados problemas un film como el presente que destaca notablemente dentro de la producción internacional de lo que llevamos de 2018.



domingo, 15 de abril de 2018

Ready Player One



Título Original Ready Player One (2018)
Director Steven Spielberg
Guión Zak Penn y Ernest Cline, basado en la novela de este último
Reparto Tye Sheridan, Olivia Cooke,  Ben Mendelsohn, Mark Rylance, Simon Pegg, T.J. Miller,  Hannah John-Kamen, Win Morisaki, Philip Zhao, Julia Nickson, Kae Alexander, Lena Waithe,  Ralph Ineson, David Barrera, Michael Wildman, Lynne Wilmot, Carter Hastings, Daniel Eghan





El pasado mes de febrero hice para Zona Negativa, web en la que colaboro desde hace años y de cuya sección de libros me encargo desde hace un tiempo, una reseña de la novela Ready Player One, escrita por el autor estadounidense Ernest Cline. La historia contenida en el primer trabajo literario del autor de Armada es una distopía que ahonda sus raíces en cuarenta años de cultura pop con incontables referencias al cine, los cómics, la literatura, la música y el mundo de la televisión desembocando en un incontestable éxito editorial. Como suele suceder en estas situaciones Hollywood puso sus ojos en la obra incluso antes de llegar a las librerías, siendo Warner Bros la productora que consiguió los derechos de la misma y solicitando los servicios de Zak Penn (X-Men 2, Los Vengadores) y el propio Ernest Cline para escribir el guión que se ocuparía de llevar a imágenes un peso pesado como el veterano cineasta Steven Spielberg que entraba en escena con su compañía Amblin Entertainment.




En el año 2045 Wade Watts (Tye Sheridan) es uno de los millones de usuarios de Oasis, un programa de realidad virtual en el que los jugadores toman la imagen de un avatar personalizado a placer y que fue creado por el mítico programador James Halliday (Mark Rylance), con la ayuda de su compañero Odgen Morrow (Simon Pegg). Una vez muerto Halliday, cuyo avatar respondía al nombre de Anorak, ofrece el control de su creación y toda su fortuna a aquella persona que encuentre, a lo largo y ancho de los incontables mundos que dan forma a Oasis, las tres llaves que le den acceso a un "Huevo de Pascua" que permanece oculto. Para dar con tan preciado objeto Parzival, el avatar de Wade, aunará fuerza con otros usuarios como Art3emis, Hache, Daito o Sho para impedir que la compañía criminal IOI (Innovative Online Industries), cuya cabeza visible es Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn), se apodere del premio que les permitiría someter a todo el planeta desde el mundo virtual.




Ready Player One es la confirmación de que poco importa que una obra cinematográfica este construida sobra una descomunal sobredosis de efectos digitales si detrás de ella hay una persona con verdadero talento como Steven Spielberg. La última propuesta del estadounidense, que hace unos pocos meses llevaba a las pantallas otra destacable pieza, de un tono muy distinto, como Los Papeles del Pentágono (The Post), es un ejemplo cristalino de lo que un blockbuster hollywoodiense debería ser, un producto que a pesar de contener una interminable cantidad de fuegos de artificio siempre que esté controlado con mano firme por un autor con auténtica personalidad y unos intachables conocimientos de lo que es el lenguaje cinematográfico, algo que el director de Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio lleva más cuarenta años demostrando, el resultado se antojará brillante en prácticamente todos sus aspectos como podemos ver a los pocos minutos de metraje con la espectacular primera carrera automovilística.




Gracias a su inabarcable fuerza como narrador de historias y la ayuda de un apartado técnico a la altura de las circunstancias contando con un diseño de producción superlativo y una dirección de fotografía impresionante a manos de Janusz Kaminski Steven Spielberg consigue trasladar a imágenes de manera fidedigna Oasis tal y como lo imaginó Ernest Cline en las páginas de su novela. El prólogo del largometraje que nos sumerge en ese inmenso mundo digital expone en sólo unos breves minutos las infinitas posibilidades visuales que ofrece un proyecto como Ready Player One en el que su jefe de ceremonias explota al 200% el material de partida que cae en sus manos gracias al guión de Zak Penn y el mismo autor de la novela, extrapolando ese microcosmos con una notable similitud a lo que se planteó en las más de cuatrocientas páginas que forman el libro de 2011 y que encuentran en el film una contrapartida audiovisual inmejorable.




Con respecto a la fidelidad a la novela de Ernest Cline desde un punto de vista formal y de construcción narrativa podemos afirmar que la primera mitad del largometraje es, salvando algunos detalles modificados, considerablemente fiel tanto en el perfil de los personajes como en el contexto espacial y temporal en el que los personajes se mueven. Las Torres, el aspecto de los distintos mundos que dan forma a Oasis, la imagen de los personajes reales o sus avatares así como las localizaciones virtuales se asemejan con mucho detallismo a las que describió Cline en su obra. En cambio es en la segunda mitad del metraje cuando empiezan los cambios sustanciales reduciendo el peso de algunos personajes importantes, cambiando las pruebas que deben superar los gunters y los sixers para conseguir las llaves o modificando el destino de varios de los roles principales. Todo esto refiriéndonos siempre a la estructura de la historia y algunos hechos, ya que el mensaje del libro y su espíritu permanecen intactos en su traslación a la pantalla grande.




Posiblemente un director menos curtido en todo tipo de producciones comerciales que Steven Spielberg hubiera fracasado a la hora de alternar adecuadamente el mundo real con el virtual en Ready Player One, pero como era de esperar él lo consigue con una facilidad y ejecución técnica pasmosas. Las transiciones entre esa sociedad distópica y al borde del colapso económico y social (en la que no se profundiza mucho, algo que también sucedía en la novela original) y la idealización pop y geek de Oasis fluyen con una naturalidad sobresaliente incluso cuando tienen que solaparse la una a la otra, demostrando una vez más que nos encontramos ante un contador de historias virtuoso que conoce su oficio como pocos. De esta manera el pixel y la imagen real ejecutan una coreografía cohesionada y compacta que da una imagen de todo perfectamante ejecutado por parte de su creador cuya impronta es reconocible en cualquiera de los planos que dan forma a la obra.




Una de las mayores preocupaciones con respecto a la adaptación al celuloide de Ready Player One para los que hemos leído la novela era la imposibilidad de incluir a lo largo del metraje de la película las miles de referencias a la cultura pop de las que hizo gala Ernest Cline si tenemos en cuenta que Warner Bros se encuentra detrás de la producción y, a diferencia de Disney, no posee los derechos de casi todos los productos de entretenimiento a nivel mundial. Por suerte poco ha importado dicha situación, Spielberg y sus colaboradores han aprovechado los derechos propiedad de la compañía que financia el proyecto y la posibilidad de tirar de talonario para inyectar la cinta de tributos y menciones a todo tipo de videojuegos, películas, series, libros y grupos musicales, muchos de ellos ya presentes en las páginas del libro y otros nuevos, cuyo recuento se antoja imposible porque desfilan por la pantalla a velocidad luz y en cantidades industriales. A destacar ese delicioso homenaje a Stanley Kubrick que es desde ya uno de mis pasajes cinematográficos favoritos del 2018.




Volvemos al tema de los cambios con respecto a la novela en lo referido al reparto, porque uno de los mayores encantos del trabajo de Ernest Cline era mantener la identidad real que se encontraba debajo de sus avatares hasta el final de la historia, algo que Spielberg y su equipo han tenido que adelantar a la mitad del metraje del film para poder dar más pábulo al reparto de intérpretes. A pesar de sus esfuerzos Tye Sheridan es un actor demasiado imberbe para cargar con el peso de un personaje como Parzival/Wade Watts y eso se deja notar en pantalla, más si cabe cuando tiene que compartir plano con una pizpireta y encantadora Olivia Cooke que lo eclipsa siempre que comparte plano con él. Ben Mendelsohn, acierto de casting mayúsculo, da vida a un Nolan Sorrento tan vil y patético que parece arrancado de las páginas del libro y Mark Rylance resulta muy creible como James Halliday a pesar del terrible postizo capilar que porta en su testa, algo que también le sucede a Simon Pegg dando vida a un Odgen Morrow que no tiene tanto protagonismo como en la obra literaria.




A Parzival y Art3mies les acompañan otros tres gunters, Hache, Daito y Sho, a los que en el mundo real dan vida Lena Waithe, Win Morisaki y Philip Zao. Este pequeño grupo, que nos retrotrae irremediablemente a los "Niños Perdidos" de la vilipendiada Hook: El Capitán Garfio, se antoja un añadido totalmente spielbergiano en el que el trío de adolescentes toman los roles de mejor amigo del protagonista el primero y compañeros de batalla los segundos. Waithe no sólo realiza con su criatura una traslación fiel en fondo y forma al personaje nacido en las páginas, sino que también destaca interpretativamente gracias a su carisma y naturalidad. En cambio Morisaki y Zao, aún llevando a cabo adecuadamente su trabajo como actores no tienen suficiente metraje para desarrollar sus papeles cuyas versiones en papel tenían mucho más protagonismo siendo el asesinato de uno de ellos, y el vídeo que captura el momento, un hecho de vital importancia para el posterior derrocamiento de IOI.




Aunque queda lejos de sus mejores y más celebradas obras comerciales como Encuentros en la Tercera Fase, E.T., o Parque Jurásico Ready Player One se antoja el vibrante blockbuster de un adolescente encerrado en el cuerpo de un cineasta septuagenario que en pleno 2018, con casi medio siglo de carrera a sus espaldas, demuestra que se encuentra en plena forma y alternando a placer y de manera brutalmente orgánica sus dos vertientes autorales, la del director interesado por un cine de profundo calado social y político con la del diseñador de superproducciones de calidad ideadas para reventar las taquillas y epatar a todo tipo de espectadores con sus resoluciones visuales y entrega a la diversión bien entendida, campo en el que la pieza que nos ocupa milita con todo merecimiento como una de las más destacados trabajos de lo que llevamos de año y dejando en evidencia a muchas piezas coetáneas salidas de la maquinaria hollywoodiense que palidecen ante la vitalidad y la veteranía de uno de los grandes narradores de la historia del séptimo arte.


jueves, 12 de abril de 2018

Especial Pacific Rim: Victory It Begins With You



El presente año se cumple un lustro del estreno de Pacific Rim, aquella superproducción producida por Legendary Entertainment (300, Godzilla, El Caballero Oscuro) con la que el cineasta Guillermo del Toro y el guionista Travis Beacham rindieron tributo a los géneros mecha y kaiju-eiga del cine nipón del que ambos autores siempre han sido seguidores. Aquel enfrentamiento entre “jaegers” y “kaijus”, robots gigantescos y monstruos descomunales, no consiguió el éxito esperado en taquilla (aunque la enorme recaudación en los países orientales, acérrimos seguidores de este tipo de films, salvaron la carrera internacional del largometraje) pero sí reclutó una más que considerable horda de fans que convirtieron la obra en una pieza de culto. Ante esta situación y gracias al cariño que siempre ha depositado en cualquier pieza salida de su filmografía Guillermo del Toro luchó contra viento y marea para conseguir sacar adelante una secuela de su producción de 2013. Finalmente en el presente 2018 dicha segunda parte titulada Pacific Rim: Insurrección ha llegado a las carteleras de todo el mundo, pero esta vez sin sus dos máximos responsables implicados de primera mano en el film con el realizador tomando sólo el rol de productor ejecutivo y el guionista haciendo acto de presencia en los títulos de crédito únicamente como creador de los personajes en los que se basa la cinta.




Con motivo del estreno español de la ya citada Pacific Rim: Uprising vamos a dedicar en la presente entrada un extenso especial en el que vamos a repasar todo el microcosmos de lo que llevamos de saga abarcando dos largometrajes y dos cómics que editaron en Estados Unidos la división de Legendary Entertainment dedicada al mundo del noveno arte, el primero de ellos también en España a manos Aleta Ediciones allá 2013. Eso significa que a continuación reseñaremos el film original de Guillermo del Toro, los cómics Pacific Rim: Año Cero y Pacific Rim: Tales From the Drift así como la secuela de reciente estreno dirigida y co guionizada por Steven S. DeKnight. De modo que poned a punto vuestros jaegers, buscad a un co piloto con el que seáis compatibles, preparaos para realizar la conexión neuronal que os lleve a la Deriva, cargad los cañones de plasma y armaos hasta los dientes, porque durante unos minutos vamos a volver a la Costa del Pacífico para enfrentarnos a los kaijus enviados por los Precursores para convertir nuestro planeta en un páramo sin vida en el que puedan establecerse una vez nos hayan extinguido de la faz de la Tierra. Hoy vamos a a enfrentarnos a los monstruos que nos amenazan, hoy vamos a detener el apocalipsis.


Pacific Rim (2013)



Título Original Pacific Rim (2013)
Dirección Guillermo del Toro
Guión Travis Beacham y Guillermo del Toro
Reparto Charlie Hunnam, Idris Elba, Rinko Kikuchi, Charlie Day, Diego Klattenhoff, Burn Gorman, Max Martini, Robert Kazinsky, Clifton Collins Jr., Ron Perlman, Brad William Henke, Larry Joe Campbell, Mana Ashida, Santiago Segura, Joe Pingue





El enorme éxito internacional que consiguió con la que hoy sigue siendo su mejor obra, El Laberinto del Fauno, supuso un punto de inflexión en la carrera del cinesta mexicano Guillermo del Toro. Tras el enorme recibimiento que tuvo aquella fantasía localizada en el contexto de la guerra civil española en Hollywood a su artífice le dieron carta blanca para hacer y deshacer a su antojo en lo referido a sus siguientes proyectos, algo que, contra todo pronóstico, no beneficio a su filmografía por mucha libertad artística que le proporcionara. Aquella irregular Hellboy II: El Ejército Dorado ya daba muestras de algo que se confirmaría en otros trabajos como La Cumbre Escarlata o la reciente La Forma del Agua, que Del Toro empezaba a centrarse excesivamente en el diseño de producción de sus largometrajes y a dejar de lado la solidez y adecuada construcción de los guiones de los mismos. Pacific Rim no es excepción a dicha teoría, pero como la intencionalidad con ella era homenajear a los géneros kaiju-eiga y mecha del cine nipón, que no se hicieron famosos precisamente por su profundidad dramática, se antoja hasta lógico que el libreto no sea el punto más fuerte de la propuesta por mucho que tanto Travis Beacham como el mismo director pusieran verdadero cariño a la hora de construir el microcosmos de dicha cinta. Estrenada en el año 2013 Pacific Rim hizo las delicias de gran parte del fandom que se vio seducido por una propuesta que no ofrecía nada más que cine de evasión bien ejecutado y rematado, pero con el genuino buen hacer del autor de Cronos que atravesaba la pantalla en cada uno de sus grandilocuentes fotogramas.




Pacific Rim se desarrolla entre los años 2020 y 2025 años después de que una brecha interdimensional se abriera en las profundidades del Océano Pacífico y de ella salieran unas monstruosidades llamadas kaiju cuyos ataques destruyeran algunas de las capitales más importantes del planeta. Para enfrentarse a dichas criaturas las potencias mundiales más grandes aunan fuerzas y recursos para crear la PPDC (Pan-Pacific Defense Corps) y poner en marcha el “Proyecto Jaeger” que consiste en la construcción de gigantescos mechas que son controlados por dos pilotos conectados neuronalmente entre sí y a la misma máquina compartiendo de esta manera sus pensamientos y recuerdos en un emplazamiento onírico llamado “Deriva”. Dos de estos mejores pilotos son los hermanos Raeligh Becket (Charlie Hunnam) y Yancy Becket (Diego Klattenhoff) que controlan el jaeger “Gipsy Danger”. En un enfrentamiento en Alaska contra un kaiju de Categoría 3 dicho mecha cae en combate y Yancy fallece en el proceso, hecho que precipitará la retirada de Raeligh y más tarde el desmantelamiento del Proyecto Jaeger. Cinco años después los gobiernos deciden construir enormes muros para impedir, de manera infructuosa, la llegada de los kaijus que cada vez son de mayor envergadura. Los cuatro jaegers que quedan activos están bajo la supervisión del mariscal Stacker Pentecost (Idris Elba) que intentará reclutar a Raeligh, actualmente un sencillo obrero en la construcción de uno de los muros, para volver a tomar los mandos de Gipsy Danger y poner en marcha un plan con el que cerrar la brecha que se abrió en Pacífico y por la que entran las montruosidades que están erradicando al ser humano de la faz de la Tierra.




Pacific Rim es el sueño cumplido de dos autores, Guillermo del Toro y Travis Beacham, que se alimentaron desde niños del cine japonés adscrito a los ya citados géneros kaiju-eiga y mecha así como el manga o el anime que también cultivaron este tipo de historias con piezas como Mazinger Z en sus primeros tiempos o Evangelion en una actualidad más o menos reciente. Una vez el guionista ha ayudado a construir el microcosmos de la propuesta el director de Mimic toma las riendas del proyecto para convertirlo en una de sus criaturas a pesar de su naturaleza eminentemente comercial y escapista. La intención del mexicano es dar preponderancia a los jaegers y los kaijus, de modo que abrazó sin miramientos la idea de ofrecer perfiles sencillos y arquetípicos a los personajes humanos, consiguiendo un mínimo de empatía por parte del espectador que le permita temer por la integridad física y psicológica de los mismos, pero siendo siempre consciente de que son un puente de unión para dar el protagonismo a los mechas y los monstruos que batallarán en las mastodónticas secuencias de pelea que pueblan la trama de largometraje. Todos los personajes se mueven en una ambiente castrense propio del cine militar, pero Del Toro elude convertir la obra en otro producto más para el lucimiento de la moral estadounidense y construye un grupo internacional de héroes apelando a una diversidad racial , cultural y de género muy de agradecer aunque lo haga por medio de secundarios con no mucho peso en el argumento central de la obra.




La intención última de Guillermo del Toro es construir un artefacto gigantesco en el que la épica devore cada uno de los encuadres del proyecto. Los mechas y los kaijus, de cuyo diseño siempre estuvo pendiente el cineasta para que sus colaboradores lo plasmaran con la mayor fidelidad posible a sus ideas, son los “figuras de acción” con los que el autor de Blade II juega a placer como si de un niño se tratase. Algo de ello hay en la mirada depositada en Pacific Rim, un proyecto abordado sin un ápice de ironía o sorna, entregándose sin miramientos a una patína de ingenuidad tan encantadora para cierto tipo de espectador como en ocasiones desconcertante para otro. La octava película del realizador de Hellboy es el resultado de lo que pasaría si el Michael Bay de la saga Transformers hiciera su trabajo anteponiendo el cariño por el material que tiene entre manos al abultado sueldo que va a recibir por ponerlo en marcha. La mayor parte de los brutales combates entre los jaegers y los kaijus están ejecutados por medio de unos, todavía hoy, muy logrados CGI, pero son la profesionaliad y dedicación de su principal artífice las que convierten el film en una pieza que se antoja en todo momento orgánica, poderosa, avasalladora, transformando los pixeles en imágenes y sonidos que, gracias a su fuerza visual y los logradísimos efectos sonoros, tornan en pasajes de acción perfectamente estructurados en los que el exceso nunca se apodera del encuadre y todo fuego de artificio está al servicio de la historia, por muy grandilocuente que este sea.




Como previamente hemos apuntado Pacific Rim no funcionó como se esperaba en la taquilla, pero su estreno en países orientales, sobre todo China que se ha convertido en el salvavidas de muchas superproducciones que pinchan en el mercado estaodounidense, ofreció unos enormes dividendos internacionales que dieron esperanza para que la recién nacida saga pudiera prosperar a manos de Guillermo del Toro y sus colaboradores. Warner Bros y Legendary Entertainment confiaron notablemente en el material de partida ideado por Travis Beacham y el cineasta azteca, de modo que encomendaron al primero extender el recién nacido microcosmos de Pacific Rim para dar origen al mismo, pero esta vez lo haría dentro del medio del cómic, que es donde pararemos en el próximo apartado de este especial. Con respecto a la cinta original de 2013 sólo podemos afirmar en que nos encontramos con un producto ligero, de ritmo certero, reparto tan comedido como carismático e intenciones tan humildes en el fondo como ambiciosas en su forma. Pacific Rim nos demostró que independientemente del tamaño del proyecto en el que se embarque su principal responsable siempre se implicará en él como el insobornable contador de historias que siempre ha sido y nunca dejará de ser. Un autor que este año ha recibido el reconocimiento que llevaba años mereciendo aunque haya sido con una obra que, para el que esto firma, podía haber sido de una calidad considerablemente superior.





Pacific Rim: Año Cero (2013)



Edición Original Legendary Comics – Pacific Rim: Tales From Year Zero
Edición Nacional/ España Aleta Ediciones
Guión Travis Beacham
Dibujo Sean Chen, Yvel Guichet, Pericles Junior, Chris Batista y Geoff Shaw
Entintado Mark McKenna, Steven Bird, Pericles Junior, Matt Banning
Color Guy Major, Tom Chu, Dom Regan
Formato Cartoné 104 págs
Precio 14,95€

Legendary Entertainmentent es una productora cinematográfica de origen estadounidense fundada en el año 2000 especializada, principalmente, en superproducciones. Asociada a compañías como Warner Bros, Universal Pictures o al conglomerado de empresas chinas Wanda Group ha financiado adaptaciones de cómics como la trilogía del Caballero Oscuro, 300, Watchmen o Jonah Hex, proyectos protagonizados por monstruos clásicos como Godzilla o Kong: La Isla de la Calavera, que en el futuro compartirán pantalla, o Pacific Rim e incluso films de menor presupuesto como Straight Outta Compton o la trilogía Resacón (Hangover). El rendimiento de dichas películas era tan bueno que la productora decidió crear una división propia adscrita al mundo del cómic. Legendary Comics no sólo ha acogido versiones en viñetas de algunos de sus trabajos en celuloide más exitosos con piezas como Godzilla: Despertar, Trick ‘r Treat: Days of the Dead o Krampus: Shadow of Saint Nicholas, también ha dado cobijo a obras bastante polémicas de autores importantes como Holy Terror de Frank Miller. Pero a continuación vamos a detenernos en el cómic precuela de Pacific Rim que acompañó a dicha película el año de su estreno internacional. Con Travis Beacham, guionista de la obra original, a la escritura y Sean Chen, Yvel Guichet, Pericles Junior, Chris Batista y Geoff Shaw en el apartado artístico Pacific Rim: Año Cero llegó para despejar muchas de las dudas que nos quedaron tras el visionado de la cinta de Guillermo del Toro.




Tomando como eje central del relato al personaje de la periodista Naomi Sokolov Pacific Rim: Año Cero narra por medio de varios flashbacks historias que tuvieron lugar en distintas épocas anteriores a lo acontecido en el largometraje original. Entrevistando a distintos personajes personajes como Tendo Choi (Clifton Collins Jr), el mariscal Stacker Pentecost o el Doctor Jasper Schoenfeld conoceremos el génesis de la PPDC y el Proyecto Jaeger, los primeros experimentos con un sólo piloto que dieron como resultado irreperables fracasos, la relación sentimental intermitente entre dos de los precursores de dicha idea o algunos hechos que tuvieron lugar durante el Día K, aquel 10 de Agosto de 2013, que dan una perspectiva diferente y más intima que la que vimos en el prólogo de la película de Guillermo del Toro en el que se contextualizaba espaciotemporalmente el origen de los hechos narrados posteriormente el argumento de la obra. De esta manera seguiremos los pasos de conocidos como los hermanos Raeligh y Yancy Becket o Mako Mori y conoceremos a nuevos secundarios de gran relevancia que no hicieron acto de presencia en el film o que sólo fueron mencionados de pasada como Luna Pentecost, la doctora Caitlin Lightcap o Tamsin Sevier, estas dos últimas las primeras mujeres pilotos de jaeger de la historia. Todos estos recuerdos por parte de los protagonistas muestran un interesante tapiz que ahonda en el microcosmos creado por los guionistas del largometraje primigenio.




Desde el excelente y emotivo prólogo que lo precede el cómic que nos ocupa confirma que Travis Beacham es el ideólogo en la sombra del microcosmos de Pacific Rim, algo que en ningún momento se apuntó en los contenidos adicionales de las ediciones en bluray y dvd del largomatraje en los que prácticamente se le ninguneaba en favor de un Guillermo del Toro que copaba casi todo el protagonismo, no sin merecimiento. El guionista demuestra no sólo un profundo aprecio por las criaturas que pueblan el relato narrado en Pacific Rim: Año Cero, sino también un incuestionable conocimiento de este universo ficcional que en poco más de cien páginas consigue enriquecer lo suficiente para ofrecerle un sólido origen y un contexto adecuado y extenso en el que poder construir futuras historias en viñetas ajenas al desarrollo que pueda tener la franquicia cinematográfica en pantalla grande. El guionista muestra unas aptitudes adecuadas a la hora de construir un relato adherido a la narrativa propia del arte secuencial, sabe desarrollar adecuadamente una historia que se sustenta en numerosos flashbacks localizados en épocas diferentes y el retrato que ejecuta de los personajes que la pueblan se muestra lo suficiemente cercano y parecido al de sus contrapartidas en imagen real para que el lector no sólo pueda disfrutar del proyecto, sino que también lo acepte como parte del canon establecido por la película de 2013 que encuentra una digna precuela en estas páginas.




Si el guión está convincetemente estructurado permitiendo a la historia discurrir con eficacia sin aspaviento alguno, es en el apartado artístico donde un trabajo como Pacific Rim: Año Cero hace aguas y pierde el control de la historia. Hasta cinco ilustradores se reparten el dibujo del cómic, sin una distrubución lógica de las páginas, con una mezcla de diferentes estilos en ocasiones antagónicos, con autores copando gran número de viñetas y otros ejecutando una cantidad ínfima de ellas, que impide la adecuada evaluación de sus aportaciones a la obra. Indudablemente el apartado gráfico es un caos, no sabemos qué porción del producto pertenece a cada uno de los artistas y la mixtura de clasicismo, feismo y tonalidades deudoras del manga crean una pieza hipertrófica, inconsistente, que menoscaba el buen hacer de la escritura de un Travis Beacham que ve sepultada su narrativa por esta poco profesional amalgama de distintos trazos que no ayudan a dar cohesión a un producto que hubiera ganado mucho más con un sólo profesional a los lápices o en todo caso un par de ellos cuyos estilos fueran mínimamente compatabiles. Una pena el resultado si tenemos en cuenta que en el cómic Godzilla: Despertar sí recurrieron a dos encargados a los dibujos que se repartieron los pasajes del pasado y el presente para dar al cómic una coherencia formal de la que Pacific Rim: Año Cero carece.




No vamos a decir aquí que Pacific Rim: Año Cero sea un gran cómic o una obra destacable en manera alguna, pero sí es una lectura indispensable para los seguidores de la franquicia cinematográfica y la confirmación de que productoras como Legendary Entertainment abogan por una sana relación de reciprocidad y bilateralidad entre dos medios como el del cómic y el cinematográfico, no teniendo este último que ser el único beneficiario del trabajo en papel del primero, algo que un servidor ha intentado reivindicar en algunas ocasiones con la sección Del Cine al Cómic que espero poder recuperar en un futuro no muy lejano. A pesar de su muy irregular dibujo el primer cómic inspirado en Pacific Rim se lee con el mismo agrado con el que se degustaba el largometraje de Guillermo del Toro. Tras su buen recibimiento editorial Legendary Comics decidió seguir explotando la gallina de los huevos de oro tres años después con otra entrega, inédita en España, llamada Pacific Rim: Tales from the Drift, de nuevo escrita por Traves Beacham, aunque esta vez con la ayuda de Joshua Hale Fialkov al guión, y dibujo de Marcos Marz que vamos a reseñar también en este especial.


Pacific Rim: Tales From the Drift (2016)




Edición Original Legendary Comics
Historia Travis Beacham
Guión Joshua Hale Fialkov
Dibujo Marcos Marz
Entintado Marcos Marz
Color Marcelo Maiolo
Formato Rústica
Precio $19,99

Sólo tres años después de la publicación de Pacific Rim: Año Cero y todavía con el porvenir de la franquicia en pantalla grande pendiente de un hilo y por decidirse en 2016 Legendary Comics decidió editar la segunda miniserie centrada en la creación cinematográfica de Guillermo del Toro y Travis Beacham de 2013. Pacific Rim: Tales From the Drift, que partía de una historia del ya citado guionista del film original, contó con guión del estadounidense Joshua Hale Fialkov (Yo, Vampiro) y dibujo del brasileño Marcos Marz (La Noche Más Oscura) y constaba de cuatro números, que en un principio iban a ser bastantes más, publicados entre noviembre de 2015 y mayo de 2016 en Estados Unidos, siendo posteriormente recopilados en un tomo unitario. Esta nueva incursión desde el mundo de las viñetas en el “Universo Pacific Rim” se saldó con un resultado muy superior al de la anterior miniserie y esta meta fue alcanzada a manos de sus responsables por distintos y varios motivos que vamos a exponer en la siguiente reseña confirmando que la editorial que tenía los derechos de la franquicia para narrar y explotar sus aventuras en papel tomaron buena nota y supieron corregir los errores en los que previamente habían caído con la ya citada Pacific Rim: Año Cero que no explotaba todo el potencial que atesoraba.




Aunque, al igual que Pacific Rim: Año Cero, ejerce el rol de precuela de la película origen Pacific Rim: Tales From the Drift a diferencia de aquella no es un relato que trate de desentrañar los orígenes del universo creado por Guillermo del Toro y Travis Beacham, algo que juega a su favor como obra autocontenida que no deja de formar parte de un proyecto mucho más grande. Esta segunda miniserie abarca una historia mínima, mucho menos pretenciosa y más intimista, llegando incluso a ir a contracorriente del resto de narraciones en celuloide o papel diseñadas bajo el sello de Pacific Rim. Expuesta casi en tiempo real la pieza que nos ocupa sigue los pasos de Duc y Kaori Jessup un matrimonio de pilotos que controlan un jaeger llamado Tacit Ronin que durante el enfrentamiento con un kaiju comienzan a rememorar por medio de su estancia en la Deriva sus primeros recuerdos compartidos mientras intentan sobrevivir al ataque de la descomunal bestia. Lo peculiar de Pacific Rim: Tales From the Drift es que en esta ocasión, y sin que sirva de precedente, la presencia de los jaegers y kaijus es simplemente un vehículo para analizar la personalidad de los personajes humanos, algo que hasta ese momento se encontraba en las antípodas del espíritu de la franquicia. De esta manera los autores del cómic ofrecen una cara diferente dela creación ficcional que nos ocupa en esta entrada abriendo incontables posibilidades para la misma.




No sabemos hasta que punto el guión de Joshua Hale Fialkov es fiel a la historia original de Travis Beacham, suponemos que bastante, pero de lo que sí podemos confirmar es que en una obra como Pacific Rim: Tales From the Drift el primero muestra unos conocimientos mucho más profundos de la narración secuencial que el segundo y eso juega a favor del relato. Curiosamente la experimentación con la disposición de las viñetas o el uso recurrente de dobles splash pages para acentuar la tonalidad épica de la parte de la serie que abarca el combate acuático entre el jaeger y el kaiju es mucho más deudor de la superproducción de 2013 que la previa Pacific Rim: Año Cero. Pero como previamente hemos citado son los protagonistas humanos los que vertebran el núcleo central de la historia, por medio de un retrato de los mismos que ahonda en su relación sentimental y los orígenes de la misma o sus primeros pasos para colaborar como pilotos. Gracias a ello el guión transita caminos nuevos dentro de la franquicia como los que la inclinan a profundizar en la mitología de la Deriva extendiendo hasta con predispuesta pericia las posibilidades narrativas que dicho emplazamiento onírico permite y que es extrapolado a las páginas por medio de una estructuración argumental que está excelentemente trasladada en las planchas.




Previamente comentábamos el desastre al que daba lugar esa hiedra de cinco cabezas que se encargaba del apartado gráfico de Pacific Rim: Año Cero y que hacía perder enteros al conjunto de la obra. En esta ocasión el resultado es notablemente superior después de que Legendary Comics reflexionara a este respecto y asignara el dibujo de Pacific Rim: Tales From the Drift a un sólo autor, el brasileño Marcos Marz. La mejoría es notable en numerosos aspectos, desde el trazo mejor definido deudor de autores como J.H. Williams hasta la técnica utilizada para ejecutarlo que en ocasiones se asemeja al uso de acuarelas, dando pie a ciertos pasajes en los que el ilustrador juega con la experimentación como la fusión, literal, de las dos mentes de los personajes de Duc y Kaori en algunas páginas sencillamente exquisitas. Desde el punto de vista del diseño de los jaegers y los kaiju Marz también marca las distancias con las encarnaciones previas que habíamos visto de ellos dibujándolos con una mayor estilización y trazo más limpio (los mechas parecen salidos de la serie Gundam y los kaiju se antojan mucho menos viscosos y asalvajados) ofreciendo otra perspectiva tan válida como las anteriores, pero que llama la atención por alejarse de la entregada por Guillermo del Toro en el génesis de la saga allá por 2013. Cierta inexpresividad en los rostros de los personajes y algo de estatismo en los pasajes más calmados son las únicas mácula que encontramos en la labor a los lápices del autor de Batman Confidential.




Pacific Rim: Tales From the Drift es un paso adelante dentro de la vida editorial de la franquicia y hasta cierto punto una pequeña revolución con respecto a su discurso e idiosincrasia como obra ficcional. Al igual que con Pacific Rim: Año Cero su publicación supuso un éxito notable de modo que con ella no terminarían las aventuras en papel de los miembros de la Pan-Pacific Defense Corps. Em el presente año 2018 y con motivo del estreno de la secuela cinematográfica Legendary Comics tiene intención de editar dos nuevas miniseries. La primera de ellas Pacific Rim: Aftermath, escrita por Cavan Scott y dibujada por Rich Elson, así como centrada en el personaje protagonista de John Boyega en el film, todavía está en proceso de publicación y tras ella llegará Pacific Rim: Amara contando con Cavan Scott, Zhang Ran y BigN como autores. Este próspero porvenir de Pacific Rim en el mundo del noveno arte se suma al del séptimo (puede que incluso a la televisión si sale adelante la largamente anunciada serie de animación) ya que la segunda parte en pantalla grande ha funcionado notablemente bien en taquilla, bastante más que su predecesora, de modo que para cerrar este especial dedicado a los “Titanes del Pacífico” era inevitable que dedicaramos una reseña con la que abordarla como obra cinematográfica comercial y secuela de una cinta de culto que ha dado forma a un terreno fértil que no ha hecho más que dar sus primeros cultivos.


Pacific Rim: Insurrección (2018)



Título Original Pacific Rim: Uprising (2018)
Dirección Steven S. DeKnight
Guión Steven S. DeKnight, Emily Carmichael, Kira Snyder, T.S. Nowlin basado en personajes de Travis Beacham
Reparto John Boyega, Scott Eastwood, Cailee Spaeny, Tian Jing, Adria Arjona, Levi Meaden, Charlie Day, Rinko Kikuchi, Burn Gorman, Ivanna Sakhno, Nick Tarabay, Dustin Clare, Karan Brar, Daniel Feuerriegel, Madeleine McGraw, Shyrley Rodriguez, Rahart Adams, Zhang Jin, Jaime Slater, Lily Ji, Luke Judy,Mackenyu





En el año 2016 saltaba la noticia. Después de haber luchado contra viento y marea para sacar adelante una secuela de Pacific Rim Guillermo del Toro confirmaba que él no sería el director de esta y que sólo ejercería labores de productor ejecutivo cediendo la silla de realizador a otro cineasta, algo que, no lo neguemos, menguó considerablemente nuestras ansias por ver esta segunda parte que volvería a enfrentar a jaegers y kaijus. En 2017 el autor de El Espinazo del Diablo afirmaría que los problemas con las fechas que le impedían rodar su largamente acariciada La Forma del Agua y la intervención de la compañía china Wanda Group que trastocó muchos de los planes con respecto a Pacific Rim: Insurección fueron los motivos que le incitaron a delegar responsabilidades de escritura y dirección en Steven S. DeKnight. Curtido en el mundo de la televisión con productos como Buffy Cazavampiros, Smallville, Spartacus o la primera temporada del Daredevil de Netflix DeKnight debutaría en el mundo del largometraje con su trabajo en la nueva entrega de la saga, con el handicap añadido de tener que ocupar el lugar de un autor tan carismático y metódico como el azteca. A su labor detrás de las cámaras se suman los guionistas Emily Carmichael, Kira Snyder y T.S. Nowlin escribiendo una historia inspirada en los personajes inventados por Travis Beacham, co creador de la saga del que no encontramos rastro en este nuevo episodio, y con un reparto en el que vemos nuevas incorporaciones como John Boyega, Scott Eastwood, Cailee Spaeny o Jing Tian y caras reconocibles del film anterior como Charlie Day, Burn Gorman o Rinko Kikuchi. El resultado es una correcta continuación que sigue el espíritu de su predecesora sin nada muy destacable, pero con todos sus apartado ejecutados con efectividad y bastante oficio.




Diez años después del fin de la guerra contra los kaijus Jake Pentecost (John Boyega) el hijo del fallecido Mariscal Stacker Pentecost (Idris Elba) sobrevive como buenamente puede robando y posteriormente vendiendo restos de los kaijus vencidos en combate. Después de encontrarse con una adolescente llamada Amara Namani (Cailee Spaeny) que se ha dedicado a recolectar piezas de jaegers para construir el suyo propio llamado Scrapper ambos personajes serán detenidos y reclutados por la PPDC (Pan-Pacific Defense Corps) para implicarse en el entrenamiento de nuevos pilotos de jaegers impulsado por la hermanastra de Jake, Mako Mori (Rinko Kikuchi). Una vez se se alistan en el nuevo proyecto Jake se reencontrará con su antiguo compañero, y ahora rival, Nate Lambert (Scott Eastwood) y Amara se unirá al grupo de aspirantes a pilotar jaegers. La intervención de la Shao Corporation presidida por Liwen Shao (Jing Tian) y su intención de crear un programa de drones que puedan sustituir a los antiguos robots controlados por humanos y la aparición de unos misteriosos y hostiles jaegers que llevan a cabo actos terroristas supondrán sólo el principio de lo que será una segunda guerra contra los kaiju que reaparecerán para poner en peligro nuevamente al planeta Tierra con planes directamente vinculados con la invasión inicial del año 2013 que nos fue narrada en la primera película de la franquicia.




Vaya por delante, para que nadie se sienta engañado, que todo aquel que no disfrutó con la primera Pacific Rim no tiene nada que hacer aquí, esta secuela contiene los mismos ingredientes que aquella potenciados notablemente para ser una réplica más grande y mastodóntica que aquella, de modo que los espectadores que salieron decepcionados con el film de 2013 volverán a experimentar la misma sensación con la cinta que nos ocupa. Una vez hecha la advertencia debemos afirmar por otra lado que dificilmente una cinta como Pacific Rim: Insurrección dejará insatisfechos a aquellos que gozaron con su hermana mayor, porque una de los mayores aciertos, aunque en cierta manera también es un fallo, de esta segunda parte es ser escrupulósamente fiel al microcosmos planteado en 2013 a manos de Guillermo del Toro y Travis Beacham cinco años antes. De hecho con respecto a esto repite la estructura argumental y conceptual de aquella por medio de una historia bastante sencilla, aunque en esta ocasión se incluyen un par de giro argumentales más o menos inesperados, protagonizada por personajes bastante arquetípicos, pero adecuadamente perfilados, que ofrecen las dosis necesarias de empatía para conectar con un espectador que después de todo está aquí por el espectáculo, que no es otro que las batallas descomunales entre robots con forma humanoide y criaturas interdimensionales de reminiscencias lovecraftianas.





En ese sentido podemos decir que un producto como Pacific Rim: Uprising cumple sobradamente su cometido. La cinta de Steven S. DeKnight abraza sin prejuicios ni miramientos la ley que casi siempre impera en las secuelas de las grandes superproducciones de Hollywood, aquella que apela por replicar los aciertos y errores del film previo a una escala mucho mayor, pero por surte el equipo que hay detrás del largometraje sabe mantener las formas y no dejarse llevar por los excesos estilísticos y argumentales. Todas las escenas de acción en esta nueva entrega son más brutales, los jaegers son más letales y poseen un armamento más variado, así como un diseño mucho más estilizado que da unas características más aerodinámicas que el utilizado por Del Toro en la anterior cinta, y los kaijus son de una envergadura desproporcionadamente más grande, sobre todo sin nos centramos en el último de ellos contra el que Gipsy Avenger, y el resto de mechas, se enfrentan en el clímax final. Los CGI son sobresalientes, las coregorafías de lucha y los efectos de las mismas en las ciudades transmiten la sensación de destrucción propia del género, dando muestras de que DeKnight ha hecho muy bien los deberes para adaptarse al material con el que le ha tocado trabajar, pero a pesar de la espectacularidad, la épica magníficada y el resultado dificilmente reprochable desde el apartado técnico la magia y la chispa propia de Del Toro se echa considerablemente en falta.




En lo referido al reparto, y al igual que sucedía en la anterior Pacific Rim, nos encontramos una galería de personajes bastante simples cuyo desarrollo es el justo para que a la hora de interactuar los unos con los otros nos interesemos lo suficiente por su integridad física y psicológica. John Boyega, que creía lo suficiente en el proyecto como para haberse implicado en él también como productor, realiza con su Jake Pentecost un personaje a años luz de su Finn de la nueva trilogía de Star Wars, con aire canalla, personalidad altanera y notable carisma verborréico. Le dan la réplica un Scott Eastwood que no está a la altura y que se muestra en pantalla demasiado blando (miedo produce que sea candidato para dar vida al nuevo Lobezno si lo va a interpretar con esta insustancialidad) y una dinámica y encantadora Cailee Spaeny que llena el encuadre con su presencia. Entre los secundarios tenemos a unos Charlie Day y Burn Gorman que copan más protagonismo, si cabe, que en la primera película, a Rinko Kikuchi con una presencia mucho más anécdótica que en la anterior entrega y a Tian Jing en la piel de un rol que buscando romper algunos estereotipos se entrega a cierta descaracetización que se antoja forzada desde el punto de vista de la escritura. Todo esto afirmando, una vez más, que dichos personajes humanos no dejan de ser el “precio a pagar” paras servir de conexión con los ya apuntados protagonistas de la película.




Aunque hay algunos apuntes novedosos como la privatización de los pilotos de jagers o pinceladas acerca del contexto social y político en el que se desarrolla la historia como secuela Pacific Rim: Insurreción no añade nada nuevo al microcosmos de la saga, pero le da continuidad de manera coherente y cohesionada. Aunque no es tan notable como la primera parte de Guillermo del Toro en cierta manera transmite las mismas sensaciones que aquella, las de un blockbuster hecho con oficio, una ejecución técnica irreprochable y una inclinación por el entretenimiento ligero, pero “bigger than life”, para llamar la atención de distinto tipo de espectadores. La fórmula esta vez ha dado mejor resultado que su predecesora desde un punto de vista recaudatorio ya que la taquilla ha jugado a favor de la propuesta y no pone en entredicho el porvenir de la franquicia como si lo hizo el largometraje de 2013 que no cumplió todas las expectativas monetarias depositadas en él. De modo que todo apunto a que tendremos Pacific Rim para rato y como en este especial hemos demostrado su sombra se extiende más allá del medio cinematográfico gracias a unos inteligentes productores que son conscientes de las posibilidades de otros como el del cómic que desde hace años vive en inquebrantable comunión con el séptimo arte, con todo lo bueno y malo que ello conlleva.