martes, 7 de febrero de 2017

Múltiple (Split)



Título Original Split (2016)
Director M. Night Shyamalan
Guión M. Night Shyamalan
Reparto James McAvoy, Anya Taylor Joy, Betty Buckley, Brad William Henke, Haley Lu Richardson, Sterling K. Brown, Kim Director, Sebastian Arcelus, Lyne Renee, Neal Huff, Jessica Sula, Maria Breyman, Steven Dennis, Peter Patrikios, Matthew Nadu




Después de años convertido en “veneno para la taquilla” y siendo vilipendiado por crítica y público con todos y cada uno de sus proyectos entre los que se encuentran El Bosque (The Village), La Joven del Agua, El Incidente, The Last Airbender o After Earth (en la promoción de este último incluso se ocultó en la medida de lo posible su nombre para que no destacase en manera alguna) en 2015 con la más o menos independiente y humilde La Visita el cineasta norteamericano de origen hindú M.Night Shyamalan parecía volver a recuperar el norte y a dar considerables muestras de seguir siendo aquel director que revolucionó Hollywood en las postrimerías del siglo XX con piezas como El Sexto Sentido o El Protegido (Unbreakable) Dicha cinta en formato found footage protagonizada por dos peculiares ancianos y que se movía a placer entre el terror y la comedia negra supuso una luz al fondo del oscuro túnel que estaba siendo la carrera de su creador. Múltiple (Split en su título original), su último trabajo detrás de las cámaras producido en colaboración con Blumhouse (hogar de sagas como Insidious o Paranormal Activity) y protagonizado por James McAvoy las jóvenes actrices Anya Taylor Joy, Haley Lu Richardson, Jessica Sula o la veterana Betty Buckley es la confirmación de que el autor de Señales por fin vuelve al buen camino y que tras más de una década en la que llegó a convertirse (unas veces de manera justa, otras no) en la risión de una industria de nuevo está ofreciendo piezas destacables que hacen honor a su talento como narrador de historias.





El punto de partida de Split es genérico y lo hemos visto millones de veces, en ese sentido la cinta no inventa nada. Tres chicas adolescentes son secuestradas por Kevin, un hombre que sufre un desdoblamiento de nada más y nada menos que 23 personalidades entre las que se encuentran las del enfermizo Dennis obsesionado con la suciedad, una mujer posesiva llamada Patricia, un diseñador de moda que responde al nombre de Barry o Hedwig, un niño de nueve años. Varias de esas personalidades advierten al resto de personajes de la obra la próxima llegada de una nueva, la número 24, conocida como “La Bestia”, cuya naturaleza no parece humana y que pondrá en peligro la integridad física del trío de adolescentes secuestradas por Kevin. Esta es la premisa del largometaje, y como acabamos de mencionar tiene poco de original, pero M. Night Shyamalan se guarda unos cuantos ases en la manga (y no me refiero sólo al famoso twist que rara vez falta en sus films y que aquí también hace acto de presencia) que permiten aumentar exponencialmente la sencilla naturaleza de thriller de suspense de Múltiple para convertirlo en una criatura multiforme que se adentra en distintos tipos de géneros cinematográficos que funciona en prácticamente todas sus vertientes.




Múltiple, al igual que La Visita, arregla uno de los problemas más graves que arrastraban los últimos trabajos de M.Night Shyamalan, la incosistencia de sus guiones, ya que en cuanto a puesta en escena el cineasta de origen hindú siempre ha dado muestras de poderosa inventiva y una peculiaridad cinemática fuera de toda duda hasta en sus horas más bajas. La escritura del último largometraje del norteamericano esta sustentada en la sutilidad, la sugestión más que la explicitud, la elegancia y el control del tempo narrativo. Tres tramas avanzan paralelas en Split, la que muestra el confinamiento y asedio al que el personaje protagonista somete a las chicas secuestradas, la que nos muestra la relación de este con su psiquiatra, la Doctora Fletcher y la que por medio de flashbacks nos enseña un momento concreto de la infancia del personaje de Casey que define su presente y sus actos durante su encarcelamiento. Salvo un par de momentos en los que la subtrama de la psiquiatra se entrega a cierta dejadez que baja el ritmo del metraje este discurrir de las tres historias muestra una cohesión narrativa magnífica apelando siempre, como ya hemos apuntado, a una realización comedida, con algunos planos brillantes que nos recuerdan al mejor M. Night Shyamalan y un reparto muy solvente comandado por un James McAvoy en el que nos detendremos más adelante por motivos obvios.




Múltiple es una producción tan consecuente consigo misma que retratando a un personaje con varias personalidades también se aventura en la feliz idea de ser tres películas en una. La primera, que abarca la mayor parte del metraje es una cinta de intriga que se hace grande a la hora de entregarse sin miramientos a la violencia psicológica, a la claustrofobia que experimentan las tres co protagonistas al verse encerradas en una localización desconocida a manos de un hombre totalmente perturbado con el que Shyamalan se adentra en teorías científicas sobre la complejidad de la mente y cómo esta puede llegar a someter al cuerpo humano. La segunda toma lugar en la media hora final convirtiendo el proyecto en una obra de terror puro, algo que se deja notar no sólo en los acontecimientos a los que asistimos en pantalla, sino también en la puesta en escena de Shyamalan que pasa de la elegancia y planificación meticulosa previa a una visceralidad cruda, peligrosa, que aumenta de manera notable la incomodidad del espectador con respecto al devenir de acontecimientos dentro del argumento. La última, que realmente no es tal, tiene lugar en la última escena de la cinta, el famoso giro “made in Shyamalan”, que la redefine completamente haciéndonos replantearnos todo lo que hemos visto, no porque se nos haya escapado algo, sino porque las intenciones y el fin del autor de la obra no eran la que esperábamos y aunque a lo largo de toda la película va dejando pistas la idea era demasiado brillante para que el espectador acabara por aceptarla.




Al buen hacer en el guión y la dirección por parte de un M. Night Shyamalan al que hacía años que no veíamos tan competente se une su mayor cómplice para que Split salga adelante como atípico experimento cinematográfico dentro de la industria de Hollywood. El escocés James McAvoy deja de lado su perfil heróico y de hombre íntegro (que sólo ha abandonado en puntuales ocasiones, como en Filth) para enfundarse la(s) piel(es) de un rol que abordado inadecuadamente podía haber caído en el mayor de los ridículos por medio de la sobreactuación, la impostura o el dramatismo mal digerido. Por suerte nuestro Charles Xavier ofrece todo un recital de composición a la hora de dar vida a su poliédrica criatura hasta tal punto no sólo de parecer distintas personas confinadas en una sola, sino también adentrándonos en la fisicidad que confirma el desdoblamiento del protagonista cuando la platea llega a pensar que Dennis, Hedwig, Patricia o Barry son personas diferentes que interactúan entre ellas en la misma localización. La entrega del protagonista de Atonement o Trance llega a cotas de explicitud salvajes en la recta final del metraje, cuando el dominio de su lenguaje corporal y potencia física rigen el núcleo narrativo del clímax final dando el golpe de gracia a una labor interpretativa tan mayúscula que llega eclipsar el remarcable trabajo de sus compañeras de pantalla, destacando el de una a muy convicente Anya Taylor Joy (La Bruja) como Casey y una soberbia Betty Buckley (Carrie) como la Doctora Fletcher.




Múltiple confirma la recuperación de un M. Night Shyamalan que ha vuelto a ganarse el favor del público y gran parte de la crítica demostrando que se encuentra más cómodo abordando proyectos medianamente independientes en los que cuenta con menos presupuesto pero con más control artístico. La naturaleza humilde (sólo en apariencia, ese giro final la revela como un proyecto más ambicioso de lo que parece por motivos lógicos) de su último trabajo detrás de las cámaras ha jugado totalmente a su favor y él ha sabido, una vez más después de La Visita, aprovechar la oportunidad para reverdecer unos laureles que llevaban más de una década completamente secos. Después de años de varapalos de la prensa especializada, una taquilla que le daba la espalda y unos premios Razzie que se cebaron con él de manera desmesurada hoy podemos decir que hay futuro en la carrera de uno de los directores que mejor representan lo caprichoso que puede ser el mundo de Hollywood, capaz de encumbrar en tiempo récord a un cineasta que con sólo dos películas más después de su primer gran éxito se introdujo en un pozo sin fondo de proyectos fallidos o incomprendidos (el que esto suscribe sigue viendo magia en La Joven del Agua y disfruta mucho de The Last Airbender) del que le ha costado mucho salir y en el que esperemos nunca vuelva a caer.



sábado, 28 de enero de 2017

Jessica Jones: Primera Temporada, cold case



"Quizá baste con que el mundo me considere una heroína. Quizá si me esfuerzo lo suficiente hasta pueda engañarme a mí misma"




Dentro de la nueva política editorial que Joe Quesada instauró en Marvel a principios de la década pasada quiso darle protagonismo al sello MAX especializado en cómics dirigidos al público adulto. Series como el Punisher de Garth Ennis, el Deadpool/Masacre de Dave Lapham o el Lobezno de Jason Starr ofrecieron historias de personajes clásicos de la Casa de las Ideas pasados por un tamiz que permitía acentuar la violencia, el sexo y el lenguaje malsonante. Pero dentro de MAX también nacieron series de nuevo cuño como Alias. Escrita por Brian Michael Bendis y dibujada por Michael Gaydos la colección protagonizada por la superhéroina reconvertida en detective secreta Jessica Jones abarcó 28 números editados entre 2001 y 2004 y se convirtió en uno de los trabajos más reconocidos del polémico autor de Powers, Ultimate Spiderman o la más reciente versión de Guardianes de la Galaxia.




Tras el considerable éxito de la primera temporada de Daredevil Marvel Television y Netflix tomaron la no poco arriesgada decisión de que Alias fuera la siguiente colección de la editorial norteamericana que tuviera su adaptación catódica. Con el nombre de Jessica Jones y la actriz Kristen Ritter (Breaking Bad) encabezando un reparto formado por secundarios como Rachael Taylor (Transformers) Eka Darville (Spartacus: Sangre y Arena) o David Tennant (Doctor Who) entre otros, la presencia de Melissa Rosenberg (Dexter, Crepúsculo) en labor de showrunner y la producción ejecutiva del mismo Brian Michael Bendis Netflix lanzó la primera temporada completa el 20 de Noviembre de 2015 obteniendo una buena acogida por parte del público, la prensa especializada y el fandom que recibieron con los brazos abiertos los peculiares casos de Alias Investigations.




Con un poco de tardanza un servidor ha podido por fin ver esta primera temporada con la que Netflix ha puesto la segunda piedra dentro de su universo televisivo adherido a la editorial Marvel y su subdivisión audiovisual. Por desgracia a pesar de las buenas intenciones, el potente material de partida con el que Melissa Rosenberg y sus colaboradores al guión y la dirección han contado y el competente reparto que puebla el apartado artístico del producto Jessica Jones me ha causado una notable indiferencia a lo largo del recorrido que marcan sus trece episodios. Hay varios problemas en la ejecución y desarrollo de un producto como el ideado por Netflix para llevar a imágenes las viñetas ideadas por Brian Michael Bendis y Michael Gaydos y en la entrada que nos ocupa voy a tratar de enumerar cuáles son y en qué sentido perjudican al conjunto de una serie que podía haber sido considerablemente superior a lo que finalmente ha ofrecido.




Uno de los mayores aciertos narrativos que tenía Alias y que Jessica Jones no ha sabido trasladar a imágenes es la armonía y coherencia con la que Brian Michael Bendis y Michael Gaydos alternaban el tono noir del relato detectivesco que servía de núcleo a la historia con el superhéroico que también basculaba el devenir de la colección, algo que también consiguió captar con acierto el autor de Scarlett en la serie Powers y que, paradójicamente, su adaptación televisiva supo reflejar con más acierto que la producción de Netflix que nos ocupa, eso sin llegar a ser un producto notable en ningún aspecto. Desde el opening la serie de Melissa Rosenberg quiere mostrarse de cara al público como una historia detectivesca con una antiheroína de protagonista sin dejar de lado los superpoderes que dan un matiz fantástico a la historia, pero el adecuado discurrir de ambas vertientes se alterna de manera irregular y con escasa cohesión.




Esta carencia bastante notable se ve considerablemente solapada por la profesionalidad del equipo técnico que se ocupa de dar empaque a la serie abordándola con un tono oscuro y lacónico que, esta vez sí, está bien adaptado de las viñetas. La puesta en escena y el look visual que S.J. Clarkson imprimió en el episodio piloto son respetados por el resto de realizadores (entre ellos un John Dahl que después de haber sido la gran promesa del cine independiente con La Última Seducción o Rounders ahora se dedica a ofrecer sus servicios a la televisión) que Netflix contrató para sacar adelante dicha empresa y todos ellos cumplen sobradamente con su labor de artesanos que ejecutan su trabajo con atino, pero no destacando en ningún aspecto como sí sucedía en no pocos episodios de la primera temporada de Daredevil que cronológicamente precedía a esta de Jessica Jones que nos ocupa.




En la estructura del guión también podemos encontrar ciertos defectos que si bien no toman forma hasta avanzada la temporada una vez salen a la luz la lastrán hasta su mismo cierre. La amenaza de Kilgrave es el núcleo central sobre el que orbitan todos los personajes principales y las distintas tramas que rodean a Jessica Jones. En los primeras episodios sólo por las reacciones tanto físicas como psicológicas de la protagonista podemos percibir la aterradora ubicuidad que imprime en la serie el inminente regreso del villano con la capacidad de controlar la voluntad de sus semejantes con el simple uso de su voz. El problema estriba en que cuando Kilgrave torna en una presencia física, en un personaje más, parece como si toda esa asbtracción intimidante que transmitía cuando no hacía acto de presencia en pantalla se convirtiera en algo más mundano, común y simplista, un villano proototípico a fin de cuentas. Eso sumado a su búsqueda por parte de Jessica que se antoja repetitiva y de escaso desarrollo suponen un lastre para el devenir de los acontecimientos de los distintos capítulos.




En cuanto al reparto es ineludible que la elección de Kristen Ritter es un acierto en toda regla, La actriz de Big Eyes posee las justas dosis de carsima, atractivo, macarrismo, ironía y melancolía para ser una aceptable Jessica Jones y mostrarse creíble a la hora de darle vida. Dentro del resto del reparto de secundarios todos hacen bien su labor, pero más allá de Mike Colter en la (indestructible) piel de Luke Cage, ninguno destaca como para ofrecerle una mención de honor, aunque cierto es que se agradecen algunos regresos como los de Carrien Ann Moss (Matrix) o Rebecca De Mornay (La Mano Que Mece la Cuna). Curiosamente el mayor problema de casting llega con el mejor actor del mismo y es que David Tennant es una mala elección para dar vida a Kilgrave, ya que el actor británico por muy hijo de puta que se muestre ante cámara, por muchas barbaridades y actos crueles que lleva a cabo con sus víctimas en ningún momento deja de transmitir al espectador una sensación de "buenrollismo" que va en contra de su misión de intimidar al respetable.




Jessica Jones ha supuesto la primera decepción para el que esto firma con respecto a la colaboración entre Marvel y Netflix. Como previamente he mencionado la apuesta era arriesgada y el simple hecho de haberla sacado adelante ya tiene su mérito, pero Melissa Rosenberg y su equipo no han sabido mezclar adecuadamente los ingredientes que tenían a su disposición para ofrecer una adaptación potente de Alias, al menos en lo que a esta primera tanda de episodios se refiere. Por suerte la sensación de desilusión me ha durado poco gracias al visionado de los primeros episodios de la segunda temporada de Daredevil, de la que hablaré próximamente, y que antes de llegar a su ecuador ya ha ofrecido el mejor retrato que se ha hecho de Frank Castle en el medio audiovisual y una potentísima secuencia de acción (la del falso plano secuencia con la pelea contra los miembros del club motero Dogs of Hell) que confirman que la Casa de las Ideas todavía tiene mucho que decir en la pequeña pantalla.



lunes, 23 de enero de 2017

Silencio



Título Original Silence (2016)
Director Martin Scorsese
Guión Jay Cocks y Martin Scorsese, basado en la novela de Shusaku Endo
Reparto Andrew Garfield, Adam Driver, Liam Neeson, Ciarán Hinds, Issei Ogata, Tadanobu Asano, Shin’ya Tsukamoto, Ryô Kase, Sabu (AKA Hiroyuki Tanaka), Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida, Ten Miyazawa




Tres años después de hacernos partícipes de la excesiva vida personal y profesional del inefable corredor de bolsa neoyorquino Jordan Belfort con aquella soberbia El Lobo de Wall Street que nos devolvía su faceta más canallesca y tras unas cuantas colaboraciones en la televisión por cable (Vinyl), el cortometraje (The Audition) y el mundo del documental (50 Años de Rebeldía) el veterano cineasta Martin Scorsese, autor de algunas obras maestras del séptimo arte como Taxi Driver, Toro Salvaje (Raging Bull), Uno de los Nuestros (Goodfellas) o Casino vuelve con su último proyecto cinematográfico para la pantalla grande. Basada en la novela homónima escrita por el novelista nipón Shusaku Endo en 1966, desarrollado como proyecto a lo largo de treinta años por parte del director de La Invención de Hugo o Gangs of New York y con un baile de actores en el reparto en el que se barajaron pesos pesados internacionales como Daniel Day Lewis, Gael Cargía Bernal, Ken Watanabe o Benicio del Toro Silencio se estrenó a principios de año en carteleras de todo el mundo recibiendo el beneplácito de la prensa especializada a nivel internacional y no pocas posibilidades de hacerse con un buen puñado de nominaciones a los Oscar de este año recién llegado. Cerrando con ella su trilogía sobre la fe y la religión que inició con la polémica y muy recuperable La Última Tentación de Cristo en 1988 y continuó con aquella rara avis en su filmografía llamada Kundun en 1996 Martin Scorsese vuelve a mostrarse como un todoterreno de la narración cinematográfica implicándose en una obra en la que aborda alguna de las inquietudes y señas de identidad más reconocibles de su carrera como director a pesar de que el contexto en el que esta tiene lugar no es el habitual dentro de su ya longeva trayectoria detrás de las cámaras. Pero contra todo pronóstico al que esto suscribe el film no le ha convencido por diversos motivos que pasaré a enumerar a continuación y que son de considerable gravedad.




La historia narrada en Silencio y que tiene su origen en la novela del mismo título escrita por Shusaku Endo relata la historia de los jesuitas portugueses Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garupe (Adam Driver) que en 1640 viajaron al Japón feudal para conocer el paradero del mentor de ambos Cristóvão Ferreira (Liam Neeson) que viajó al país nipón para difundir el cristianismo. Lo que ambos jóvenes encontrarán en el País del Sol Naciente es un brutal rechazo hacia los preceptos cristianos y la tortura a la que son sometidos todos aquellos que deciden abrazar dicha religión. A nadie le debe extrañar que Martin Scorsese se involucre en un film sobre los inescrutables caminos de la fe, no sólo porque en su juventud tuvo la tentativa de ordenarse sacerdote, sino también porque la religión es uno de los temas recurrentes de su filmografía, no sólo en los films que abordan directamente el tema, sino también en otros de distinto pelaje como Al Límite (Bringing Out the Dead) o Malas Calles que se alimentaban tangencialmente de las creencias de su autor. El problema es que en su última obra lo que en principio se muestra de manera totalmente acertada y con la solidez narrativa propia de un cineasta de su bagaje y talento se convierte poco después es una obra discursiva, plomiza y con algunos pasajes que bordean el sonrojo inintencionadamente.




La primera hora de Silencio es una palpable muestra de coherencia cinematográfica, cohesión narrativa y contención textual. Scorsese y su colaborador al guión Jay Cocks se ocupan de contextualizar la historia, presentar a los personajes, plantear los dilemas morales a los que estos se enfrentarán una vez se hayan embarcado en su aventura y asentar bien las bases de sus personalidades como jesuitas en busca de su mentor en un territorio del todo hostil. Con un planteamiento argumental que recuerda al de Apocalipsis Now, y una voz en off de trascendencia malickiana la claridad expositiva se hace notable, la ambientación se muestra adecuada, la dirección de fotografía perfecta, la escritura medida y sin estridencias y los actores lo dan todo con sus físicos maltrechos y enfermizos (ambos protagonistas perdieron bastante peso para dar vida a sus roles, sobre todo el protagonista de Paterson) para ofrecer composiciones a la altura de las exigencias. El director de El Aviador o Infiltrados (The Departed) consigue que nos impliquemos con sus criaturas, que temamos por su integridad física y psicológica por medio de una empatía que va tomando forma de manera gradual y permitiéndonos llegar a entender la determinación de los dos jóvenes jesuitas incluso para una persona como el que esto firma al que ideas como la fe o el cristianismo le son ajenas.




Por desgracia casi todo se quiebra más o menos a la hora de metraje, justo con la escena del reflejo en el agua que se antoja la primera de varias que incitan a cierta comicidad no buscada y que da inicio a otro tipo de película, una que trabaja con el mismo material que la anterior pero que en tono, solidez narrativa e intencionalidad pierde completamente los papeles. En cuanto al núcleo central de la historia, los límites de la fe y el compromiso con la palabra de Cristo representados por la lucha física y existencial de Sebastião Rodrigues y las reminiscencias mesiánicas que le emparentan con con el hijo del altísimo, Scorsese mantiene el foco sobre dicha representación planteando todos los dilemas metafísicos que sustentan la historia, el problema estriba en que todo lo que antes era elegancia, sutilidad, contención y sentimientos a flor de piel se convierten en trazo grueso, maniqueismo, adoctrinamiento y gravedad mal entendida. Desde ese mismo momento la voz en off se antoja redudante y pesada, las reflexiones del protagonista una letanía que no hace más que dar vueltas sobre sí misma, la inclusión de algunos secundarios cuya génesis se antojaba de un dramatismo poderoso derivan en cierto humor, una vez más, inintencionado (cada aparición de Kichijiro pidiendo clemencia y confesión despertaba más carcajadas en la sala donde acometí el visionado de la película) perjudicial para el subtexto de la obra y por otro lado el retrato que se hace de los japoneses opuestos al cristianismo se adentra en los terrenos de lo sectario e impostado.




Desde ese momento la obra se ve ensombrecida por el tratamiento en blanco y negro de los personajes y el retoricismo agotador con el que se vuelve una y otra vez a la reflexión sobre debatirse entre mantener públicamente su fe en el cristianismo o apostatar por el bien de todos aquellos creyentes japoneses que dan sus vidas con tal de defender sus creencias a la que se ve sometido el personaje de Andrew Garfield. Aunque muestre dudas y debilidades todas las palabras salidas de la boca de Sebastião Rodrigues se muestran sabias, humildes y coherentes, en cambio cada frase espetada por sus captores destilan prepotencia, altivez y crueldad. Con esto no quiero afirmar que tales hechos no sucedieran así o que dichos personajes no obraran de esa manera en la realidad, pero es el tratamiento que el director de New York, New York o El Rey de la Comedia ofrece para distinguir de manera superficial a “buenos y malos”, “bárbaros y misericordiosos” el que hiere de muerte a una cinta que se va volviendo cada vez más paternalista, sesgada y sermoneadora a cada minuto que pasa dentro de su holgado metraje. Toda la atención que Scorsese había captado por mi parte se diluye gradualmente con cada nueva secuencia de crueldad, crisis de fe y presuntuosidad moral anclada en una condescendiente humildad por parte de su personaje principal, el mismo que me hizo echar de menos la mucho más trémula humanidad del Jesús soberbiamente interpretado por Willem Dafoe en la ya mencionada adaptación que el cineasta norteamericano, con la ayuda de Paul Schrader al guión, realizó de la novela homónima de Nikos Kazantzakis.




Ya en la recta final y más allá de las carencias casi autoimpuestas que hemos mencionado Scorsese toma un par de elecciones que parecen más concesiones de cara a la galería que resoluciones propias de un autor de su talento y profesionalidad. Dos de las ideas más inteligentes que aborda una obra como Silencio son por un lado la pregunta de todo creyente sobre si la divinidad escucha las plegarias que en ella se depositan y por otro lado si se pueda mantener la fe en el cristianismo habiendo renunciado de palabra y obra a las enseñanzas de Cristo por un bien mayor en la tierra, ya que hablamos de un sentimiento que cada persona puede ejercer en la más estricta intimidad. Estas dos preguntas que en ningún momento deberían haber sido contestadas encuentran respuesta en el clímax final y el prólogo que cierran el último largometraje del director de El Último Vals o No Direction Home. De este modo el responsable máximo de la obra cinematográfica culmina los últimos pasos de su trabajo ofreciendo más masticado si cabe el mensaje que planteó magníficamente en el primer acto del proyecto para deslabazarlo y pervertirlo en fondo y forma en los dos siguientes, transmitiendo una sensación de innecesaria sobreexposición y reprobable predilección por el subrayado que no hacen más que perjudicar a las intenciones religiosas y teológicas del conjunto de la producción, haciéndolo fracasar casi en su totalidad.




Posiblemente haya pocas experiencias más satisfactorias en el mundo del cine ver a un veterano que ya no tiene que demostrar nada a nadie, no sólo dar pruebas de que no se acobarda con ningún género (sus tres últimos films se mueven entre el celuloide infantil, la comedia excesiva y el trasfondo religioso), sino que también hace las películas que quiere y cuando quiere sin rendir cuentas a nadie más que a sí mismo o al altísimo, como en la ocasión que nos ocupa. Esta vez, aunque tiene a gran parte del público y la crítica de su lado, a mí me ha decepcionado en gran medida, sobre todo si tenemos en cuenta que, como he apuntado previamente, nos encontramos con una atractiva primera hora que da paso a otras (casi) dos en las que todo se descontrola y el buen hacer deja paso a los defectos en fondo y forma que ensombrecen los logros de un film que puede presumir de una puesta en escena competente (aunque Scorsese es capaz de mucho más) un diseño de producción remarcable y un trabajo actoral excelente (no sólo el de sus protagonistas, todos los actores japoneses están soberbios ejerciendo de robaescenas natos) pero que no consigue llegar con verdadera fuerza a un espectador que en no pocas ocasiones se siente perdido entre sermones, autoindulgencia y lugares comunes que sepultan lo que pudo ser una de las mejores obras salidas de la mano se autor. Esperemos que con esa prometedora y eternamente pospuesta The Irishman Marty vuelva a hacer diana como sólo él sabe



sábado, 31 de diciembre de 2016

Eclipse Total, todo sobre mi madre



Título Original Dolores Claiborne (1995)
Director Taylor Hackford
Guión Tony Gilroy, basado en la novela de Stephen King
Reparto Kathy Bates, Jennifer Jason Leigh, David Strathairn, Judy Parfitt, John C. Reilly, Eric Bogosian, Christopher Plummer, Ellen Muth, Bob Gunton, Wayne Robson







Aunque la mayor parte de su obra literaria está adscrita al género de terror es por muchos sabido que el escritor norteamericano Stephen King también ha jugueteado con otros como la ciencia ficción (La Larga Marcha, El Fugitivo) la fantasía épica (Los Ojos del Dragón) o el drama. Dentro de esta última vertiente encontramos obras salidas de su mano como El Pasillo de la Muerte, El Cuerpo o Rita Hayworth y la Redención de Shawsank que fueron trasladadas a la pantalla grande con gran éxito en largometrajes como La Milla Verde, Cuenta Conmigo o Cadena Perpetua. respectivamente. Lo que no muchos saben es que una modesta novela llamada Dolores Claiborne no sólo es uno de los mejores libros del autor de Maine, sino que también dio lugar a una de las mejores traslaciones cinematográficas de una de sus obras al celuloide y que por desgracia no recibió toda la atención que mereció en la época de su estreno.




La mayor peculiaridad narrativa de Dolores Claiborne es que se trata de un monólogo espetado por su protagonista sin que nadie interactúe con ella o dé réplica a sus diálogos. Con la excusa de que la protagonista está siendo interrogada por la policía local por un el asesinato de Vera Donovan, la mujer para la que llevaba años trabajando como sirvienta King ejecuta este alarde de técnica, ritmo y desarrollo de personajes con el que homenajea a su madre y a todas aquellas mujeres que entregaron su vida para sacar adelante a sus familias ganando dinero "limpiando la mierda de otros" como bien reza Dolores en algún momento del libro. El material era de tanta calidad que poco más de dos años después de su edición las carteleras de todo el mundo fueron testigo del estreno de la adaptación cinematográfica de la obra literaria con Taylor Hackford a los mandos de la dirección, el guionista Tony Gilroy en la escritura y Kathy Bates y Jeniifer Jason Leigh comandando un reparto de muy alto nivel.




Dentro de este equipo de profesionales de sobrado talento el que tuvo un trabajo más complejo fue Tony Gilroy, guionista y director al que conocemos por la saga Bourne o excelentes trabajos como Michael Clayton. Su labor de escritura no era nada sencilla si tenemos en cuenta la dificultad que supone trasladar a imágenes un relato en el que sólo escuchamos a su protagonista y del que únicamente se pueden aprovechar algunos de los pasajes del interrogatorio al que la someten para sacar material adaptable al celuloide. De modo que Gilroy tomó una sabia decisión para no estar tan encorsetado en cuanto al desarrollo de la historia en el presente, localizar la trama justo después de ese monólogo con la llegada de la hija de Dolores, Selena (que en el libro nunca hace acto de presencia más allá de las historias que su madre cuenta sobre ella durante su niñez) y localizar la narración en la relación que las tiene a ambas como núcleo central.




Dolores Claiborne (o Eclipse Total como se tituló en España) es un excelente drama, perfectamente estructurado en el apartado narrativo, dirigido con tanto aplomo como profesionalidad y encumbrado por un reparto en estado de gracia en el que sus dos actrices principales, y sobre todo la protagonista, sustentan sobre sus hombros la mayor parte del peso del largometraje. Taylor Hackford y sus colaboradores no sólo saben construir una pieza cinematográfica del todo consistente y de una solidez intachable, sino que también consiguen capturar la atmósfera, el contexto espaciotemporal y la esencia de una novela que como previamente hemos mencionado era dificilmente adaptable al celuloide. Esos tonos azulados de la fotografía en el presente, los más cálidos en los flashbacks consiguen transportarnos a ese estado de Maine en el que Stephen King nació y convirtió por medio de su literatura en uno de los más peligrosos de Estados Unidos.




Taylor Hackford nunca me ha convencido demasiado como director con obras como la sobrevalorada Oficial y Caballero o la inane Prueba de Vida, pero sí ha firmado alguna macarrada salida de tono como Pactar con el Diablo (The Devil's Advocate) que se ganó mis simpatías realiza en Dolores Claiborne el mejor trabajo de su carrera. El norteamericano ofrece todo su oficio para dar un potente empaque visual y estético al guión de Tony Gilroy sin entregarse a estridencias innecesarias, siempre con una puesta en escena medida y elegante que en ocasiones nos recuerda a la gélida contención de Atom Egoyan (no es difícil recordar pìezas como la descorazonador El Dulce Porvenir) y con la que crea un terreno fertil para que el casting, el verdadero punto fuerte de la película, campe a sus anchas para ir dando forma a este drama de tintes trágicos con reminiscencias de thriller de suspense heredero de la tradición más puramente hitchcockiana.




El reparto de Dolores Claiborne me confirmó en mi adolescencia algunas teorías que se cumplirían años después. Que no hay un actor en Hollywood que interprete mejor a borrachos que David Strathairn, algo que hace aquí y repitió en My Blueberry Nights años después con una convicción que nos hace pensar si hay algo de autobiográfico en su deplorable y cobarde Joe St. George, que un por aquel entonces poco conocido John C. Reilly en la piel de Frank Stamshaw prometía mucho como intérprete de sólidos secundarios, que veteranos como Christopher Plummer y Judy Parfitt, enormes dando voz y físico al ferreo detective John Mackey y a la malograda Vera Donovan respectivamente, tenían muchas más tablas que otros profesionales de dilatada carrera o que Jennifer Jason Leigh no ha recibido toda la atención que merecía como la excelente artista que es viéndose capaz de marcarse un enorme tour de force con el personaje protagonista de una Kathy Bates que da vida con una pericia dificilmente evaluable a una Dolores Claiborne que a día de hoy nadie imaginaría ya sin su rostro.




El caso de la ganadora del Oscar por Misery (otra magnífica adaptación de una novela de Stephen King) es para analizarlo concienzúdamente. Kathy Bates es una actriz que podría fácilmente batirse el cobre con cualquier Meryl Streep o Susan Sarandon del oficio, pero su apariencia no entra dentro de los peculiares cánones de belleza de Hollywood y ello la ha obligado siempre a interpretar papeles muy marcados por su físico. En Dolores Claiborne ejecuta el papel que marca toda una carrera, llenando de vida al personaje homónimo al que por medio de un acento elaboradísimo, un control metódico del lenguaje gestual y una contención  para estudiar en las escuelas de arte dramático devora cada encuadre, cada plano, cada toma en la que la cámara repara en su presencia. Aunque todos los actores que le dan la réplica a lo largo del metraje hacen un trabajo de nota es la actriz de A Dos Metros Bajo Tierra (Six Feet Under) la que eclipsa (nunca mejor dicho) la pantalla, pero con la suficiente modestia para que salten chispas cuando tiene que interactuar con David Strathairn, Christopher Plummer o Jennifer Jason Leigh.




Dentro de los agradecidos 131 minutos de metraje de Dolores Claiborne Taylor Hackford con la inestimable ayuda de la soberbia dirección de fotografía de Gabriel Beristain y sus actores consigue ejecutar algunos pasajes que se quedan grabados en la retina. Desde planos elaborados en lo estético como los cristales de esa ventana destrozados por la protagonista que le devuelven un reflejo deformado de su rostro pasando por las enormemente trabajadas secuencias en cuanto al control del timing, el suspense y la fluidez narrativa como todo lo acontecido durante el eclipse total de sol entre Dolores y Joe o en los que el peso recae sobre el casting como la agresión del personaje de Kathy Bates al de David Strahairn después del golpe con el tronco, cuando esta rompe a llorar en presencia de Vera Donovan y más tarde esta última incita a su empleada a eliminar a su cónyuge o los flashbacks en los que se desentrañan los recovecos más oscuros de la familia Saint George, tomando como colofón las dos escenas en el ferry en las que una soberbia y adolescente Ellen Muth (Tan Muertos Como Yo) en el rol de la Selena adolescente comparte réplicas con los actores que dan vida a sus padres.




Injustamente olvidada dentro de las traslaciones cinematográficas de novelas salidas de la mano de Stephen King desde este blog y con la última entrada del año quiero reivindicar este magnífico trabajo con el que me vincula un especial cariño (es una de las películas favoritas de mi señora madre) y que, como previamente he apuntado, mereció más crédito del que fue receptor allá por el año 1995 de su estreno, Con una dirección a la altura, un guión que haciendo complejos malabarismos para adaptar lo inadaptable es fiel a la letra escrita por el autor de Maine y un excelente reparto encabezado por una actriz de raza que demuestra ser una fuerza de la naturaleza Dolores Claiborne hizo méritos para ser reivindicada como la soberbia pieza cinematográfica que es y que dejó una importante huella en mi adolescencia haciéndome consciente desde bien pronto de cuánto debemos a esas generaciones que sin necesidad de una preparación cultural o unos conocimientos que fueran más allá del duro trabajo se convirtieron en la sal de la tierra.



lunes, 26 de diciembre de 2016

Rogue One: Una Historia de Star Wars



Título Original Rogue One: A Star Wars Story (2016)
Director Garteh Edwards
Guión Chris Weitz, Tony Gilroy, Gary Whitta, John Knoll, basado en personajes de George Lucas
Reparto Felicity Jones, Diego Luna, Ben Mendelsohn, Donnie Yen, Jiang Wen, Mads Mikkelsen, Forest Whitaker, Alan Tudyk, Riz Ahmed, Jonathan Aris, Jimmy Smits, Alistair Petrie, Genevieve O'Reilly, Valene Kane, Warwick Davis






Como comentábamos en la entrada inmediátamente anterior a esta dedicada a Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza, desde que saltó en julio de 2012 la noticia de la compra de Lucasfilm por parte de Disney los mandamases de la productora creada en el año 1923, encabezados en la actualidad por su presidente Robert Iger, afirmaron que no sólo continuarían la saga original iniciada por George Lucas en 1977, sino que también se dedicarían a realizar algunos largometrajes a modo de spin off para extender el universo galáctico más famoso de la historia del cine. El primero de ellos es esta Rogue One: Una Historia de Star Wars que supone la segunda incursión cinematográfica de Disney en dicho microcosmos ficcional tras el exitoso Episodio VII ya mencionado, abordando en esta ocasión una nueva aventura protagonizada por personajes (en su mayoría) ajenos a los siete largometrajes originales de la franquicia y que con la cinta que nos ocupa se hacen un hueco en el imaginario adscrito a la misma.




Para llevar a buen puerto esta empresa la maquinaria de Disney se puso de nuevo en marcha para reclutar a los mejores profesionales del medio que se ocuparan de sacar adelante este primer spin off en pantalla grande. Para la dirección contaron con el británico Gareth Edwards que sorprendió con la indpendiente Monsters y deslumbró con su labor en el apartado técnico de la última superproducción americana con Godzilla como protagonista. Para el guión se contrató a dos expertos como Tony Gilroy (Michael Clayton) y Chris Weitz (La Brújula Dorada) basándose en una historia escrita por John Knoll y Gary Whitta y en el reparto encontramos a jóvenes talentos como Felicity Jones (Un Monstruo Viene a Verme), Diego Luna (Y Tu Mamá También) o Riz Ahmed (Nightcrawler) compartiendo plano con veteranos como Madds Mikelsen (Valhalla Rising) Ben Mendelsohn (El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace) Forest Whitaker (El Último Rey de Escocia) o Alan Tudyk (Firefly) que ofrece su cuerpo para dar voz y movilidad digital al entrañable droide K-2SO.




Aunque como historia está desvinculada del núcleo central de la trilogía original de La Guerra de las Galaxias los hechos que en Rogue One: Una Historia de Star Wars acontecen tienen lugar entre Star Wars Episodio III: La Venganza de los Sith y Star Wars Episodio IV: Una Nueva Esperanza, conectando directamente con el inicio de esta última. La historia se centra en un grupo de rebeldes comandado por Jyn Erso (Felicity Jones) y Cassian Andor (Diego Luna) que tratarán de encontrar los planos de la Estrella de la Muerte, la letal estación espacial creada por el Imperio para la destrucción de planetas a lo largo y ancho de la galaxia. En el proceso deberán luchar contra las tropas imperiales comandadas por Orson Krennic (Ben Mendelsohn), un viejo conocido de la familia Erso que a su vez está bajo las órdenes de un Lord Sith llamado Darth Vader que se encuentra bajo la tutela de su maestro, el Emperador Palpatine, y que se convertirá en la mayor amenaza a la que deberán enfrentarse los rebeldes.




Si hace unos días afirmábamos que el mayor logro de Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza era contar una historia localizada en el futuro de la franquicia creada por George Lucas pero respetando la esencia de la misma en fondo y forma lo de Rogue One: Una Historia de Star Wars es ir un paso más allá en todos los sentidos. El largometraje de Garteh Edwards tiene la misión de ser una pieza dentro del conglomerado galáctico más famoso de la historia del cine que pueda adherirse con facilidad a lo que vino a ser la primera trilogía de la saga en tono, estética o resoluciones argumentales, y a fe mía que sus responsables lo han conseguido. La última cinta de la factoría Lucasfilm no sólo es, al igual que su predecesora del año 2015, una película de aventuras casi intachable, también se revela como una de las mejores piezas dentro de este microcosmos nacido en 1977 y que gracias a sus dos últimas entregas en pantalla grande está dando muestras de estar en plena forma.




Rogue One: Una Historia de Star Wars consigue en casi todo momento tomar el rol de un peculiar facsimil cinematográfico. Por medio de una puesta en escena medida y nada hiperbólica entregada a un tono clasicista y atemporal el trabajo de Gareth Edwards y sus colaboradores podría pasar en no pocos momentos como otra cinta de Star Wars rodada a finales de los 70 o principios de los 80. Al contrario que  el George Lucas de la segunda trilogía que hizo desplegar en dichos films una tecnología desproporcionada y mastodóntica que cronológica y logísticamente no se correspondía con unos hechos que tenían lugar muchos años antes que la primera trilogía, la original, en esta ocasión los responsables de la obra se han entregado a la mesura narrativa, la construcción argumental coherente, los efectos especiales espectaculares pero nunca sobrecargados y al diseño de producción sensato con tal de que el espectador sintiera después de muchos años que se encontraba con unos personajes y unas hazañas que fácilmente podían haber tenido lugar en los Episodios IV, V, y VI.




Narrativa y estéticamente Rogue One es una entrega más de Star Wars, pero estructural y genéricamente es una película bélica en el sentido más clásico de la palabra, con reminiscencias a largometrajes como El Día Más Largo o Salvar al Soldado Ryan incluidas. Este contexto en el que priman las localizaciones epatantes, la maquinaria militar de distinta índole preparada para entrar en batalla y las secuencias de combate por tierra, mar y aire ejecutadas con la pericia técnica habitual propia de un Gareth Edwards que lo da todo como artesano al servicio de una superproducción de esta naturaleza permite no sólo convertir el largometraje en una pieza ejemplar de cine bélico, sino también que se recupere una de las tradiciones más clásicas de la franquicia, la del protagonismo coral, consolidado este por un grupo de personajes que si bien no eluden en ningún momento su naturaleza prototípica dentro de este género de celuloide tampoco caen nunca en el maniqueismo o la parodia mal entendida.




En lo referente a los personajes y el reparto encontramos el primero de los dos únicos fallos que podemos achacar a Rogue One: Una Historia de Star Wars. Aunque todos los personajes tienen entidad, son cercanos al espectador y están bien representados por actores como la pareja de cabezas visibles interpretados por Felicity Jones y Diego Luna se echa de menos en este grupo de rebeldes a un verdadero líder que destile carisma y fuerza al estilo, no ya del Han Solo de Harrison Ford, sino al del Poe Dameron de Oscar Isaac o la Rey de Daisy Ridley. Algo que sucede también en el lado contrario con un Ben Mendelsohn magnífico en la piel de Orson Krennic como villano de la velada, pero que al igual que el resto del casting se ve ensombrecido por los poco menos de diez minutos que tiene en pantalla un Darth Vader que eclipsa a todo ser viviente que comparte plano con él tanto en su primera aparición como en el clímax final cuando hace acto de presencia, dejando inevitablemente con ganas de más al espectador.




El otro fallo de Rogue One: Una Historia de Star Wars es que si bien Gareth Edwards y sus colaboradores saben administrar adecuadamente el copioso fanservice a lo largo del metraje para que el seguidor habitual de la creación de George Lucas experimente los solicitados momentos de nostalgia y complicidad también cabe mencionar que el largometraje carece de escenas que verdaderamente lleguen a emocionar o tocar la fibra sensible al fan clásico. Evidentemente en la cinta hay pasajes que hacen vibrar a la platea con referencias a la trilogía clásica o la presencia de personajes como Darth Vader o ese Morff Tarkin de Peter Cushing desafiando la realidad que se agradecen sobremanera, pero todo el material está abordado desde una gelidez y un distanciamiento innecesarios si tenemos en cuenta la naturaleza trágica del relato narrado y ese clímax final que debería encogernos el corazón cuando sólo nos transmite una modesta sensación agridulce 




Más compacta y efectiva en el plano cimatográfico que Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza, pero menos emotiva y cercana que aquella Rogue One: Una Historia de Star Wars es la confirmación de que la compra de Lucasfilm por parte de Disney fue todo un acierto. El último trabajo detrás de las cámaras de Gareth Edwards contiene toda la épica, la acción, el humor, la aventura y la eterna lucha entre luz y oscuridad que se espera de un film de la franquicia y no sólo eso, ya que con la historia que narra consigue poner cara a aquellos rebeldes que lucharon por acabar con el Imperio y dar mayor entidad e importancia a lo que aconteció en Star Wars Episodio IV: Una Nueva Esperanza, aquella mítica obra cinematográfica que iba mereciendo desde hace décadas herederas como la que nos ocupa o su hermana inmediatamente anterior. Nuestra próxima cita en pantalla grande será en el 2017 con el Episodio VIII y una, esperemos, totalmente recuperada Carrie Fisher. Que la Fuerza os acompañe.



martes, 20 de diciembre de 2016

Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza



Título Original Star Wars; The Force Awakens (2015)
Director J.J, Abrams
Guión Lawrence Kasdan, Michael Arndt y J,J. Abrams basado en personajes de George Lucas
Actores Daisy Ridley, John Boyega, Harrison Ford, Adam Driver, Oscar Isaac, Carrie Fisher, Peter Mayhew, Domhnall Gleeson, Max von Sydow, Gwendoline Christie, Lupita Nyong'o, Andy Serkis, Anthony Daniels, Mark Hamill, Greg Grunberg, Kenny Baker, Simon Pegg, Katie Jarvis, Christina Chong, Miltos Yerolemou, Thomas Brodie-Sangster, Ken Leung, Harriet Walter, Iko Uwais, Yayan Ruhian, Warwick Davis, Jessica Henwick, Daniel Craig, Billie Lourd, Judah Friedlander, Kevin Smith





El 31 de Octubre de 2012 saltaba la noticia. En su afán por extender su imperio de entretenimiento la compañía Disney compraba por una cifra millonaria Lucasfilm a su propietario, el productor, guionista y cineasta George Lucas. De esta manera la empresa del ratón Mickey y el Pato Donald (que años antes se había hecho también con los derechos de todo material salido de la editorial Marvel o la productora Pixar) se adueñó de, no sólo la saga Star Wars, sino también la de Indiana Jones o cualquier otra obra cinematográfica salida de la productora del autor de American Graffiti o THX 1138. Desde el mismo momento de la salida de la noticia, Robert Iger, presidente de Disney, anunció que dentro de la saga galáctica protagonizada por los caballeros jedi y sus enemigos los Sith se llevaría a cabo una nueva trilogía y otros films a modo de spin off situados en ese microcosmos cinematográfico nacido en 1977 y que más tarde se extendió a otros medios como la televisión, la literatura o los cómics convirtiéndose en un hito cinematográfico y cultural.




Lo cierto es que la noticia de la compra de la franquicia Star Wars por parte de Disney despertó una considerable división de opiniones. Por un lado alzaban la voz aquellos que afirmaban que era impensable una nueva saga de La Guerra de las Galaxias sin el respaldo de su creador, George Lucas, afirmación a la que se sumaba el recelo de no pocos fans que veían con malos ojos que la productora de El Rey León o La Bella y la Bestia estuviera detrás de las nuevas entregas que llegarían a la pantalla grande. Por el otro encontrábamos una amplia facción que sentenciaba tanto que el hecho de que Lucas abandonara su propia creación era lo mejor que podía pasarle a esta tras la decepcionante trilogía formada por los Episodios I, II y III como que el exito a nivel mundial de las producciones de Marvel Studios era síntoma claro de que la compañía de Robert Iger no tenía por qué infantilizar o descaracterizar una obra tan arraigada en la cultura popular a nivel mundial.




Tras una ardua producción para buscar a los profesionales más adecuados para relanzar una saga que tras la ya mencionada trilogía precuela formada por La Amenaza Fantasma, El Ataque de los Clones y La Venganza de los Sith había caído en un pozo de mediocridad y vacua grandilocuencia digital que poco tenía que ver con el inabarcable sense of wonder de la trilogía original el 15 de Diciembre de 2015 se estrenó Star Wars Epsidio VII: El Despertar de la Fuerza, largometraje dirigido por un J,J. Abrams que venía de rebootear con éxito la saga galáctica de "la competencia" con sus dos films sobre Star Trek, un guión escrito a seis manos por un viejo conocido de la franquicia como Lawrence Kasdan (El Imperio Contraataca, El Retorno del Jedi) y el talentoso Michael Ardnt (Pequeña Miss Sunshine, Toy Story 3) acompañados ambos por el mismo director y un enorme reparto formado por nuevos talentos como Daisy Ridley, John Boyega, Oscar Isaac o Adam Driver respaldados por veteranos duchos en la galaxia como Harrison Ford, Carrie Fisher, Anthony Daniels, Peter Mayhew o Mark Hammill.




El resultado es por todos conocido, Star Wars: The Force Awakens fue un enorme triunfo internacional que inyectó vida a la saga una vez esta se había independizado del manto de protección de su creador. La enorme taquilla a nivel mundial y los parabianes de una prensa especializada que en líneas generales se deshizo en elogios con la cinta sirvieron para confirmar que Disney, Lucasfilm y J.J, Abrams habían hecho perfectamente su trabajo. La clave del éxito de este Episodio VII se reveló cristalina cuando los espectadores, y sobre todo los fans de la saga original, se dieron cuenta de que esta última entrega había tomado la decisión que George Lucas desechó cuando realizó su segunda triliogía, ofrecer "más de lo mismo" en vez de tratar de hiperbolizar y fagocitar su propio microcosmos en un pueril intento de convertirlo en una enormidad sobreproducida, pobremente escrita y mediocremente rodada como sucedió con los Epsiodios I, II y III. Star Wars volvía en plena forma, con sus virtudes y defectos, pero lo hacía para quedarse y de ello vamos a hablar en esta entrada.




La historia de Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza tiene lugar treinta años después de los hechos acaecidos en El Retorno del Jedi y tiene como protagonistas a Poe Dameron (Oscar Isaac) un piloto de la Alianza Rebelde que posee un robot BB8 que contiene información de vital importancia para dar con el paradero del desaparecido Luke Skywalker (Mark Hammill), Finn (John Boyega), un storm trooper desertor que decide ayudar a Poe a escapar de las garras de Kylo Ren (Adam Driver), siervo de la hermandad la Primera Orden regida por el misterioso Snoke (Andy Serkis) y Rey (Daisy Ridley), una chatarrera de talento desperdiciado originaria del planeta Jakku que decide unirse a la causa de Finn para derrocar al renovado Imperio. A este trío de nuevos héroes se unirán los míticos Han Solo (Harrison Ford) y Chewbacca (Peter Mayhew) y la antigua princesa Leia (Carrie Fisher), ahora general de la Rebelión, para intentar desbaratar los planes de la Primera Orden destruyendo su letal base de operaciones, la Starkiller.




Paradójicamente la mayor virtud de Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza es también su más destacada flaqueza. La última entrega de la saga original creada por George Lucas es prácticamente un remake encubierto de la primera película de la misma, o lo que es lo mismo, el Episodio IV. Lo es no sólo por el reparto de roles, la presencia del Imperio controlado en la sombra por una siniestra organización (allí los Sith, aquí la Primera Orden) y la Alianza Rebelde haciéndole frente con sus mejores guerreros, lo es también por la estructuración del guión que sigue prácticamente todos los pasos de la cinta primigenia ya referenciada. En este sentido el film peca de conservador, no sólo por su carencia de originalidad, sino también por seguir de manera mimetica todos los preceptos impuestos por George Lucas en la Star Wars de 1977 y por efecto dominó de El Imperio Contraataca y El Retorno del Jedi, algo por otro lado nada reprobable si tenemos en cuenta que con esta primera toma de contacto Disney quería no sólo atraer al espectador casual, sino también recuperar la maltrecha fe del fan clásico de la franquicia.




Más allá de esa casi total ausencia de afán de inventiva y originalidad poco más se le puede achacar a una producción como la que nos ocupa. Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza es lo que una entrega de la saga galáctica de creada por George Lucas debe ser, una cinta de aventuras de primer nivel repleta de localizaciones espectaculares, escenas de acción vibrantes, batallas espaciales imponentes y personajes carismáticos con los que todo tipo de espectador pueda sentirse identificado. J.J. Abrams y sus colaboradores tratan en la material con cuidadoso mimo, llenando el metraje de referencias a la trilogía original por medio de resoluciones visuales, localizaciones, notas musicales o personajes que nos retraotraen a la esencia de lo que en su momento fue un icono de la cultura popular como Star Wars. A que esta empresa llegue a buen puerto ayuda soberanamente el regreso a las labores de guión de Lawrence Kasdan, posiblemente el hombre que mejor conoce el microcosmos creado por George Lucas justo después de este último. El director de la deliciosa Mumford o la deficiente El Cazador de Sueños, con la ayuda de Michael Arndt y el mismo Abrams, consigue mantener el equilibrio entre epatante aventura para todos los públicos y dosis de fanservice bien dosificado por los fans de largo recorrido.




El creador de Alias o Fringe viste para esta ocasión el traje de artesano oficioso con considerables aptitudes para relanzar franquicias cinematográficas y se deja imbuir por el sabor añejo de la trilogía de los 70 y 80. El director de Super 8 recupera los efectos especiales artesanales, el delicioso uso recurrente de muppets y criaturas animatrónicas que transmiten ese realismo y cercanía que el frío pixel de los tres primeros episodios no llegaba ni a vislumbrar, administra adecuadamente unos excelentes efectos CGI que en todo momento están al servicio de la historia, abandona algunos de sus vicios estilísticos como los famosos lens flares o la sobreutilización de la cámara al hombro y se entrega a una puesta en escena más impersonal y academicista, pero no ausente de potencia, elegancia y dinamismo, enfatizando un tono más clásico y ligero que nos recuerda, una vez más, a la primera Star Wars de 1977. En este sentido el film tiene la batalla ganada y, como previamente hemos apuntado, encuentra la fórmula mágica que los Episodios I, II y III de Lucas eludieron o no supieron aprovechar.




El buen hacer de Disney para atraer nuevas generaciones de fans conservando por el camino a los clásicos también se deja ver en el reparto de viejas caras de la casa interactuando con nuevos talentos. Poco podemos añadir a estas alturas sobre Oscar Isaac, el británico ha demostrado sus sobradas dotes como enrome actor en productos como Ex_Machina, Ágora o A Propósito de Llewyn Davis, de modo que a nadie debe sorprender el carisma de su Poe Dameron que se revela como el digno heredero del Han Solo de Harrison Ford. En cambio si es agradable descubrir a un actor de talento y simpatía desbordante como John Boyega, que después de recibir con los primeros trailers del film duras críticas por su raza (¿ninguno de esos intolerantes recuerda a Billy Dee Williams y su enorme Lando Calrissian?) demostró estar a la altura para darle la réplica a una deliciosa, carismática y muy guerrera Daisy Ridley que consigue enfundarse el rol principal de la última entrega de una saga que pedía a gritos una protagonista femenina y que debe verse las caras con un torturado, sádico y acomplejado (la sombra de Darth Vader es alargada) Kylo Ren al que un magnífico Adam Driver ofrece su peculiar rostro, voz y fisionomía.




Por suerte si en un caso extremo el reparto de nuevas incorporaciones a la franquicia hubiese fallado la presencia de los "clásicos" de Star Wars que, por razones lógicas de cronología, no pudimos volver a ver en la segunda trilogía aquí hacen acto de presencia. Seamos sinceros, del mismo modo que la intervención de Han Solo y Chewbacca es clave para el devenir de la historia en la que están implicados el trío de actores jóvenes, la aparición de Carrie Fisher como Leia o Anthony Daniels como C3P0 es tan agradecida como prescindible en el relato, pero como es lógico el factor nostalgia en ocasiones tiene un poder inabarcable y volver a ver a estos amigos treinta años después de su despedida en El Retorno del Jedi es todo un lujo. Evidentemente la veteranía y profesionalidad de los actores ya mencionados son un seguro de vida a la hora de que su labor con respecto al casting sea de nivel y no todo quede en concesiones de cara a la galería con las que contentar al fandom permitiendo a todos y cada uno de los roles tener su momento de gloria en pantalla y dejándonos un sabor de boca tan agridulce (esa única defunción es muy dolorosa) como bien recibido.




Aunque evidentemente no fue plato del gusto de todos los espectadores o fans de la saga y que adolece de algunos fallos como su poca valentía a la hora de expandir el universo cinematográfico creado por George Lucas o que algunas ideas narrativas no estaban debidamente abordadas (el desenmascaramiento de Kylo Ren debería haber tenido lugar en la intensa escena en la que se enfrenta a su padre  y lo desdibujada que está la presencia de algunos secundarios) Star Wars Episodio VII: El Despertar de la Fuerza es una producción digna de la trilogía inicial y muy superior a las tres precuelas que vinieron después. Personajes inolvidables de ayer y hoy, bots que se ganan el corazón del respetable desde su primera aparición (el entrañable BB8 hace que no echemos demasiado de menos al R2-D2 del fallecido Kenny Baker) villanos genocidas pero con algo de humanidad y debilidades en su interior y todo el espectáculo de una space opera hecha con cariño y respeto es lo que tenemos en el film de J.J. Abrams y también es lo que espero encontrar en esa Rogue One: Una Historia de Star Wars que, si nada cambia, veré este próximo miércoles y reseñaré a no mucho tardar para continuar hablando de esta historia que comenzó en una galaxia muy, muy lejana y cambió para siempre el concepto de cine de entretenimiento.