sábado, 31 de diciembre de 2016

Eclipse Total, todo sobre mi madre



Título Original Dolores Claiborne (1995)
Director Taylor Hackford
Guión Tony Gilroy, basado en la novela de Stephen King
Reparto Kathy Bates, Jennifer Jason Leigh, David Strathairn, Judy Parfitt, John C. Reilly, Eric Bogosian, Christopher Plummer, Ellen Muth, Bob Gunton, Wayne Robson







Aunque la mayor parte de su obra literaria está adscrita al género de terror es por muchos sabido que el escritor norteamericano Stephen King también ha jugueteado con otros como la ciencia ficción (La Larga Marcha, El Fugitivo) la fantasía épica (Los Ojos del Dragón) o el drama. Dentro de esta última vertiente encontramos obras salidas de su mano como El Pasillo de la Muerte, El Cuerpo o Rita Hayworth y la Redención de Shawsank que fueron trasladadas a la pantalla grande con gran éxito en largometrajes como La Milla Verde, Cuenta Conmigo o Cadena Perpetua. respectivamente. Lo que no muchos saben es que una modesta novela llamada Dolores Claiborne no sólo es uno de los mejores libros del autor de Maine, sino que también dio lugar a una de las mejores traslaciones cinematográficas de una de sus obras al celuloide y que por desgracia no recibió toda la atención que mereció en la época de su estreno.




La mayor peculiaridad narrativa de Dolores Claiborne es que se trata de un monólogo espetado por su protagonista sin que nadie interactúe con ella o dé réplica a sus diálogos. Con la excusa de que la protagonista está siendo interrogada por la policía local por un el asesinato de Vera Donovan, la mujer para la que llevaba años trabajando como sirvienta King ejecuta este alarde de técnica, ritmo y desarrollo de personajes con el que homenajea a su madre y a todas aquellas mujeres que entregaron su vida para sacar adelante a sus familias ganando dinero "limpiando la mierda de otros" como bien reza Dolores en algún momento del libro. El material era de tanta calidad que poco más de dos años después de su edición las carteleras de todo el mundo fueron testigo del estreno de la adaptación cinematográfica de la obra literaria con Taylor Hackford a los mandos de la dirección, el guionista Tony Gilroy en la escritura y Kathy Bates y Jeniifer Jason Leigh comandando un reparto de muy alto nivel.




Dentro de este equipo de profesionales de sobrado talento el que tuvo un trabajo más complejo fue Tony Gilroy, guionista y director al que conocemos por la saga Bourne o excelentes trabajos como Michael Clayton. Su labor de escritura no era nada sencilla si tenemos en cuenta la dificultad que supone trasladar a imágenes un relato en el que sólo escuchamos a su protagonista y del que únicamente se pueden aprovechar algunos de los pasajes del interrogatorio al que la someten para sacar material adaptable al celuloide. De modo que Gilroy tomó una sabia decisión para no estar tan encorsetado en cuanto al desarrollo de la historia en el presente, localizar la trama justo después de ese monólogo con la llegada de la hija de Dolores, Selena (que en el libro nunca hace acto de presencia más allá de las historias que su madre cuenta sobre ella durante su niñez) y localizar la narración en la relación que las tiene a ambas como núcleo central.




Dolores Claiborne (o Eclipse Total como se tituló en España) es un excelente drama, perfectamente estructurado en el apartado narrativo, dirigido con tanto aplomo como profesionalidad y encumbrado por un reparto en estado de gracia en el que sus dos actrices principales, y sobre todo la protagonista, sustentan sobre sus hombros la mayor parte del peso del largometraje. Taylor Hackford y sus colaboradores no sólo saben construir una pieza cinematográfica del todo consistente y de una solidez intachable, sino que también consiguen capturar la atmósfera, el contexto espaciotemporal y la esencia de una novela que como previamente hemos mencionado era dificilmente adaptable al celuloide. Esos tonos azulados de la fotografía en el presente, los más cálidos en los flashbacks consiguen transportarnos a ese estado de Maine en el que Stephen King nació y convirtió por medio de su literatura en uno de los más peligrosos de Estados Unidos.




Taylor Hackford nunca me ha convencido demasiado como director con obras como la sobrevalorada Oficial y Caballero o la inane Prueba de Vida, pero sí ha firmado alguna macarrada salida de tono como Pactar con el Diablo (The Devil's Advocate) que se ganó mis simpatías realiza en Dolores Claiborne el mejor trabajo de su carrera. El norteamericano ofrece todo su oficio para dar un potente empaque visual y estético al guión de Tony Gilroy sin entregarse a estridencias innecesarias, siempre con una puesta en escena medida y elegante que en ocasiones nos recuerda a la gélida contención de Atom Egoyan (no es difícil recordar pìezas como la descorazonador El Dulce Porvenir) y con la que crea un terreno fertil para que el casting, el verdadero punto fuerte de la película, campe a sus anchas para ir dando forma a este drama de tintes trágicos con reminiscencias de thriller de suspense heredero de la tradición más puramente hitchcockiana.




El reparto de Dolores Claiborne me confirmó en mi adolescencia algunas teorías que se cumplirían años después. Que no hay un actor en Hollywood que interprete mejor a borrachos que David Strathairn, algo que hace aquí y repitió en My Blueberry Nights años después con una convicción que nos hace pensar si hay algo de autobiográfico en su deplorable y cobarde Joe St. George, que un por aquel entonces poco conocido John C. Reilly en la piel de Frank Stamshaw prometía mucho como intérprete de sólidos secundarios, que veteranos como Christopher Plummer y Judy Parfitt, enormes dando voz y físico al ferreo detective John Mackey y a la malograda Vera Donovan respectivamente, tenían muchas más tablas que otros profesionales de dilatada carrera o que Jennifer Jason Leigh no ha recibido toda la atención que merecía como la excelente artista que es viéndose capaz de marcarse un enorme tour de force con el personaje protagonista de una Kathy Bates que da vida con una pericia dificilmente evaluable a una Dolores Claiborne que a día de hoy nadie imaginaría ya sin su rostro.




El caso de la ganadora del Oscar por Misery (otra magnífica adaptación de una novela de Stephen King) es para analizarlo concienzúdamente. Kathy Bates es una actriz que podría fácilmente batirse el cobre con cualquier Meryl Streep o Susan Sarandon del oficio, pero su apariencia no entra dentro de los peculiares cánones de belleza de Hollywood y ello la ha obligado siempre a interpretar papeles muy marcados por su físico. En Dolores Claiborne ejecuta el papel que marca toda una carrera, llenando de vida al personaje homónimo al que por medio de un acento elaboradísimo, un control metódico del lenguaje gestual y una contención  para estudiar en las escuelas de arte dramático devora cada encuadre, cada plano, cada toma en la que la cámara repara en su presencia. Aunque todos los actores que le dan la réplica a lo largo del metraje hacen un trabajo de nota es la actriz de A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) la que eclipsa (nunca mejor dicho) la pantalla, pero con la suficiente modestia para que salten chispas cuando tiene que interactuar con David Strathairn, Christopher Plummer o Jennifer Jason Leigh.




Dentro de los agradecidos 131 minutos de metraje de Dolores Claiborne Taylor Hackford con la inestimable ayuda de la soberbia dirección de fotografía de Gabriel Beristain y sus actores consigue ejecutar algunos pasajes que se quedan grabados en la retina. Desde planos elaborados en lo estético como los cristales de esa ventana destrozados por la protagonista que le devuelven un reflejo deformado de su rostro pasando por las enormemente trabajadas secuencias en cuanto al control del timing, el suspense y la fluidez narrativa como todo lo acontecido durante el eclipse total de sol entre Dolores y Joe o en los que el peso recae sobre el casting como la agresión del personaje de Kathy Bates al de David Strahairn después del golpe con el tronco, cuando esta rompe a llorar en presencia de Vera Donovan y más tarde esta última incita a su empleada a eliminar a su cónyuge o los flashbacks en los que se desentrañan los recovecos más oscuros de la familia Saint George, tomando como colofón las dos escenas en el ferry en las que una soberbia y adolescente Ellen Muth (Tan Muertos Como Yo) en el rol de la Selena adolescente comparte réplicas con los actores que dan vida a sus padres.




Injustamente olvidada dentro de las traslaciones cinematográficas de novelas salidas de la mano de Stephen King desde este blog y con la última entrada del año quiero reivindicar este magnífico trabajo con el que me vincula un especial cariño (es una de las películas favoritas de mi señora madre) y que, como previamente he apuntado, mereció más crédito del que fue receptor allá por el año 1995 de su estreno, Con una dirección a la altura, un guión que haciendo complejos malabarismos para adaptar lo inadaptable es fiel a la letra escrita por el autor de Maine y un excelente reparto encabezado por una actriz de raza que demuestra ser una fuerza de la naturaleza Dolores Claiborne hizo méritos para ser reivindicada como la soberbia pieza cinematográfica que es y que dejó una importante huella en mi adolescencia haciéndome consciente desde bien pronto de cuánto debemos a esas generaciones que sin necesidad de una preparación cultural o unos conocimientos que fueran más allá del duro trabajo se convirtieron en la sal de la tierra.



lunes, 26 de diciembre de 2016

Rogue One: Una Historia de Star Wars



Título Original Rogue One: A Star Wars Story (2016)
Director Garteh Edwards
Guión Chris Weitz, Tony Gilroy, Gary Whitta, John Knoll, basado en personajes de George Lucas
Reparto Felicity Jones, Diego Luna, Ben Mendelsohn, Donnie Yen, Jiang Wen, Mads Mikkelsen, Forest Whitaker, Alan Tudyk, Riz Ahmed, Jonathan Aris, Jimmy Smits, Alistair Petrie, Genevieve O'Reilly, Valene Kane, Warwick Davis






Como comentábamos en la entrada inmediátamente anterior a esta dedicada a Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza, desde que saltó en julio de 2012 la noticia de la compra de Lucasfilm por parte de Disney los mandamases de la productora creada en el año 1923, encabezados en la actualidad por su presidente Robert Iger, afirmaron que no sólo continuarían la saga original iniciada por George Lucas en 1977, sino que también se dedicarían a realizar algunos largometrajes a modo de spin off para extender el universo galáctico más famoso de la historia del cine. El primero de ellos es esta Rogue One: Una Historia de Star Wars que supone la segunda incursión cinematográfica de Disney en dicho microcosmos ficcional tras el exitoso Episodio VII ya mencionado, abordando en esta ocasión una nueva aventura protagonizada por personajes (en su mayoría) ajenos a los siete largometrajes originales de la franquicia y que con la cinta que nos ocupa se hacen un hueco en el imaginario adscrito a la misma.




Para llevar a buen puerto esta empresa la maquinaria de Disney se puso de nuevo en marcha para reclutar a los mejores profesionales del medio que se ocuparan de sacar adelante este primer spin off en pantalla grande. Para la dirección contaron con el británico Gareth Edwards que sorprendió con la indpendiente Monsters y deslumbró con su labor en el apartado técnico de la última superproducción americana con Godzilla como protagonista. Para el guión se contrató a dos expertos como Tony Gilroy (Michael Clayton) y Chris Weitz (La Brújula Dorada) basándose en una historia escrita por John Knoll y Gary Whitta y en el reparto encontramos a jóvenes talentos como Felicity Jones (Un Monstruo Viene a Verme), Diego Luna (Y Tu Mamá También) o Riz Ahmed (Nightcrawler) compartiendo plano con veteranos como Madds Mikelsen (Valhalla Rising) Ben Mendelsohn (El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace) Forest Whitaker (El Último Rey de Escocia) o Alan Tudyk (Firefly) que ofrece su cuerpo para dar voz y movilidad digital al entrañable droide K-2SO.




Aunque como historia está desvinculada del núcleo central de la trilogía original de La Guerra de las Galaxias los hechos que en Rogue One: Una Historia de Star Wars acontecen tienen lugar entre Star Wars Episodio III: La Venganza de los Sith y Star Wars Episodio IV: Una Nueva Esperanza, conectando directamente con el inicio de esta última. La historia se centra en un grupo de rebeldes comandado por Jyn Erso (Felicity Jones) y Cassian Andor (Diego Luna) que tratarán de encontrar los planos de la Estrella de la Muerte, la letal estación espacial creada por el Imperio para la destrucción de planetas a lo largo y ancho de la galaxia. En el proceso deberán luchar contra las tropas imperiales comandadas por Orson Krennic (Ben Mendelsohn), un viejo conocido de la familia Erso que a su vez está bajo las órdenes de un Lord Sith llamado Darth Vader que se encuentra bajo la tutela de su maestro, el Emperador Palpatine, y que se convertirá en la mayor amenaza a la que deberán enfrentarse los rebeldes.




Si hace unos días afirmábamos que el mayor logro de Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza era contar una historia localizada en el futuro de la franquicia creada por George Lucas pero respetando la esencia de la misma en fondo y forma lo de Rogue One: Una Historia de Star Wars es ir un paso más allá en todos los sentidos. El largometraje de Garteh Edwards tiene la misión de ser una pieza dentro del conglomerado galáctico más famoso de la historia del cine que pueda adherirse con facilidad a lo que vino a ser la primera trilogía de la saga en tono, estética o resoluciones argumentales, y a fe mía que sus responsables lo han conseguido. La última cinta de la factoría Lucasfilm no sólo es, al igual que su predecesora del año 2015, una película de aventuras casi intachable, también se revela como una de las mejores piezas dentro de este microcosmos nacido en 1977 y que gracias a sus dos últimas entregas en pantalla grande está dando muestras de estar en plena forma.




Rogue One: Una Historia de Star Wars consigue en casi todo momento tomar el rol de un peculiar facsimil cinematográfico. Por medio de una puesta en escena medida y nada hiperbólica entregada a un tono clasicista y atemporal el trabajo de Gareth Edwards y sus colaboradores podría pasar en no pocos momentos como otra cinta de Star Wars rodada a finales de los 70 o principios de los 80. Al contrario que  el George Lucas de la segunda trilogía que hizo desplegar en dichos films una tecnología desproporcionada y mastodóntica que cronológica y logísticamente no se correspondía con unos hechos que tenían lugar muchos años antes que la primera trilogía, la original, en esta ocasión los responsables de la obra se han entregado a la mesura narrativa, la construcción argumental coherente, los efectos especiales espectaculares pero nunca sobrecargados y al diseño de producción sensato con tal de que el espectador sintiera después de muchos años que se encontraba con unos personajes y unas hazañas que fácilmente podían haber tenido lugar en los Episodios IV, V, y VI.




Narrativa y estéticamente Rogue One es una entrega más de Star Wars, pero estructural y genéricamente es una película bélica en el sentido más clásico de la palabra, con reminiscencias a largometrajes como El Día Más Largo o Salvar al Soldado Ryan incluidas. Este contexto en el que priman las localizaciones epatantes, la maquinaria militar de distinta índole preparada para entrar en batalla y las secuencias de combate por tierra, mar y aire ejecutadas con la pericia técnica habitual propia de un Gareth Edwards que lo da todo como artesano al servicio de una superproducción de esta naturaleza permite no sólo convertir el largometraje en una pieza ejemplar de cine bélico, sino también que se recupere una de las tradiciones más clásicas de la franquicia, la del protagonismo coral, consolidado este por un grupo de personajes que si bien no eluden en ningún momento su naturaleza prototípica dentro de este género de celuloide tampoco caen nunca en el maniqueismo o la parodia mal entendida.




En lo referente a los personajes y el reparto encontramos el primero de los dos únicos fallos que podemos achacar a Rogue One: Una Historia de Star Wars. Aunque todos los personajes tienen entidad, son cercanos al espectador y están bien representados por actores como la pareja de cabezas visibles interpretados por Felicity Jones y Diego Luna se echa de menos en este grupo de rebeldes a un verdadero líder que destile carisma y fuerza al estilo, no ya del Han Solo de Harrison Ford, sino al del Poe Dameron de Oscar Isaac o la Rey de Daisy Ridley. Algo que sucede también en el lado contrario con un Ben Mendelsohn magnífico en la piel de Orson Krennic como villano de la velada, pero que al igual que el resto del casting se ve ensombrecido por los poco menos de diez minutos que tiene en pantalla un Darth Vader que eclipsa a todo ser viviente que comparte plano con él tanto en su primera aparición como en el clímax final cuando hace acto de presencia, dejando inevitablemente con ganas de más al espectador.




El otro fallo de Rogue One: Una Historia de Star Wars es que si bien Gareth Edwards y sus colaboradores saben administrar adecuadamente el copioso fanservice a lo largo del metraje para que el seguidor habitual de la creación de George Lucas experimente los solicitados momentos de nostalgia y complicidad también cabe mencionar que el largometraje carece de escenas que verdaderamente lleguen a emocionar o tocar la fibra sensible al fan clásico. Evidentemente en la cinta hay pasajes que hacen vibrar a la platea con referencias a la trilogía clásica o la presencia de personajes como Darth Vader o ese Morff Tarkin de Peter Cushing desafiando la realidad que se agradecen sobremanera, pero todo el material está abordado desde una gelidez y un distanciamiento innecesarios si tenemos en cuenta la naturaleza trágica del relato narrado y ese clímax final que debería encogernos el corazón cuando sólo nos transmite una modesta sensación agridulce 




Más compacta y efectiva en el plano cimatográfico que Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza, pero menos emotiva y cercana que aquella Rogue One: Una Historia de Star Wars es la confirmación de que la compra de Lucasfilm por parte de Disney fue todo un acierto. El último trabajo detrás de las cámaras de Gareth Edwards contiene toda la épica, la acción, el humor, la aventura y la eterna lucha entre luz y oscuridad que se espera de un film de la franquicia y no sólo eso, ya que con la historia que narra consigue poner cara a aquellos rebeldes que lucharon por acabar con el Imperio y dar mayor entidad e importancia a lo que aconteció en Star Wars Episodio IV: Una Nueva Esperanza, aquella mítica obra cinematográfica que iba mereciendo desde hace décadas herederas como la que nos ocupa o su hermana inmediatamente anterior. Nuestra próxima cita en pantalla grande será en el 2017 con el Episodio VIII y una, esperemos, totalmente recuperada Carrie Fisher. Que la Fuerza os acompañe.



martes, 20 de diciembre de 2016

Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza



Título Original Star Wars; The Force Awakens (2015)
Director J.J, Abrams
Guión Lawrence Kasdan, Michael Arndt y J,J. Abrams basado en personajes de George Lucas
Actores Daisy Ridley, John Boyega, Harrison Ford, Adam Driver, Oscar Isaac, Carrie Fisher, Peter Mayhew, Domhnall Gleeson, Max von Sydow, Gwendoline Christie, Lupita Nyong'o, Andy Serkis, Anthony Daniels, Mark Hamill, Greg Grunberg, Kenny Baker, Simon Pegg, Katie Jarvis, Christina Chong, Miltos Yerolemou, Thomas Brodie-Sangster, Ken Leung, Harriet Walter, Iko Uwais, Yayan Ruhian, Warwick Davis, Jessica Henwick, Daniel Craig, Billie Lourd, Judah Friedlander, Kevin Smith





El 31 de Octubre de 2012 saltaba la noticia. En su afán por extender su imperio de entretenimiento la compañía Disney compraba por una cifra millonaria Lucasfilm a su propietario, el productor, guionista y cineasta George Lucas. De esta manera la empresa del ratón Mickey y el Pato Donald (que años antes se había hecho también con los derechos de todo material salido de la editorial Marvel o la productora Pixar) se adueñó de, no sólo la saga Star Wars, sino también la de Indiana Jones o cualquier otra obra cinematográfica salida de la productora del autor de American Graffiti o THX 1138. Desde el mismo momento de la salida de la noticia, Robert Iger, presidente de Disney, anunció que dentro de la saga galáctica protagonizada por los caballeros jedi y sus enemigos los Sith se llevaría a cabo una nueva trilogía y otros films a modo de spin off situados en ese microcosmos cinematográfico nacido en 1977 y que más tarde se extendió a otros medios como la televisión, la literatura o los cómics convirtiéndose en un hito cinematográfico y cultural.




Lo cierto es que la noticia de la compra de la franquicia Star Wars por parte de Disney despertó una considerable división de opiniones. Por un lado alzaban la voz aquellos que afirmaban que era impensable una nueva saga de La Guerra de las Galaxias sin el respaldo de su creador, George Lucas, afirmación a la que se sumaba el recelo de no pocos fans que veían con malos ojos que la productora de El Rey León o La Bella y la Bestia estuviera detrás de las nuevas entregas que llegarían a la pantalla grande. Por el otro encontrábamos una amplia facción que sentenciaba tanto que el hecho de que Lucas abandonara su propia creación era lo mejor que podía pasarle a esta tras la decepcionante trilogía formada por los Episodios I, II y III como que el exito a nivel mundial de las producciones de Marvel Studios era síntoma claro de que la compañía de Robert Iger no tenía por qué infantilizar o descaracterizar una obra tan arraigada en la cultura popular a nivel mundial.




Tras una ardua producción para buscar a los profesionales más adecuados para relanzar una saga que tras la ya mencionada trilogía precuela formada por La Amenaza Fantasma, El Ataque de los Clones y La Venganza de los Sith había caído en un pozo de mediocridad y vacua grandilocuencia digital que poco tenía que ver con el inabarcable sense of wonder de la trilogía original el 15 de Diciembre de 2015 se estrenó Star Wars Epsidio VII: El Despertar de la Fuerza, largometraje dirigido por un J,J. Abrams que venía de rebootear con éxito la saga galáctica de "la competencia" con sus dos films sobre Star Trek, un guión escrito a seis manos por un viejo conocido de la franquicia como Lawrence Kasdan (El Imperio Contraataca, El Retorno del Jedi) y el talentoso Michael Ardnt (Pequeña Miss Sunshine, Toy Story 3) acompañados ambos por el mismo director y un enorme reparto formado por nuevos talentos como Daisy Ridley, John Boyega, Oscar Isaac o Adam Driver respaldados por veteranos duchos en la galaxia como Harrison Ford, Carrie Fisher, Anthony Daniels, Peter Mayhew o Mark Hammill.




El resultado es por todos conocido, Star Wars: The Force Awakens fue un enorme triunfo internacional que inyectó vida a la saga una vez esta se había independizado del manto de protección de su creador. La enorme taquilla a nivel mundial y los parabianes de una prensa especializada que en líneas generales se deshizo en elogios con la cinta sirvieron para confirmar que Disney, Lucasfilm y J.J, Abrams habían hecho perfectamente su trabajo. La clave del éxito de este Episodio VII se reveló cristalina cuando los espectadores, y sobre todo los fans de la saga original, se dieron cuenta de que esta última entrega había tomado la decisión que George Lucas desechó cuando realizó su segunda triliogía, ofrecer "más de lo mismo" en vez de tratar de hiperbolizar y fagocitar su propio microcosmos en un pueril intento de convertirlo en una enormidad sobreproducida, pobremente escrita y mediocremente rodada como sucedió con los Epsiodios I, II y III. Star Wars volvía en plena forma, con sus virtudes y defectos, pero lo hacía para quedarse y de ello vamos a hablar en esta entrada.




La historia de Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza tiene lugar treinta años después de los hechos acaecidos en El Retorno del Jedi y tiene como protagonistas a Poe Dameron (Oscar Isaac) un piloto de la Alianza Rebelde que posee un robot BB8 que contiene información de vital importancia para dar con el paradero del desaparecido Luke Skywalker (Mark Hammill), Finn (John Boyega), un storm trooper desertor que decide ayudar a Poe a escapar de las garras de Kylo Ren (Adam Driver), siervo de la hermandad la Primera Orden regida por el misterioso Snoke (Andy Serkis) y Rey (Daisy Ridley), una chatarrera de talento desperdiciado originaria del planeta Jakku que decide unirse a la causa de Finn para derrocar al renovado Imperio. A este trío de nuevos héroes se unirán los míticos Han Solo (Harrison Ford) y Chewbacca (Peter Mayhew) y la antigua princesa Leia (Carrie Fisher), ahora general de la Rebelión, para intentar desbaratar los planes de la Primera Orden destruyendo su letal base de operaciones, la Starkiller.




Paradójicamente la mayor virtud de Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza es también su más destacada flaqueza. La última entrega de la saga original creada por George Lucas es prácticamente un remake encubierto de la primera película de la misma, o lo que es lo mismo, el Episodio IV. Lo es no sólo por el reparto de roles, la presencia del Imperio controlado en la sombra por una siniestra organización (allí los Sith, aquí la Primera Orden) y la Alianza Rebelde haciéndole frente con sus mejores guerreros, lo es también por la estructuración del guión que sigue prácticamente todos los pasos de la cinta primigenia ya referenciada. En este sentido el film peca de conservador, no sólo por su carencia de originalidad, sino también por seguir de manera mimetica todos los preceptos impuestos por George Lucas en la Star Wars de 1977 y por efecto dominó de El Imperio Contraataca y El Retorno del Jedi, algo por otro lado nada reprobable si tenemos en cuenta que con esta primera toma de contacto Disney quería no sólo atraer al espectador casual, sino también recuperar la maltrecha fe del fan clásico de la franquicia.




Más allá de esa casi total ausencia de afán de inventiva y originalidad poco más se le puede achacar a una producción como la que nos ocupa. Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza es lo que una entrega de la saga galáctica de creada por George Lucas debe ser, una cinta de aventuras de primer nivel repleta de localizaciones espectaculares, escenas de acción vibrantes, batallas espaciales imponentes y personajes carismáticos con los que todo tipo de espectador pueda sentirse identificado. J.J. Abrams y sus colaboradores tratan en la material con cuidadoso mimo, llenando el metraje de referencias a la trilogía original por medio de resoluciones visuales, localizaciones, notas musicales o personajes que nos retraotraen a la esencia de lo que en su momento fue un icono de la cultura popular como Star Wars. A que esta empresa llegue a buen puerto ayuda soberanamente el regreso a las labores de guión de Lawrence Kasdan, posiblemente el hombre que mejor conoce el microcosmos creado por George Lucas justo después de este último. El director de la deliciosa Mumford o la deficiente El Cazador de Sueños, con la ayuda de Michael Arndt y el mismo Abrams, consigue mantener el equilibrio entre epatante aventura para todos los públicos y dosis de fanservice bien dosificado por los fans de largo recorrido.




El creador de Alias o Fringe viste para esta ocasión el traje de artesano oficioso con considerables aptitudes para relanzar franquicias cinematográficas y se deja imbuir por el sabor añejo de la trilogía de los 70 y 80. El director de Super 8 recupera los efectos especiales artesanales, el delicioso uso recurrente de muppets y criaturas animatrónicas que transmiten ese realismo y cercanía que el frío pixel de los tres primeros episodios no llegaba ni a vislumbrar, administra adecuadamente unos excelentes efectos CGI que en todo momento están al servicio de la historia, abandona algunos de sus vicios estilísticos como los famosos lens flares o la sobreutilización de la cámara al hombro y se entrega a una puesta en escena más impersonal y academicista, pero no ausente de potencia, elegancia y dinamismo, enfatizando un tono más clásico y ligero que nos recuerda, una vez más, a la primera Star Wars de 1977. En este sentido el film tiene la batalla ganada y, como previamente hemos apuntado, encuentra la fórmula mágica que los Episodios I, II y III de Lucas eludieron o no supieron aprovechar.




El buen hacer de Disney para atraer nuevas generaciones de fans conservando por el camino a los clásicos también se deja ver en el reparto de viejas caras de la casa interactuando con nuevos talentos. Poco podemos añadir a estas alturas sobre Oscar Isaac, el británico ha demostrado sus sobradas dotes como enrome actor en productos como Ex_Machina, Ágora o A Propósito de Llewyn Davis, de modo que a nadie debe sorprender el carisma de su Poe Dameron que se revela como el digno heredero del Han Solo de Harrison Ford. En cambio si es agradable descubrir a un actor de talento y simpatía desbordante como John Boyega, que después de recibir con los primeros trailers del film duras críticas por su raza (¿ninguno de esos intolerantes recuerda a Billy Dee Williams y su enorme Lando Calrissian?) demostró estar a la altura para darle la réplica a una deliciosa, carismática y muy guerrera Daisy Ridley que consigue enfundarse el rol principal de la última entrega de una saga que pedía a gritos una protagonista femenina y que debe verse las caras con un torturado, sádico y acomplejado (la sombra de Darth Vader es alargada) Kylo Ren al que un magnífico Adam Driver ofrece su peculiar rostro, voz y fisionomía.




Por suerte si en un caso extremo el reparto de nuevas incorporaciones a la franquicia hubiese fallado la presencia de los "clásicos" de Star Wars que, por razones lógicas de cronología, no pudimos volver a ver en la segunda trilogía aquí hacen acto de presencia. Seamos sinceros, del mismo modo que la intervención de Han Solo y Chewbacca es clave para el devenir de la historia en la que están implicados el trío de actores jóvenes, la aparición de Carrie Fisher como Leia o Anthony Daniels como C3P0 es tan agradecida como prescindible en el relato, pero como es lógico el factor nostalgia en ocasiones tiene un poder inabarcable y volver a ver a estos amigos treinta años después de su despedida en El Retorno del Jedi es todo un lujo. Evidentemente la veteranía y profesionalidad de los actores ya mencionados son un seguro de vida a la hora de que su labor con respecto al casting sea de nivel y no todo quede en concesiones de cara a la galería con las que contentar al fandom permitiendo a todos y cada uno de los roles tener su momento de gloria en pantalla y dejándonos un sabor de boca tan agridulce (esa única defunción es muy dolorosa) como bien recibido.




Aunque evidentemente no fue plato del gusto de todos los espectadores o fans de la saga y que adolece de algunos fallos como su poca valentía a la hora de expandir el universo cinematográfico creado por George Lucas o que algunas ideas narrativas no estaban debidamente abordadas (el desenmascaramiento de Kylo Ren debería haber tenido lugar en la intensa escena en la que se enfrenta a su padre  y lo desdibujada que está la presencia de algunos secundarios) Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza es una producción digna de la trilogía inicial y muy superior a las tres precuelas que vinieron después. Personajes inolvidables de ayer y hoy, bots que se ganan el corazón del respetable desde su primera aparición (el entrañable BB8 hace que no echemos demasiado de menos al R2-D2 del fallecido Kenny Baker) villanos genocidas pero con algo de humanidad y debilidades en su interior y todo el espectáculo de una space opera hecha con cariño y respeto es lo que tenemos en el film de J.J. Abrams y también es lo que espero encontrar en esa Rogue One: Una Historia de Star Wars que, si nada cambia, veré este próximo miércoles y reseñaré a no mucho tardar para continuar hablando de esta historia que comenzó en una galaxia muy, muy lejana y cambió para siempre el concepto de cine de entretenimiento.


jueves, 15 de diciembre de 2016

Snowden, juego de patriotas



Título Original Snowden (2016)
Director Oliver Stone
Guión Kieran Fitzgerald y Oliver Stone, basado en los libros de Anatoly Kucherena y Luke Harding
Reparto Joseph Gordon-Levitt, Shailene Woodley, Melissa Leo, Zachary Quinto, Tom Wilkinson, Rhys Ifans, Nicolas Cage, Logan Marshall-Green, Timothy Olyphant, Scott Eastwood, Joely Richardson, Jaymes Butler, Ben Schnetzer, Ben Chaplin, Edward Snowden





En junio del año 2013 los periódicos The Guardian y The Washington Post hicieron públicos documentos clasificados como alto secreto relacionados con la NSA (National Security Agency), una agencia de inteligencia perteneciente al gobierno de Estados Unidos cuya misión es controlar los flujos de información con el fin de proteger la seguridad nacional del país de las barras y estrellas. La persona que filtró dichos datos con los que salieron a la luz los programas de vigilancia secreta a nivel global con los que las altas instancias del la "democracia más grande del mundo" vigilaba todos los aparatos electrónicos de la población a nivel mundial fue Edward Snowden, consultor tecnológico y antiguo empleado de la CIA (Agencia Central de Inteligencia) que puso en peligro su carrera profesional e integridad física para dar a conocer las malas artes llevadas a cabo por las altas esferas de su país más propias de un régimen dictatorial que de una nación que se dice democrática. 




Todos estos hechos fueron capturados por la cámara de la cineasta Laura Poitras en el soberbio, pero de ritmo algo irregular, documental Citizenfour, ganador del Óscar en su categoría en el año 2014, que narraba todo el proceso previamente descrito que se inicio cuando Edward Snowden tomó contacto por primera vez con la autora de My Country, My Country y The Oath y con los periodistas Glenn Greenwald y Ewen MacAskill. Tras dichos acontecimientos Snowden dividió a la población de Estados Unidos siendo considerado un héroe para unos y un traidor para otros, de modo que a pocos extrañó que el director y guionista Oliver Stone se interesara por la figura de este brillante informático e informante. Con varios problemas para sacar adelante el proyecto, teniendo que recurrir en parte a capital francés, debido a la negativa de varias productoras a invertir dinero en un proyecto incómodo de cara a la opinión pública Snowden llegó el pasado mes de Octubre a las carteleras de todo el mundo, incluida la española por la que ha pasado bastante desapercibida.




Basada en los libros The Snowden Files de Luke Harding y Time of the Octopus de Anatoly Kucherena gracias al guión escrito a cuatro manos por Kieran Fitzgerald (Deuda de Honor) y el mismo Oliver Stone, así como poseedora de un reparto soberbio con algunos de los mejores actores internacionales del momento como Melissa Leo (Red State) Tom Wilkinson (Batman Begins) Zachary Quinto (Star Trek; Más Allá)  Shailene Woodley (Divergente) Rhys Ifans (The Amazing Spiderman) o Nicolas Cage (World Trade Center) y un Joseph Gordon Levitt (El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace) metido en la piel de Edward Snowden la última producción del director de Un Domingo Cualquiera o Asesinos Natos nos recupera a un Stone que, si bien no está a la altura de sus grandes obras, sí encarrila una carrera que en los últimos años andaba bastante perdida a la hora de ejecutar producciones de ficción que nos recordaran al gran narrador de historias que un día fue.




A pesar de adscribirse a la ortodoxia al thriller de espionaje al más puro estilo Jason Bourne (aunque prescindiendo evidentemente de la acción física) y al político con referencias a cineastas expertos en dicho subgénero como Alan J. Pakula o John Frankenheimer Snowden es tanto en intenciones ideológicas como en estructura un claro remake de Nacido el 4 de Julio, una de las mejores obras del mismo Oliver Stone. Ambos trabajos inspirados en personajes reales comienzan con un joven americano de pensamiento conservador creyente ciego en la infalibilidad de los gobernantes de su nación que tras tomar conciencia de su propia realidad descubriendo la inmundicia en la trastienda de Estados Unidos, y siempre con el apoyo de una mujer a la que ama aún pensando de manera totalmente opuesta a él, acaba conviertiéndose en otro tipo de patriota, el que es capaz de poner en entredicho a su gobierno para luchar por los derechos de sus conciudadanos.




Con este contexto bien construido Oliver Stone consigue inyectar todas sus inquietudes cinematográficas e ideológicas a la historia de un personaje como el de Edward Snowden, narrando su vida desde que se alistó en el ejército de los Estados Unidos hasta que destapó los ilegales programas de vigilancia de la NSA. El film toma como arranque el primer encuentro entre Snowden, la cineasta Laura Poitras y los periodistas Glenn Greenwald  y Ewen MacAskill, de este modo el director y su co guionista exponen por medio de flashbacks todo aquello que el documental Citizenfour obviaba, por motivos lógicos, los hechos protagonizados previamente por el célebre analista informático como su adiestramiento en la CIA a manos de sus superiores Corbin O'Brian y Hank Forrester, su relación con Lindsay Mills y cómo su vida profesional repercute negativamente en la personal cuando decide sacar a la luz la información sobre la vigilancia secreta a nivel global de su país, manteniendo a su compañera sentimental al margen de toda la trama conspiranóica para preservar su seguridad.




Con respecto a esto último debemos destacar de Snowden su única mácula, que por desgracia acompaña a casi todos los últimos proyectos de Stone. Al igual que en Wall Street: El Dinero Nunca Duerme, Salvajes y sobre todo World Trade Center en el más reciente proyecto del director norteamericano no funciona tan bien la subtrama amorosa o sentimental de los personajes como la central que basculaba el grueso del relato. De este modo todo el núcleo argumental sobre la CIA, las vigilancias de la NSA, el espionaje, las conspiraciones y la "sombra del imperio" que sobrevuela al protagonista es mucho más interesante que la narración secundaria entre Edward y Lindsay por mucho que esté adecuadamente abordada en el guión y los dos actores que la interpretan se ocupen de que la interacción en pantalla se muestre en todo momento creíble y cercana. Por suerte dicha subtrama funciona de manera eficiente y no perjudica al conjunto de la obra, ni transmite sensación de irregularidad al discurrir de acontecimientos expuestos en el relato, pero como comentamos es la pequeña mancha de la producción.




Oliver Stone vuelve a recuperar gran parte del punch de su puesta en escena demostrando lo bien capacitado que sigue estando para rodar ficción. Snowden muestra a un artesano eficiente, que controla tanto el apartado visual (brutal esa representación de los perfiles de redes sociales convirtiéndose en un enorme ojo orwelliano que todo lo ve) como el narrativo, apoyándose en un guión sobresaliente que facilita copiosa información sin despistar al espectador por medio tecnicismos y un montaje que aunque no se muestra en pantalla tan brillante como el de muchas de sus obras previas está ejecutado con la pericia esperada en una producción made in Stone. El director de Comandante o Looking For Fidel sabe medir los tiempos, dar un ritmo envidable a una historia que en todo momento se antoja adictiva e interesante y gracias a una sabia dirección de actores nos incita a identificarnos con un reparto en estado de gracia encabezado por un Joseph Gordon Levitt brillante al que le deberían llover los premios por meterse de manera escrupulosamente fidedigna en la piel de su personaje emulando con pericia su gestualidad, tono de voz y presencia física, haciéndole justicia en resumidas cuentas.




Vibrante pero no apasionada, inteligente aunque no discursiva, elogiosa con la figura a la que retrata pero sin caer en la hagiografía, Snowden nos recupera a un Oliver Stone que si bien no puede equipararse al de sus mejores trabajos sí sube mucho el nivel con respecto al de la mayoría de sus últimas obras de ficción, aquellas que estaban siendo eclipsadas por su mastodóntica labor en el mundo del documental (nunca me cansaré de recomendar La Historia No Contada de Estados Unidos, posiblemente, su obra cumbre como autor) y que pueden volver a encarrilar la carrera del que sigue siendo uno de mis cineastas favoritos, la voz de la conciencia de un país contradictorio que es capaz de convertir en el enemigo público número uno a un demócrata que no cree que su gobierno deba comportarse como la policía del mundo en pos de una falsa sensación de seguridad que lo convierte en la máquina imperialista y bélica que con la reciente llegada de Donald Trump a la presidencia seguramente no dejará de ser al menos durante los próximos cuatro años.


domingo, 11 de diciembre de 2016

Looking For Fidel, when the levee breaks



Título Original Looking For Fidel (2006)
Director Oliver Stone
Guión Oliver Stone





En el año 2002 el cineasta norteamericano Oliver Stone debutó en el mundo del documental con Comandante, una producción con la que ofreció un retrato íntimo y a pie de calle del recientemente fallecido Fidel Castro, uno de los políticos más importantes y controvertidos del siglo XX. En aquel magnífico proyecto el director de Platoon o El Cielo y la Tierra pasó tres días con el mandatario cubano para dar una visión cercana sobre su figura humana e histórica en las distancias cortas. Aunque en su momento se acusó a Stone de ser demasiado benevolente con Castro a la hora de abordarlo con su interrogatorio es cierto que el realizador consiguió sacar información harto interesante de boca del ex presidente de Cuba mostrando tanto las luces como las sombras de tan relevante icono, siempre desde una perspectiva referencial y considerablemente hagiográfica, pero no carente de momentos incómodos para ambos interlocutores.




Looking For Fidel, el segundo, y último, documental de Oliver Stone protagonizado por Fidel Castro, respondió a la inmediatez política y social relacionada con la isla de Cuba y unos trágicos hechos que allí tuvieron lugar en 2003. En el mes de Abril de ese año setenta y cinco cubanos,varios de ellos periodistas independientes acusados de ser agentes al servicio del gobierno norteamericano, fueron detenidos intentando huir de la isla secuestrando un ferry para emigrar a Estados Unidos. Tras juicios sumarísimos tres de ellos, a los que se acusó de instigadores, fueron ejecutados por el régimen castrista despertando con ello un revuelo internacional y una polvareda mediática mastodóntica que reabrió el debate sobre la falta de democracia en Cuba y los métodos expeditivos de Fidel Castro para luchar contra la disidencia de sus opositores.




A diferencia de Comandante, Looking For Fidel se convierte en terreno para que Oliver Stone se transforme en un francotirador de la pregunta, un periodista incisivo e inmisericorde que realiza las cuestiones más controvertidas posibles a Castro, no ya sólo con el tema sobre el secuestro del ferry y la posterior ejecución de algunos de los implicados en el hecho, sino sobre su imagen como estadista, gobernante e icono político. Todo aquello que algunos esperamos que saliera a colación en el anterior documental (los derechos humanos, la pena de muerte, la democracia, la pobreza o qué queda de aquella revolución que derrocó a Fulgencio Batista) son espetadas con severa frialdad por un Oliver Stone que no duda en poner contra las cuerdas a un Castro que, alternando reflexiones brillantes que muestran lo bien amueblada que tenía la cabeza con salidas de tono que bordean la vergüenza ajena por contradictorias o manipuladoras, aguanta muy bien el envite del autor de Giro al Infierno o World Trade Center.




Looking For Fidel adolece del montaje de Comandante, aquel que contenía toda la fiereza de la edición habitual en la ficción de Oliver Stone pero extrapolada a una narración naturalista y ceñida a la realidad, por ello no podemos disfrutar en esta ocasión de las ingentes cantidades de imágenes de archivo que hacían de aquel primer documental de 2002 una experiencia audiovisual identificable como un producto made in Stone en fondo y forma. Esas carencias en la puesta en escena de la pieza que nos ocupan son suplidas con una realización poderosa, visualmente compacta y un ritmo frenético que aprovecha hasta el paroxismo los escasísimos 60 minutos de metraje a los que quedaron reducidos las 30 horas que Stone pasó con Castro en esta ocasión y en los que el cineasta utiliza, como previamente hemos apuntado, un tono mucho más bronco que el que desplegó en Comandante respondiendo el por aquel entonces todavía presidente de Cuba sin (aparentemente) poner cortapisa alguna a su interrogador, aunque encarándose, educadamente, en no pocas ocasiones con él.




En esta ocasión Castro abandona su zona de confort para que un Oliver Stone que siente admiración por su persona (algo que ya vimos, una vez más, en Comandante) no se deje llevar por su simpatía hacia su entrevistado y lo aborde de manera incluso inquisitiva arrancándole declaraciones con respecto a la reacción de su gobierno con el conflicto iniciado por secuestro del ferry que despiertan cierto nerviosismo en el hermano de Raúl Castro que trata de obviar verdades irrefutables o echar balones fueras con algunas de las preguntas más duras de Stone. Lo más curioso es que algunos de los síntomas que afirman que Looking For Fidel es un documental que hace menos prisioneros a la hora de retratar a Castro son detalles tan sutiles como el nerviosismo de la traductora (que en ambos documentales cobra un vital protagonismo) ante las cuestiones del cineasta o que el mismo Fidel en ocasiones no espera ni la traducción al español para contestar a la intimidante y omnipresente cámara de su interlocutor, algo que en Comandante no tenía lugar gracias al tono más distendido que allí imperaba.




Hay momentos vibrantes en Looking For Fidel que dan lecciones de periodismo bien entendido y ejecutado por un apasionado de la política como Oliver Stone. Las necesarias opiniones de los opositores castristas, con las que podemos estar de acuerdo o no, pero deben estar ahí para dar una visión poliédrica que en Comandante no tenía lugar, los momentos en los que Stone y Castro en soledad comienzan un interesante enfrentamiento dialéctico en el que ambos sacan a relucir algunos de los pasajes más negros de sus correspondientes países (varios de ellos abordados por el mismo director en la ficción con obras como JFK: Caso Abierto, Nixon o Salvador) y sobre todo el cuestionario al que el guionista de Manhattan Sur o Conan: El Bárbaro somete a un grupo de disidentes que secuestraron un avión para emigrar a Florida poco después de los hechos que son el núcleo central del documental y tratando de defender su inocencia (aunque alguno de ellos asume culpa y acepta su castigo) delante del mismo Castro y sus colaboradores políticos pidiendo para ellos cadena perpetua por actos terroristas.




Looking For Fidel demuestra lo que puede considerarse un secreto a voces, que Fidel Castro era un personaje lleno de claroscuros, un revolucionario que fue consecuente consigo mismo y su lucha hasta el último día de su vida, pero que pagó un precio propio (el suyo mismo) y ajeno (el de su pueblo) para mantenerse firme contra un gigante como Estados Unidos. Por el camino queda un icono político e ideológico del siglo XX, un hombre que luchó por una sociedad justa en la que todo su país tuviera acceso a sanidad, vivienda, educación o trabajo, pero en el proceso cercenando libertades, marginando a minorías y no permitiendo que su propio pueblo pudiera elegir libremente a su presidente. La cámara de Oliver Stone, que aquí finalmente cae rendido una vez más a los pies del cubano, estuvo allí en dos ocasiones para captar un torrente de sabiduría, hipocresía, inteligencia y demagogia que para bien o para mal es historia de nuestro tiempo y una pieza indispensable para entender la política internacional de occidente de los últimos 70 años.



miércoles, 30 de noviembre de 2016

Especial El Proyecto de la Bruja de Blair, bosques, mentiras y cintas de vídeo



Aunque pueda parecerlo el formarto “falso documental”, rebautizado en los últimos tiempos como “found footage”, no nació ayer. No tenemos que irnos muy lejos en el tiempo para encontrar muestras de este subgénero que en su momento cobraron considerable importancia. Productos tan dispares como la paupérrima y antropófaga Holocausto Caníbal (1980), la magistral comedia rockera This is Spinal Tap (1984) o la negrísima y brutal Ocurrió Cerca de Su Casa (1992) son prueba de que dicho tipo de films llevan décadas copando nuestras carteleras y haciéndolo desde países tan dispares como Italia, Estados Unidos o Bélgica. Cuando en el año 1999 El Proyecto de la Bruja de Blair se convirtió en un fenómeno cinematográfico el falso documental estaba adormercido, nunca desapareció, pero durante la segunda mitad de los 90 había sido relegado a subproductos de Serie B, en el mejor de los casos. Pero los directores norteamericanos Eduardo Sánchez y Daniel Myrick llegaron no sólo para volver a poner de moda las cámaras al hombro y los falsos vídeos caseros como medios narrativos, sino que también nos mostraron por primera vez que internet acabaría convirtiéndose en el medio de comunicación más importante de principios del Siglo XXI. En la siguiente entrada vamos a hablar de los tres largometrajes centrados en la ya célebre bruja del bosque de Black Hills situado en la localidad de Burkittsville, abordaremos brevemente la biografía de sus creadores y trataremos de calibrar el alcance de este fenómeno fílmico que ha vuelto a nuestras pantallas con una tercera entrega que regresa a los orígenes de una saga que quedó completamente devaluada tras su secuela del año 2000. De modo que coged las mochilas, la brújula, víveres para varios días y no olvidéis traer vuestro mejor equipo de supervivencia, vamos a adentrarnos en el terreno de la inefable Elly Kedward.




De Blair a Burkittsville, el origen de Elly Keward

Aunque no todo el mundo lo sabe Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, los creadores de El Proyecto de la Bruja de Blair, idearon todo un pequeño microcosmos alrededor de su película para convertirla en un relato que pudiera pasar por real, algo de esto sucedió meses antes de su estreno en el año 1999. Localizando su historia en Burkittsville, un pueblo ubicado en el condado de Frederick en el estado de Maryland con poco más de 151 habitantes, y situando la acción en la ficticia villa de Blair, los guionistas y directores crearon la figura de Elly Keward, una anciana curandera que durante el año 1785 intentó llevar a su casa a una serie de niños de la zona para sacarles sangre y por ello fue acusada de brujería, desterrada de Blair y dada por muerta tras ser abandonada en el bosque de Black Hills durante un crudo invierno. Sólo un año después los hechos extraños relacionados con Keward comenzaron a sucederse en Blair cuando todos los niños que la acusaron de hechicería desaparecieron misteriosamente y los habitantes de la villa abandonaron la misma por miedo a la ya célebre bruja.




Ya en el año 1809 comenzó a forjarse la leyenda gracias a la publicación del libro El Culto de la Bruja de Blair, que relataba la maldición que cayó sobre Blair tras la muerte de Elly Keward. En 1824 se fundó el pueblo de Burkittsville sobre el antiguo asentamiento en el que se encontraba Blair, pero los hechos inexplicables relacionados con la bruja no dejaron de sucederse, ya que sólo un año después Eileen Treacle, una niña de diez años que, según comentaban once testigos que vieron lo acontecido, fue secuestrada por una anciana pálida que salía un arroyo de la localidad y la agarraba de la mano arrastrándola por la corriente. Ya en 1886 un niño de ocho años llamado Robin Weaver fue dado por desaparecido y mientras él lograba volver a Burkittsville sano y salvo el equipo de salvamanto que se dirigió en su busqueda fue encontrado días después con todos sus miembros muertos, maniatados y destripados en La Roca del Ataúd, cerca del aroyo donde fue raptada Eileen Treacle. Ya en el siglo XX y tras años de silencio con respecto a la bruja entre 1940 y 1941 siete niños del pueblo desaparecieron misteriosamente para ser encontrados poco después en la casa de Rustin Parr, un ermitaño que tras admitir haber cometido los asesinatos de los pequeños, por mandato de una voz de mujer que le incitó a cometer dichos crímenes, fue condenado a morir en la horca.




Todo este contexto histórico, magníficamente expuesto en el falso documental La Maldición de la Bruja de Blair, dirigido por los mismos Sanchéz y Myrick, se estrenó antes de que El Proyecto de la Bruja de Blair viera la luz como producto cinematográfico. Por tanto toda esta falsa historia adherida al folklore de dicha localidad situada en el estado de Maryland es la que incitaba a los estudiantes de cine Heather Donahue, Joshua Leonard, y Michael C. Williams a realizar en 1994 el documental sobre Elly Keward y su leyenda que los llevaba a desaparecer misteriosamente en los bosques de la localidad para ser sus cintas encontradas un año después justo en la casa de Rustin Parr, localización en la que asesinó a los “Siete de Bukkertsville”. Todo un entramado que como previamente hemos apuntado no pocos espectadores tomaron como cierto y cuyo morbo por el mismo los animó a ir en masa a las salas cinematográficas. Por desgracia el rico microcosmos creado por los directores y guionistas se vio truncado con el estreno de la paupérrima El Libro de las Sombras: BW2, dando al traste con lo que pudo convertirse una exitosa franquicia cinematográfica. Por suerte o por desgracia la sombra de Elly Keward ha vuelto con esa Blair Witch estrenada hace poco en nuestras carteleras y que ha sido impulsada por los creadores del personaje y su leyenda negra, dos jóvenes cineastas que pasaron del anonimato al éxito mundial, para al poco tiempo ser devorados impunemente por la maquinaria hollywoodiense.


Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, los autores de la invocación

Eduardo Sánchez (La Habana, 1968) y Daniel Myrick (Florida, 1963) eran unos cineastas novatos cuando decidieron sacar adelante El Proyecto de la Bruja de Blair, ya que un puñado de cortos por parte del primero y una simple colaboración televisiva por parte del segundo suponían la única experiencia en el mundo del cine y la ficción de ambos. En 1997 comenzaron la gestación de un falso documental de ínfimo presupuesto con el que narrarían la excursión y posterior desaparición de tres estudiantes de cine en el bosque de Black Hills localizado en Burkittsville (Maryland) para intentar desentrañar los secretos detrás de la famosa Bruja de Blair, una supuesta leyenda local sobre la que recaé una oscura maldición. El film, protagonizado por actores no profesionales, rodado casi enteramente por los mismos en sólo ocho días y con una escasez de medios notable se convirtió en un éxito sin precedentes en la historia del séptimo arte, no sólo por recaudar casi 250 millones de dólares a nivel mundial con un presupuesto de poco más de 22.000, sino también por marcar tendencia en lo que a realizar una potente y original publicidad en un internet que por aquel entonces daba sus primeros pasos, depositando en una web relacionada con la película (activa todavía hoy día) ingente cantidad de información sobre la historia de la Bruja de Blair, los muchachos que desparecieron buscándola y abordando toda la temática relacionada con la obra como si se basara en un hecho real.




De la noche a la mañana Eduardo Sánchez y Daniel Myrick pasaron de ser unos desconocidos estudiantes de cine a convertirse en las nuevas promesas del cine de terror americano, unos emprendedores que hicieron historia en el mundo del séptimo arte e internet transformando un producto totalmente amateur como su debut al alimón detrás de las cámaras en un éxito con pocos precedentes en el mundo del cine contemporáneo. El problema es que El Proyecto de la Bruja de Blair supuso el prematuro principio del fin de la carrera de sus directores dentro de la primera línea de Hollywood. Sólo un año después llegó El Libro de las Sombras: Blair Witch 2, una secuela en la que Sánchez y Miryck sólo colaboraban como productores que abandonaba (casi) totalmente el formato found footage para convertirse en un slasher prototípico de los años 90 a rebufo de productos como Scream o Sé lo Que Hicisteis el Último Verano con la leyenda de la famosa bruja como único vínculo con la cinta primigenia. Su fracaso de crítica y poca repercusión en taquilla fueron suficiente motivo para que la saga desapareciera del mapa durante unos larguísimos dieciseis años. En ese periodo de tiempo Sánchez y Myrick han seguido trabajando en cine y televisión, pero casi siempre por separado y sin que su labor tuviera mucha repercusión. Ha sido en el presente 2016 cuando han vuelto a colaborar como dupla para producir una nueva entrega de El Proyecto de la Bruja de Blair que se encarga de dirigir otra nueva promesa del cine de terror como es Adam Wingard y de la que hablaremos en esta entrada una vez hayamos rememorado las dos primeras entregas de la franquicia.




El Proyecto de la Bruja de Blair (1999), in the shadow of the valley of death



Dirección Eduardo Sánchez y Daniel Myrick
Guión Eduardo Sánchez y Daniel Myrick
Música Antonio Cora
Fotografía Neal Fredericks
Reparto Heather Donahue, Michael C. Williams, Joshua Leonard, Patricia DeCou, Sandra Sánchez
Duración 81
Productora Artisan Entertainment / Haxan Films
Nacionalidad Estados Unidos

Fue el sleeper del año aquel 1999, El Proyecto de la Bruja de Blair estaba en boca de todos y llegó para dividir radicalmente al público entre los que la consideraban la película más aterradora de la historia del cine y los que afirmaban que nos encontrábamos ante un timo de los que hacen época con el que sus creadores se reían en plena cara del espectador. Vendida en sus inicios como una serie de grabaciones reales gracias a una campaña viral en internet que marcó época la historia de los tres estudiantes de cine Heather Donahue, Michael C. Williams, Joshua Leonard (el trío de actores conservaba en el film sus verdaderos nombres para ceñirse más a su “falsa realidad) y su viaje al bosque de Black Hills en el condado de Burkittsville (Maryland) para realizar un documental sobre la inefable Bruja de Blair se convirtió en una de las películas más icónicas del celuloide adscrito al género del terror de lo que fueron las postrimerías del siglo XX. Vista hoy día casi veinte años después de su estreno el largometraje de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick mantiene intactos tanto sus aciertos como sus fallos, siendo los primeros bastantes más que los segundos, gracias a cómo suplieron estos la sencillez de su propuesta y la escasez presupuestaria por medio de una sabia puesta en escena reducida al mínimo exponente pero que funcionaba al 100% gracias al ingenio y la osadía de todos los que implicados en aquella atípica propuesta cinematográfica que resucitaría un subgénero que tras su regreso hoy día sigue siendo rentable por medio de distinto tipo de sagas.




El Proyecto de la Bruja de Blair cumple con casi todas las características que debe tener una pieza de falso documental como el metraje exiguo (81 minutos) para no quemar la propuesta rápidamente de cara a la platea, buscar una excusa narrativa más o menos viable para que los personajes nunca dejen de grabar a pesar de encontrarse en situación extremas (la obsesión de Heather con sacar adelante el proyecto del documental a toda costa aún a riesgo de costarle la vida a ella y a sus dos colaboradores) y una continuidad cronológica de las grabaciones que de la impresión de inmediatez y tiempo real aunque pasen varios días a lo largo del desarrollo del largometraje. Con los tres actores ejerciendo de cámaras y sonidistas (recibieron clases de realización antes de manipular el equipo de grabación durante el rodaje) y haciendo un especial hincapié en la sutilidad, el sugerir y nunca mostrar, los efectos de sonido y la atmósfera que proporcionaban las localizaciones elegidas para el rodaje Sánchez y Myrick consiguieron una pieza rotundamente efectiva, que conseguía mantener en tensión a la platea gracias a sus resoluciones narrativas bien elegidas y ejecutadas asustando de manera elocuente y veraz a un muy bajo coste monetario por medio del talento depositado por ambos en la producción.




Como previamente hemos mencionado El Proyecto de la Bruja de Blair se convirtió en un éxito sin precedentes recaudando 250 millones de lo dólares a nivel mundial cuando su presupuesto superó a duras penas los 22.000 y aunque sigue lastrando algunos fallos (el personaje de Heather Donahue torna en insoportable durante la recta final de la cinta, empañando en parte el buen hacer del trío actoral) que ya en su momento hicieron restar puntos al conjunto de la obra sigue siendo una película muy a tener en cuenta. Por suerte el film de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick ha superado la prueba del tiempo revelándose como la punta de lanza de un nuevo resurgir del género falso documental al que se subieron sagas como las de Paranormal Activity, o [•REC] y films como La Visita, de M. Night Shyamalan, Chronicle, de Josh Trank, Cloverfield, de Matt Reeves o Home Movie, de Christopher Denham, adscritas todas ellas a géneros como la comedia negra, el cine superheróico, el de catástrofes o posesiones demoniacas respectivamente. Por desgracia y como vamos a comentar a continuación los creadores de la potencial franquicia perdieron pronto el control de la misma por dejarla en manos del primer grupo de mercenarios que los productores les impusieron para seguir explotando la gallina de los huevos de oro.


El Libro de las Sombras: Blair Witch 2 (2000), disposable teens



Dirección  Joe Berlinger
Guión Dick Beebe y Joe Berlinger, basado en personajes de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick
Música Carter Burwell
Fotografía Nancy Schreiber
Reparto Kim Director, Jeffrey Donovan, Erica Leerhsen, Tristine Skyler
Duración 90 min
Productora Artisan Entertainment/ Haxan Films
Nacionalidad Estados Unidos

Poco más de un año tardó en llegar la secuela de El Proyecto de la Bruja de Blair a las pantallas de todo el mundo. Con el éxito de la cinta original todavía muy reciente la pequeña productora que la impulsó, Haxan Films, vio por primera vez el cielo abierto de par en par y no quiso dejar pasar la oportunidad de seguir dando forma a lo que esparaban fuera una nueva franquicia cinematográfica dentro del género de terror que reventara las taquillas atrayendo al mayor número de espectadores posibles, los mismos que se sorprendieron ante el ingenio y la efectividad del largometraje de Eduardo Sánchez y Daniel Myrick. El problema surgió cuando la productora Artisan Entertainment, que distribuyó el film primigenio, metió presión para rodar lo antes posible una segunda parte y para colmo sacó de la ecuación a los dos guionistas y directores de la película de 1999, quedando esta vez relegados a la producción ejecutiva de esta nueva incursión en los terrenos de la localidad de Burkittsville en general y el bosque de Black Hills en particular. Para sacar adelante el proyecto se contrataron los servicios del documentalista Joe Berlinger para que lo dirigiera y del guionista de films de bajo presupuesto Dick Beebe para que lo escribiera. El resultado fue El Libro de las Sombras: Blair Witch 2, un desastre mayúsculo nada inesperado por culpa de las prisas y lo mal planteada y ejecutada que había estado toda la génesis del producto.




El Libro de las Sombras: BW2 tuvo una sola buena idea, tratar de no ser una copia de su predecesora, y ni esa llegó a desarrollarse adecuadamente por culpa de la ineptitud de sus creadores. El largometraje de Joe Berlinger abandona el formato found footage y abraza una narrativa cinematográfica asentada en la ficción pero adentrándose en un juego metaficcional desde el mismo planteamiento de la trama, que está centrada en un varipointo grupo de fans de la película El Proyecto de la Bruja de Blair que deciden viajar al bosque de Black Hills para visitar las localizaciones donde se rodó dicho film. Esta secuela de la producción de 1999 ideada por Eduardo Sánchez y Daniel Myrick es un pésimo y genérico slasher que utiliza la mitología asentada sobre el personaje de la Bruja de Blair para dar forma a una muestra pobrísima de cine de terror que no asusta por su ineficaz puesta en escena, guión caótico y horriblemente estructurado (el uso de los flashbacks es nefasto) así como por un reparto de actores imberbes que por mucho que se entreguen a la exageración y la hipérbole en ningún momento consiguen ser creíbles o despertar un mínimo de empatía hacia un espectador que asiste a lo acontecido en pantalla con sensaciones que van desde la indiferencia hasta la incredulidad ante la consecución de secuencias vergonzosas y sonrojantes (las apariciones de los “7 de Burkittsville” sólo transmiten risa a la platea) que son rematadas con un clímax ineficaz, chapucero y tan insatisfactorio como el resto del metraje.




Como era de esperar la taquilla no respondió bien, la crítica masacró la cinta y las nominaciones a los Razzie (ganando el de Peor Remake o Secuela) no se hicieron esperar. Ante este desalentador panorama la franquicia quedó muerta y enterrada, Eduardo Sánchez y Daniel Myrick desaparecieron del mapa de Hollywood y comenzaron a sobrevivir de mala manera en productos de Serie B o comercializados directamente en los videoclubs y los fans de la obra primigenia se quedaron sin su potencial franquicia llena de posibilidades. A pesar de la decable mayúscula la idea de resucitar a la Bruja de Blair nunca desapareció de internet con continuos rumores sobre una nueva continuación o un reinicio del relato original escrito y dirigido por los mismos Sánchez y Myrick. Finalmente ha sido en pleno 2016 cuando una nueva entrega de la historia negra de Burkittsville y la inefable Elly Keward ha llegado a las pantallas, con sus creadores detrás de su gestación pero sin intervenir directamente en el guión y la dirección, ya que de estos se han encargado Simon Barrett y Adam Wingard respectivamente, dos nuevas promesas del cine de género en el que los hacedores de El Proyecto de Bruja de Blair han confiado para resucitar su criatura con unos resultados que pasaremos a comentar a continuación.

Blair Witch (2016), born again



Dirección Adam Wingard
Guión Simon Barrett
Música Adam Wingard
Fotografía Robby Baumgartner
Reparto James Allen McCune, Callie Hernandez, Corbin Reid, Brandon Scott, Wes Robinson, Valorie Curry
Duración 89
Productora Lionsgate / Vertigo Entertainment / Room 101 / Snoot Entertainment
Nacionalidad Estados Unidos

En la pasada Comic Con de San Diego la productora Lionsgate presentaba una de sus últimas producciones, un proyecto gestado bajo el más estricto de los secretos del que sólo habíamos visto un primer teaser trailer y que se llamaba The Woods. El film iba a ser una nueva colaboración del cineasta norteamericano Adam Wingard y el guionista Simon Barrett, autores de You’re Next y The Guest, pero al final todo se desveló y descubrimos que el proyecto se llamaba Blair Witch y no era nada más y nada menos que una nueva secuela de El Proyecto de la Bruja de Blair. Ideado en lides de producción por Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, creadores de trabajo original de 1999, y obviando totalmente lo acontecido en la insalubre El Libro de las Sombras: BW2, esta nueva entrega volvía a las raíces de la saga recurriendo nuevamente al formato de falso documental y narrando una historia que parecía tener muchas similitudes con aquella protagonizada por Heather Donahue, Michael C. Williams y Joshua Leonard. Después de la proyección en la CCSD la red ardía con comentarios que afirmaban que Blair Witch era una de las películas del año y una de las piezas de género más aterradoras de los últimos tiempos. Su paso por el festival de Sitges por el contrario no fue tan benévolo, ya que tanto la prensa especializada como el público acusaron al film de poco original y arriesgado, incitando a que el hype sobre el proyecto de cara al fandom y el espectador ocasional descendiera notablemente.




Por desgracia con Blair Witch nosotros nos posicionamos con aquellos que han recibido negativamente la última incursión en los bosques de Black Hills. Lo hacemos porque Eduardo Sánchez y Daniel Myrick han desperdiciado una oportunidad de oro para, después de diecisiete años, reverdecer laureles y encarrilar una saga, que desde sus inicios poseía en su interior un más que considerable potencial, entregando una pieza cinematográfica brutalmente desvergonzada en cuanto a su planteamiento y conceptualidad, no por ser una producción de mala calidad, sino por haber sido gestada, ejecutada y vendida como una secuela o reinicio de la franquicia a la que pertenece cuando realmente es un descarado y pedestre remake de la El Proyecto de la Bruja de Blair original que llegara a carteleras de todo el mundo en el año 1999. Nuestros peores vaticinios se han hecho realidad con esta producción de 2016 que se une a otra serie de decepciones de la temporada dentro del género de terror como La Bruja, de Robert Eggers o 31, de Rob Zombie, y que no consigue su fin último, insuflar vida en una franquicia muerta desde hace casi veinte años.




Los momentos de vergüenza ajena en Blair Witch tienen lugar poco después del arranque del largometraje, no por lo mal que estén escritos o rodados (aunque de eso también hay algo, como comentaremos después) sino porque el conocedor de El Proyecto de la Bruja de Blair se dará cuenta escena a escena que Simon Barrett y Adam Wingard van fusilando uno a uno todos los hechos acaecidos en la trama de aquella. No lo decimos solo por la estructura narrativa que es demencialmente mimética a la de su predecesora (recordemos que El Libro de las Sombras: BW2 no existe, ni se hace mención a ella en esta película) sino a todos y cada uno de los hechos que van sucediendo en pantalla. Presentación de los personajes en la intimidad, muestrario del material audiovisual que van a utilizar, llegada al bosque de Black Hills, discusiones entre los componentes del grupo, extrañas y amenazantes visitas nocturnas al asentamiento que han creado, voces de niños entre la oscuridad, salidas a horas intempestivas de las tiendas de campaña para correr frenéticamente, cámara en mano, por el bosque, desaparición de roles secundarios y clímax final en la casa de Rustin Parr. Todo esto planteado con la única novedad de la presencia de un protagonista en el film que es el hermano menor de Heather Donahue lanzado en su búsqueda y el adelanto que supone en la puesta en escena del film el uso de unas cámaras de alta tecnología que permiten más movilidad a los personajes de la cinta.




Si eludimos la enorme losa que supone la autocomplacencia con la que está abordado el proyecto lo que nos queda es una slasher rodado en formato found footage con una puesta en escena caótica, deslabazada, impersonal y ruidosa que sólo ofrece una cara más sensacionalista, aparatosa, fálsamente cruda y primaria, en el peor sentido de la palabra, de El Proyecto de la Bruja de Blair. Con un guión reducido al mínimo exponente y con diálogos de guardería, un reparto de personajes planos, insufribles, con los que es imposible empatizar por culpa de lo pésimamente perfilados que están y que se mezclan confusamente unos con otros (las cámaras localizadas en las cabezas de los protagonistas deberían ofrecer claridad a la narración, pero el resultado es el contrario) unas muy pocas escenas de tensión aisladas mezcladas con un puñado de secuencias a las que asistimos con la más notable de las indiferencias y una recta final interminable de la que podemos rescatar un par de fogonazos mínimos de eficacia visual y de ritmo Blair Witch fracasa estrepitosamente a la hora de llevar la mitología ficticia detrás de Elly Keward y sus malas artes de hechicería a una nueva generación de espectadores que puedan interesarte en un plano cinematográfico por ella y su microcosmos idedao y desperdiciado, una vez más, por unos Eduardo Sánchez y Daniel Myrick que por bisoñez o factores externos no han sabido explotar adecuadamente. A los pobres resultados de taquilla del film nos remitimos a la hora de tener que volver a hablar de fracaso, porque parece ser que la maldición de la Bruja de Blair se extiende más allá de Burkittsville, llegando hasta las carteleras de todo el mundo.

Valoración General

El Proyecto de la Bruja de Blair es una muestra clara de lo que pudo ser y no fue. Tras dicho film y su enorme y desproporcionado éxito si nos atenemos a su naturaleza independiente y humilde, sus creadores, Eduardo Sánchez y Daniel Myrick, no supieron (o pudieron) controlar los mandos de su máquina y mientras otras sagas con planteamientos menos atractivos como Scream, Saw u otras que nacierona a su rebufo como Paranormal Activity o [•REC] cosechaban un éxito tras otro en forma de secuelas la de la infame Elly Keward, la Bruja de Blair, ha gastado todos sus cartuchos para intentar encontrar su hueco en el cine de género comercial americano del siglo XXI. El Libro de las Sombras BW2 en 2000 y Blair Witch en 2016 han acabado por dilapidar la buena fama de una obra de culto que se puede considerar la única pieza memorable y poseedora de ciertos niveles remarcables de calidad relacionada con una franquicia muerta en vida. Por desgracia si tenemos en cuenta la recaudación (sólo 45 millones de dólares a nivel mundial) poco prometedora que ha obtenido su última incursión en pantalla grande probablemente la saga que nos ocupa vuelva a dormir durante largo tiempo el sueño de los justos o en el mejor de los casos se verá relegada a las estanterías de los videoclubs y a las plataformas de cine online que pueblan ese internet que la vio nacer para revolucionar en sus inicios el medio cinematográfico y que fue testigo mudo de su caída en desgracia y derrota antes de asimilar su prematuro y frenético éxito.